No soy nadie

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Julia Navarro

Siguiendo las huellas de Ulises, estoy a punto de decir, como él, que no soy “nadie”.  Y es que ya he escuchado decir a personas de lo más diversas -y algunas las tengo por muy inteligentes- que quienes no están en Twitter no son nadie.  Bueno, pues yo no estoy ni tengo intención de estar.  No tengo nada contra las redes sociales, pero estar en ellas supone dedicarles un tiempo que no tengo y que, si lo tuviera, destinaría antes a un montón de cosas.  En más de una ocasión, he estado con un amigo que mientras habla está “tuiteando”.  Hace unos días, en un programa de televisión, el tertuliano que estaba a mi lado no dejaba de teclear en su tableta.  En el descanso le pregunté si aprovechaba para escribir un artículo, pero me dijo que estaba “tuiteando”, explicando lo que hacía en ese momento.  Me quedé atónita.  Y no es el único.  Días después quedé con una amiga para almorzar y, según llegó al restaurante, sacó la tableta y se puso a teclear.  Me estaba poniendo tan nerviosa que no pude menos que pedirla que parara.  ”Es que estoy “tuiteando” que estamos aquí y que el restaurante merece la pena”, respondió.

La verdad es que no logro comprender ese afán por explicar al mundo lo que haces en cada momento, y lo que opinas sobre todo lo que sucede.  Siempre me pareció redicha la frase de Andy Warhol (1928-1987) de que todo el mundo quiere tener su minuto de gloria, pero tenía razón.  Hay millones de personas en el mundo que dedican parte del día a contar en la Red lo que hacen y por qué.  Lo preocupante es que hay mucha gente, muchísima, enganchada a Twitter, que no paran de teclear compulsivamente estén donde estén y con quién estén.  En ocasiones, este afán les lleva a ser claramente maleducados.

No siento la necesidad de saber qué hace el prójimo, salvo que sea alguien cercano.  Y aún así tengo escaso interés en ciertas cosas.  Tampoco siento la necesidad de comunicar lo que hago o dejo de hacer, o lo que opino sobre lo que sucede a mi alrededor.  Ojo, no estoy diciendo que Twitter no sea un instrumento de comunicación eficaz, lo que pongo en cuestión es el ansia de comunicar hasta qué comen.  Otra cosa es la utilidad de las redes sociales para movilizarse y dar información:  han tenido un papel importante en las “primaveras árabes” y sabemos qué pasa en Siria gracias a la valentía de sus ciudadanos, que cuentan en ellas los horrores que padecen.  Son también un instrumento eficaz para lanzar ideas y proyectos, o para que los ciudadanos den su opinión.  En el mundo de hoy son imprescindibles.  Pero me rebelo contra ese ansia compulsiva de retransmitir al mundo lo que uno hace.

Otro intruso que se ha colado es WhatsApp, otra manera de comunicarse rápida y eficaz, pero que comienza a resultar agobiante.  Hace poco he tenido una bronca con mi hijo a cuenta de él.  Salimos a dar un paseo a nuestro perro Argos y no había manera de hilar una conversación porque cada dos minutos sonaba un aviso de que alguien estaba en línea para hablar con él.  Al final, el paseo terminó como el rosario de la aurora.  Y no hace mucho tuvimos otra agarrada a cuenta de lo mismo, porque no había manera de comer tranquilos sin que el WhatsApp interrumpiera el almuerzo.  Así que, haciendo de madre represora, le he dicho que cuando nos sentemos a comer deje el móvil en su habitación.

Las redes sociales me parecen imprescindibles en la sociedad de hoy, pero me preocupa ver a tantas personas con síntomas clarísimos de dependencia.  En cuanto a mí, creo que por ahora voy a seguir optando por no ser nadie.  A Ulises no le fue nada mal.  Al final llegó a Itaca.  Yo no aspiro a más.

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En memoria de una madre ejemplar

Mons. Boza (1961)-  Mons. Eduardo Boza Masvidal  (1915-2003)

Hace pocos días Dios llamó hacia Sí a una viejecita cargada de años y de méritos, de cabellos de plata y de corazón de oro.  ¡Que hermosa lucía allí en su lecho de muerte, entregado ya su espíritu a Dios y con la serena tranquilidad de los justos reflejada en el rostro!  Esa viejecita era mi madre, y ciertamente entre los muchos beneficios que tengo que agradecer a Dios, uno de los más grandes es el de haberme dado una madre como ella, cristiana de cuerpo entero, retrato vivo de la “mujer fuerte” de la que nos habla la Sagrada Escritura.

Si quisiéramos resumir su vida bastaría con decir que fue una vida consagrada a su hogar, en el que cumplía a cabalidad la altísima misión de madre que Dios le había confiado,  Unida en matrimonio desde muy joven con un hombre de su mismo temple espiritual, aquellas dos vidas se fundieron en una, y ya desde entonces no vivió sino para su esposo y para sus hijos.  Ella no supo mucho de fiestas ni de bailes, de lujos ni de vanidades, pero sí supo de trabajo y de abnegación, de amor y de sacrificio.  Quince hijos suponen una rica corona de mérito para una madre que sabe serlo plenamente.  Fueron sus manos santas las que guiaron por primera vez nuestras manos de niño para trazar sobre nosotros el signo de la cruz, y en sus rodillas aprendimos a balbucear el nombre santo de Dios y aquellas sencillas e ingenuas oraciones infantiles:  ”Con Dios me acuesto, con Dios me levanto…”, y fue ella la que sembró tan profundamente en nuestro corazón la semilla de la fe y del amor a ese Padre celestial, que nadie la podrá ya nunca jamás arrancar.

Cada Primer Viernes de Mes antes de comer nos reunía a todos ante el viejo cuadro del Sagrado Corazón que presidía la sala familiar, para renovar la Consagración de la familia, y aún me parece oír su voz dulce que con acento de piedad honda leía la fórmula del Acto de Consagración en una libretica ya vieja, escrita de su puño y letra:  ”Dígnate, Señor Jesús, entrar en esta casa que acepta el honor insigne de verte presidir nuestra familia…  Esta casa será tu refugio tan dulce como el de Betania…  Quédate con nosotros porque ya anochece y el mundo perverso quiere envolvernos en las tinieblas de sus negaciones y nosotros te queremos a Tí, y queremos que no otro reine sino sólo Tú…  Y cuando llegue la hora de la separación, cuando la muerte venga a cubrirnos de duelo, todos, Señor, tanto los que partan como los que queden, estaremos sumisos a tus decretos eternos, y nos consolaremos con el pensamiento de que llegará un día en el que toda la familia reunida en el cielo cantará para siempre tu gloria y tus beneficios”.

Tenía la santa obsesión de la unión y de la paz en la familia.  Jamás vimos una escena violenta ni una palabra ofensiva entre ella y mi padre, y en los papeles suyos que hemos encontrado después de su fallecimiento, siempre el mismo consejo:  sean muy unidos y que nunca los intereses materiales los dividan.

Cada noche antes de acostarnos, íbamos a pedirle la bendición a ella y a mi padre.  Recuerdo con qué filial respeto yo le besaba entonces a ella la mano y ella me besaba a mi en la frente, y recuerdo también las palabras con que acompañaba mi padre aquel gesto de bendición:  Que Dios te haga santo.  Si algún día habíamos cometido alguna falta especial, para hacernos reconocerla y rectificarla no necesitaba ella de golpes ni de gritos.  Bastaba que aquella noche no nos diera el beso de siempre.  Aquello era el castigo más grande que nos podían imponer.  Aquella noche no se podía dormir, y cuanto antes había que recobrar con el arrepentimiento el derecho a aquel beso.

Después entré en el Seminario y pasé varios años fuera de casa, hasta que llegó un día en que fue ella la que vino a besarme las manos a mí:  ya era sacerdote.  Y desde entonces ¡cómo le gustaba besarme las manos cada vez que me veía!  Confieso que yo sentía una cosa extraña, un íntimo rubor de que ella me tratara con tanto respeto, pero comprendí que no tenía derecho a impedirle que besara las manos de Cristo, de un Cristo que era suyo.  Y creo que puedo decir sin temor de inspirar celos a mis hermanos que desde entonces me quiso el doble:  por hijo y por sacerdote

Un feliz día ella y mi padre se postraron ante el altar de mi sacrificio para celebrar las Bodas de Oro de su matrimonio:  habían pasado cincuenta años, pero seguían el mismo amor y la misma fidelidad, se querían como entonces.  Después una mañana, de pronto, sin que precediera enfermedad, sin previo aviso, Dios se llevó a mi padre.  Aquello fue para ella un golpe muy duro, pero sólo sirvió para purificar más su alma en el crisol del dolor y unirla más con Dios.

En sus últimos años, ya casi sin poder caminar, siempre se sentía ágil y dispuesta para ir a la Parroquia de la Caridad a oír la misa mía y su delicia era comulgar de mis manos, porque ella sentía que en aquella misa ella tenía mucha parte.  En la Parroquia, ella era la abuela:  yo era el hijo que le había dado más nietos, y cuando yo iba a verla a casa, a la hora de despedirse me agarraba las manos y no acertaba a soltarme.  Tuve también el privilegio de ser su confesor durante doce años, el confesor de aquella alma privilegiada, y ver los tesoros de riqueza espiritual que albergaba en su corazón.

Cuando me consagraron Obispo, ella quiso poner en mi pectoral seis pequeños brillantes de una sortija que, desde su juventud, le había regalado mi padre, y que fue tal vez la única prenda que lució en aquellas manos sencillas y laboriosas.  El valor material de aquellos pequeños brillantes no debe ser mucho, pero su valor espiritual sí es muy grande, porque ellos fueron testigos de toda una vida de sacrificio, de deber cumplido humilde y sencillamente, con la naturalidad con que saben ser heroicas las almas grandes.  Después vino la inmovilidad:  primero el andar un poco en su silla de ruedas por la casa; luego el permanecer largos meses postrada en una cama, con el rostro siempre sereno, y sin que saliera nunca de sus labios una queja ni una palabra de inconformidad.

Escribo estas líneas veinte días después de su muerte, a bordo del Covadonga, expulsado de Cuba (1), y le doy gracias a Dios de que en su sabia Providencia me permitió estar con ella hasta el fin, llevarle a Cristo hasta su lecho de enferma en el regalo supremo del Santo Viático, ungir sus miembros y sus sentidos con el Óleo santo, y acompañarla en sus últimos momentos en aquella noche dolorosa del 31 de agosto en la que todos juntos alrededor de su cama rezábamos las preces de la Recomendación del Alma.  Siempre me han impresionado estas oraciones de los agonizantes.  ¡Cómo respiran consuelo y esperanza!  Parece que la Iglesia no está despidiendo a uno que se va, sino avisando a la Iglesia triunfante que prepare el recibimiento a uno que va a llegar.

Nunca repetí con tanta seguridad como aquella noche las palabras de la oración litúrgica:  ”Que te salga al encuentro el espléndido coro de los ángeles, el senado de los apóstoles, el ejército triunfador de los mártires, la turba brillante de los confesores y el coro alegre de las vírgenes; que te llene de esperanza San José, patrono de los moribundos, y la Virgen María vuelva hacia tí sus ojos benignos, y que el mismo Cristo Jesús se te presente con rostro alegre y festivo y ordene colocarte entre los suyos”.

Terminada la Recomendación del Alma le dí la última absolución, y a los pocos minutos su alma voló a unirse con Dios.  Entonces le dije el primer responso que pone el Ritual para el momento mismo de la muerte, y que es como el aviso de la llegada, dado ya en los umbrales de la vida eterna:  ”Venid, santos de Dios; salidle al encuentro, ángeles del Señor, para recibir su alma y presentarla en la presencia del Altísimo”.  Nunca me sentí tan seguro de que estas palabras se estaban cumpliendo.

La Iglesia militante había perdido una madre cristiana y ejemplar, pero era para enriquecer a la Iglesia triunfante con un nuevo miembro.  Ella ha ido a unirse con nuestro padre y con los tres hermanos que se fueron antes, y allí está velando por nosotros, y allí espera segura que se convierta en realidad el deseo tantas veces expresado por ella en la oración de los Primeros Viernes:  llegará el día en que toda la familia, reunida en el cielo, cantará para siempre la gloria de Dios.

(1)  Nota del Editor:  El 17 de septiembre de 1961 Mons. Eduardo Boza Masvidal fue expulsado de Cuba, junto a 132 sacerdotes y religiosos (32 de ellos cubanos y el resto de diversas nacionalidades), en el buque español Covadonga atracado en el puerto de La Habana.  Viajaron de forma precaria en la bodega del barco, que hacía el itinerario Veracruz-La Habana-La Coruña con una capacidad de 349 pasajeros y estaba completo. Véase a este respecto el artículo de Mons, Agustín A. Román en el siguiente enlace:

http://cuba.blogspot.com.es/2010/05/la-expulsion-de-los-sacerdotes-de-cuba.html

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En la imagen que figura supra puede verse a Mons. Eduardo Boza Masvidal a su llegada a Madrid en 1961, pocos días después de que fuera expulsado de Cuba, rodeado de un grupo de jóvenes universitarios cubanos que residían en el Colegio Mayor Pío XII, ubicado en la Ciudad Universitaria de Madrid.  Entre esos universitarios cubanos se encuentran los lectores de Cuadernos de Pozos Dulces Francisco Aramendía, Ricardo Cué, Vicente Cué, Alberto Sala y J.L. Urréchaga.

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Este artículo de Mons. Eduardo Boza Masvidal forma parte del libro Voz en el desierto, publicado por la Editorial Ideal, Coral Gables, Fl.  Pueden solicitarse ejemplares del libro en el e-mail:  ideal@idealpress.com

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No lo consiguieron solos

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-  Lola Sedeño

El descubrimiento de América, a finales del siglo XV, fue un acontecimiento singular que produjo un cambio radical en la concepción del mundo.

La leyenda negra anglosajona ha presentado la colonización española en el denominado Nuevo Mundo como una empresa masculina de conquista y saqueo, ignorando la participación de la mujer.  Sin embargo -y sin querer establecer comparaciones-  es un hecho cierto que 123 años antes de que 18 mujeres inglesas embarcaran hacia Norteamérica en el Mayflower, 30 mujeres españolas acompañaron a Cristóbal Colón en su tercer viaje (1497-1498).

Durante el siglo XVI de los 45,327 emigrantes españoles a América registrados en archivos, 10,118 son mujeres.  A pesar de que los datos son difíciles de investigar por la elevada emigración clandestina, la población femenina española que llegó a América alcanzó casi el 30 por ciento en el último tercio del siglo XVI,

La reciente exposición No fueron solos, Mujeres en la conquista y colonización de América, organizada en Madrid por el Museo Naval, abordó por primera vez la presencia y participación activa de la mujer en la conformación del Nuevo Mundo.  Fue pionera en el ámbito socio económico y determinante en el asentamiento y en el proceso de consolidación cultural de la naciente sociedad latinoamericana.

Entre esas mujeres existen historias personales de gran interés como la de Mencia Calderón, que viajó con sus tres hijas y en 1550 al fallecer su marido Juan de Sanabria tomó las riendas de la expedición y, al frente de 50 mujeres, atravesó 1,600 kilómetros de selva en una expedición épica de más de seis años de duración hasta llegar a Asunción.  La gesta de Calderón se recoge en la novela El corazón del océano de Elvira Menéndez  (Editorial Temas de Hoy, Madrid, 2010).

Uno de los testimonios femeninos más notables de esa época fue narrado en primera persona por Isabel de Guevara, una de las fundadoras de la ciudad de Buenos Aires, en una carta enviada a la Princesa Juana, hermana de Felipe II, el 2 de julio de 1556, cuyo original se conserva en el Archivo Histórico Nacional, ubicado en Madrid.  En su escrito detalla las penalidades sufridas por los 1.500 hombres y mujeres del grupo que encabezó Pedro de Mendoza hasta llegar al río de la Plata y señala “Al cabo de tres meses murieron mil…  Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, así lavarles la ropa, como curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les vienen a dar guerra… dar arma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados… Si no fuera por ellas, todos fueran acabados”.

Lo que las une a todas -afirma Carolina Aguado, Coordinadora de la citada Exposición realizada en el Museo Naval de Madrid-  es que “eran mujeres de armas tomar:  Abandonan su país en el siglo XVI, y a una sociedad donde la mujer era un cero a la izquierda, y se meten en un barco cuando esos viajes eran terroríficos, con riesgo de pirateo y naufragio para llegar a una sociedad que no conocían”.

Quienes han tenido la posibilidad de visitar las réplicas, realizadas en 1990, de los modelos originales de las carabelas La Niña y La Pinta y de la nao La Santa María, fondeadas actualmente en el puerto de Palos de la Frontera (Huelva)  [ver imagen supra], no llegan a explicarse cómo esas endebles embarcaciones, y otras similares, pudieron cruzar el Atlántico en viajes de ida y vuelta.

Siempre se ha destacado el protagonismo del hombre, incluso del caballo, el perro y las armas de fuego, en la conquista y colonización del Nuevo Mundo.  Pero poco se ha dicho o escrito, casi nada, de la participación de la mujer y de su importante -incluso imprescindible- labor en unos acontecimientos que transformaron e innovaron el curso de la historia de Europa y América.

Definitivamente, ellos no fueron solos.

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Lola Sedeño, Licenciada en Psicología (Universidad Complutense, Madrid), publicó ocho artículos en la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012).

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Los católicos de América Latina y España en la Iglesia actual

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J. Ors

Después de muchos siglos, en las estancias del Vaticano (véase vista aérea supra) volverá a escucharse la lengua española.  Desde los famosos y vilipendiados Borgia, aquellos Calixto III y Alejandro VI, ningún Pontífice tenía como lengua materna el castellano, un idioma tradicionalmente vinculado a la propagación de la fe y la defensa del catolicismo, como demostraron con ahínco los monarcas de la casa de los Austria.  Carlos V, de hecho, aseguraba:  ”Hablo italiano con los embajadores, francés con las mujeres, alemán con los soldados y en español con Dios”.

No resulta casual que en estos momentos de incertidumbre y retos haya sido elegido Papa el bonaerense Jorge Mario Bergoglio (n. 1936).  De los 1.196 millones de católicos repartidos por todo el mundo, en América Latina existen aproximadamente 432 millones, lo que supone el 39 por ciento del total mundial, siendo México el país que tiene el mayor número de creyentes, con 96.3 millones. Los católicos hispanos en los Estados Unidos suman 25 millones más.  Ese conjunto ha sido siempre una fuente de vocaciones y fieles.

Elocuente y reflexiva resulta también la elección, por parte del Papa, de su nuevo nombre, Francisco, que recuerda también a San Francisco Javier, jesuita español y uno de los grandes misioneros de la historia:  su protagonismo en la fundación de las misiones asiáticas todavía pervive como una gesta que se mueve entre la épica, el tesón y una vocación irreductible.  Hay que señalar que esa región desempeñará previsiblemente un importante papel en el futuro, sobre todo por el enigma de China (donde el español es la lengua que tiene un mayor crecimiento) y el peso que tiene Filipinas en el seno de la Iglesia.

Pero, ¿cuál es la importancia de América Latina y España hoy para la Iglesia católica?  Lo ha dejado bastante claro Benedicto XVI al celebrar en España en el 2011 la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) -donde se reúnen jóvenes católicos de todo el mundo; se ha calculado en alrededor de dos millones el número de participantes en esa ocasión-  y convocarla nuevamente en julio de 2013 en Brasil (véase http://www.rio2013.com).   Será el primer viaje del Papa Francisco I, precisamente a América Latina.

El laicismo y el relativismo, dos de los enemigos del catolicismo señalados por Joseph Ratzinger, avanzan en el continente europeo, que cada vez se distancia más de los valores propugnados por el Vaticano.  El anterior Papa impulsó una idea:  la reevangelización del Viejo Continente para recuperarlo a la fe cristiana.  Una batalla ardua que promete ser uno de los desafíos más duros que tendrá que afrontar Francisco I en su pontificado.  En Europa, España, con 40.9 millones de católicos, supone un punto de partida para esa misión.

Por otro lado, América Latina, el hontanar del que salen tantas vocaciones renovadas y que cuenta con una gran predicación en el pueblo por su lucha por la igualdad social, cuenta con 122.607 sacerdotes y 1.914 obispos, lo que representa un valioso potencial de evangelización, aunque aquí se refleje sólo en datos y números.

No olvidemos el legado de Benedicto XVI al proclamar 2013 como Año de la Fe,

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Bebo y Chucho, unidos para siempre

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por Mauricio Vicent

Sobre una repisa encima del piano de Bebo Valdés (Quivicán,1918) en la casa que el músico cubano tiene en España en la ciudad de Benalmádena (Málaga), un Premio Grammy muy especial destaca sobre los demás:  es el que obtuvo con su hijo Chucho por el disco Juntos para siempre, un trabajo cargado de sentimiento y sabiduría producido en 2008 por su amigo Fernando Trueba, a quien Bebo sigue llamando cariñosamente “Jefe” cuando lo ve, pese a que desde hacer algún tiempo su memoria de 94 años baila en una nube.

A pocos kilómetros del hogar de Bebo, en la casa donde Chucho se instaló hace un par de años para estar cerca de su padre, el mismo gramófono dorado de ese Grammy al mejor álbum de jazz latino ocupa un estante privilegiado del estudio, donde hay fotos de Chucho con Dizzy Gillespie, Michel Legrand, Santana, Tito Puente, Herbie Hancock, Chick Corea, Max Roach y una larga lista de artistas.  Entre los dos Valdés suman 17 gammy  -nueve Bebo y ocho su hijo-,  el último de ellos logrado con Chucho’s steps (2011), un disco de puro jazz afrocubano con homenajes al fundador del grupo Weather Report, Joe Zawinul, y a la familia Marsalis, además de a su hijo más pequeño, Juliancito, y su esposa, Lorena.  Ambos viven ahora con él en Benalmádena, pero esa es otra historia.

Trueba está aquí para saludar a los Valdés en sus respectivos refugios malagueños y para escuchar el nuevo disco de Chucho, todavía en fase de mezcla, en el que cuenta con la colaboración especial del saxofonista estadounidense Brandford Marsalis.  El cineasta español lleva una buena noticia:  muy pronto se reeditarán en una sola caja los ocho discos que grabó con Bebo después de filmar Calle 54, empezando por El arte del sabor (2001), con Cachao y Patato Valdés, por el que ganó su primer premio de la Academia de la música estadounidense, pasando por el éxito de Lágrimas negras (2003) con El Cigala, o el que grabó en el Village Vanguard con el contrabajista Javier Colina, y por supuesto el doble Bebo de Cuba (2004) y el último de su carrera, Juntos para siempre.

“… Es que han sido ocho discos y cuatro películas con Bebo en diez años”, exclama el cineasta en el tren, camino de Málaga, ”Y no sabes lo bien que lo hemos pasado juntos”, constata con placer y a la vez con cierto nervio.

Trueba y Bebo no se ven desde el verano pasado, cuando murió la última esposa del pianista, Rose Marie Perhson, con quien vivió 40 años en Estocolmo antes de instalarse juntos en Benalmádena.  Desde hace algunos años Bebo dejó de actuar en público  -”se me va la cabeza, puedo empezar tocando un mambo y acabar en un chachachá”, bromeaba él mismo-,  pero ahora el alzhéimer ha avanzado y los momentos de lucidez son cada vez más fugaces.

Sin embargo, nada más abrirse la puerta y ver entrar a Chucho acompañado de su amigo, Bebo se ilumina:  ”…llegó el Jefe”.  Como un muelle, abandona la partida de dominó y la taza de café sobre la mesa (como buen cubano no podía estar haciendo otra cosa) y salta al piano:  ”¿Qué quieres que toque, Jefe?”.  Trueba le responde:  ”Lo que tú prefieras, Bebo, lo que te apetezca”.

Empiezan a caer entonces El cumbanchero, Lágrimas negras y melodías de jazz como You belong to me, hasta desembocar, con ayuda de Chucho, en La comparsa, el fabuloso tema de Ernesto Lecuona, cubano como las palmas, que tocaron juntos en Calle 54.  “Fue la historia de amor de la película”, recuerda el director de aquel encuentro tan especial en los estudios de Sony Music en Manhattan.

Lo de Bebo esta tarde también es increíble:  lucha, bucea en sus recuerdos, vuelve, se va y retoma agarrado al ritmo hasta encontrar el camino de salida…..  En los rostros de Chucho y de Fernando hay alegría y también lágrimas contenidas; emoción nórdica en el de Richard, hijo de Bebo y Rose Marie, quien desde la muerte de su madre se ha instalado con él.

El piano es un poderoso pie en la tierra para Bebo.  Lo conduce sin apenas darse cuenta a su pasado y de allí lo trae de regreso a sus seres queridos y a lo mejor de su vida a través de melodías de ayer y de siempre, el Son de la Loma, Sabor a mí, La gloria eres tú…  Javier Colina, que lo visitó recientemente, cuenta que Bebo estuvo tocando dos horas para él sin parar un minuto, feliz.

La relación entre Chucho y Bebo es mágica:  los dos nacieron en el mismo pueblito cubano de Quivicán el mismo día  -un 9 de octubre-,  uno en 1918 y el otro en 1941;  y aunque sus vidas han estado siempre unidas por el piano y la música cubana, también han estado demasiado tiempo separadas por la política, pues Bebo se marchó de Cuba en 1960 y no quiso regresar más.  Tuvieron que esperar casi dos décadas para el reencuentro, pero desde entonces padre e hijo se han visto en numerosas ocasiones y han trabajado juntos.  Ahora Chucho se ha mudado definitivamente a Benalmádema para cuidarle.

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Mauricio Vicent es un periodista español que ha vivido varios años en La Habana.  En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012) publicó tres artículos. Véase en este blog su reciente artículo La cubanía, peculiar calidad de una cultura.

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Los chicos del coro del Escorial

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Azucena S. Mancebo

A medida que uno se aproxima a la puerta de la Escolanía del madrileño Monasterio del Escorial -la de la derecha, en la fachada principal- siente que está a punto de realizar un viaje en el tiempo.  Un trayecto de 446 años, que son los que cumple ahora el coro fundado por Felipe II, el mismo que ordenó la construcción del monumento en 1563.

Al parecer, el rey quería que un grupo de niños cantara en la Misa del alba que cada día se oficiaba por su salud.  Por la suya y, en los años siguientes, por la de los monarcas reinantes.  Pero este es un cometido que ya no cumplen los 45 chicos que actualmente forman parte de la Escolanía.

Al recorrer los pasillos, -por los que apuesto que me perderé-, siento un escalofrío.  La oscuridad y el frío lo convierten en un laberinto un tanto tenebroso.  Trato de centrarme y pienso en los niños que he venido a conocer.  Viven internos en una zona de este descomunal edificio de casi 35.000 metros cuadrados y, además de su correspondiente curso escolar, estudian varias horas al día asignaturas relacionadas con la formación musical (solfeo, canto gregoriano, piano…), todo ello bajo el paraguas de la doctrina religiosa de los agustinos (quienes habitan el Monasterio desde 1885).

“Buenos días”, “Hola, ¿que tal?”, me saludan todos según pasan a mi lado.  Llegan uniformados con el atuendo del Colegio mixto al que asisten como alumnos becados, el Real Colegio Alfonso XII, (ubicado también dentro del Monasterio y donde comparten aulas con 800 escolares más): pantalón beis, camiseta de algodón celeste y chaqueta de punto azul marino es su indumentaria.  Podían haber escogido el uniforme de gala, el de los escolanos:  túnica blanca sobre hábito negro, el mismo que han usado sus antecesores desde, al menos, el siglo XVII.

Con los niños recorro los pasadizos y rincones de este edificio.  ”Yo antes también me perdía.  Por eso siempre me acompañaba otro escolano. Ahora ya puedo ir solo por todas partes” me tranquiliza José García, de 10 años.  Solo lleva tres meses en el internado y además de haber conseguido no despistarse en su nuevo hogar, asegura haber logrado dejar de llorar -”hace un mes”, puntualiza-, por lo mucho que echa de menos a sus padres.

A José, como a la mayoría de sus compañeros, lo reclutaron por sorpresa en su propio colegio.  ”Yo nunca había pensado dedicarme a cantar” asegura.  ”Todos los años entre los meses de marzo y mayo, recorremos varios centros de la Comunidad de Madrid y de las provincias cercanas para hacer pruebas de canto a los niños y ver cuáles podrían unirse a nosotros, en función de su potencial de voz”, explica el Padre José María Herranz, director de la Escolanía.

En realidad el futuro cantor solo necesita unas buenas cuerdas vocales y ciertas aptitudes, pero no tiene por qué saber cantar.  ”A los seleccionados les invitamos a pasar una semana aquí con nosotros para ver si se adaptarían al nuevo entorno:  si saben convivir con tanta gente, si son independientes, si soportan estar lejos de sus padres….” apunta el Padre Herranz.  Porque, al parecer durante el primer año algunos niños, por decisión de la propia dirección, vuelven a sus casas.

Los elegidos, unos 15 cada curso y de alrededor de 9 años, vivirán en el Monasterio como mínimo hasta los 14, edad a la que a la mayoría de los chicos les cambia la voz, aunque algunos con aptitudes privilegiadas dejarán la protección de los muros de piedra granítica con la mayoría de edad.  ”Aún me quedan dos años, pero creo que cuando salga después de siete viviendo aquí, me va a costar acostumbrarme a la vida de fuera”, reconoce Jaime González, de 15 años.

Él, como el resto de sus compañeros, ya se ha habituado a los apretados horarios del internado.  ”Yo me levanto a las ocho para llegar a las nueve al Colegio.  A la una y media comemos aquí todos juntos y a las tres volvemos a clase.  Cuando regreso tengo una hora de piano todos los días.  Después, la merienda y un poco de tiempo libre para jugar.  Lo siguiente es la hora de los deberes, y dos veces a la semana tengo una hora de solfeo y otro día de inglés.  Antes de la cena disponemos todos de una hora de ensayo diaria.  Y a las 10 y media, más o menos, nos vamos a la cama” detalla de carrerilla con su aguda voz, Daniel Molina, de 11 años.

Sus pasatiempos, esos a los que dedican un rato cada día, no son ni mucho menos tan antiguos como el ambiente donde viven, la tradición que perpetúan o la institución a la que pertenecen.  La Play Station, la X-Box y la Wii están entre sus diversiones favoritas del cuarto de juegos, además de un balón para el obligado partido de fútbol en el patio.

Para las galerías del Monasterio se reservan jugar al látigo, como compruebo cuando vamos de camino al sitio en el que ensayan. Durante la demostración, el arrastrado se pisa el hábito con las zapatillas de deporte, y en cuclillas le saca brillo a un suelo que sería la pista de patinaje ideal para cualquier niño (ver foto supra, autor Chema Conesa).  Pero ellos no se preocupan por el uniforme.  Siguen jugando, saltando y gritando por los corredores del Monasterio del Escorial.  Tal vez sea una costumbre que iniciaran los escolanos del siglo XVI.

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