De La Salle, construir personas y transformar el mundo

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-  Álvaro Rodríguez Echeverría fsc

Al terminar mi servicio al Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas como Superior General durante 14 años y mirar al pasado desde Jerusalén, donde me encuentro ahora, constato que una de las realidades más hermosas que me ha tocado vivir es lo que hemos llamado la asociación con los seglares y la misión compartida.

En efecto, en los últimos años, con muchas otras Congregaciones religiosas e impulsados por el Concilio Vaticano II, que nos recordó la llamada universal a la santidad y el compromiso misionero de todos los cristianos, hemos comenzado a transitar un camino del que estamos viendo ahora los frutos.

El carisma lasallista no es patrimonio exclusivo de los Hermanos De La Salle, sino también de todos aquellos que, desde su propio estado de vida, desean colaborar en la educación humana y cristiana de niños y jóvenes, a partir de los más pobres y vulnerables,. como una manera de responder al plan salvífico de Dios, que como nos lo recuerda De La Salle, inspirándose en San Pablo, quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2, 3-4).

En 2014, unos meses antes de nuestro último Capítulo General celebrado en Roma tuvimos, por segunda vez, la Asamblea Internacional de la Misión Educativa Lasallista. Esta Asamblea está constituida por dos tercios de Seglares y un tercio de Hermanos venidos del mundo lasallista representando los diversos Distritos.  Al final de la misma compartí algunas ideas con los participantes que ahora, en forma más esquemática, expongo a los lectores de Cuadernos de Pozos Dulces.

Construir personas y transformar el mundo

Nuestra misión es construir personas y transformar el mundo; nuestra misión es responder a las necesidades de los jóvenes vulnerables y responder a sus necesidades con creatividad.  Como nos lo ha recordado el Papa Francisco:  En cualquier lugar donde estemos, irradiar esa vida del Evangelio, que nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo -que corroe las comunidades cristianas y corroe nuestro propio corazón- y nos enseña a acoger a todos sin prejuicios, sin discriminación, sin reticencias, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos, que no son nuestras obras o nuestras organizaciones, no;  lo más valioso que tenemos es Cristo y su Evangelio. 

En el reciente encuentro celebrado en Roma con las Superioras Generales de las Congregaciones Religiosas, el Papa también les invitaba a ir hacia aquellos que están en las periferias existenciales de la vida y a no tener miedo de tocar la carne de Cristo en los pobres, los marginados, los enfermos, los niños…  Si vivimos una pedagogía, una evangelización, una comunidad educativa para el servicio educativo de los pobres y, a partir de ellos, de otros jóvenes, es normal que de una forma directa o indirecta desemboquemos aquí.  Tocándola directamente -y es una gracia-, o permitiendo por medio de una educación en la solidaridad y la justicia que nuestros niños y jóvenes la toquen, no teóricamente sino a través de experiencias concretas de cercanía y afecto.   

¡Qué bueno que los hermanos/as se quieran! (Salmo 133)

Cuando nos reunimos los lasallistas, más allá de nuestras culturas y religiones nos sentimos hermanas y hermanos, y vivimos una experiencia de que otro mundo, marcado por el amor, la comprensión y respeto es posible.  Por eso, debemos sentir que lo más importante de nuestra pedagogía es la calidad de las relaciones que podamos establecer, que lo más importante de nuestra Evangelización es hacer sentir a cada uno que es amado de Dios, único ante Él y responsable de los demás; que lo más importante de nuestra comunidad educativa es la experiencia de la fraternidad y sororidad (sisterhood), que nos hace constructores no de muros sino de puentes, dando cabida a todos sin ninguna discriminación y abiertos a los que nos pueden enseñar.

Cuando nos reunimos los lasallistas, más allá de nuestras culturas y religiones, nos sentimos hermanos y hermanas y vivimos una experiencia de que otro mundo, marcado por el amor, la comprensión y el respeto, es posible. Por eso debemos sentir que lo más importante de nuestra pedagogía es la calidad de las relaciones que podamos establecer, que lo más importante de nuestra Evangelización es hacer sentir a cada uno que es amado de Dios, único ante Él y responsable de los demás; que lo más importante de nuestra comunidad educativa es la experiencia de la fraternidad y sororidad (sisterhood), que nos hace constructores no de muros sino de puentes, dando cabida a todos sin ninguna discriminación y abiertos a lo que nos pueden enseñar.

Un porvenir lleno de esperanza (Jeremías. 29, 11)

Lo más importante es que esta experiencia la podamos alargar en el tiempo y en el espacio.  Lo que hemos vivido no lo podemos dejar únicamente para nosotros, debemos compartirlo.  Lo que hemos vivido, no es sólo una experiencia inolvidable, debe ser un compromiso de vida que asegura la perennidad y actualidad del carisma lasallista que el Señor ha puesto en nuestras manos.

Yo estoy convencido de que Dios, en su infinita sabiduría y amor, seguirá ofreciendo a los niños y jóvenes medios de salvación y vida en abundancia.  Por eso me parece que la pregunta fundamental que deberíamos hacernos al terminar esta reunión es si será con nosotros o sin nosotros.  Yo deseo con toda el alma, y estoy seguro de que ustedes también, que sea con nosotros.  Sin duda todos deseamos que el carisma y la misión lasallista puedan continuar en el mundo para el servicio educativo de los niños y jóvenes a partir de los pobres.

Creo que la Asamblea Internacional de la Misión Educativa Lasallista habrá tenido sentido si hemos dado pasos para asegurar ese futuro.  No por un deseo de supervivencia o de prestigio, sino por la necesidad de servicio ante el mundo tan complicado que les toca vivir hoy a los jóvenes -ante las viejas pobrezas que hoy se acrecientan y las nuevas pobrezas a las que se enfrentan- respondiendo así al proyecto salvífico de Dios.

De nosotros depende, Hermanos, Hermanas y Seglares que así sea.  Debemos renovar nuestra confianza mutua, nadie por encima del otro; consolidar estructuras que aseguren la continuidad y una respuesta creativa; rejuvenecer nuestro espíritu haciendo nuestros los valores del Evangelio y con profundo respeto hacia las otras religiones de las cuales, sin duda, tenemos mucho que aprender.

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Álvaro Rodríguez Echeverría fsc (San José de Costa Rica, 1942) ha sido Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (De La Salle) en el período 2000-2014. Véase en este mismo blog su artículo Mensaje desde Roma (2012).

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Historia breve del sacacorchos

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-  Jessica Nieto

Aunque en la actualidad su uso se relaciona exclusivamente con el mundo del vino, lo cierto es que el primer sacacorchos surgió en el siglo XVII como un utensilio de belleza que se utilizaba para extraer los tapones de pequeños frascos de perfumes, lociones y preparados farmacéuticos de cosmética.  Estos primeros modelos eran de bolsillo y las damas de la época los llevaban en sus bolsos para retocarse.

Hasta el siglo XVIII el vino se transportaba en barriles y vasijas artesanales, lo que reducía su conservación.  A mediados de ese siglo aparecieron las botellas alargadas y verdes de vidrio soplado que se cerraban con un corcho.  Este nuevo diseño permitía el almacenamiento en horizontal, que ayudaba a evitar que el contenido se estropease. De esta forma nace el comercio del vino.

A partir de ese momento, la evolución del sacacorchos se centra en el desarrollo del método más cómodo para realizar la operación de apertura, es decir, en el perfeccionamiento del mango y del sistema metálico.  “Fue en ese momento cuando el invento comienza a adquirir una mayor repercusión”, afirma Paolo Annoni, Director del Museo del Sacacorchos de Barolo, ubicado en la región de Piamonte, Italia (1).

En 1795 el clérigo inglés Samuel Henshall (1765-1807) presentó la primera patente de sacacorchos que tenía forma de  T  y un pequeño cepillo para quitar los restos de corcho de la botella (véase imagen supra).

A comienzos del siglo XIX tuvo lugar un boom en todo el mundo: inventores procedentes de Francia, Canadá y los Estados Unidos diseñaron sus propios modelos. Sólo en el Reino Unido se contabilizaron hasta 400 distintos.  A lo largo de sus 300 años de historia, este ha sido uno de los inventos que más patentes ha registrado. Se calcula que, en la actualidad, hay unos 50,000 modelos diferentes: de mecanismo simple, de tornillo, monomando, dos palancas, de mayor tamaño para descorchar barriles, etc.  Cada uno de ellos está determinado por las preferencias de cada país. Por ejemplo, en Francia se diseñó uno específico para descorchar las botellas de champán sin que perdieran su efervescencia.

Paralelamente al desarrollo técnico tiene lugar una estilizaciòn.  “Junto a los modelos tradicionales de madera, latón o hierro, también se empiezan a fabricar en oro, plata, marfil, nácar, e incluso con piedras preciosas y elementos decorativos” añade Paolo Annoni. Con su evolución, surgieron también los accesorios, como cuchillas o escobillas para limpiar las botellas.

El español Jacinto Presa Eguren decide, en 1995, diseñar un instrumento rápido y fácil de usar para ayudar a su mujer en la tarea de descorchar una botella.  Lo llamó el Sacacorchos Perfecto y consiguió la Medalla de Oro en el Salón Internacional de Inventos de Ginebra (Suiza), el más importante del mundo en este sector.  “Disfruto con el hecho de inventar”, afirma su creador.  En la actualidad se vende en más de 40 países de todo el mundo.

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(1)  Para más información véase en Internet  http://www.museodeicavatappi.it

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Doug Engelbart, inventor del ratón o “mouse” informático

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-  Javier Martín

Doug Engelbart (1925-2013) era mucho más que el inventor del ratón o mouse infomático.  Dedicó toda su vida a lograr que las máquinas y los humanos se entendieran y se amaran.  “El distanciamiento entre los dos ha impedido un mayor desarrollo de la civilización”, sostenía.

Esa humanización del ordenador o PC le llevó a desarrollar en 1967 el primer aparato externo para enviar órdenes a los ordenadores/computadoras: el ratón o mouse, que era entonces una simple carcasa de madera que cubría dos ruedas metálicas (véase supra imagen del prototipo de Engelbart junto a un modelo actual).  Se trataba de un artilugio que se podía desplazar con la mano y permitía trasladar el correspondiente movimiento a la pantalla.  El concepto del inventor fue materializado por los ingenieros de Xerox con forma de pastilla de jabón.  Todavía no se le llamaba mouse o ratón. 

Un año después, en 1968, hizo pública su invención bajo el nombre oficial X-Y Position Indicator for a Display Position (Indicador de posición X-Y para una pantalla), que iba a sustituir al lápiz-puntero y al joystick.  La conferencia de presentación la realizó desde su casa, con un módem casero, utilizando el elaborado sistema on-line de su laboratorio para ilustrar sus ideas ante la audiencia.  Fue la primera demostración pública de una videoconferencia.

La noción de operar en el interior de un ordenador con una herramienta situada en el exterior fue revolucionaria, aunque el aparato no estuvo a la venta hasta 1984, acompañando al Macintosh de Apple, que hizo del ratón o mouse una seña de identidad de los ordenadores o computadoras.  Hasta esa fecha el invento permaneció abandonado, sin uso comercial, en el centro de investigación Xerox PARC (Palo Alto Research Center) ubicado en California.

En diversas entrevistas, el genial inventor decía que no recordaba cuándo ni quién comenzó a llamar mouse / ratón a esa cajita de madera, aunque sus dudas no eran extrañas ya que huía de individualizar los logros.

Son suyas una treintena de patentes. Entre otros desarrollos clave, junto a sus compañeros del Instituto de Investigación de Stanford y de su propio laboratorio, destaca el uso de ventanas múltiples o el hipertexto.  También ayudó a desarrollar ARPANET (Advanced Research Projets Agency Networld)  -el predecesor de Internet-gestionado por el Gobierno de los Estados Unidos.

Pero, para bien o para mal, el ratón o mouse marcó la vida de Doug Engelbart.  Ha fallecido justo cuando su histórico invento comienza a declinar y a desaparecer del entorno tecnológico.  Casi medio siglo después de su novedosa aparición, ahora basta con tocar la pantalla con un dedo, o incluso, mover los ojos para que la máquina obedezca al hombre.

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Sonríe y habla

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-  Edurne Uriarte

Me encantó un piropo que recibí hace unos días. Y no porque me hiciera sentir más guapa o bella, no tenía que ver con eso, sino porque me hizo sentir mejor, más positiva y cercana a los demás. Me lo dijo un empleado de seguridad de un aeropuerto cuando pitó el detector a mi paso: “Es que lo tengo programado para que pite cuando pasan las mujeres guapas o bellas”. Y sé que lo dijo como respuesta a la amplia sonrisa con la que me asombré del pitido tras haberme despojado de casi todo lo que llevaba encima.

Una sonrisa por otra sonrisa. 

Una respuesta agradable a una actitud simpática. Hace todavía no mucho tiempo, seguramente me habría irritado, habría mirado con impaciencia al detector y a aquel chico, hasta me habría puesto a perorar sobre los controles absurdos, y él me habría devuelto una mirada de cansancio por tener que trabajar con gente impaciente y desagradable. Y, sin embargo, una sonrisa cambia a los demás y, aún más, te cambia a ti. No solo me sé la teoría, sino que creo firmemente en ella, pero me cuesta aplicarla, sumida como estoy buena parte del tiempo en cavilaciones o en el estrés profesional. 

Estoy por incluir el propósito de la sonrisa en los consejos sobre la filosofía de la Cábala que me han dado mis amigas argentinas. Ellas, como buenas argentinas que son, tienen, por supuesto, su psicólogo de cabecera, pero, además, se lo saben todo sobre prácticas de equilibrio emocional y felicidad. Y me recomiendan uno de los consejos de la Cábala: expresar confianza en el logro de los propósitos más deseados cada mañana antes de poner el pie en el suelo. Aprender a sonreír puede ser uno. 

Porque lo que sí practico abundantemente es la segunda receta del equilibrio emocional: hablar mucho. Y desde antes de haber leído al psiquiatra Luis Rojas Marcos y su idea de que “la mujer española vive mucho porque habla mucho”. Lo dice para explicar que sea la tercera más longeva del mundo, porque cree firmemente -yo también-, en la influencia del cerebro, de las emociones, en la fortaleza física. Y es que, dice Rojas Marcos, hablar es muy sano porque relaja la tensión emocional, te conecta a los demás y mejora tu capacidad para enfrentarte a malos momentos. 

Una pena que no podamos contar demasiado con los hombres para esta práctica. Porque un científico británico ha demostrado que es verdad esa sospecha de que no nos escuchan a partir de cierto momento. Pero hay una explicación biológica: la voz femenina agota sus cerebros. Una amiga y yo enviamos el recorte de prensa sobre tal investigación a dos hombres, pensando que se reirían. Pero no, se lo tomaron completamente en serio.

Por fin, la ciencia había entendido lo que les pasaba. No contemos con ellos para llegar a la longevidad a través de la conversación. De esto tendremos que ocuparnos solas.

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Diaghilev, un momento dorado del ballet

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-  Vicente Cué

Hace ahora cien años, el ballet entró en uno de sus momentos más dorados, de la mano del ruso Serguei Diaghilev (1872-1929). Fueron dos décadas de esplendor que marcaron toda una época en el mundo de la danza y definieron toda una nueva forma de creación en la disciplina.

El Renacimiento italiano significó un glorioso resurgimiento de las artes. Durante aquellos siglos en los que se produjo una explosión de belleza, lucidez e ingenio, nació el ballet, que desde ese momento hasta nuestros días ha aportado un importantísimo contenido artístico a la Humanidad. Posteriormente hubo épocas muy fecundas para este arte, como fue el Barroco de Luis XIV en Francia; el Romanticismo, también en esa nación, y el clásico de Petipa, en Rusia, a finales del XIX.

A principios del siglo XX floreció otro renacimiento de las artes que fue conocido como la «era Diaghilev». Éste fue más breve, aunque muy intenso. Duró dos décadas, desde 1909 hasta 1929, fecha en la que muere en Venecia su creador, el ruso Serguei Diaghilev. Para conmemorar el primer centenario de aquel desembarco de los «Ballets Russes» que enriqueció, pero también conmovió, escandalizó y provocó a la capital de Francia, se están celebrando en todo el mundo homenajes a esa «rara avis» llamado Diaghilev, hombre de gran cultura y gusto exquisito. La simple mención de algunos de los artistas seleccionados por él, es suficiente para comprender por qué esos veinte años son considerados como un «suceso histórico». Aunque en los comienzos la compañía se nutrió prácticamente sólo de artistas rusos: Nijinsky, Pavlova, Karsavina, Fokine, Massine, Stravinsky, Benois, Bakst; pronto se sumaron de otras nacionalidades: Falla, Debussy, Satie, Ravel, Picasso, Miró, Sert, Gris y más rusos Balanchine y Prokofiev. Estas dos listas de excepcionales autores son sólo parciales, pero no por eso son menos apabullantes.

Los «Ballets Russes», como su nombre indica, era una compañía de ballet y, por lo tanto, todo lo que se producía en ella tenía como fin la exaltación de la danza. Si bien es su unión con la música, la pintura y la literatura lo que produce su desarrollo y su culminación. Sin abandonar nunca el ballet clásico, Diaghilev se aventuró en otros campos ya que era un apasionado de la novedad. Así fue como el modernismo, cubismo y surrealismo irrumpieron en sus espectáculos. El impacto de lo que se veía y ocurría en los «Ballets» impulsó de forma notable la renovación en la técnica, el diseño y la estética en todas las artes, incluyendo, de manera exuberante, la moda. Lo que empezó siendo ruso después fue parisino para convertirse en universal. Lo más sobresaliente del director ruso era la mágica intuición que poseía para descubrir a jóvenes artistas con talentos excepcionales y proporcionarles el patrocinio y el camino adecuados para hacerlos triunfar. En sus producciones, como si de una partida de dados se tratara, podía ocurrir de todo. A veces esa diversidad y combinado de artistas jugaba extrañas pasadas teniendo como resultado insólitas piezas en las que la música o la plástica destacaban en detrimento de la danza. Por ejemplo, en «Parade» (1917), de Massine, con música de Satie; los decorados y el vestuario de Picasso convirtieron este ballet, más bien, en un cuadro cubista en movimiento.

Un año después del debut del grupo ruso en París, Diaghilev descubre a un joven músico llamado Igor Stravinsky, al que encarga composiciones para su compañía. Así fue como las piezas más conocidas del genial compositor: «El pájaro de fuego» (1910), «Petrushka» (1911) y «La consagración de la primavera» (1913), fueron creadas para ser bailadas por los «Ballets Russes».

España y su arte no quedarían fuera de este renacimiento del siglo XX. Desempeñó un papel muy importante. Falla y Picasso, por entonces radicados en París, fueron de los primeros españoles que se relacionaron con Diaghilev y su excepcional nómina de artistas. Desde 1916, debido a la guerra que acontece en Europa durante esos años, los «Ballets Russes» realizan frecuentes giras por el territorio español. El rey Alfonso XIII, que asistía a casi todas las representaciones, se autoproclamó «padrino del ballet». Hubo varias realizaciones creadas en nuestros escenarios e incluso otras estrenadas en París con temas como el flamenco. Pero el gran proyecto con nuestro país se produce cuando Diaghilev, fascinado por la riqueza del baile español, le pide a Manuel de Falla componer un ballet para su compañía. Así nace «El sombrero de tres picos» (1919), con música del gaditano, coreografía de Leonid Massine y escenografía y trajes de Pablo Picasso. La elaboración de este ballet duró varios años, lo que generó interesantísimas anécdotas, reuniones de grandes artistas que visitaron y recorrieron nuestro territorio y situaciones que concluyen en una composición que marcó el feliz encuentro del folclore, la danza y la música española con el ballet. La «era Diaghilev» gracias a la inspiración, gestión, esfuerzo y dirección del genio ruso, fue rica en nombres, éxitos e hitos históricos.

Sin embargo, siempre hay quien tiene dudas. En una conversación en Madrid entre Diaghilev y el rey Alfonso XIII, éste le pregunta al ruso: «¿Qué hace usted en esta compañía? Usted no dirige la orquesta. No baila. No toca el piano. ¿Qué hace usted?». Diaghilev responde: «Majestad, soy como vos. No trabajo, no hago nada, pero soy indispensable». (Efectivamente el ruso era esencial ya que con su muerte se acabó la compañía).

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¿Se muere Venecia?

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-  Pablo Ordaz

Cada día en Venecia, desde la ventana de su taller de restauración de muebles antiguos, junto al Ponte del Barcalori, al lado del teatro de La Fenice, Bruno Rizzato escucha a los gondoleros repetir una y otra vez que en el palacio de enfrente vivió Wolfgang Amadeus Mozart durante el carnaval de 1771, cuando sólo tenía 15 años. Los turistas asienten y disparan sus cámaras fotográficas ante una placa que, desde 1971, recuerda al “muchacho salzburgués” que convirtió la música en “purísima poesía”.

-  “Pues es mentira  -afirma Bruno Rizzato-.  Se trata de un falso histórico.  En realidad fue aquí donde está mi taller donde vivió Mozart.  Si no me cree, vaya al Conservatorio. Allí se guardan aún las cartas que su padre le escribió a esta dirección.  Pero las autoridades, tal vez porque se equivocaron, o quizás porque aquel edificio de enfrente es más bonito, colocaron allí la placa con motivo del bicentenario.  El caso es que los periódicos publicaron el error pero, como es natural tratándose de Italia, allí se quedó la placa y aquí sigo yo, escuchando cada día, una y otra vez, la mentira repetida en todos los idiomas. Otra más de las mentiras en que se ha convertido Venecia”.

Bruno Rizzato es el último de una estirpe de restauradores venecianos que se remonta a 1880.  Se sabe una especie en extinción.  No tanto por su oficio de restaurador de antigüedades   -“aunque ahora la gente prefiere los muebles de Ikea, todo blanco y cristal” afirma-,   sino por su linaje veneciano.  “La explotación salvaje del turismo de masas”, sostiene, “le ha robado el alma a la ciudad;  en la zona de Rialto, hace veinte o treinta años, vivían venecianos que vendían a otros venecianos el pan, la verdura/vegetales, el pescado, y talleres donde se ofrecía artesanía auténtica -collares de cristal de Murano, máscaras hechas a mano según las enseñanzas de padres y abuelos-, a viajeros que sabían lo que compraban y lo que debían pagar por ello. Aquella Venecia ya no existe. No sabe cuánto lo siento, pero ha llegado usted cuarenta años tarde. Todos aquellos negocios fueron cerrando y en su lugar abrieron tiendas de bisutería para el turismo.  Venecia se ha convertido en Disneylandia.  Un parque temático donde, al precio de un euro (1.30 dólares) unos chinos venden a otros chinos unas máscaras venecianas fabricadas en China”.

Es un discurso amargo, resignado, que atraviesa los 455 puentes que unen entre sí la 118 islas de una ciudad que, a mediados del siglo pasado, contaba con 174,000 residentes y que ahora apenas llega a los 57,000.  Son los últimos mohicanos del amor incondicional a la belleza, ahora sitiada de Venecia.

Sus nuevos dueños, un ruidoso ejército formado por 24 millones de turistas al año, marchan de la mañana a la tarde desde el puente de Rialto a la Plaza de San Marcos agrupados detrás de un banderín -o de un paraguas abierto, o de un osito de peluche, o de un bastón desplegable con un moño rojo en la punta-, con el tiempo imprescindible para tomar unas cuantas fotografías, comprar una máscara auténticamente falsa y regresar de prisa y corriendo al barco del crucero, o al autobús, que les aguarda al lado del resbaladizo puente realizado en el año 2008 por el arquitecto español Santiago Calatrava (n. 1951).

Algunos operadores (tour operators) incluyen en el circuito turístico un “inolvidable paseo en góndola por los canales”.  Se pueden observar entonces filas interminables de turistas -de preferencia asiáticos- que van embarcando en las góndolas del atracadero de Bacino Orseolo, justo a la espalda de la Plaza de San Marcos, sin apenas descanso, como si se subieran a un carrito de la noria o a una de esas atracciones que sortean cataratas falsas en los parques acuáticos.  Al pasar por enfrente del taller de restauración del citado Bruno Rizzato, el gondolero de turno les señala una lápida de mármol y les dirá:   “En este palacio de aquí pasó unos días el joven Mozart…”.

Los venecianos sitúan el declive de la ciudad en las inundaciones del 4 de noviembre de 1966.  Los puntos más bajos de la ciudad quedaron sepultados bajo metro y medio de agua (aproximadamente 5 pies).  Unas 160,000 viviendas -situadas en los primeros pisos de palacios centenarios- fueron consideradas inhabitables.  Muchos de los que se tuvieron que marchar de Venecia  -“hacia tierra firme”, dicen aquí-  lo hicieron pensando que era de forma temporal.  La mayoría nunca regresó.  Venecia ha perdido alrededor de dos tercios de sus habitantes, pero nadie culpa del éxodo al  acqua alta  -las mareas que siguen anegando las partes bajas de la ciudad decenas de veces al año-, sino a la desidia de quienes, desde los despachos oficiales, tendrían que haber velado por que los venecianos regresasen para que la ciudad no perdiese su identidad.

Un rótulo luminoso colocado en un escaparate de la farmacia Morelli, junto al puente de Rialto, ofrece diariamente el parte de bajas de una guerra perdida.   La última cifra que pude ver es de 56,683 personas que viven en el centro histórico de Venecia.

-  ¿Usted cree que Venecia puede morir?

Venecia ya está muerta.

La respuesta es de Tiziana Terzi, que habla con conocimiento de causa.  Es la dueña de la Funeraria Pavanello, en el distrito de Cannaregio, una de las zonas más bellas de Venecia  -valga la redundancia-  y menos golpeada por el turismo de aluvión.  “Digo que está muerta”, se explica Tiziana, “porque ya no existe la verdadera Venecia. Los oficios, los negocios, los artesanos, los vecinos que se ayudaban entre sí en una ciudad bellísima, tal vez la más bella de todas, pero también incómoda, sobre todo para las personas mayores.  Antes, bajabas de tu casa y no hacía falta cruzar más de dos puentes para encontrar la panadería, la frutería, el carnicero.  Cualquiera ayudaba a la abuela del segundo a subir la compra en una ciudad sin ascensores.  Ahora eso ya no es posible porque vivimos entre extranjeros, rodeados de gente que no conoces.  Nos hemos visto obligados a cerrar todos los negocios porque han puesto los alquileres imposibles.  El turismo desbocado ha matado el ecosistema de esta ciudad.  Cada vez que un anciano muere, también se muere un poco más Venecia, porque su lugar no será ocupado por un veneciano más joven, sino por un turista”.

Hay dos datos significativos.  Cada año un promedio de 1,000 venecianos abandonan la laguna y se marchan a vivir a las ciudades dormitorio, entre las que Mestre (170,000 habitantes) es la que sigue absorbiendo más población.  El otro dato es aún más representativo:  en los últimos años, más de setecientos apartamentos del centro histórico han sido transformados en pensiones con desayuno para turistas.  “Muchos esperan a que se muera la abuela para alquilar la casa o convertirla en bed and breakfast;  los venecianos somos una especie cada vez más rara en nuestra propia ciudad”, asegura Michele Gottardi, Profesor de Historia en la Universidad Ca’Foscari.

“La gente escapa porque los únicos trabajos que ofrece la ciudad son de recepcionistas, camareros o para hacer la limpieza en los hoteles”, añade Bruno Fillippini, Asesor municipal sobre políticas de residencia, “mientras que hace sólo unas décadas -añade- eran los artesanos del mármol, la piedra, el oro o el bronce los que sostenían la economía de Venecia”.

El sonido del trabajo ha sido sustituido por el de una maleta de ruedas triscando trabajosamente entre los puentes.  Ese ese es el nuevo himno de Venecia.  La fuente de su riqueza y, al mismo tiempo, la canción de su derrota.

A pesar de todo los venecianos son conscientes de que, todavía, poseen casi en exclusiva dos momentos mágicos. “El alba y el ocaso” afirma nuestro restaurador de muebles antiguos Bruno Rizzato, y su sonrisa se ilumina en el reducido espacio donde trabaja:  “Yo siempre les doy el mismo consejo a los turistas, pocos, que entran en el taller y pierden el tiempo hablando conmigo.  Les digo:  no compréis esas máscaras falsas de un euro, no compréis nada en esas tiendas donde todo es mentira.  Pero levantaos al amanecer, o esperad al atardecer, y disfrutad de la ciudad antes de que llegue la invasión de turistas o cuando ya se hayan ido.  Solo entonces podréis encontrar, por algunos instantes, el rastro maravilloso de la verdadera Venecia”.

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Imagen supra:   Vista aérea de Venecia.  En el ángulo inferior derecho, a la entrada del Canal Grande (que tiene la forma de la letra S al revés), pueden verse la Basilica de Santa Maria della Salute y, enfrente, la Piazza San Marco.

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Vivir como Hermano De La Salle en Cuba

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-  Luis Franco Aguado, fsc

Vivir como Hermano De La Salle en Cuba es una vida plena.  Las cosas de Dios son como son, a su estilo, con muchos imprevistos, con caminos que se van perfilando sin que uno los haya programado. Dios siempre sobrepasa cualquier programa y termina sorprendiéndonos.

En mayo de 1987 el Hno. John Johnston (1933-2007), Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, me preguntó si estaba disponible para ir a trabajar a Cuba. Le comenté que, a mi edad, iniciar una nueva andadura supondría un esfuerzo adicional de inculturación, de estudio de la Historia del lugar (Historia con mayúscula, la de los grandes acontecimientos y la de la letra pequeña, donde se cuenta la vida de los más pobres), y con ello el descubrimiento de la idiosincrasia del pueblo, el acercamiento al corazón -sobre todo de aquellos a quienes el Sistema margina sistemáticamente- y prepararme más a fondo en sociología y teología. Él me dijo que me diera un tiempo para pensarlo, pero que dejaba la decisión en mi mano. Después de meditarlo en la presencia de Dios le comuniqué que dispusiera de mí, pues a fin de cuentas había hecho un voto de obediencia y ya era hora de que lo pusiera en práctica.

En septiembre de 1989 –después de estar solicitándolo durante 15 años- el Estado Cubano permitió la entrada de tres Hermanos a la Isla. Uno de los tres fuí yo. Tenía 45 años, veinte de los cuales vividos con intensidad e ilusión en Nicaragua, donde dejaba muchos y buenos amigos.

Me dijeron que la experiencia sería por tres años. Fueron en total 24, acompañando a los hombres y mujeres de Cuba, intentando alegrarme con sus alegrías, soñar sus “sueños” y proyectar futuro junto con ellos.

Quizá a algunos les extrañe que, al pensar en mi experiencia cubana, me venga a la mente eso de “vida plena”. Lo cierto es que es así, a pesar de las limitaciones y la escasez con que ahí se vive a diario, uno termina entendiendo que la sensación de plenitud depende de las pequeñas decisiones con la que alimentamos nuestro día a día, las que dependen, a su vez, de nosotros mismos.

Los veinticuatro años de mi vida en Cuba, el contacto diario con tantas personas de corazón dispuesto, de acogida franca y cercanía espiritual, me permitió ir creciendo como persona, como cristiano, como Hermano de La Salle y como amigo.

Comparto con ustedes algunos regalos que me he traído de esa bendita tierra de “Cachita”.

Capacidad de ser agradecido:  Es difícil ser feliz si no valoramos lo que tenemos. Pensar con gratitud nos ayuda a saborear las experiencias positivas, a reforzar la autoestima y el amor propio. Además, la gratitud es el antídoto para evitar la queja. Desde mis años en Cuba, antes de dormir reviso tres cosas buenas que me han sucedido durante el día, y esto me ayuda a ser agradecido.

Mirar la vida con optimismo Cada día, a pesar de mis 70 años, me pregunto cómo me gustaría ser en un futuro. Por supuesto que no pienso en cosas materiales, sino en la vida misma, en los valores que quisiera vivir y transmitir, en el comportamiento que querría desarrollar en un tiempo. Por ejemplo, poder vivir más espacios de ternura, tener más paciencia, o entusiasmarme más con mis proyectos. Esto me ayuda a ser optimista.

Evitar darle vueltas a las cosas y las comparaciones con otros:  Creo que el compararnos con otros es siempre como optar por la infelicidad. Creernos mejores nos da un sentimiento de superioridad insano. Si nos consideramos peores, desmerecemos nuestro trabajo y el progreso que hayamos conseguido. Por eso, lejos de compararme con otros, cada día me pongo un reto:  convertirme en la mejor expresión de mí mismo al margen de lo que hagan otros. Y es que, cuando pensamos demasiado, o damos vueltas a las cosas de forma innecesaria, nos desgastamos profundamente. De hecho, cuando me asalta una idea negativa, busco un recuerdo bonito, una imagen o una canción que me da paz.  En definitiva, es uno mismo quien alimenta o no unos pensamientos u otros.

Intentar cada día ser amable:  En Cuba descubrí que ser generoso y atento con los demás, aunque sea un solo día a la semana, me permite registrar un incremento de felicidad considerable.  Ahora intento rodearme de personas con comportamientos agradables, así mis niveles de estrés se reducen considerablemente.  Descubrir eso me ha llevado a incorporar la amabilidad  -también la ternura-  en mi día a día para disponer de una vida plena.

Cuidar las relaciones sociales:  Quienes me conocen saben que me gusta estar siempre ocupado. Los cubanos me enseñaron que dedicar tiempo a comunicarme, manifestar apoyo y lealtad, son algunas de las actividades que han demostrado eficacia para incrementar mis niveles de felicidad.  La amistad es una de las grandes riquezas que he cultivado en la Isla.

Ponerle cara a la vida:  Es algo que va con mi persona.  Cuando uno afronta la realidad de cada día siente que el dolor o el estrés provocados por un acontecimiento negativo se alivian.  La negación es una actitud que alimenta el conflicto.  Ahora, siempre recomiendo a aquellos a los que acompaño que busquen canales para expresar lo que les duele y, así, poder afrontarlo.

Aprender a perdonar:  Muy nuestro, de los cristianos.  En estos años de Cuba me encontré con personas que, a pesar de los sufrimientos que otros les habían causado, perdonaban de corazón.  Con esa actitud tan cristiana, les disminuían sus emociones negativas y aumentaba su autoestima y su esperanza.  Ahora me es más fácil perdonar, y aprecio el ser perdonado.

Saborear las alegrías de la vida:  Por esa hiperactividad, tan propia de mi temperamento, he pasado bastantes veces de largo por las alegrías de la vida sin disfrutarlas. Ahora, actividades como saborear las experiencias comunes, disfru­tar y rememorar con familiares y amigos, festejar las buenas noticias o permanecer abierto a la belleza y la excelencia, permiten incrementar mi sensación de plenitud.  Por cierto, ¿hace cuánto que los lectores de Cuadernos no celebran un éxito por pequeño que sea?

Comprometerme con los muchos “sueños” que Dios me regala a diario:  Creo que cuando se me agoten los “sueños”, la posibilidad de iniciar nuevos proyectos en la vida, me iré marchitando sin remedio.  La Iglesia Cubana –y en particular el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle)- me regalaron infinidad de oportunidades para “soñar”, y me ofrecieron medios para hacer realidad esos “sueños”. A lo largo de los 24 años, la sorpresa se ha topado conmigo en infinidad de esquinas, por eso le doy gracias a Dios y a todos los que lo hicieron posible.

Ponerle sonrisa a la vida:  Algo muy propio de los cubanos, que aprendí también en esa bendita tierra. Y ponen esa sonrisa a pesar de las dificultades, de los “sueños” truncados, de las esperanzas a punto de marchitarse.  Ahora me es más fácil actuar como una persona feliz  -es decir, expresar las emociones positivas con gestos como reír o sonreír-  y se lo debo a ellos.

Todos esos “regalos cubanos” me han permitido vivir allí una vida plena.

Por todo ello,  ¡Gracias a todos, muchas gracias!

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Durante su estancia en España, en el año 2000, Luis Franco Aguado fsc (ver imagen supra) impulsó la creación en Madrid de la ONGD (non profit organization) Hombre Nuevo Tierra Nueva  de apoyo a la labor de los Hermanos De La Salle en Cuba (véase en Internet http://www.hombrenuevotierranueva.pangea.org   Entre sus promotores se encontraba el Dr. José María Granda (1921-2003), Rector de la Universidad San Juan Bautista De La Salle (La Habana, 1957), primera Universidad de los Hermanos De La Salle en América Latina.

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