Julio Verne, el visionario

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-  Andrés Ibañez

Pocos autores producen más sensación de felicidad y optimismo que Julio Verne (1828-1905).  Pensamos en la literatura y nos viene a la mente la rosa de Rainer Maria Rilke (1875-1926);  pero también, y con la misma intensidad, recordamos las máquinas y las maquinaciones de Verne, el globo que vuela sobre las líneas del mapa, el obús lanzado hacia la Luna, los niños perdidos durante dos años en una isla desierta, los dinosaurios del centro de la Tierra o imaginamos al capitán Nemo tocando el órgano en el fondo del mar.

Las posibilidades de la imaginación se transforman en Julio Verne en las posibilidades de la ocupación espacial (los astros, el fondo de la Tierra, el fondo del mar, las minas, las ciudades flotantes) y las posibilidades de la técnica y de la ciencia, creando así una poesía de la ciencia, una ciencia de la imaginación.

Era mi autor favorito cuando era niño.  No sólo me fascinaban sus historias, sino su extraña solidez, su densidad.  Leer a Verne ejercita la paciencia del lector joven, que aprende que para llegar a lugares hermosos a veces hay que cansarse en la subida.

El genio de Daniel Defoe (1660-1731) se muestra en la huella de un solo pie en una playa. descrita en Robinson Crusoe (1719).  No menos genial es el brazo encadenado de Un Capitán de quince años (1878) de Julio Verne. Ese brazo y esa cadena nos dicen muchas cosas:  que el que murió era un esclavo y que lo mató un león. Recuerdo pocos momentos más terroríficos y evocadores en la literatura.

La jornada de un periodista americano en 2889 es un cuento de 1891, publicado por primera vez en 1899 bajo el título The Day of an American Journalist in 2889 en la revista The Forum (Nueva York).  Algunos aguafiestas aseguran que fue terminado en realidad por el hijo de Verne, Michel Verne.

Ese cuento de Julio Verne pertenece, como casi toda su obra, a la maravillosa categoría que hemos llamado “para todas las edades” y que ahora, porque todas las cosas tienen que tener un nombre en inglés, se denomina crossover.

El texto describe un mundo altamente tecnificado lleno de maravillas asombrosas y en el que el poder recae sobre Francis Bennett, editor del Earth Herald, el periódico más importante del mundo, quien señala que “sería el rey de las dos Américas si los americanos pudieran aceptar algún tipo de soberano”.

Verne acumula los inventos y los adelantos técnicos para crear un mundo maravilloso dominado por unas redes de información que corren a través del teléfono y la “telefoto”, una de las metáforas de Internet más asombrosas y lúcidas que ha alcanzado nunca la literatura de anticipación.  En efecto, el Earth Herald hace tiempo que ha abandonado el papel y se transmite sobre todo por medio del sonido y de la imagen.

La loca jornada de trabajo de Bennett tiene como contrapartida la plácida estancia de su esposa en París, a donde ha ido para comprarse sombreros y con la que Bennett mantiene un contacto constante gracias a algo que hoy conoceríamos como Skype, y que parece ofrecer las mismas posibilidades de intromisión en la intimidad que Skype o cualquier otro sistema con cámara web.

El texto de Julio Verne es maravilloso y está lleno de sorpresas.  “No es con una pluma como se escribe en nuestra época”, dice Bennett a uno de sus colaboradores literarios, “sino con un bisturí”, ¡Y no es Kafka, ni Beckett, ni Breton quien ha escrito esa frase, sino Verne!  Y es que este siglo XIX está obsesionado con las novelas, que se producen en masa en el periódico y son retransmitidas a todo el mundo.

Verne nos habla de un espacio de veinticuatro dimensiones (los físicos más locos de nuestra época no pasan de once), de un nuevo planeta llamado Gandini, de anuncios publicitarios en las nubes, de aceras móviles, de telescopios gigantes, de un bacilo biógeno que introducido en el cuerpo humano produce la inmortalidad, de ciudades que se mueven de un lugar a otro mediante raíles, de un piano-calculadora que parece prever las aventuras surrealistas y el piano-cóctel de Boris Vian, y así, entre burlas y veras, de visiones del futuro que casi asustan por su perspicacia de una Europa dividida en una parte occidental y un imperio ruso que se extiende desde las riberas del Rin hasta la frontera de China, de la necesidad de imponer límites a la natalidad en China…  Pero, ¡qué demonios de hombre este Julio Verne!

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Imagen:  Portada del diseñador gráfico Marcos Morán del libro La jornada de un periodista americano en 2889, (Ed. Gadir, Madrid 2014, 72 págs.).

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Trinidad: una ciudad cubana sin calendario

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-  Paco Nadal

Si hay una visita imprescindible en Cuba es a Trinidad.  Conozco pocas ciudades coloniales de Latinoamérica tan bellas, bien conservadas y auténticas como ésta.

Cuadras y cuadras de calles adoquinadas sobre las que despuntan campanarios de iglesias de sencillo estuco pintado de tonalidades vivas y alegres, cientos de bellos edificios de una sola planta y patios llenos de flores y azulejos, fachadas con ventanas de rejería y colores alegres, gente que va aún a caballo, viejas que se sientan a la puerta en sus sillas de anea en busca del frescor de la noche y ni una sola construcción moderna que afee el conjunto.

Una estampa sacada de hace cien años que, gracias a la suerte, a la pobreza en la que se sumió la ciudad tras el debacle del mercado del azúcar y, por qué no decirlo, al dinero de la UNESCO, el viajero puede disfrutar ahora en directo.

Al atardecer la música sale por los cuatro costados de la Casa de la Trova, del Palenque de los Congos, o de la Taberna de la Canchánchara e inunda con sus sones las calles del centro histórico.  Y a eso de las 10 de la noche, una multitud de forasteros se reúne en las escalinatas de la Casa de la Música, a un costado de la Plaza Mayor, para escuchar grupos de son, de rumba o de trova en directo.

Pero lo mejor de Trinidad es que está viva, que es de verdad.  Me explico. Hay muchas ciudades y barrios de ciudades coloniales de América Latina tan bien conservadas como ésta, pero ni son tan extensas, ni están ocupadas aún en su mayoría por la población local.  El turismo es un arma de doble filo que todo lo transforma.  Y este tipo de sitios suele acabar transformado en un parque temático.  En un museo de cartón piedra donde la necesidad de abrir rentables locales para turistas (desde restaurantes a cibercafés o tiendas de recuerdos horteras), expulsa a la población local, que no puede pagar ya los precios que el mercado inmobiliario impone en sus antiguas calles y plazas (es lo que ha pasado, por ejemplo, en la Plaza de Armas de Cuzco).

En Trinidad, de momento, esto no ha ocurrido.  Tras esos grandes portones de maderas talladas, en esas crujías frescas de paredes de adobe y mampuesto y techos a dos aguas, viven y trabajan aún cubanos, seres de verdad, descendientes de aquellas familias que levantaron estas casas.

Es lo que le da a Trinidad su magia:  que es de verdad.

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Aceptar las cosas como son

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-  Francesc Miralles

Una de las fuentes de sufrimiento más comunes en el ser humano es el deseo de que las cosas sean distintas a como realmente son.  Cuando un país pasa por una grave crisis, la población mira atrás y desea que todo fuera como antes, un antes que en su momento no se valoraba porque parecía aburrido o bien había otras aspiraciones.

Lo mismo sucede con las relaciones interpersonales.  Quien tiene por pareja a alguien silencioso desearía un carácter dicharachero, y este último pondrá de los nervios a quien convive con él un día tras otro.  ¿Por qué anhelamos siempre lo que no tenemos?

Nuestra forma de vida está tan basada en el cambio y el progreso, que a menudo valoramos negativamente la estabilidad sin saber cuál sería la alternativa.

La insatisfacción es lo que permite el progreso de la ciencia, las artes y todo lo que tiene que ver con la sociedad, pero cuando se vuelve crónica en nuestro día a día deja de ser un estímulo para teñir de negatividad nuestra vida.

Hay personas que, instaladas en la queja y la amargura, molestan a los demás -y a sí mismos- de forma totalmente estéril porque de nada sirve señalar lo que no funciona sin ofrecer soluciones.

Madame Bovary dio nombre a lo que el filósofo Jules de Gaultier denominaría “bovarismo”.  Se trata de un estado de insatisfacción permanente a causa del desnivel entre las propias ilusiones y la realidad.  Sin abogar tampoco por el conformismo, si nuestras aspiraciones se hallan siempre a gran distancia de lo que tenemos, jamás alcanzaremos la serenidad.  Como el burro que persigue la zanahoria, podemos pasar la vida entera esperando “algo mejor” para descubrir al final que ya lo teníamos y no habíamos sabido verlo.

Los manuales de psicología han puesto de moda el verbo procrastinar, que significa postergar aquello que deberíamos hacer hoy.  Un aplazamiento que también se produce en un nivel existencial.  Muchas personas postergan la felicidad hasta que cambie la situación que están viviendo.  Se convencen de que cuando encuentren un trabajo mejor o la pareja ideal, por poner dos ejemplos, se darán permiso para disfrutar de la vida.  Sin embargo, este planteamiento tiene un fallo de origen, y es que nada resulta como esperábamos una vez que lo conseguimos.

Lo que ocurre es que muchas personas, cuando llega el momento tan largamente esperado o deseado sufren una desilusión;  entonces fijamos nuevos objetivos esperando que una vez alcanzados llegue, esta vez sí, el premio definitivo.  Sin embargo, esto no acostumbra a suceder, ya que más que insatisfacciones existen las personas insatisfechas.

Del mismo modo que nos resulta difícil aceptar las cosas como son, también nos cuesta aceptar a los demás, ya que su forma de pensar y reaccionar nunca coincidirá con nuestras expectativas.

Al hacer un favor a un vecino, nos duele si no obtenemos el mismo trato por su parte cuando lo necesitamos.  En el ámbito laboral, a menudo consideramos que los compañeros no cumplen con sus tareas, y el jefe o la jefa es un ser inútil que está dinamitando la empresa.

En esta clase de pensamientos está el punto de partida de la mayoría de conflictos interpersonales.  Al esperar que los demás se comporten de determinada forma les estamos negando el derecho a su identidad.  Además, al enfadarnos por estas diferencias obviamos algo muy importante:  ser o actuar de modo distinto a nosotros no tiene por qué ser negativo

Afortunadamente, cada persona tiene una combinación única de defectos y virtudes. Podemos aceptar su singularidad y sacar partido de las cosas buenas que nos ofrece, o bien, enrocarnos y señalar al otro como enemigo.

En 2002, Byron Katie publicó un libro orientado a acabar con la insatisfacción personal: Loving What Is.  Basado en aceptar y reconocer el valor de lo que configura nuestro entorno, no se trata de resignarse a lo que hay, sino de amar nuestras circunstancias para mejorar desde ese punto de partida.

Esta autora norteamericana sostiene que “la realidad es siempre más amable que las historias que contamos sobre ella”, y que cualquier enfado que tengamos con los demás es, en el fondo, algo de nosotros mismos que nos molesta.  Por eso mismo desearíamos cambiarlos, porque es más fácil exigir la transformación del otro que la de uno mismo.

Convencida de que “lo que provoca nuestro sufrimiento no es el problema, sino lo que pensamos sobre el mismo”, en su best seller propone que la persona insatisfecha se entregue al “trabajo”, que empieza con las siguientes dos fases.

1.  Plasmar en un papel lo que no nos gusta.  Elegir una situación o una persona que nos desagrada y especificamos quién o qué provoca nuestra tristeza, qué es lo que no nos gusta y cómo debería ser para que estuviéramos satisfechos.   2.  Indagar en el problema a través de estas cuatro preguntas:  a) ¿Es eso verdad?   b) ¿Tienes la absoluta certeza de que eso es verdad?   c)  ¿Cómo reaccionas al tener este pensamiento?   d) ¿Quién serías sin él?

Byron Katie sostiene que ante un pensamiento negativo solo tenemos dos opciones:  o nos apegarnos a él o indagamos para comprenderlo.  Esa última actitud y una relación constructiva con nuestro entorno nos llevarán a un plano superior.

Una anécdota que se menciona en los talleres de superación personal tiene como protagonista a un violinista que en pleno concierto en Nueva York vio cómo se rompía una de las cuatro cuerdas de su violín.  En lugar de detenerse, decidió adaptar la melodía a las otras tres cuerdas, algo realmente difícil con este instrumento.  Cuando le preguntaron por qué había elegido esa opción, respondió:  “Hay momentos en los que la tarea del artista es saber cuánto puede llegar a hacer con lo que le queda”.

Sin duda, la realidad nos pone a prueba y a menudo estamos expuestos a circunstancias indeseadas.  La cuerda rota del violinista tiene su equivalente, en la vida cotidiana, en situaciones con mucho menos público, pero más dolorosas.  En lugar de lamentar nuestra suerte, podemos preguntarnos qué es lo que nos queda y qué podemos hacer para restablecer el equilibrio en nuestra vida.

Para que vuelva a sonar la música, no obstante, es necesario aceptar las cosas como nos ha tocado vivirlas, ya que son un reto y un aprendizaje.  Al mismo tiempo, en lugar de buscar culpables, debemos aceptar a los demás y no fijarnos en su cuerda rota, sino en las otras tres que siguen tocando.

El escritor Eduard Punset nos ha dejado una reflexión:  “Hay vida antes de la muerte; disfrútala”.

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Palomear, el pequeño signo

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-  Rosa Montero

El periodista y escritor Jesús Marchamalo me habló en Panamá, durante el reciente VI Congreso de la Lengua,  de un verbo genial que le oyó decir a un mexicano para expresar la acción de marcar con un pequeño signo las casillas de un formulario:  palomear.  “¿Ya palomeaste el documento?”.

Es una palabra ingeniosa y elocuente porque el pequeño trazo suele tener, en efecto, la silueta de un ave; y escoger que sea una paloma le da un toque modesto, doméstico, risueño.  He aquí una lengua vibrando de vida.

La lengua es como una piel que recubre el cuerpo social y se estira y encoge siguiendo sus mudanzas.  Algo tan orgánico no se puede modificar por decreto:  el voluntarismo no funciona (esos espeluznantes “ciudadanos y ciudadanas”, por ejemplo).  Sólo un cambio real de la sociedad puede hacer evolucionar el manto de palabras que la recubre.  Por eso no me extraña que ahora sean los países latinoamericanos los más capaces de mostrar esa vitalidad creativa, mientras Europa se tambalea y España apura su crisis. Latinoamérica parece estar en un momento de despegue.

Todo eso se refleja en nuestra lengua.  Ya se sabe que el español lo hablan 400 millones de personas, que es el segundo idioma materno del planeta, tras el mandarín, y que hay expertos que sostienen que, para 2045, será la lengua mayoritaria (aunque yo creo que para entonces hablaremos todos chino).

A veces alardeamos demasiado triunfalmente de estas cifras, aunque tampoco viene mal para contrarrestar el irritante complejo de inferioridad hispano.  Pero para mí la mayor riqueza del español no reside en su enorme implantación, sino en su diversidad, en sus muchas versiones y matices.

En este mundo crispado, sectario y excluyente, emociona poder celebrar una lengua común llena de diferencias que no sólo no desunen, sino que potencian.  Palomeando se vuela hacia el futuro.  Ser distintos nos hace más fuertes.

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Nota del Editor:  La última edición del  Diccionario de la Lengua Española (DRAE) [2001] indica para el verbo palomear dos definiciones: 1)  Andar a la caza de palomas; y  2) Ocuparse mucho tiempo en cuidarlas.  Añadir en ese Diccionario una nueva definición del citado verbo es un largo camino, que requiere el reconocimiento de que se utiliza de forma generalizada.   En el caso de palomear, su uso frecuente en México para expresar la acción de marcar con un pequeño signo las casillas de un formulario, podría dar lugar a que se incluyera en una edición actualizada del Diccionario Breve de Mexicanismos publicado por la Academia Mexicana de la Lengua (última edición, 2001).

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El saqueo y destrucción nazi de las obras de arte

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-  Miguel Ángel García Vega

Son 16,558 entradas catalogadas de forma precisa.  Algunas contienen varias anotaciones, por lo que en total son 20,000 las obras incluidas.  El Museo Victoria & Albert (V&A) de Londres pondrá a disposición del público en Internet la única copia que se conserva de los dos tomos con la lista que los nazis confeccionaron de lo que llamaban “arte degenerado”  [Entartete Kunst].  Son dos volúmenes mecanografiados que ocupan 479 páginas redactados entre 1941 y 1942 por orden del Ministerio de Propaganda de la Alemania nazi.

Estas históricas páginas están ordenadas de manera alfabética.  De Aachen (Aquistrán) a Zwickau.  Las entradas corresponden a las ciudades en las que se encontraban las instituciones donde fueron confiscadas.  Hay trabajos de Van Gogh, Gauguin, Chagall, Picasso, Kandinsky, Klee, Kokoschka y casi todos los expresionistas alemanes de la primera mitad del siglo XX.

Del primer tomo se conservan dos ejemplares en los archivos de Berlín, mientras que el segundo se daba por desaparecido.   Esta percepción cambió en 1996.  De forma inesperada, la viuda del marchante Heinrich Fischer donó una copia del citado segundo tomo al Museo Victoria & Albert.  Lo que nadie ha podido averiguar es cómo llegó a manos de su marido, que huyó a Londres en 1938, al ser Viena anexionada al Tercer Reich.

Los tomos, escaneados en alta resolución, ofrecen una fuente de información fabulosa. Algunas páginas incluyen un dato muy importante:  quiénes compraron las piezas.  Y repasando esos nombres hay uno que se repite: el de Hildebrand Gurlitt, que es el padre (fallecido en 1956 a consecuencia de un accidente) de Cornelius Gurlitt, el octogenario alemán en cuyo apartamento de Munich se encontraron hace pocos meses 1,400 obras que bien pudieran proceder del expolio.

Para los monument men (1), los soldados de las tropas aliadas que al finalizar la II Guerra Mundial se dedicaron a recuperar las obras saqueadas por el nazismo, no había ninguna duda:  Hildebrand Gurlitt era un “marchante de arte del Führer” (2).

“Esta lista es de gran valor (aunque sea incompleta y con anotaciones erróneas) para los investigadores”, reflexiona en una nota Martin Roth, director del Museo Victoria & Albert.  “El caso Gurlitt revela la importancia de poner esta clase de documentos a disposición del mayor público posible”.  La lista, confeccionada a partir de las piezas confiscadas de los museos alemanes entre 1937 y 1938, contiene además el precio al que fueron vendidas muchas obras.

Algunas entradas aparecen marcadas con una X.  Significa que esa pieza se destruyó. Más de 5,000 pinturas, grabados y dibujos fueron quemados (eso sí, fiel al cinismo nazi, antes se catalogaron) en Berlín en 1939.  Una de las primeras conclusiones es que tal vez los nazis detestaran estos lienzos y dibujos procedentes del “perverso espíritu judío”, pero no tenían reparo en venderlos.  Fue una organizada operación de saqueo de la Gestapo con la connivencia de la alta jerarquía del régimen.

Lo que habrá que ver es hasta qué punto estos volúmenes ayudan a restituir las obras robadas (en el caso de que así lo fueran) a sus legítimos propietarios, ya que esta purga se hizo conforme a las leyes que regían en 1937 y 1938, y así lo han aceptado desde la II Guerra Mundial las instituciones alemanas.

De hecho, muchas de las obras que forman parte de la citada lista cuelgan en museos extranjeros y fueron vendidas “libremente” en el mercado.  Una muestra de cómo la historia tiene también su extraña manera de crear colecciones de arte.

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Imagen supra:   El Rabino (1912), obra de Marc Chagall (1887-1985), figuraba en la lista elaborada por los nazis con el número de inventario 15956.  Actualmente esta obra pertenece a la colección del Metropolitan Museum of Art (Nueva York), pero no se encuentra expuesta al público.

1)  Sobre este tema cabe señalar The monuments men (2014) (véase en Internet http://www.monumentsmen.com), una película coescrita, producida y dirigida por George Clooney, que fue estrenada en febrero de 2014 en el Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale).  Tiene como protagonistas a  Clooney, Matt Damon, y Cate Blanchett. Está basada en el libro The Monuments Men: Allied Heroes, Nazi Thieves and the Greatest Treasure Hunt in History de Robert M. Edsel, en el que se narra la historia del Programa de Monumentos, Bellas Artes y Archivos (MFAA en sus siglas inglesas), un grupo militar aliado creado por el General George Pätton (1885-1945),  quien puso al frente de la unidad al Capitán Robert Posey, arquitecto de profesión.  El objetivo era rescatar obras de arte, y otras piezas de notable interés cultural, antes de que fuesen destruidas por orden de Hilter al final de la Segunda Guerra Mundial.  Los monument men, entre otros logros, identificaron y rescataron el botín del propio Hilter, que incluía valiosas obras de arte.
(2)  Adolf Hilter (1889-1945) estaba obsesionado con transformar Linz -la ciudad austriaca de su nacimiento y años de juventud, en la que estaban enterrados sus padres- en el centro cultural de toda Europa.  En Linz quería construir un teatro de la ópera, una gran biblioteca, un colosal mausoleo que albergaría su tumba y, ubicado en el centro, el Führermuseum, el que sería el más imponente y espectacular museo de todo el mundo. En sus últimos días en el bunker, Hitler pasaba horas mirando la maqueta “del nuevo Linz” que había hecho el arquitecto Albert Speer (1905-1981).

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¿Qué ha sido del héroe del río Hudson?

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-  Víctor Rodríguez

Al final, todo puede reducirse a números.  A 155, las personas que volvieron a nacer aquella tarde.  A siete, las únicas palabras que Chesley Burnett Sullemberger III pronunció con cuanta serenidad le daban 20,000 horas de vuelo:  “This is the captain. Brace for impact [Les habla el capitán.  Pónganse en posición de impacto]“.  O como prefiere él, a 208, los segundos que pasaron desde que los motores del Airbus A-320 que acababa de despegar de Nueva York dejaron de funcionar hasta que amerizó de emergencia en el río Hudson.

Han pasado cinco años.  Fue una de las mayores hazañas de la aviación civil reciente. El 15 de enero de 2009, el vuelo 1549 de US Airways partía del aeropuerto de La Guardia (Nueva York) hacia Charlotte (Carolina del Norte).  No habían pasado dos minutos cuando una bandada de barnaclas canadienses (Canada gooses) se cruzó en su trayectoria.  El impacto inutilizó los dos motores.  El avión empezó a caer.  Y el capitán hizo descender sus 70 toneladas planeando para amerizar sobre las aguas que separan Nueva York de Nueva Jersey en menos de tres minutos y medio.

“Esos 208 segundos representan la transformación de las vidas de cuantos íbamos en aquel vuelo”, afirma con cierta grave solemnidad Sullenberger, más conocido como Capitán Sully y, desde aquel 15 de enero de 2009, como Capitán Tranquilo (Captain Cool) -sobrenombre que le dio Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York-   o, de forma más directa como el Héroe del Hudson.  “En 40 años y más de 20,000 horas de vuelo, nunca sabes si vas a estar preparado para un desafío así.  Un día te lo encuentras.  Y tienes 208 segundos para solventarlo”, afirma.

Vestido de traje azul oscuro, cano el pelo y el bigote, Sully, de 62 años, se deja cumplimentar en medio del ajetreo de Baselworld, la feria de relojería más importante del mundo, que se celebra todos los años en la ciudad suiza de Basilea.  Por su porte, los modales, y la forma de hablar,  sin uno no supiera a qué de dedica, diría que es piloto de líneas aéreas.

En realidad, dejó de volar en marzo de 2010, poco más de un año después de la maniobra del Hudson.  Reconvertido en conferenciante y consultor en temas de aviación , desde hace un año es, además, imagen de la firma suiza de relojes Jean Richard.  “Siempre me han gustado las cosas delicadas que están bien diseñadas, ya sean máquinas para volar o un objeto personal como un reloj”, justifica.  “Sé apreciar la belleza y la elegancia”, añade.

Pero por encima de la belleza y la elegancia, por encima incluso de la tranquilidad que le atribuyeron el alcalde Bloomberg, los pasajeros del vuelo 1549 y la prensa, lo que transmite Sully es un arriesgado sentido del deber.  “Nunca había afrontado el fallo de un motor en vuelo”, explica.  “Llevaba 40 años volando, 30 de ellos como piloto comercial. En ese tiempo haces cursos para saber reaccionar, planificas, tratas de prever emergencias…  Y, de pronto, los motores dejan de funcionar.  Estás entrenado para que pase, pero cuando pasa es un shock.  Te toca echar mano de tus conocimientos de una manera completamente nueva y sin tiempo que perder. Y eso hice”.

Todo empezó como cualquier otro día.  Sully, a una semana y un día de cumplir 58 años, encaraba el último día del ciclo de cuatro consecutivos que le habían programado en la línea Nueva York-Charlotte.  Había conocido al copiloto, Jeff Skiles, de 49 años, el primero de esos cuatro días.  Nunca habían volado juntos, algo que no es extraño en una aerolínea del tamaño de US Airways (31,000 empleados; 3,000 vuelos diarios).

Su reloj marcaba las 3.25 pm cuando el avión llegaba al principio de la pista de despegue. No era de la marca Jean Richard, pero el piloto le tenía gran cariño.  Se lo habían regalado en 1973 por ser el mejor de su promoción en las Fuerzas Aéreas.  “Conservo aquel reloj y aún funciona”, asegura.  “En el Hudson sólo me mojé hasta la cintura”.

El A-320 tenía pista y empezó a coger velocidad.  Levantó la parte delantera.  Despegó. Comenzó a ganar altura.  Todo iba transcurriendo con normalidad.  Hasta que, de repente, una formación de pájaros se interpuso en su rumbo.  “Los ví dos segundos antes de que los motores dejaran de funcionar”, relata Sully.  “Habrían pasado 90 segundos desde el despegue, estábamos a unos 900 metros de altitud y viajábamos a unos 100 metros por segundo (unos 360 kilómetros / 223 millas por hora).  Era una bandada enorme de gansos del Canadá, imposible de esquivarlos.  Los motores hicieron un ruido horrible y casi al instante callaron y dejaron de funcionar.  Alguien lo describió diciendo que todo se volvió tan silencioso como en una biblioteca, y fue exactamente así”.

El avión empezó a perder altura muy rápido.  Casi de inmediato, Sully entendió que no había tiempo para regresar a La Guardia o intentar un aterrizaje de emergencia en el otro aeropuerto más próximo, Teterboro, en Nueva Jersey.  La única opción era amerizar en el Hudson.  Apenas tuvo tiempo de hacer el citado anuncio a los pasajeros.  Con Skiles, su primer oficial, ni siquiera habló.  “No tuvimos ocasión”, relata.  “Confiamos uno en el otro, y nos las arreglamos para colaborar sin palabras”.

Sully trataba de ver por las ventanas de la cabina dónde estaba el nivel del agua.  Skiles le iba cantando continuamente la velocidad y la altura.  Lo más complicado era decidir la fracción de segundo en la que elevar el morro del avión.  Si lo elevaba muy pronto, el avión tomaría contacto con el agua demasiado despacio e inclinado hacia arriba (con mayor riesgo de un impacto violento);  si lo elevaba muy tarde, el contacto con el agua sería demasiado fuerte”.

El veterano piloto acertó.  El avión quedó flotando semihundido (ver foto supra).  Pero hubo otra circunstancia afortunada que permitió que ninguno de los 150 pasajeros y cinco tripulantes muriera (hubo cinco heridos graves):  cayó entre dos terminales portuarias, las de Nueva York y Nueva Jersey.  Tres minutos y 35 segundos después del amerizaje ya había un barco junto al avión.  Sully fue el último en abandonar la cabina, tras recorrerla dos veces para asegurarse de que no quedaba nadie.

Desde el primer momento llegaron los reconocimientos.  Sully recibió, entre otros agasajos, las llaves de Nueva York y el titulo de Oficial de la Legión de Honor francesa.  El Presidente saliente, George W. Bush, lo llamó para felicitarle, y el entrante, Barack Obama, lo invitó a su investidura.  En la SuperBowl, dos semanas más tarde, fue largamente ovacionado.

Pero no todo fue tan bonito.  “Para todos los que íbamos en aquel vuelo 1549 fue un shock , recuerda Sully.  “Sufrí estrés postraumático.  Los días siguientes no podía dormir. Intentaba leer un periódico y no era capaz.  No me concentraba.  Las mismas imágenes me venían a la cabeza una y otra vez, y eso duró meses.  La hipertensión arterial también me duró meses”.  El héroe del Hudson no volvió a pilotar hasta el 1 de octubre, nueve meses y medio después, curiosamente en la misma ruta y con el mismo copiloto.  En marzo de 2010, con 59 años, hacía aterrizar un avión de pasajeros por última vez.

Ha seguido vinculado al mundo de la aviación.  Ya antes del accidente había colaborado con el Panel Nacional para la Seguridad en el Transporte y desde entonces se ha establecido como consultor y conferenciante.  La cadena  de televisión CBS lo fichó como experto en temas de aviación.  También ha escrito dos libros: unas memorias que entraron en la lista de los más vendidos del New York Times, y otro sobre liderazgo.  A su vez, el Partido Republicano le ofreció ser candidato al Congreso a finales de 2009.  “Me han invitado a entrar en política dos veces”, confirma.  “Es un honor, pero creo que fuera del Gobierno puedo ser más útil”, declaró.

Más convincente le pareció la propuesta de prestar su imagen a la firma de relojes suiza Jean Richard.  Los responsables de la marca han decidido modernizar su línea y lanzar unas colecciones más deportivas, menos clásicas de lo que solían hacer, buscando otro tipo de comprador.  Y han pensado que Sully y su épica del Hudson podrían encarnar ese giro.

Hoy Chesley Sullenberger tiene su propia agente de relaciones públicas.  Ella y dos representantes de la marca suiza le escoltan durante la entrevista.  Casado con una monitora de gimnasia que ha hecho carrera en la televisión como experta en temas de salud y bienestar, y padre de dos hijas adoptivas, Sully reflexiona sobre el significado de la palabra héroe.  “Se ha usado tanto para describirme que un día mi mujer buscó la palabra en el diccionario”, cuenta.  “Una acepción decía:  - Persona que decide ponerse en riesgo para salvar a otra”.  Yo no encajo en esa definición.  Nosotros no elegimos nada.  Aquella situación nos cayó encima.  Nos limitamos a hacer nuestro trabajo.  En un mundo en el que no todos lo estaban haciendo [ocurrió cuatro meses después de la quiebra de Lehman Brothers] pudo parecer extraordinario, pero lo único que hicimos fue nuestro trabajo.  Eso sí, lo hicimos excepcionalmente bien”.

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Para más información sobre el Capitán Sully y su blog en Internet véase la página http://www.jeanrichard.com/en/news/capt-sully-s-blog-113/345/

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Suiza, la meca dorada del dinero

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-  Lola Galán

La gente que abarrota el salón del lujoso Hotel Des Bergues bebe agua mineral y sigue con atención la puja.  Se subastan colecciones de joyas exclusivas y un diamante naranja, único, aunque no tan espectacular como el que saldrá al día siguiente en la venta pública del Hotel Beau Rivage.

Ginebra, ubicada junto al Lago Léman  (véase foto supra), es la ciudad con más sedes de organismos internacionales del mundo, con inclusión de la Oficina de las Naciones Unidas, una de las tres que existen además de la sede ubicada en Nueva York).  Ha acogido a reyes en el exilio y magnates árabes, y es un buen sitio para estas subastas. Especialmente ahora.  El dinero negro empieza a sentirse incómodo en las cámaras acorazadas de la legendaria banca suiza.

Empujados por la creciente ofensiva recaudatoria de la Administración estadounidense y del G-20, los bancos suizos están haciendo limpieza. No quieren exponerse a represalias económicas como la que ha llevado a la bancarrota no hace mucho a la banca Wegelin, la más antigua de Suiza.  “Se desembarazan de clientes estadounidenses de un día para otro”, cuenta Pierre Ruetshi, redactor jefe del periódico Tribune de Genève.  Su colega , Roland Rossier, experto en finanzas, lo corrobora: “Los empleados de muchos bancos pequeños funcionan con Prozac para aguantar la tensión”.  Un millar de residentes en Suiza ha devuelto su pasaporte estadounidense.

Claude-Alain Margelisch, director general de la poderosa Asociación de Banqueros Suizos (ABS), que agrupa a unas 300 entidades, matiza con habilidad lingüística las cosas:  “Lo que estamos haciendo es animar a los clientes a que regularicen su situación”. Margelisch cuenta que muchos españoles se acogieron a la amnistía fiscal del Gobierno, y otro tanto están haciendo los franceses.

Algo está ocurriendo en Suiza, el paraíso donde se guarda casi un tercio de la riqueza off shore del mundo.  El que mantuvo ocultas las cuentas durmientes de los judíos muertos en el Holocausto, las obras de arte robadas por los nazis, y lavó el oro sucio del Tercer Reich.  Ligado a las fortunas de dictadores y a escándalos de evasión fiscal (como los recientes casos del ex ministro francés Jérôme Cahuzac, y los españoles Luis Bárcenas y Félix Millet).  “El secreto bancario no va a sobrevivir”, dice Ruetshi.  Y no es cualquier cosa.  El secreto bancario ha sido la levadura mágica que ha convertido a este país en un emporio de riqueza.  Con una banca dominada por colosos como USB y Crédit Suisse, espina dorsal de un sector financiero que genera el 10% del PIB suizo y emplea a 200,000 personas.

Suiza tiene un apabullante plantel de multinacionales (Glencore, Nestlé, Novartis, Hoffman-La Roche, entre otras) y una reputada industria relojera.  Pero la banca es casi una religión nacional.  “Se creó a partir del dinero de los perseguidos por la fe”, dice Jean Ziegler, de 79 años, el hombre que viene destapando las vergüenzas del dinero helvético desde los años setenta, con libros que le valieron nueve procesos. Ginebra, la ciudad donde el teólogo francés Juan Calvino (1509-1564) predicó las bondades del enriquecimiento, acogería en el siglo XVII a miles de protestantes ricos que huían de la Contrarreforma.  Y un siglo después nacerían aquí los bancos privados con la honestidad contable calvinista.

Una riqueza vieja que ha traído históricamente el dinero de los más ricos. Pero todo puede acabar si lo que los banqueros suizos llaman eufemísticamente “protección de la confidencialidad” se viene abajo.  Lo que puede ocurrir en 2015, si Suiza se ve obligada a sumarse al acuerdo del G-20 de intercambio automático de información sobre las cuentas bancarias.  “El secreto bancario sigue vigente.  Lo consagra el artículo 47 de la Ley de banca de 1934″, asegura Ziegler, que tiene su despacho en una residencia estudiantil de Ginebra.  “Suiza sigue viviendo del dinero de la evasión fiscal; del dinero de sangre, el que no invierten los dictadores en sus países, con la consiguiente mortalidad de niños, y del dinero de la Mafia”, afirma.

Recientemente, el Forum Fiscal, ligado a la OCDE, certificó que Suiza sigue siendo un país opaco.  Pero fuentes del Gobierno de Berna lo achacaban a retrasos legislativos, debido a que existe “la ´posibilidad de someter a referéndum las leyes”.  Los suizos recuerdan siempre que son la única democracia directa del mundo y que sus diputados no reciben sueldo.  “Aquí la política es servicio.  Sólo se cobran dietas”, dice Loly Bolay, de origen gallego, socialista y ex presidenta del Gran Consejo de la República del Cantón de Ginebra.  Pero no hay una ley de incompatibilidades, y no es raro que un diputado federal se siente en el Consejo de Administración de bancos como el UBS o Crédit Suisse.  La banca sólo acumula apoyos frente a lo que muchos consideran “una persecución” contra el país.

Alberto Velasco, de origen español, diputado socialista en el Parlamento ginebrino, cree que impera “una monstruosa hipocresía”.  “Se nos persigue, cuando Francia y el Reino Unido tienen sus propios paraísos fiscales”, dice.  “Somos un chivo expiatorio perfecto, con nuestra insultante prosperidad”, coincide el periodista Ruetshi.  El sentimiento parece general.  “En Suiza es rara la familia que no tiene a alguien trabajando en la banca”, explica Cédric, un joven empresario que viaja en tren a Zurich.  En el país, los impuestos son bajos, hay poca burocracia y el despido es muy barato.  No existe salario mínimo, y el trabajador tiene que contratar una póliza médica obligatoria con las aseguradoras.  Un sueldo normal alcanza los 5,500 francos suizos (6,000 dólares aprox.)  Pero los alquileres (aquí hay pocos propietarios) son carísimos.

¿Sobrevivirá la banca suiza al fin del secreto bancario?  Alessandro Pelizzari, secretario regional del sindicato Unia, no lo duda.  “Han empezado a diversificar su negocio y ha habido una reestructuración”. Miles de empleados han dejado sus puestos con generosas indemnizaciones.  La banca calvinista tiene la mirada puesta en la divisa china.  Ya lo dice Margelisch:  “Tenemos experiencia; somos un país estable y seguro, con una moneda fuerte”.  Y repite la frase de otro banquero anónimo:  “Singapur puede ser la Suiza de Asia, pero Suiza es la Suiza del mundo”.

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Lola Galán es una periodista española, colaboradora habitual del diario El País.  Los lectores de Cuadernos de Pozos Dulces pueden ver una extensa recopilación de sus artículos en la dirección http://www.elpais.com/autor/lola_galan/a/

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