La imagen de las palabras

teclado pc

–  Álex Grijelmo

Las redes sociales (1), el correo electrónico y los mensajes de móvil / cellular han obligado a millones de personas a relacionarse cada dos por tres con un teclado y, por lo tanto, a reflexionar sobre las palabras y a plantearse dudas ortográficas o gramaticales.

Hasta hace sólo unos años, la escritura habitual formaba parte de determinados ámbitos profesionales, pero no alcanzaba a la inmensa mayoría de la población del mundo avanzado.  Mucha gente podía pasar semanas y meses sin necesidad de escribir nada (aunque sí de leer).  Ahora, sin embargo, se escribe más que nunca en la historia de la humanidad.

Eso ha dotado de un nuevo rasgo a las personas.  Su imagen ya no reside sólo en su aspecto, sus ropas, su higiene, el modelo de su automóvil, acaso la decoración de la casa.  Ahora también transmitimos nuestra propia imagen a través de la escritura.

El grupo de WhatsApp de la Asociación de Padres, los mensajes de Twitter, los comentarios de Facebook o los argumentos de un correo electrónico constituyen un escaparate que exhibe a la vista de cualquiera la ortografía de una persona, su léxico, su capacidad para estructurar las ideas.

Si alguien lleva una marcha en la camisa, el amigo a quien tenga cerca en ese momento le advertirá amablemente para que se la limpie.  Incluso puede decírselo el desconocido con el que acaba de entablar una conversación.

Sin embargo, los fallos de escritura en esos ámbitos se dejan estar sin más comentario. Los vemos y los juzgamos, sí, pero miramos para otro lado.  Ni siquiera avisamos en privado para que el otro tome conciencia de sus errores.  Es un examen silencioso, del que a veces se derivan decisiones silenciosas también.

Tememos dañar al corregido.  ¿Por qué?  Tal vez porque un lamparón en la blusa se puede presentar como accidental y no descalifica a la persona, mientras que la escritura constituye una prolongación de la inteligencia y de la formación recibida.  Y por tanto las refleja.

El que observe en silencio esas faltas frecuentes exculpará, por supuesto, a quien no haya tenido a su alcance una educación adecuada.  Quizás no sea tan benevolente, en cambio, con los demás:  con quienes han malversado el esfuerzo educativo que se hizo con ellos; y con todos aquellos que lo consistieron.  El deterioro de la escritura en el sector bien escolarizado es lo que realmente provoca el escándalo.  Un escándalo silencioso que a veces se denuncia con energía, como lo ha hecho recientemente Víctor García de la Concha, Director del Instituto Cervantes (2).

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(1)  El español es la tercera lengua más utilizada en Internet por detrás del inglés y el chino.  A su vez, ocupa el segundo puesto en Facebook y Twitter.  Se prevé que en el año 2030 el 7.5 % de la población mundial hablará y escribirá en español.  En la actualidad alcanza el 6.7% de todos los idiomas, porcentaje superior al de quienes utilizan el ruso (2.2 %) o se expresan en alemán o en francés (1.1 %).

(2)  Véase  https://youtube.com/watch?v=GSeGWbOR1E0

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El español que descubrió el Océano Pacífico

mapa ortelius 1595

–  Esther Alvarado

Hubo un tiempo en que casi níngún territorio existía a menos que le pusiesen nombre los españoles.  De hecho, el Océano Pacífico llevaba ahí toda la vida, pero tuvo que ser Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) el que cruzase el territorio del actual Panamá y, al mar del otro lado lo bautizase como Mar del Sur (1).  Era el 25 de septiembre de 1513 y acababa de comenzar la aventura de colonizar esos mares y las tierras que hubiese más allá, una hazaña que duraría varios siglos.

El primero que tuvo noticias del otro mar fue Cristóbal Colón (1451-1506) en su tercer viaje a América (1498-1500), pero bastante tenía ya con haber descubierto todo un continente como para aventurarse tierra adentro.  Así que fue su antiguo lugarteniente, el citado Vasco Núñez de Balboa, el que se decidiese a explorar la zona de Veraguas (una de las actuales diez provincias de Panamá, y la única que tiene costas en los Océanos Atlántico y Pacífico) hasta que llegó al otro lado y avistó, en 1513, el Mar del Sur.

Cinco años más tarde, en 1518, el portugués Fernando de Magallanes (1480-1521), consumado explorador de las islas del Pacífico siguiendo la ruta portuguesa (rodeando África), se enemista con su rey y acude a Carlos I de España (1500-1558) para exponer su idea:  debía haber un paso entre los Océanos Atlántico y Pacífico bajo América del Sur y así se podría llegar a las Islas Molucas (2) sin violar el Tratado de Tordesillas (3).

Logró Magallanes su intento de llegar a Filipinas, pero murió allí en 1521 y fue su sucesor Juan Sebastián Elcano (1476-1526), quien en lugar de dar media vuelta (como sería lo lógico en aquella época), decidió seguir navegando hacia el Oeste.  Su gesta consistió en dar la primera vuelta al mundo retornando a Sanlúcar de Barrameda (España) el 6 de septiembre de 1522, tras rodear África de sur a norte y hacer una peligrosa escala en Cabo Verde (era colonia portuguesa).  Como prueba de su gesta, en las bodegas de la nao Victoria llevaba 530 quintales (116,845 libras) de la preciada especia denominada clavo de olor.

Lo siguiente era lograr llegar al Pacífico sin tener que dar la vuelta entera a América, así que Carlos I puso al virrey de México, Hernán Cortés (1504-1547) a buscar un paso más rápido entre ambos Océanos, pero mientras tanto, portugueses y españoles, incapaces de ponerse de acuerdo sobre a quién pertenecían las Molucas, se dispusieron cada uno por su parte a ocuparlas.

Francisco Pizarro, Santiago de Guevara, Diego de Almagro, Pedro de Unamuno, Alvar Núñez Cabeza de Vaca…… decenas de marinos, soldados y expedicionarios se aventuraron en busca de rutas más sencillas y tierras más prósperas sin anexionar. Algunos lograron éxitos reseñables, pero muchos no volvían nunca a casa o tardaban años en regresar.  Las expediciones españolas llegaron hasta Alaska, y lucharon contra los ingleses por controlar la zona canadiense de Vancouver.

La navegación, sin poder medir longitudes con exactitud, era todavía casi una cuestión de pericia y suerte hasta que un fraile agustino, Andrés de Urdaneta (1508-1568), antiguo expedicionario en Filipinas, en el viaje de regreso (1565) junto a Miguel López de Legazpi (1503-1572) después colonizar las Islas, sugirió buscar corrientes y vientos en dirección NE, y las encontraron a los 43 grados de latitud.  Se había descubierto el tornaviaje (4) y con esa nueva ruta más rápida se pone en marcha la línea marítima conocida como el Galeón de Manila (5).

Con el inicio del siglo XVIII (denominado Siglo de las Luces) llega una revolución al concepto del conocimiento, y comienzan las expediciones con espíritu científico además de colonizador.  El desarrollo naval es sorprendente y se construyen barcos mucho más fuertes, lo que permite salir de la zona ecuatorial hacia el norte y hacia el sur.

Seiscientos años después de la hazaña, los expertos coinciden en afirmar que el hallazgo del Océano Pacífico, en 1513, fue una de las exploraciones más importantes de la historia de la Humanidad.

Imagen supra:  Mapa del cartógrafo Abraham Ortelius (1595).

(1) Vasco Núñez de Balboa lo identificó oficialmente como Mar del Sur ya que, en relación con el Mar Caribe, se le apareció situado al sur.  Fernando de Magallanes en su viaje a Filipinas, en 1520, le cambió el nombre, denominándolo Mar Pacífico, al considerar tranquilas sus aguas respecto a las del Atlántico Sur.  Con el paso del tiempo los dos, por su extensión y profundidad, se llamaron Océanos.

(2)  Las islas Molucas (en indonesio Maluku), también conocidas como las Islas de las Especias, es un archipiélago de Indonesia. Se compone de numerosas islas que cubren una área extensa delimitada al oeste por las islas Célebes y las islas menores de la Sonda, y al este por la isla de Nueva Guinea.  Las islas Molucas se hicieron famosas durante los siglos XV y XVI, cuando portugueses, españoles, ingleses y holandeses libraron batallas para conquistarlas, debido a que de ellas se obtenían las tan preciadas especias que necesitaba Europa.  Era la única región productora de nuez moscada y, junto con Madagascar, la única donde se recolectaba también el clavo de olor.

(3)  El Tratado de Tordesillas fue el compromiso suscrito en la localidad de Tordesillas (Valladolid, España), el 7 de junio de 1494, entre los representantes de Isabel y Fernando, Reyes de Castilla y de Aragón, por una parte, y los del Rey Juan II de Portugal, por la otra, en virtud del cual se estableció un reparto de las zonas de navegación y conquista del Océano Atlántico y del Nuevo Mundo mediante un meridiano, situado 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, a fin de evitar conflictos de intereses entre la Monarquía Hispánica y el Reino de Portugal

(4)  La palabra tornaviaje, que significa viaje de regreso, está unida a Andrés de Urdaneta, y en los libros de Historia se conoce como tornaviaje de Urdaneta el éxito de su búsqueda, en 1565, de vientos y corrientes que acortaran la duración del trayecto entre Filipinas y México.

(5)  El Galeón de Manila era el nombre con el que se conocían las grandes naves españolas que cruzaban el Océano Pacífico, una o dos veces al año, entre Manila (Filipinas) y los puertos de Nueva España (actualmente México).  La línea Manila-Acapulco-Manila fue una de las rutas comerciales más larga de la historia y funcionó durante 250 años.  El último barco zarpó de Acapulco en 1815 cuando la Guerra de Independencia de México interrumpió el servicio.

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Cuadernos de Pozos Dulces – Resumen 2015

Galería

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog. Aquí hay un extracto: Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 4.200 … Sigue leyendo

Historia breve de los villancicos

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–  Alberto Sala Mestres

A raíz de la promulgación por el Emperador Constantino (272-337) del Edicto de Milán (313) dando libertad de culto a los cristianos, su religión se extendió rápidamente por el Imperio Romano, con una gran vitalidad de liturgia y cánticos.  Los expertos consideran como primer antecedente del villancico a una melodía gregoriana del siglo IV, Jesus refulsit omnium (Jesús, luz de todas las naciones), atribuida a San Hilario de Poitiers (315-367),  junto a otras raíces conocidas como es el caso de Jerusalem Gaude (s. VII). A esa época medieval corresponde la antífona del siglo IX Puer natus est nobis (Nos ha nacido un niño), una de las primeras manifestaciones de la polifonía occidental.

La tradición atribuye a San Francisco de Asís (1182-1226) la introducción de la costumbre navideña de instalar un belén, pesebre o nacimiento.  Según cuenta San Buenaventura, en la noche de Navidad de 1223 San Francisco instaló en Greccio, población situada entre Roma y Asís, un pesebre con paja e hizo traer un buey y una mula, celebrando allí la Misa ante una multitud.  Para algunos historiadores, San Francisco es el autor del himno Psalmus in Nativitate, un antecedente histórico de los villancicos.

Lo cierto es que, a partir del siglo XII, las canciones populares alusivas a la Natividad del Señor experimentaron en Europa un gran auge y popularidad.  En español el término “villancico” procede del  latìn “villanus”, nombre con el que se identificaba a los habitantes de una villa o aldea.  La palabra inglesa “carol” proviene del francés “carole” que identifica a una ronda de personas que cantan al unísono.  Durante siglos los villancicos evolucionaron hacia formas más elaboradas, pero conservando siempre su arraigo popular.

Uno de los villancicos más conocidos es Noche de paz, compuesta por Franz Gruber (1787-1863) y basada en la letra de Joseph Mohr (1789-1848), cuya primera audición tuvo lugar el 24 de diciembre de 1818 en la Iglesia de San Nicolás, ubicada en la población austriaca de Oberdof.  Muchos lectores recordarán también Adestes fideles, con música y letra de John Francis Wade (1711-1786), así como la italiana Canzone degli Zampognari, cuya melodía inspiró a Frederick Handel (1685-1759) una de las arias de su famoso oratorio El Mesías (1742).

Además de las melodías profanas que reivindican el protagonismo de Santa Claus, en los Estados Unicos goza de gran popularidad Joy of the World escrita por Lowell Mason (1792-1872) basándose en el poema del británico Isaac Watts (1674-1748). Existen, entre otras muy conocidas, la adaptación que de la obra original de Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) I Heard the Bells on Christmas Day realizó al inicio de la década de 1950 el compositor norteamericano Johnny Marks (1909-1985), junto a What Child is This? con texto de William Chatterton Dix (1837-1898), cuya música se remonta a una canción tradicional inglesa Greensleeves, que aparece un par de veces en la comedia de William Shakespeare The Merry Wives of Windsor (1600-1601).

En España los villancicos han tenido gran aceptación y difusión.  Uno de los más conocidos es A la nanita nana, cuya asimetría musical aparece reflejada en muchas de las composiciones folclóricas de la Península, y a la que cabria encontrar un cierto paralelismo con el género de la guajira cubana.  No hay que olvidar la popular melodía Vamos pastores, vamos de Evaristo Ciria (1802-1875) que suele acompañarse del rústico instrumento musical denominado zambomba.  Menos conocido, pero de gran arraigo en Cataluña, es el tradicional villancico Fum, fum, fum, cuyos reiterados compases recuerdan los de la sardana, baile coral típìco de esa región.

Los villancicos llegaron a Latinoamérica formando parte de las tradiciones navideñas españolas, y se incorporaron con identidad propia en el folclore de cada país.  En la celebración, cada mes de diciembre, de las posadas en México adquiere especial protagonismo el popular villancico El rorro. Sucede lo mismo en Perú con Rueda, rueda que incorpora una melodía típicamente andina, que puede escucharse también en la conocida Palomita de Navidad de los hermanos Moisés y Dina Rodríguez Núñez.  En Puerto Rico, uno de los más conocidos es el Villancico Yaucano, original de Amaury Veraz. 

A su vez, el compositor cubano Osvaldo Farrés (1902-1985) es el autor de la melódica Navidad cubana.  Existen también villancicos “lasallistas” de una singular cubanía, como es el caso de Campanitas cubanas (1954)  [1]  y Décimas al Niño Jesús (1956) debidos a la inspiración de Alfredo Morales fsc (1927-2012).

[1]   Véase en Internet  http://www.youtube.com/watch?v=vCALEyHj6DU

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Aquí estoy y vengo de Cuba

Padura.01–  Leonardo Padura

Aquí estoy, y vengo de Cuba.  Aunque más que de Cuba, debo precisar que vengo de un barrio de la periferia habanera llamado Mantilla.  Allí vivo y escribo, en la misma casa donde nací.  En ese barrio plebeyo y bullicioso que brotó a la vera del Camino Real, también nacieron mi padre, mi abuelo, quizás incluso hasta mi tatarabuelo Padura.  Allí mi padre conoció a mi madre, una bella cienfueguera llegada a La Habana empujada por la pobreza y se enamoró de ella hasta el último aliento de su vida.  Mis abuelos maternos habían nacido en aquella zona del centro de la Isla y, si no hubo alguna excepción, parece que también que mis bisabuelos Fuentes y Castellanos nacieron por aquellos lares.  Si digo todo esto es para fijar la profundidad de una pertenencia y para establecer, también genealógicamente, una evidencia:  soy cubano por mis 64 costados.

A Cuba, a su cultura y su historia debo casi todo lo que soy, profesional y humanamente. Porque pertenezco profundamente a la identidad de mi Isla, a su espíritu forjado con tantas mezclas de etnias y credos, a su vigorosa tradición literaria, a su a veces insoportable vocación gregaria, al amor insondable que le profesamos al béisbol, y como soy escritor, pertenezco a la lengua que aprendí en la cuna, con la que me comunico y escribo, la maravillosa lengua española en la que ahora leo estas palabras. Y, por ello, parafraseando a José Martí, el apóstol de la nación cubana, puedo decir que dos patrias tengo yo:  Cuba y mi lengua.  Cuba, con todo lo que tiene dentro y también fuera de su geografía;  la lengua española, porque soy lo que soy a través de ella, gracias a ella.

Con Cuba y con mi lengua a cuestas he recorrido un camino que se va haciendo largo y que me ha traído hasta este momento de epifanía, hasta este asombro y satisfacción superlativos que no me abandonan porque estoy donde nunca soñé estar, aunque sé por qué estoy:  sencillamente porque soy un empecinado.

Pero, con empecinamiento incluido, llegar hasta aquí no ha sido fácil.  En realidad, ser escritor nunca ha sido fácil y, para mí, ha sido más esforzado de lo que tal vez podría parecer.  Muchas, muchas horas he dedicado a mi oficio, en una lucha terrible por vencer miedos e incertidumbres que lo abarcan todo:  desde la elección sobre los aspectos de mi realidad que he querido reflejar, hasta el encuentro de la palabra más adecuada para conseguir expresar del mejor y más bello modo posible esa realidad reflejada.  Ser escritor ha sido una bendición que he asumido con una responsabilidad artística y civil, que ha sido y será ardua:  muchas incomprensiones me han acompañado, incluso marginaciones cuando era considerado apenas un autor de novelas policiacas y algún que otro ramalazo por ser como soy y escribir como escribo. Pero hace cuarenta años aprendí que para lograr algo, al menos en mi caso, sólo había una fórmula y la adopté y la practico a destajo:  el trabajo diario.  Y por eso puedo decir ahora que, más que dos, en realidad tengo tres patrias:  Cuba, mi lengua y el trabajo.

Pero, debo y quiero reconocerlo aquí:  para que mis tres patrias tutelares pudieran traerme hasta este momento, muchas coyunturas y personas han debido reunirse y concretar lo real maravilloso.  Porque no sólo de pertenencia, idioma y trabajo se vive en las patrias posibles del escritor, y porque ejercitar la gratitud es algo que me complementa.

A los creadores de mi casa de Mantilla debo la vida, pero también una formación humana y una ética en la que se combinaron con amable armonía la filosofía masónica de mi padre y la fe católica de mi madre.  Y aunque no me inicíé como masón y soy ateo, de ellos aprendí la práctica de la fraternidad, la solidaridad y el humanismo entre las personas, unos valores que he tratado de aplicar en todos los actos de mi vida.  Lamento que ellos no estén físicamente hoy aquí conmigo, aunque sé que me acompañan:  mi padre desde el sitio que le haya asignado el Gran Arquitecto del Universo; mi madre desde nuestra casa mantillera.

A muchos de mis compañeros de estudio y de profesión debo agradecer la compañía a través de los años y la  fidelidad militante con que nos hemos tratado en un tránsito hermoso y difícil, como todos los transcursos vitales.  Aunque sólo unos pocos de ellos estén hoy aquí, sé que festejan conmigo, y puedo decir como Gardel, el dìa de su debut parisino en el Olimpia:  “¡Si estuvieran aquí los muchachos del barrio!”.

Con España tengo una impagable deuda de gratitud.  Desde aquel verano de 1988 en que, como simple periodista, llegué precisamente a esta tierra de Asturias, para participar en la Primera Semana Negra de Gijón, este país me abrió puertas cuya trasposición me ha permitido avanzar y estar donde estoy.  A la literatura española que conocía por mis estudios y preferencias, se sumó la que encontré desde entondes y que mucho cambió mis percepciones.  Luego, a un concurso literario español, el Premio Café Gijón de 1995, debo la posibilidad de haber podido crear el puente que condujo a una de mis novelas hasta las manos de la directora de la prestigiosa Editorial Tusquets, para iniciar una relación de amor y trabajo que hemos sostenido durante 20 años y ha permitido que mis libros hayan podido ser leídos en todo el ámbito de la lengua, y a partir de ahí, en otros más de veinte idiomas.

A España le debo también el honor de que el Consejo de Ministros del paìs me concediera la ciudadanía española por el procedimiento de Carta de Naturaleza, reconocimiento honorífico que ha consolidado aun más, si eso es posible, mi relación con la segunda de mis patrias, esta lengua en la que me expreso y escribo.

A los veintiún miembros del Jurado que me ha concedido el reconocimiento que hoy recibo, mi gratitud infinita.  Merecer este premio, todos lo saben, no es cualquier cosa.  La lista de nombres que me preceden avalan la magnitud de esta gratificación.  Y el hecho de que ustedes me hayan elegido, es un  honor que recibo con el orgullo de ser el primer escritor cubano que lo alcanza.  Y como tal lo recibo:  como escritor cubano y como un premio a la literatura y a la cultura de mi primera patria.

Y a mi esposa, Lucía López Coll, que por supuesto está aquí conmigo, sólo puedo decirle: Lucía, gracias por soportarme durante casi cuarenta años, por ayudarme tanto a conseguir lo que ha sido y está siendo la novela de mi vida.

Pero mi acto de gratitud no estaría completo sin recordar a alguien de cuya mano he llegado hasta este estrado.  Hace veinte años, cuando Tusquets publicó mi novela Máscaras, los periodistas me preguntaban por qué había escogido aquel nombre para mi protagonista.  Hoy, gracias a la persistencia de ese compañero de luchas, creo que mi personaje y yo hemos vencido en un tremendo combate:  Mario Conde, el cubano, con su nombre resonante se ha ganado un espacio en el imaginario colectivo de este país, donde acumula amores, reconocimientos y lectores.  Gracias, Conde, por haberme acompañado todos estos años en el empeño de explorar y revelar conmigo la vida y la sociedad cubanas y a comprender los desafíos de la cuarta edad cuyo tránsito estamos iniciando.

Hoy es uno de los días importantes de mi vida, quizás el más mediático de que haya disfrutado, y por eso, al tener la oportunidad de dirigirme a tanta gente y tan poco tiempo para hacerlo, he debido pensar mucho qué decir:  y he decidido hablar sólo de asuntos realmente trascendentes, unos pocos, todos relacionados con el amor, la persistencia, la gratitud y la pertenencia.

Hoy es un día de vino y rosas y así quiero guardarlo en mi memoria.  Porque a pesar de los pesares, de las luchas, las dudas, los silencios y los resquemores, la verdad es que las recompensas que debo a mis patrias y a todos los que me han ayudado a obtenerlas, son un pretexto de lujo para disfrutar y compartir esta felicidad, y quiero hacerlo con el mismo espíritu impoluto con que compartía hace más de cincuenta años mi bate, mi guante y mi pelota de béisbol con aquellos amigos del barrio con los que aprendí a gozar la satisfacción del éxito, en un simple juego de pelota, en una calle de un barrio habanero llamado Mantilla, donde palpita el corazón de mis patrias.

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Nota:  La ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2015, presidida por los Reyes de España, tuvo lugar el 23 de octubre de 2015 en el Teatro Campoamor (Oviedo, Asturias).  Para más información, véase  http://www.fpa.es

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Los verdaderos orígenes de King Kong

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–  Fernando Iwasaki

Todos sabemos que Moby Dick es la ballena blanca creada por Herman Melville (1819-1891), aunque Mocha Dick -un cachalote albino que asoló las costas de Chile y Perú hasta que fue cazado en 1835-  sea menos conocido que su versión novelesca editada en 1851 con el titulo “The Wale”, y en las posteriores ya como “Moby Dick”.  Sin duda Melville tuvo noticias de que los balleneros del puerto del Callao (Perú) hablaban de esa criatura y, gracias a Mocha Dick, hemos podido disfrutar de una novela extraordinaria.

Asimismo, a Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) se le ocurrieron los terroríficos Nyarlathotep y Yog-Sothoth (personajes de ficción) mientras curioseaba grabados de dioses precolombinos y peruanos, igual que Edgar Allan Poe (1809-1849) decidió que el horrendo pájaro que mató de un susto al Duque de l’Omelette tenía que ser peruano (como figura en su célebre cuento publicado en 1832).

Me sentí tan conmovido cuando descubrí que todos esos monstruos eran peruanos, que espero que los lectores españoles (y otros hispanohablantes) sientan lo mismo cuando sepan que King Kong también tiene denominación de origen ibérica.

El primer alarido de King Kong resonó a través de las páginas del Jardín de las flores curiosas (1570) de Antonio de Torquemada (1507-1569) quien narró la historia de una mujer desterrada en una isla, donde fue atendida por una horda de simios liderados por uno gigantesco y relata: “se fue con ellos hasta el monte, adonde el jimio mayor la metió en una cueva, y allí acudían todos los otros, proveyéndola de los mantenimientos que ellos usaban y tenían”.

Según Torquemada, una mañana la mujer vió un barco y decidiò escapar, y así “los jimios salieron todos a la ribera, siendo tan grande la multitud de ellos como de un ejército, y el mayor, con el amor y aficion bestial que con la mujer tenía, se metió tras ella por el agua, tanto que corrió muy gran peligro de ahogarse, y las voces y aullidos que daba y los chirriados bien daban a entender que sentía la burla que se le había hecho”.

Este episodio fue recogido por el jesuita Martín del Río (1551-1608) autor del tratado de demonología más importante del barroco –Disquisitionum Magicarum Libri Sex (1599)-, quien consigna que la mujer “se vió rodeada de una caterva de monos muy abundantes en la isla , todos dando gritos, hasta que llegó otro más corpulento…”.

La historia era tan conocida que hasta Lope de Vega (1562-1635) le dedicó el relato La mujer y el simio (1597).

Por lo tanto, a nadie de la España del siglo XVII le habría extrañado que King Kong hubiera escalado la Giralda en Sevilla para proteger a su chica, porque la leyenda del gorila enamorado era uno de los cuentos ibéricos más famosos.

Teniendo en cuenta que Godzilla en Japón se llama Gorija -que resulta de la suma de gorira (gorila) y kujira (ballena)-, la síntesis entre lo peruano y español es un monstruo japonés.

Imagen supra:  Cartel publicitario de la película  King Kong  (Merlan C. Cooper, 1933).

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El portador compasivo

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–  Gustavo Martín Garzo

“Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier (n. 1924) El rey de los alisos (1970).  Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra (ver supra).  

Son muchos los que protestaron por la manipulación que de tales imágenes hicieron los medios de comunicación, argumentando que son incontables los niños que en circunstancias semejantes han  muerto antes de Aylan Kurdi sin que apenas reparáramos en ello.

Y tienen toda la razón.  Sin embargo hay imágenes que tienen el raro poder de enseñarnos a ver lo que antes no queríamos o nos negábamos a aceptar.  No me refiero sólo a la imagen del pequeño sobre la arena, sino a la del policía que portaba su cuerpecito en los brazos, como si contuviera algo precioso que ni la misma muerte pudiera oscurecer.

Es el mito del adulto fórico, al que Michel Tournier dedica su novela.  El adulto encargado de portar a los niños, como San Cristóbal, el gigante que ayudaba a los caminantes a cruzar el río, y que representa a todos los adultos que llevando a los niños en sus brazos tratan de protegerles de los peligros de la vida.

Este mismo verano se difundió por la prensa y la televisión una imagen que, como esta del niño y el policía turco, tenía el poder de sintetizar la dolorosa injusticia de este mundo. En un plató de la televisión alemana, Angela Merkel (n. 1954) respondía a las preguntas de un grupo de jóvenes. Todo transcurría de esa manera previsible y relamida con que suelen hacer las cosas en estos programas hasta que una muchacha palestina, sobre la que pendía una amenaza de una pronta deportación, le preguntó a la Canciller en perfecto alemán por qué no podría seguir estudiando y vivir como sus otros compañeros de clase.

Angela Merkel salió del paso como pudo diciéndole que la comprendía, pero que no todos los inmigrantes podían quedarse en Alemania, y que muchos tenían que regresar a sus casas.  La Canciller siguió contestando a otras preguntas cuando la muchacha rompió a llorar desconsoladamente, llamando la atención con sus lágrimas no sólo sobre el drama de los que, como ella, aspiraban a tener una vida mejor, sino también sobre la inoperancia de nuestros gobernantes a la hora de encontrar soluciones que remedien el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

Una creencía judía afirma que en cada época en la Tierra aparecen 36 justos.  Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes.  Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor.

En un mundo como el nuestro donde tantos se autoproclaman justos, conviene no olvidar que una de las enseñanzas de esta fábula es que ninguno de esos justos discretos que sostienen el mundo sabe que lo es.

Jorge Luis Borges (1899-1986) escribió al final de su vida un poema basado en esta leyenda.  En él va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos:  el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho, el poeta que cuenta con cuidado las sílabas de sus versos, el jardinero que poda y abona sus plantas.  Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo.  Son los nuevos justos, ninguno actúa con apatía o indiferencia.  Para ellos el bien es algo tan sencillo como mecer una cuna para que un niño se duerma.

Creo que tanto el policía turco que llevaba en sus brazos el cuerpo yerto de Aylan Kurdi, como la muchacha palestina que rompió a llorar inesperadamente ante una de las mujeres más poderosas de la Tierra, podrían formar parte de esa nómina de justos que sin saberlo sostienen el mundo.

Primo Levi (1919-1987), en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta como una noche los judíos se dan cuenta de que los van a matar.  Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación.  Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de elllos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas, las tendieron para que se secaran en los alambres de espino.

Este hermoso y doloroso pasaje expresa fielmente esa inocencia activa de la que vengo hablando, y que tiene que ver con la facultad de negar nuestro consentimiento ante todo lo que prolonga o justifica el sufrimiento del mundo.  Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque era su forma de cuidarlos.  Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a su hijos, que nunca morirán.  Su inocencia tenía que ver con ese compromiso capaz de abrir, incluso en el lugar más siniestro y oscuro, un espacio de esperanza.

El policía turco que portaba el niño muerto creaba al hacerlo un espacio así.  Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido:  un peso que se transforma en gracia.

Pero, ¿qué pasa cuando el niño que se lleva en los brazos está muerto?  El cuerpo de Aylan Kurdi en la playa nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en los brazos hasta la cama para que no se despierten.  Sólo que Aylan Kurdi ya no se despertará de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio dulzor de la leche.  Tampoco llegará a conocer el paso del tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar sus primeras palabras de amor.

En ¡Qué bello es vivir! (1946), la película de Frank Capra (1897-1991), se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante guarda el germen de la salvación de otras vidas.  Pero este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, qué anfitrión habría pronunciado su nombre como el más querido de sus invitados?  ¿Qué idea, el sueño de qué país o de qué raza puede justificar su desaparición?

El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?

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