Madrid 2020, la gran desilusión

Madrid 2020

–  José María Carrascal

Imagino a mucha gente desilusionada, atónita, afligida, y hasta las nubes se pusieron a llorar sobre Madrid al saber que se le había negado hospedar los Juegos Olímpicos de 2020.  E imagino también que serán muchos los que digan “ya lo decía yo”, mientras otros tantos empiezan a buscar culpables del chasco.  Porque si la victoria tiene muchos padres, la derrota no tiene ninguno.

Pienso, sin embargo, que aquÍ no ha ocurrido nada irreparable, ni siquiera dramático. España es hoy lo mismo que ayer e igual que mañana.  Por tercera vez se ha negado a Madrid unas Olimpiadas, pero siendo éstas importantes, hay cosas bastante más importantes que ella.  No estoy tratando de minimizar el escobazo ni de echar bálsamo sobre la herida, sino de ver la situación en sus justas proporciones.

Habíamos magnificado hasta tal punto la apuesta, movilizado a tanta gente, invertido tanto esfuerzo, que vernos eliminados a las primeras de cambio ha sido todo un golpetazo. Pero no es nuestra primera derrota ni la más importante.  Y los países, como sus pueblos, se miden más en las derrotas que en las victorias, cuando todo es fácil, glorioso y dulce.

Posiblemente no habíamos calculado en su verdadera talla a nuestros rivales, muy especialmente aquél con el que competimos en la primera votación, Turquía. Sus avances en los últimos años han sido espectaculares y la firmeza de su Gobierno, envidiable. Ha tenido problemas de dopaje, pero precisamente esa firmeza es toda una garantía.  Supo jugar con habilidad su baza de puente entre Asia y Europa, importante en las relaciones intercontinentales de hoy.

En cuanto a Japón, era desde el principio el favorito por la simple razón de ser una gran potencia económica e industrial.  Y los Juegos Olímpicos no son inmunes a ello.  Es verdad que el desastre de Fukushima representaba un lastre para su candidatura.  Pero si los japoneses dicen que en 2020 no quedará rastro de ello, se les cree.

En cuanto a nosotros, posiblemente pecamos de optimistas.  No evaluamos en su exacta medida los méritos de nuestros adversarios y minimizamos nuestras debilidades.  El fantasma del dopaje pesa todavía sobre nuestro deporte; y no conviene olvidar que hace un año estábamos a punto de ser intervenidos.

Hemos salido del agujero, pero nuestras dificultades económicas continúan. Por no hablar de otros problemas, como el desafío nacionalista y las divisiones internas, que sin hablarse de ellas, son conocidas por el Comité Olímpico Internacional.

Pero hay vida después de haber perdido los Juegos Olímpicos 2020. Como no la hay es viéndolo como una tragedia.

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En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012), se publicó un artículo de José María Carrascal, periodista español residente en Nueva York.

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El Conde de Villanueva y su época

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–  José Manuel Santé

Claudio Martínez de Pinillos (1780-1853) Conde de Villanueva, nombrado en 1825 Superintendente de la Hacienda de Cuba, tuvo un especial protagonismo en la historia de Cuba por su activa participación en el movimiento reformista y el conocido enfrentamiento a José Antonio Saco que tuvo lugar en 1832.  No cabe duda alguna sobre su eficaz labor como Presidente de la Junta de Fomento (fundada en 1830), que realizó en la ciudad de La Habana importantes transformaciones.

Su hábil administración de la Hacienda de Cuba, bajo el polémico reinado de Fernando VII (1784-1833), y posteriormente con los polìticos que se turnaron en el Gobierno de la Metrópoli, duplicaron los ingresos en el período 1825-1841. Las críticas a su afán recaudatorio se vieron atenuadas por la prosperidad de los negocios en la Isla, favorecida por iniciativas de Villanueva tan plausibles como la creación del Depósito Mercantil, que permitía resarcir las cuantiosas anticipaciones obtenidas por el comercio de La Habana mediante pequeñas y eficaces erogaciones, que se destinaban a la financiación del suministro a otros mercados de productos nacionales y extranjeros.

Por su valor desde el punto de vista sanitario debe citarse la construcción, llevada a cabo en el período 1831-1835 por la Junta de Fomento presidida por Villanueva, del Acueducto de Fernando VII que sustituyó a la primitiva Zanja Real construida en 1592, y que fue por espacio de 243 años el único acueducto habanero. A su vez, el citado Acueducto de Fernando VII fue sustituido en 1893 por el Acueducto de Albear (que lleva el nombre de su constructor el ingeniero Francisco de Albear) que suministra a la ciudad el agua que proviene de los manantiales de Vento.

Pero quizás la obra más importante de Villanueva al frente de la Junta  de Fomento fue la construcción del ferrocarril de La Habana a Güines.

Las obras comenzaron en 1835, y se tuvieron que superar muchas dificultades debido a la complejidad de los trabajos, como la perforación del túnel del Socavón (primer túnel construido en Cuba, con 14 pies de ancho, 16 de alto y 325 de longitud), o el puente de sillería sobre el río Almendares sostenido por 200 pilares de cantería.  El primer tramo desde La Habana a Bejucal se inauguró el 19 noviembre de 1837, y un año después se completaba el recorrido hasta su destino final en Güines. La terminal de La Habana llevaba el nombre de Estación Ferroviaria de Villanueva (ver imagen supra de la Estación en 1910), en honor al Conde de Villanueva, y estaba ubicada en el espacio que ahora ocupa el Capitolio Nacional.  El 30 de noviembre de 1912 se inauguró la Estación Central de Ferrocarriles situada en la calle Egido, cercana a la bahía, dejando entonces de funcionar la Estación Ferroviaria de Villanueva.

En la actualidad, el pequeño Museo Ferroviario de Bejucal (Municipio cercano a La Habana) recuerda la historia del primer ferrocarril que funcionó, no sólo en Cuba, sino también en España y en toda la América Latina.

Entre los monumentos que para el embellecimiento de La Habana se deben al Conde de Villanueva, se encuentran entre sus fuentes dos de singulares características: la de Los Leones (1836) situada en la Plaza de San Francisco, y la de La India, conocida tambíén como La Noble Habana (1837), símbolo de la ciudad, que está ubicada a un costado del Parque de la Fraternidad en las inmediaciones del Capitolio Nacional.  Ambas fueron realizadas por el escultor italiano Giuseppe Gaggini.

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El lasallista José Manuel Santé publicó también, en la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012), un artículo sobre el Conde de Pozos Dulces.

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