Julio Verne, el visionario

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–  Andrés Ibañez

Pocos autores producen más sensación de felicidad y optimismo que Julio Verne (1828-1905).  Pensamos en la literatura y nos viene a la mente la rosa de Rainer Maria Rilke (1875-1926);  pero también, y con la misma intensidad, recordamos las máquinas y las maquinaciones de Verne, el globo que vuela sobre las líneas del mapa, el obús lanzado hacia la Luna, los niños perdidos durante dos años en una isla desierta, los dinosaurios del centro de la Tierra o imaginamos al capitán Nemo tocando el órgano en el fondo del mar.

Las posibilidades de la imaginación se transforman en Julio Verne en las posibilidades de la ocupación espacial (los astros, el fondo de la Tierra, el fondo del mar, las minas, las ciudades flotantes) y las posibilidades de la técnica y de la ciencia, creando así una poesía de la ciencia, una ciencia de la imaginación.

Era mi autor favorito cuando era niño.  No sólo me fascinaban sus historias, sino su extraña solidez, su densidad.  Leer a Verne ejercita la paciencia del lector joven, que aprende que para llegar a lugares hermosos a veces hay que cansarse en la subida.

El genio de Daniel Defoe (1660-1731) se muestra en la huella de un solo pie en una playa. descrita en Robinson Crusoe (1719).  No menos genial es el brazo encadenado de Un Capitán de quince años (1878) de Julio Verne. Ese brazo y esa cadena nos dicen muchas cosas:  que el que murió era un esclavo y que lo mató un león. Recuerdo pocos momentos más terroríficos y evocadores en la literatura.

La jornada de un periodista americano en 2889 es un cuento de 1891, publicado por primera vez en 1899 bajo el título The Day of an American Journalist in 2889 en la revista The Forum (Nueva York).  Algunos aguafiestas aseguran que fue terminado en realidad por el hijo de Verne, Michel Verne.

Ese cuento de Julio Verne pertenece, como casi toda su obra, a la maravillosa categoría que hemos llamado “para todas las edades” y que ahora, porque todas las cosas tienen que tener un nombre en inglés, se denomina crossover.

El texto describe un mundo altamente tecnificado lleno de maravillas asombrosas y en el que el poder recae sobre Francis Bennett, editor del Earth Herald, el periódico más importante del mundo, quien señala que “sería el rey de las dos Américas si los americanos pudieran aceptar algún tipo de soberano”.

Verne acumula los inventos y los adelantos técnicos para crear un mundo maravilloso dominado por unas redes de información que corren a través del teléfono y la “telefoto”, una de las metáforas de Internet más asombrosas y lúcidas que ha alcanzado nunca la literatura de anticipación.  En efecto, el Earth Herald hace tiempo que ha abandonado el papel y se transmite sobre todo por medio del sonido y de la imagen.

La loca jornada de trabajo de Bennett tiene como contrapartida la plácida estancia de su esposa en París, a donde ha ido para comprarse sombreros y con la que Bennett mantiene un contacto constante gracias a algo que hoy conoceríamos como Skype, y que parece ofrecer las mismas posibilidades de intromisión en la intimidad que Skype o cualquier otro sistema con cámara web.

El texto de Julio Verne es maravilloso y está lleno de sorpresas.  “No es con una pluma como se escribe en nuestra época”, dice Bennett a uno de sus colaboradores literarios, “sino con un bisturí”, ¡Y no es Kafka, ni Beckett, ni Breton quien ha escrito esa frase, sino Verne!  Y es que este siglo XIX está obsesionado con las novelas, que se producen en masa en el periódico y son retransmitidas a todo el mundo.

Verne nos habla de un espacio de veinticuatro dimensiones (los físicos más locos de nuestra época no pasan de once), de un nuevo planeta llamado Gandini, de anuncios publicitarios en las nubes, de aceras móviles, de telescopios gigantes, de un bacilo biógeno que introducido en el cuerpo humano produce la inmortalidad, de ciudades que se mueven de un lugar a otro mediante raíles, de un piano-calculadora que parece prever las aventuras surrealistas y el piano-cóctel de Boris Vian, y así, entre burlas y veras, de visiones del futuro que casi asustan por su perspicacia de una Europa dividida en una parte occidental y un imperio ruso que se extiende desde las riberas del Rin hasta la frontera de China, de la necesidad de imponer límites a la natalidad en China…  Pero, ¡qué demonios de hombre este Julio Verne!

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Imagen:  Portada del diseñador gráfico Marcos Morán del libro La jornada de un periodista americano en 2889, (Ed. Gadir, Madrid 2014, 72 págs.).

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Trinidad: una ciudad cubana sin calendario

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–  Paco Nadal

Si hay una visita imprescindible en Cuba es a Trinidad.  Conozco pocas ciudades coloniales de Latinoamérica tan bellas, bien conservadas y auténticas como ésta.

Cuadras y cuadras de calles adoquinadas sobre las que despuntan campanarios de iglesias de sencillo estuco pintado de tonalidades vivas y alegres, cientos de bellos edificios de una sola planta y patios llenos de flores y azulejos, fachadas con ventanas de rejería y colores alegres, gente que va aún a caballo, viejas que se sientan a la puerta en sus sillas de anea en busca del frescor de la noche y ni una sola construcción moderna que afee el conjunto.

Una estampa sacada de hace cien años que, gracias a la suerte, a la pobreza en la que se sumió la ciudad tras el debacle del mercado del azúcar y, por qué no decirlo, al dinero de la UNESCO, el viajero puede disfrutar ahora en directo.

Al atardecer la música sale por los cuatro costados de la Casa de la Trova, del Palenque de los Congos, o de la Taberna de la Canchánchara e inunda con sus sones las calles del centro histórico.  Y a eso de las 10 de la noche, una multitud de forasteros se reúne en las escalinatas de la Casa de la Música, a un costado de la Plaza Mayor, para escuchar grupos de son, de rumba o de trova en directo.

Pero lo mejor de Trinidad es que está viva, que es de verdad.  Me explico. Hay muchas ciudades y barrios de ciudades coloniales de América Latina tan bien conservadas como ésta, pero ni son tan extensas, ni están ocupadas aún en su mayoría por la población local.  El turismo es un arma de doble filo que todo lo transforma.  Y este tipo de sitios suele acabar transformado en un parque temático.  En un museo de cartón piedra donde la necesidad de abrir rentables locales para turistas (desde restaurantes a cibercafés o tiendas de recuerdos horteras), expulsa a la población local, que no puede pagar ya los precios que el mercado inmobiliario impone en sus antiguas calles y plazas (es lo que ha pasado, por ejemplo, en la Plaza de Armas de Cuzco).

En Trinidad, de momento, esto no ha ocurrido.  Tras esos grandes portones de maderas talladas, en esas crujías frescas de paredes de adobe y mampuesto y techos a dos aguas, viven y trabajan aún cubanos, seres de verdad, descendientes de aquellas familias que levantaron estas casas.

Es lo que le da a Trinidad su magia:  que es de verdad.

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