La verdadera historia del daiquirí

montaje dos fotos

–  Narciso Sala Mestres

En la habanera esquina de las calles Obispo y Montserrate se encuentra ubicado un establecimiento de reconocida fama internacional:  el Café Restaurante La Florida, conocido familiarmente como El Floridita.  El edificio, que se encontraba muy deteriorado, fue reconstruido en 1989 siguiendo los planos de su arquitectura original, y la conocida barra de madera de caoba maciza realizada en los años veinte del siglo pasado, que se encuentra situada a la izquierda de la entrada principal, fue un testigo mudo excepcional de ese acontecimiento ya que, adecuadamente protegida, se realizó en su entorno la recuperación del local original.

A principios del siglo XIX, en ese mismo emplazamiento, existía La Piña de Plata, un bodegón típico de esa época donde se servían bebidas tradicionales y que tuvo siempre una gran aceptación, debido en parte a su estratégica ubicación cercana a la Plaza de Albear en la zona conocida como La Habana Vieja.

Cien años más tarde, una curiosa anécdota transforma la historia del citado establecimiento.  En 1915, Serafín Parera Coll, un emigrante catalán que había hecho fortuna en México, regresaba a España en barco desde Yucatán.  A su llegada al puerto de La Habana se sintió enfermo y no pudo continuar el deseado viaje.  Días más tarde fallecía en la capital cubana, siendo el primer miembro de la familia Sala que recibía sepultura fuera de España.

La herencia del legendario emigrante pasó a manos de sus sobrinos, siendo el mayor de ellos, Narciso Sala Parera (1879-1953), a quien le correspondió la administración de la inesperada fortuna familiar, de cierta importancia en aquella época.  Teniendo en cuenta la inseguridad económica y social que se vivía en la Península en aquellos años, se pensó que la adquisición de un negocio era la forma más adecuada de situar el capital familiar que el azar dispuso que el tío Serafín dejara en La Habana.  Así, en 1918, la citada Piña de Plata pasó a manos de los hermanos Sala Parera (Narciso, Francisco, Concepción y Mercedes).

Años después, El Café, como se le llamaba en la familia Sala al negocio, pasó a denominarse Café Restaurante La Florida. Entre sus empleados se encontraba un joven de Lloret de Mar -ciudad natal de la familia Sala- llamado Constante Ribalaigua Vert, que pasó del oficio de aprendiz a ocuparse en exclusiva del bar y, en especial, de la preparación de las bebidas que se servían a los clientes, que eran cada vez más numerosos.

Entre los visitantes asiduos había un grupo de ingenieros norteamericanos, entre ellos Jennings Cox, que trabajan en las minas situadas en la población de Daiquirí, en la provincia cubana de Oriente.  Allí preparaban, sin fórmula específica alguna, una mezcla de ron, limón, hielo y azúcar, que requerían se les sirviera en El Floridita en sus frecuentes viajes a La Habana.  A falta de otra identificación, y dada la procedencia de esos clientes, solía llamarse a ese cóctel con el nombre de daiquirí (se escribe con acento en la última í).  Con los años la bebida adquirió fama y el nombre se asoció al local. Quienes acudían al Floridita solicitaban frecuentemente que Constante les preparara un daiquirí, dándole nombre propio a ese cóctel que tuvo cada vez más aceptación y prestigio.  Al Floridita se le conoce como “la cuna del daiquirí”, por ser el lugar donde se creó ese cóctel combinando en una receta específica los ingredientes primitivos.

Un visitante ilustre, Ernest Hemingway (1889-1961), fue uno de los clientes habituales del establecimiento y en una época también vecino del barrio ya que, antes de adquirir una casa en las afueras de la ciudad, se alojaba durante largas temporadas en el Hotel Ambos Mundos, situado en la cercana calle Mercaderes.

En el año 1935 El Floridita cambia de dueños y, hasta su nacionalización por las autoridades cubanas en la década de 1960, Constante Ribalaiagua Vert y sus herederos fueron los socios mayoritarios.

A su vez, Narciso Sala Parera, que falleció en 1953, dedicó el resto de su vida a la Administración de la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Cataluña, de la que había sido nombrado Socio de Honor en 1929.

Cabe destacar en honor a su memoria la abnegada labor que realizó en favor de los emigrantes catalanes de escasos recursos económicos, y su eficaz colaboración en el estudio previo a la construcción de la nueva Ermita de Nuestra Señora de Montserrat (la única Iglesia sufragada íntegramente por españoles que existe fuera de España) situada anteriormente en La Habana en la denominada Loma de los Catalanes (actualmente Plaza de la Revolución), y que se erigió en 1954 en la Carretera de Rancho Boyeros cercana al paraje conocido como Río Cristal.

En España, el Ayuntamiento de Lloret de Mar (Gerona) otorgó, en el año 2004, el nombre de Narciso Sala Parera a una calle de la Villa (ubicada cerca del Instituto de Enseñanza Secundaria) en reconocimiento a su trayectoria profesional y humanitaria.

Volviendo al daiquirí, y conociendo ya su historia, podemos concluir afirmando que es, sin lugar a dudas, la bebida más catalana de Cuba.

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Narciso Sala Parera se casó en La Habana en el año 1920 con Serafina Mestres Büigas (hija de catalanes).  El matrimonio tuvo cuatro hijos:  Mercedes (1922-1977), Narciso (1924-2003), Antonio (n.1935) y Alberto (n.1942).  Los tres hijos varones se educaron en la habanera Academia De La Salle, prosiguiendo sus estudios universitarios en Philadelphia y Madrid.  Los descendientes del fundador del Floridita residen actualmente en los Estados Unidos y en España.

Existe en Facebook una página dedicada a Narcís Sala Parera (personaje público).

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El “Rolls-Royce” de China

SALÓN DEL AUTOMÓVIL DE PEKÍN

–  Pablo M. Díaz

Como una acertada metáfora de los cambios tan rápidos que vive China, el viejo coche comunista de Mao Zedong (1893-1976) compite actualmente con los modelos más lujosos de Rolls-Royce o Bentley.  Así ocurrió recientemente durante el Salón del Automóvil 2014 de Pekín, donde fue presentado el Hongqi L5 (ver foto supra), el vehículo más caro de China, cuyo precio de cinco millones de yuanes (800,000 dólares aproximadamente) pagó un empresario durante la citada exposición.

La exorbitante cifra, todo un récord para la marca Hongqi, que significa Bandera Roja y es la más antigua del país, ya que su fundación se remonta a 1958 cuando fue inaugurada por Mao Zedong.  En aquella época el “Gran Timonel” viajaba a bordo de sus imponentes limusinas negras. que estaban reservadas para la élite del Partido Comunista, y cuyo diseño se basaba en los modelos ZIL de la Unión Soviética.

Inmortalizados en numerosas películas de la “Guerra Fría”, los siniestros y elegantes automóviles representaban el poder omnipresente del Estado, y su paso por las calles despertaba en el humilde pueblo chino miedo y admiración a partes iguales.

A bordo de un Hongqi descapotable, Mao se daba baños de masas en Tiananmen durante la  “Revolución Cultural” (1966-1976).  Y este fue también el automóvil que paseó por Pekín al entonces Presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, durante su histórica visita realizada en 1972, a raíz de la cual se congelaron definitivamente las ya frías relaciones entre China y la Unión Soviética.

A pesar de sus orígenes revolucionarios, y de que aún sigue siendo utilizada por los dirigentes chinos en ocasiones especiales, la marca Hongqi se ha aburguesado refinando sus vehículos y, sobre todo, los ha encarecido para beneficiarse de su gigantesco mercado.

Superando a los Estados Unidos, China es actualmente el país donde se venden más automóviles en todo el mundo, muchos de ellos de alta gama, que adquieren los millonarios que han surgido como consecuencia del extraordinario crecimiento económico del país en las tres últimas décadas.

Con un sublime diseño cuidado hasta el más mínimo detalle, el Hongqi L5 es la versión civil de aquellas viejas limusinas estatales, pero actualizada a los gustos del siglo XXI y con las más punteras innovaciones tecnológicas.  Según indican los expertos, incorpora un motor de seis cilindros y 408 HP, tiene un cambio automático de seis velocidades y mide 5.5 metros de largo (aproximadamente 18 pies).

En su espacioso interior, que parece un despacho más que el habitáculo de un automóvil, destacan los sillones de cuero blanco, las incrustaciones de madera, los tiradores de las puertas con un baño de jade, y hasta una consola para colocar el computer o la tablet y poder seguir por Internet las cotizaciones de la Bolsa, mientras el chófer conduce camino de la oficina.

Aparte de todas estas filigranas, el Hongqi L5 sigue brillando por su estilo “retro”, como se aprecia en su parrilla frontal, que no desmerecería en los Cadillacs más suntuosos de los años 50 y 60.  Y, por supuesto, no olvida lucir con orgullo en su reluciente carrocería la “Bandera Roja” que simboliza su marca, ya que lo más probable es que muchos de los magnates que lo compren pertenecerán al Partido Comunista.

En definitiva, el Hongqi L5 es el automóvil ideal para que los nuevos multimillonarios chinos se sientan al volante exactamente igual que si estuvieran conduciendo un Rolls-Royce, pero de fabricación casera.  O más bien para guardarlo junto al Rolls o al Bentley (auténticos) que seguramente ya poseerán, para completar así su colección de automóviles lujosos.

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Nota al margen:   Según indican los expertos basándose en las cifras proporcionadas por el Banco Mundial, en los próximos meses China se convertirá estadísticamente en el primer país del mundo en producción de riqueza, desbancando a los Estados Unidos del primer lugar que venían ocupando desde el año 1872.  La mayor sorpresa no es este dato, previsto y esperado, sino la rapidez con el que llega.  China es el primer país del mundo en una gran variedad de clasificaciones económicas:  mercado de trabajo, exportaciones, productos agrícolas, materias primas muy diversas, automóviles o electricidad.  Lo es, fundamentalmente  -y eso ya explica mucho-  por su población (actualmente supera los 1,300 millones de personas), dato que matiza su riqueza, ya que su renta per cápita lo sitúa entre los países pobres, ocupando el puesto 99 en el ranking mundial.  Además, como nota discordante, las organizaciones internacionales que analizan la vigencia de las libertades públicas y los derechos humanos no consideran que en China se apliquen de manera aceptable.

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¿Cómo conquistó Cuba a Venezuela?

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–  Moisés Naim

La enorme influencia que Cuba ha logrado ejercer en Venezuela es uno de los acontecimientos geopolíticos más sorprendentes y menos comprendidos del siglo XXI. Venezuela es nueve veces más grande que Cuba, tiene el triple de población y su economía es cuatro veces mayor.  El país alberga las principales reservas de petróleo del mundo.  Sin embargo, alguna funciones cruciales del Estado venezolano o han sido delegadas a funcionarios cubanos, o son directamente controladas por La Habana.  Y esto, el régimen cubano lo conquistó sin un solo disparo.

Los motivos de Cuba son obvios.  La ayuda venezolana es indispensable para evitar que su economía colapse.  Tener un Gobierno en Caracas que mantenga dicha ayuda es un objetivo vital del Estado cubano.  Y Cuba lleva décadas acumulando experiencia, conocimientos y contactos que le permiten operar internacionalmente con gran eficacia y, cuando es necesario, de manera casi invisible.

Desde su inicio en 1959, una prioridad de la política exterior del régimen cubano ha sido la creación de vastas redes de apoyo a su causa.  Sus servicios de espionaje, su diplomacia, propaganda, ayuda humanitaria, intercambios juveniles, académicos y culturales, y el apoyo en otros países a ONGs (non profit organizations), intelectuales, periodistas, medios de comunicación y grupos políticos afines, han sido pilares básicos de su estrategia internacional.

Esto lo hacen todos los países, pero pocos han tenido la necesidad de darle tanta prioridad y durante tanto tiempo como Cuba.  La supervivencia económica y política del régimen ha dependido de su éxito en tener aliados en otros países que, a su vez, puedan influir sobre sus Gobiernos en apoyo a la Isla.  En Venezuela esto no fue necesario, ya que logró penetrar directamente en el Gobierno.  El hecho indiscutible es que Cuba tiene tanto la necesidad vital como la experiencia y las instituciones para moldear las decisiones de su rico vecino petrolero.

Es bien conocida la enorme ayuda petrolera que recibe la Isla desde Venezuela. También las inversiones y el apoyo financiero.  Parte creciente de las importaciones de Venezuela se canalizan a través de empresas cubanas.  Hace poco se reveló la existencia de un enorme depósito de medicamentos caducados recientemente, que habían sido importados por una empresa cubana:  medicinas supuestamente adquiridas en el mercado internacional a precio de saldo, y revendidas a precio regular al Gobierno de Caracas.

La relación va más allá de subsidios y ventajosas oportunidades de negocios para la élite cubana.  Como ha documentado Cristina Marcado, una periodista venezolana que ha investigado ampliamente este tema, funcionarios cubanos controlan las notarías públicas y los registros civiles de Venezuela.  También supervisan los sistemas informáticos de la Presidencia, Ministerios, Programas sociales, Policía y Servicios de seguridad, así como la petrolera estatal PDVSA.

Y luego está la cooperación militar.  El Ministro de Defensa de un país latinoamericano me contó lo siguiente:  “En una reunión con oficiales de alto rango de Venezuela llegamos a varios acuerdos de cooperación y otros asuntos.  Entonces tres asesores, con inconfundible acento cubano, se incorporaron a la reunión y se dedicaron a cambiar todo lo que habíamos acordado.  Los generales venezolanos estaban avergonzados, pero no dijeron una palabra.  Estaba claro que los cubanos llevaban la batuta”.

Cuba paga todo esto con personal y “servicios”.  Venezuela recibe de Cuba médicos y enfermeras, entrenadores deportivos, burócratas, personal de seguridad, milicias y grupos paramilitares.  “Tenemos más de 30,000 cederristas en Venezuela, se jactaba en 2007 Juan José Rabilero, en esa época Coordinador de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) de Cuba.

¿Por qué el gobierno venezolano permitió esta intervención extranjera tan abusiva?  La respuesta es Hugo Chávez (1954-2013).  Durante sus 14 años en la Presidencia disfrutó de un poder absoluto gracias al control que ejercía sobre cada una de las instituciones que podrían haberle puesto límites o exigido transparencia, ya fueran los Tribunales o la Asamblea Legislativa.  También dispuso a su antojo de los ingresos petroleros de Venezuela.  Dejar entrar a los cubanos fue una de las expresiones más contundentes de ese poder absoluto.

Chávez tenía muchas razones para arrojarse a los brazos de Fidel Castro (n. 1926). Lo admiraba, y sentía por él un profundo afecto y confianza.  Fidel se convirtió en su asesor personal, mentor político y guía geoestratégico.  Castro alimentó además la convicción de Chávez de que sus muchos enemigos -sobre todo los Estados Unidos y las élites locales- querían liquidarlo, y que no podía esperar de sus fuerzas de seguridad la protección que necesitaba.  En cambio, los cubanos sí eran confiables.

Cuba también proporcionó  toda una engrasada red de activistas, ONGs (non profit organizations), y propagandistas que apoyaron la revolución bolivariana en el extranjero. Chávez también se quejaba públicamente de la ineptitud de sus altos funcionarios.  En esto, también Cuba ayudó dotándolo de funcionarios con experiencia en el manejo de un Estado cada vez más totalitario.

El alcance de la entrega de Hugo Chávez a La Habana lo ilustra dramáticamente la forma en la que manejó el cáncer que acabaría con su vida en 2013:  confió sólo en los médicos que Castro le recomendó, y se trató la mayor parte del tiempo en La Habana, bajo un manto de secretismo.

El sucesor de Chávez, Nicolás Maduro (n. 1962) ha profundizado aún más la dependencia venezolana de La Habana.  Ante las protestas estudiantiles contra un régimen cada vez más autoritario, el Gobierno ha respondido con una represión brutal, que cuenta con los instrumentos y las tácticas perfeccionadas por el Estado policial que controla Cuba desde hace demasiado tiempo.

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En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012), se publicó un artículo de Moisés Naim, periodista venezolano residente en Washington, D.C., y en este mismo blog figura su artículo Son tontos los hispanos (2013).  Los lectores pueden seguirle en Twitter en la dirección @moisesnaim

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