Cosas que nunca te he dicho

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–  Pablo Poó Gallardo

¿Sabes?  Cuando te has llevado toda la vida viviendo día a día, es muy difícil asimilar lo que te deparará el futuro cuando llegas a viejo.  Al fin y al cabo has pasado la mayor parte de tu vida siendo joven, y cuesta aclimatarse a este nuevo estatus.

Siempre me imaginé contigo; cómo imaginarme con otro, ¿verdad?  ¿Te das cuenta de que eres el único hombre que ha pasado por mi vida?  Yo era guapa, muy guapa si me apuras, no tienes más que mirar el cuadro que rescataste hace unos años del trastero para ponerlo en el salón y que nadie olvidara cómo había sido tu mujer, y podría haber estado con el hombre que hubiera querido, pero te elegí a ti.

Tienes que reconocer que no tenías nada del otro mundo, es más, eras hasta un poquito feo, reconócelo, pero tu dedicación al final valió la pena y cedí sin grandes esfuerzos. Qué años aquellos, los primeros, compartiendo casa con tus padres y tus hermanos, y aquella cama pequeña.  Y te insistí, mira si te insistí:  “Dos sueldos es mejor que uno, no se me van a caer los anillos por trabajar en lo primero que salga, es más, ¡pero si no llevo ni anillos!”.

Pero no había manera, la verdad es que a terco no te gana nadie, y mira que soy testaruda, como mi padre, vendrá de familia, imagino, aunque esas cosas no sé si se heredan.  Querías darme una vida tan idílica que hasta te pusiste a estudiar de noche y trabajar de día mientras íbamos ahorrando como podíamos.

Hay veces que en el baño, dejas mal cerrado el grifo, y yo me quedo mirando como gota a gota, se termina casi llenando el lavabo.  Siempre lo cierras antes y me miras con las gafas empañadas por el vapor del agua de la bañera y la camisa remangada para no mojarla:  ¿Por qué no me has avisado?  Yo sonrío.  La verdad es que no te aviso porque me entretiene.  A lo que he llegado…

Poco a poco, como ese lavabo, fuimos ahorrando lo suficiente como para poder comprarnos un piso, en el barrio de tus padres, por supuesto.  Creo que nunca superaste una dependencia que, dada tu valía no entendía para nada.  Pero eras feliz cerca de ellos; además, hay que reconocer que con Juan ya en camino nos venía bien su ayuda.

¡Qué cara pusiste al saber que era niño!  Tú no te viste, como es lógico pero, de haberlo hecho, te habrías reído tanto como yo me reí, a pesar de la vergüenza que te dio que lo hiciera delante de aquel médico tan serio que te recomendó Miguel Vázquez, tu jefe de entonces, porque era Miguel Vázquez, ¿no?  Te quejarás de la memoria que tengo, es prácticamente el último vestigio de mí que me queda, por eso la mimo tanto, sin ella ya… mejor ni pensarlo.

La verdad es que los niños de ahora tienen de todo, ¿te imaginas haber tenido entonces las cosas que tiene ahora tu nieta Alba?  Nosotros nos aviábamos con menos, muchísimo menos, todo prestado, pero muy bien empleado.  Y si no hubiera sido porque tu madre me enseñó a coser, no sé qué ropitas le habríamos puesto, porque tu sueldo de conserje nos daba para lo justo, sin ninguna clase de excesos, pero eramos felices.

Y qué nervios en el hospital.  De haber tenido móviles, como ahora, te hubiera dado tiempo a llegar, pero estabas trabajando; que conste que no te lo reprocho, a fin de cuentas sólo te perdiste el primero, aprendiste la lección, y eso que juré no volver a pasar por aquello.  Qué dolor, ¡por Dios!  Pero salen, digo si salen.  Salen al final tan rápido como se olvida todo por lo que has pasado y, cuando quieres darte cuenta, estás otra vez embarazada. ¡Otra vez!  Aunque en aquella época era lo normal, más aún teniendo en cuenta que tus promesas prematrimoniales incluían muchos niños, cinco decías ¡cinco!, y se te llenaba la boca con un número que para ti significaba la realización completa de tu plan vital.

Yo tampoco quería tener tantos, la verdad.  Me había criado siendo hija única y, aunque tengo que reconocer que en alguna ocasión eché de menos el apoyo de un hermano, las amigas que conocí en el internado de las monjas suplieron con bastante éxito el rol fraternal.  ¿Dónde estarán ahora mismo?  Espero que ninguna haya terminado como yo. No las he vuelto a ver desde hace … me marea la cifra, toda una vida, dejémoslo ahí.  Tú lo llenabas todo y poco a poco nos fuimos dejando.  A saber.  Aunque ahora estoy recordando que Angélica vino a ver a Juan al hospital.  A Juan y a María, a partir de ahí ya le perdimos la pista.

María, tu segunda hija. María, como tu madre, con lo que me gustaba a mí el nombre de Elena; o Carmen, como yo.  Realmente se lo debíamos, se lo merecía.  Hasta que te ascendieron no habíamos podido seguir adelante únicamente con tu sueldo sin la ayuda de tus padres.  Pero yo siempre confié en ti, y supe que llegarías hasta donde quisieras, que es hasta dónde has llegado, aunque ahora te haya tocado sacrificar tu jubilación junto a este estorbo en el que siento que me he convertido.

No encuentro la manera ni de agradecerte lo que estás haciendo por mí, ni de pedirte perdón por todo esto;  es más, aunque intentara decírtelo, no me entenderías, porque no me entiendes cuando hablo, lo sé.  Nadie lo hace ya, y yo lo noto:  simulan, fingen que me entienden y se dedican a  contestarme con afirmaciones, con negaciones o con un “tú de eso no te preocupes”.  Antes me importaba.  Intentaba por todos los medios repetir lo que había dicho, más despacio, pero esta maldita saliva que ya no me deja ni respirar se interponía en mi camino.

Ya he desistido, por eso os miro tanto, por eso abro tanto los ojos cuando habláis entre vosotros o cuando lo hacéis conmigo sin esperar más respuesta por mi parte que no sea un sonido, un movimiento de cabeza o una triste sonrisa; porque mi sonrisa ya no es lo que era, ¿verdad?  ¡Lo siento de verdad!  La impotencia me concome por dentro, esa es mi angustia diaria, porque no paro de pensar, ni un solo momento paro de pensar, pero esta prisión de incomunicación me está matando más lentamente que esta terrible enfermedad.

¿Qué hora es ya?  Deben de ser las ocho y media.  Desde aquí no veo el reloj, pero ya ha empezado ese programa de deportes que ves todos los días.  Y, después, la cena.  ¿Qué vamos a cenar hoy?  Hoy me apetecería una tortilla, que hace tiempo que no me la haces.  Y una pera, me gustan las peras, siempre, desde pequeña, han sido mi fruta preferida, aunque ahora me da miedo comerlas porque no es la primera vez que me atraganto con el jugo, y te pones nervioso y de mal humor.  ¿Hacemos un trato?  Te cambio la pera por un cigarro.  Me hace muchísima gracia verte encendiéndome el cigarro, tú, que siempre has renegado del tabaco; tú, que siempre venías a atosigarme con que tu mujer iba morir de cáncer.  Es irónica la vida. ¿verdad?  En este invierno perpetuo en el que vivimos, el cigarro es mi único placer cotidiano.

De todas maneras, tengo que reconocer que has aprendido a cocinar muy rápido, porque antes no pisabas la cocina; pero tranquilo, llegabas muy tarde de trabajar todos los días y a mí ha sido siempre algo que se me ha dado bien.  ¡Cómo disfrutabas con mis comidas de fin de semana!  ¿Recuerdas las Navidades del año pasado?  Fue la última vez que tuve fuerzas para preparar la cena de Nochebuena, con tu ayuda, claro, pero todavía podía hacerla yo.  Me alegraba mucho a la vez que me agobiaba verte tomando nota de todo:  por fin te involucrabas en una de mis grandes pasiones, pero tomabas nota porque no sabías si al año siguiente tendrías que hacerlo todo tú, conmigo de convidado de piedra, como este año.  Pero, al menos, siguen viniendo todos, los cinco.

No sé que pasará cuando faltemos;  toda la vida hemos intentado inculcarles el valor de permanecer unidos, ¿verdad?  Pero tienen caracteres muy fuertes y conforme han ido creciendo he ido notando en ellos un independentismo frente al resto de hermanos que no me ha gustado nada.  Aquí vienen y comen juntos, aunque algunos no se hablan entre ellos, lo sé.  Te escucho cuando te vas a la cocina a hablar por teléfono.  Cuando no puedes hablar, aprendes a escuchar.

Pero vienen a casa y fingen que no hay ningún problema, por mí.  Demasiados fingimientos para una persona tan adulta como yo;  a veces siento que me tratáis como a un niño pequeño, pero yo, a diferencia de ellos, me doy cuenta de todo.  Sé, por ejemplo, que Jesús no está bien con Laura.  Jesús, nuestro pequeño y el primero que se nos casó. No voy a hacer de madre dramática y decirle que se veía venir.  Hemos vivido más que nuestros hijos y hemos cometido los mismos errores que ellos, hasta más incluso, y sabemos las respuestas;  pero ellos quieren vivir a su manera y pocas veces nos han hecho caso.  Ya lo decía tu madre:  Nadie escarmienta en cabeza ajena.  Y no se debería haber casado.  Al menos con Laura, no.

Nunca pensé que reunirías el suficiente valor para decírselo;  yo no pude, pero veíamos que ese matrimonio no tenía buenos cimientos.  Una madre, y un padre, no te molestes, saben desde el principio cuándo una pareja es adecuada para un hijo; para eso los hemos criado y yo, incluso, hasta los he llevado dentro.  La tranquilidad que te aporta saber que está en buena compañía no la sentimos con Laura, pero ahora, ¿Qué hacen? Sin darse apenas cuenta se han visto rodeados por tres hijos, y cuando hay hijos de por medio vives más por ellos que por ti mismo, eso bien lo sabemos nosotros, que hemos pasado mucho.  Siempre juntos y sin dudar un momento, por eso estamos aquí, cuarenta y tres años después de nuestra boda, viviendo este improvisado epílogo que nos ha cogido por sorpresa.

Pero no pienso en la muerte, ¿sabes?  Hay veces, no te lo voy a negar, que me gustaría terminar con todo, dormir, descansar y no despertar.  Sé que no te gusta oírlo, que vas a estar ahí siempre, no sabes cuánto me gustaría estar ahí para ti también.

Me duele la espalda.  Paso las horas en este sofá y no quiero molestarte cada vez que me apetece cambiar de postura, por eso lo intento yo sola aunque no te guste, sin embargo ahora mismo cambiaría con gusto.  Pero estás tan embobado viendo el resumen del partido de ayer de tu equipo que no te quiero molestar.

–  ¿Qué me miras?  Llevas un rato que no me quitas el ojo de encima.  ¿Quieres algo?  Anda, acerca la boca, que te limpio…..

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 Nota:   Los lectores pueden seguir a este escritor en  Twitter  en la dirección @PabloPGallardo

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Argerich y Barenboim, la madura edad de los prodigios

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–  Rubén Amón

Debieron sentirse niños otra vez Martha Argerich (junio 1941) y Daniel Barenboim (noviembre 1942) recientemente en Berlín.  Niños como cuando tenían cinco años y jugaban debajo del piano.  Y encima.  Cuando jugaban en el teclado, más o menos ajenos al diagnóstico de prodigios con que fueron identificados a cuenta de su talentazo.

Argentinos los dos.  De Buenos Aires ambos.  Amigos desde la infancia.  Jugaban al piano como jugaron en Berlin.  Lástima que la lengua española no se parezca a la francesa (jouer), la inglesa (play) y la alemana (spielen) cuando se trata de confundir el verbo interpretar con jugar.  Hicieron las dos cosas Argerich y Barenboim, pero evocaron sólo una.  Evocaron la edad de los prodigios, su niñez bonaerense.

“¿Qué queda del niño prodigio?”, pregunté hace tiempo a Barenboim.  Y Barenboim respondió que del prodigio quedaba el niño.  Quedaba la ingenuidad ante la música, la capacidad de asombro.  Quedaba la curiosidad, la pureza, la oportunidad de asomarse a una partitura como si fuera la primera vez.

Ya decía Pablo Picasso (1881-1973) que tuvo que cumplir 80 años para pintar como un niño.  Menos años tienen Barenboim (71) y Argerich (73), pero el concierto a cuatro manos (1) celebrado en la Philarmonie berlinesa se atuvo no tanto a una regresión psicoanalítica como a una ceremonia de la ingenuidad y de la fascinación.

La ternura de Barenboim arropando a Martha.  Mirándola de reojo.  Llevándola de la mano por el escenario para saludar a los espectadores.  Rescatándola de la timidez y de la misantropía.  Protegiéndola como un macho alfa de los flashes y de los ultras que jaleaban a la pareja en la definición estricta y ortodoxa de un concierto “histórico”.

Tanto se ha pervertido el adjetivo “histórico” que se antoja hueco para definir la dimensión artística y creativa del concierto berlinés.  Más aún cuando los niños prodigio cedieron el asiento a los prodigios septuagenarios, virtuosos y sublimes ambos, desgranando la versión pianística de La consagración de la primavera.

Sacaba el uno lo mejor del otro.  Parecían Kasparov y Karpov jugando a la vez con las piezas blancas y las negras.  Que son los colores del piano.  Y el pretexto de un homenaje a Stravinsky que derivó de la profundidad al tumulto, en una versión que evocaba el calor y el color de una orquesta sinfónica incandescente.

Sobrevinieron los clamores y propinas (Rachmaninov primero, Milhaud después) y se reprodujo el paseo de Daniel y Martha sobre el escenario, como dos niños de Buenos Aires con el pelo cárdeno y la sabiduría en las entradas.  Tan sabios, que los pianos estaban como podían no estarlo.  Se habían inmaterializado.

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(1)   Para ver vídeo hacer clic en (azul):      Véase en Internet  

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La brisa del cielo

 

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–  Juan Manuel de Prada

Durante los últimos meses, he estado indagando en la obra y en la vida de Santa Teresa de Jesús (1).  Ha sido, en verdad, una experiencia vital muy purificadora que, además del reencuentro con una escritura candeal y transparente, me ha permitido asomarme a los paisajes agostados de mi vida espiritual, tan invadidos de abrojos y malas hierbas.

Andaba yo convaleciente de muchos dolores, escarmentado después de haber probado cálices amargos que hicieron que mi fe temblase como un junco; y leyendo a Teresa aprendí -recordé tal vez- que lo primero que debe hacer quien desea acercarse a Dios es renegar de los bullicios y pompas del mundo, cerrar los ojos y oídos a sus vanidades y seducciones para adentrarse en el castillo de su propia alma y atravesar muchas moradas, hasta llegar a la más íntima, allá donde por fin podemos entablar coloquio amoroso con quien sabemos que nos ama.

Y todo ello no como un ejercicio de ensimismamiento (al estilo fatuo y zen de nuestra época), que no es, a la postre, sino endiosamiento propio, sino con un espíritu de donación.

Una de las cosas que más sorprende y cautiva de la personalidad de Teresa es su humor incombustible, que la lleva a reírse de sí misma y a tomarse a chirigota todas las potestades y autoridades terrenas; y también su sentido profundo de la obediencia, que en alguien que sufrió tantas persecuciones adquiere ribetes heroicos y que, además, nunca arañó su alegría, ni mermó su independencia de criterio.

Pero, después de zambullirme durante varios meses en el castillo interior de Santa Teresa, aún me restaba por disfrutar de un regalo imprevisto.  Un amigo muy querido, Antonio Torres, me propuso hacer una visita al Monasterio de la Encarnación, en Ávila, donde Teresa permaneció durante casi tres décadas, desde su ingreso en la vida religiosa (1535) como carmelita descalza, hasta que empezó su reforma; y al que todavía volvería después como Priora, algunos años más tarde.

El Monasterio de la Encarnación es hoy lugar de peregrinaje para todos los seguidores de Santa Teresa; y uno de esos raros lugares donde se cuela una brisa del cielo que nos lava por dentro y nos deja como nuevos.

Mi amigo había conseguido una cita con la Priora del Monasterio, que nos aguardaba en el locutorio, detrás de una doble reja; en apenas unos minutos, a la Priora se le habían sumado quince o veinte hermanas, más de la mitad del convento; y entre ellas algunas novicias con la toga blanca, y hasta una postulante muy hermosa de poco más de veinte años, que acababa de ingresar en la Encarnación apenas una semana antes.  Iban, todas ellas, vestidas con el hábito de sayal de su fundadora, invariable -como las palabras divinas- después de cinco siglos.

Empezamos a hablar de Santa Teresa, sobre la que sabían hasta la más mínima y escondida anécdota; y entonces me di cuenta de que para ellas no era tan solo la fundadora de la Orden, ni la santa a la que se encomendaban cada día, ni su lectura más frecuente, sino también su respiración y su sangre, su sueño y su desvelo, su llanto y su risa:  era la amiga que habitaba cada célula de su cuerpo, el huésped que dormía en las cámaras más secretas de su alma, inundándolas de alborozo.

Santa Teresa estaba viva en ellas, hablaba a través de sus labios, volvía a hacerse presente ante mí en sus ademanes, en sus sonrisas, en su bendita ausencia de respetos humanos.  Y, estaban llenas de Teresa, estaban llenas de Dios.

Estuve con ellas más de hora y media; y me pareció que no hubiese pasado ni siquiera un minuto.  No fue una experiencia beatífica ni una ensoñación mistíca lo que anuló mi noción del tiempo;  fue simplemente, la conciencia de estar lavado de ruidos, de tráfagos y premuras, de pasiones necias e inquietudes torpes, de toda esa chatarra de palabras gastadas, rutinas sórdidas, entretenimientos inanes y ocupaciones mazorrales que abarrota nuestros días.

Tuve la conciencia lustral de que la vida que había llevado hasta entonces era una vida vicaria, malgastada en afanes fatuos, en pecados fétidos o inodoros, en mil pamplinas y banalidades que de repente se me mostraban gangrenadas y purulentas, como tumuraciones con la que me daba asco seguir viviendo, y descubrí que estaba lleno de una alegría eterna y recién nacida.

Ellas quizás no se enterasen (o quizá se enterasen desde el primer momento, antes que yo mismo), pero me llenaron los aposentos del alma de ese aire matinal que respiran los resucitados.  No sé si tendré el valor de seguir respirándolo, pero cada vez que deje de hacerlo -volviendo a llenar mis días con las vanidades del mundo- sabré que estoy un poco más muerto.  Porque no se respira impunemente la brisa del cielo.

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(1)  En el año 2015 se celebrará el V centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús (1515-1582).  Para una información detallada sobre este tema véase en Internet  http://www.stj500.com

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En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012) se publicó un artículo del escritor Juan Manuel de Prada, y en este mismo blog figura su artículo Navidad laica (2013).  Para una información más amplia sobre el autor véase en Internet http://www.juanmanueldeprada.com

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