La belleza del silencio

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–  Alfredo A. Morales fsc.  *

Resulta difícil abordar el tema del silencio en una cultura del ruido, convertida ya en una droga blanda.  Efectivamente, se ha violentado el silencio:  palabra y sonido están hoy sometidas a la “vanidad”, baratijas que transmiten superficialidades, pero que no comunican nada.  El ruido ha sustituido al silencio creador, contemplativo, y está imposibilitando el reencuentro de uno mismo con su centro interior, y con ello el acceso al misterio de la propia persona, del prójimo, e incluso de Dios.  Una persona atrapada en el vértigo del ruido y de la palabra vana es como un teléfono siempre ocupado, con el que no se puede conectar.  Pero el ritmo humano y humanizador entre silencio y palabra no puede ser impuesto ni reglamentado, sino discernido y acogido: hay un tiempo para hablar, y un tiempo para callar.

El ser humano actual ha sido devorado por el mito tecnológico que creó, y se ha hecho pedazos.  La única alternativa: recentrarse, reunificarse, es decir, recuperar la dimensión contemplativa, el silencio, que entonces no será solamente ausencia de ruidos interiores o exteriores, sino conciencia de una presencia, la propia presencia de la persona ante sí misma, la presencia de las otras personas y criaturas y -sobre todo- la presencia de Dios.  “Te buscaba afuera, y estabas dentro de mí”, reconoce San Agustín en su célebre obra Confesiones.  Por ese vuelco hacia la exterioridad es que el hombre y la mujer de hoy tienen nostalgia del paraíso que han perdido, y buscan con ansia lugares de quietud y de armonía.  Felizmente empiezan a comprender que aquello que no nace del silencio, o lo ahoga, resulta sin sentido ni significado.  Es la palabra ociosa de que habrá de dar cuenta (Cf. Mt. 12, 36).  Lo más grave de esta cultura del ruido, cuando se asume como estilo y opción de vida, es que la persona se aleja de su identidad:  deja de ser un ser para la paz y termina siendo un ser en desorden interior y perenne turbulencia.  El hábito de la interioridad, por el contrario, rescata al hombre moderno de esa civilización del estrépito, y lo ubica en el universo de la verdad, del amor, de la armonía callada de las cosas.

Quisiera aclarar que el silencio del que hablamos no es un fin en sí mismo, pero es un medio para poder transparentarse mejor y escuchar la voz -muchas veces los gemidos- de los demás, y finalmente escuchar al Espíritu de Dios.  Educarse en el silencio es entonces disponerse a encontrar a Dios en la propia mirada interior de uno mismo, y en los demás.  Para un lasallista, se comprenderá la importancia y vigencia de la doctrina de San Juan Bautista De La Salle sobre  el hombre interior,  es decir, el recogimiento, la vida de oración y en la presencia de Dios, el espíritu de fe, fundamentos interiores de su doctrina espiritual.  El recogimiento implica prestar atención a alguien o a algo.  Por eso, mientras más nos sintamos responsables del mundo, más obligados estamos a perseverar en la contemplación de Dios y su plan de salvación eterna.  Esa contemplación espiritual es la única que confiere un carácter evangelizador a la acción misionera y apostólica de los creyentes, porque no evangelizamos por lo que decimos o hacemos, sino por lo que somos.

La presencia de Dios en nuestro interior silencia infinidad de ruidos interiores, silencia también los falsos obstáculos, sosiega ante la experiencia del dolor y de la muerte; desvanece, en fin, el estrépito de la vida moderna.  Nos dice Romano Guardini que sólo el silencio nos abre al sonido que suena en todas las cosas;  la naturaleza resulta muda para el que está continuamente hablando.  La conclusión se impone:  debemos educarnos y educar para el silencio, para el misterio.  El hombre moderno tiene miedo al silencio y lo rechaza.  Hace falta promover una pedagogía de la interioridad, y abrir espacios para el silencio, para serenarse y descansar, pero sobre todo  para volver a casa  como nos indica Thomas Merlton, para volver al origen y al corazón puro que Dios nos dió.  Un hombre sin silencio será siempre un hombre sin misterio:  no tendrá nada que comunicar, salvo el ruido de sus palabras vacías de vida.

Una persona educada en el silencio interior será necesariamente una persona amorosa:  en ella cabrá todo, pero nada la atrapará.  Ese silencio interior permitirá la auténtica comunión con los demás.  San Bernardo decía:  nunca el silencio interior me ha aislado de los demás.  El silencio conllevará siempre un encuentro, y todo encuentro se celebra:  nos damos las manos o nos abrazamos sólo cuando en ellas no tenemos nada.  Hay silencios negativos y culpables, y silencios positivos creadores.  Tenemos que aprender a discernirlos.  Pero el verdadero silencio se identifica a sí mismo por los frutos:  es purificación interior que permite encontrarnos con la verdad.  También será creativo:  si me ato a lo conocido, me empobrezco;  si me abro al misterio de lo insospechado, me encontraré con la sorpresa de Dios.  ¡ Silencio, por favor !

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*  Alfredo A. Morales fsc (1927-2012), conservó la nacionalidad cubana hasta 1996, año en el que adoptó la de la República Dominicana donde residía desde 1965. Doctor en Educación (Universidad de La Habana, 1953), realizó estudios de postgrado en Lumen Vitae (Bruselas, 1963) y en el Instituto Católico de París (1964).  Ejerció la docencia como Hermano De La Salle en Cuba (1949-1961) y, posteriormente, en la República Dominicana -que le distinguió con la Orden de Duarte, Sánchez y Mella en 1987- y en donde falleció.  Pianista y Director de Grupo corales, realizó 273 composiciones musicales,  entre ellas el popular villancico Campanitas cubanas (1954) [ véase http://www.youtube.com/watch?v=vCALEyHj6DU ].  Autor de quince libros, la mayoría relacionados con la pedagogía y la espiritualidad de San Juan Bautista De La Salle, escribió en 1994 la primera edición de Hermano Victorino: Itinerario evangélico (340 páginas), en donde se recoge con documentos inéditos y diversos testimonios la biografía del Siervo de Dios Hermano Victorino De La Salle [ véase http://www.victorinodelasalle.org ].  En abril de 2014, el Ministerio de Educación de la República Dominicana inauguró el Centro Educativo de Nivel Medio Hermano Alfredo Morales, ubicado en la ciudad de Santiago de los Caballeros.

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7 pensamientos en “La belleza del silencio

  1. Gracias por incluir este artículo con un contenido tan profundo. El Hno. Alfredo Morales fue mi Profesor en la Academia De La Salle, y uno de los educadores que mayor huella me dejó. Que el Señor lo tenga disfrutando de su eterna Gloria.

    Manuel Mansilla.

  2. EL Hno. Alfredo Morales dejó huella entre todos los lasallistas que le conocimos. Recuerdo, en especial, su faceta musical como Director del Coro de la Academia De La Salle (La Habana), que realizó maravillosamente.

    Fue un Profesor excelente aunque, desafortunadamente, no pude ser uno de sus alumnos.

    Descanse en paz, tan querido y admirado Hermano De La Salle.

    Fidel Espinosa.

  3. Muy profundo este artículo del Hno. Alfredo Morales. Sabios consejos de un gran maestro tocando un tema tan relevante en nuestra sociedad. Gracias por esta nueva entrada.

    Mercedes G. Flórez.

  4. El Hno. Alfredo Morales ubica el silencio en la apertura al misterio y lo llama “centro interior”.

    Ese centro interior es el lugar donde mora Dios en el centro del alma, como señala Santa Teresa de Ávila en la Séptima Morada de su libro “Castillo Interior”.

    Y es que sólo las almas contemplativas se atreven a estimar el silencio, que como menciona el Hno. Alfredo, es el mejor medio “de comunicación con los demás”.

    Andrés Reino Castañeda, ocds

  5. El Hermano Alfredo Morales dejó huellas profundas en todos los que le hemos leído. Con enseñanzas que tocan la ontología de los seres humanos, penetradas por el espíritu De La Salle. Donde quiera que estés, sé que estás en paz. ¡Gracias Hermano!

    Ariella Adames Rojas

  6. Tuve la gran dicha de recibir formación del eminente Hermano Alfredo Morales, y el gran honor que me regaló de ser el Asesor de una mis tesis. Un ejemplo a seguir; digno de imitar su caminar. Un educador que nos inspira, nos motiva y nos reta aun después de la muerte, dándonos a entender que nunca se muere cuando se dejan huellas profundas en la vida. Y querido Hermano, tú aún sigues vivo en América Latina y en mi vida. No he olvidado tu reto; aún trabajo en eso querido Hermano Alfredo. Dios contigo dondequiera que te encuentres.

    Franklin Polanco Veras.

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