Las raíces judías de Hollywood

Hollywood Sign

–  Gregorio Belinchón

La imagen del american way of life que ha germinado y cuajado en cualquier espectador nació en los estudios de Hollywood en la década de 1930.  Will H. Hays, el conocido autor del código de censura, la definió como “la quintaesencia de lo que entendemos por Norteamérica”.  Y la paradoja es que quienes crearon ese mito, quienes fundaron las majors (los grandes estudios de cine), no fueron estadounidenses sino un puñado de judíos procedentes del Centro y del Este de Europa.  Familias paupérrimas, que llegaron a su país de adopción huyendo del antisemitismo europeo, del hambre y de los pogromos (disturbios antisemitas).  Un grupo muy homogéneo, que tuvo infancias similares, con padres alcohólicos, dóciles e incapaces de adaptarse a los Estados Unidos, por lo que ya de adolescentes eran ellos los encargados de llevar el dinero al hogar familiar.

Esos chicos, que idolatraban a sus madres, se reinventaron a sí mismos, trabajaron como chatarreros, en el negocio de las pieles, vendiendo refrescos y sandwiches, no fueron aceptados por la sociedad y tuvieron un momento de lucidez hacia 1910.

Se trata de Carl Laemmle y Lew Wasserman (fundadores de  Universal), Adolph Zukor y Jesse Lasky (creadores de Paramount), William Fox (20th Century Fox), Louis B. Mayer, Nicholas y Joseph Schenck y Samuel Goldwyn (Metro-Goldwyn-Mayer), Albert, Harry y Sam Warner (Warner Brothers), Marcus Loew (los cines teatros Loew) o los hermanos Cohn (Columbia), sin olvidarnos del más joven, y el primero en fallecer con sólo 37 años,  Irving G. Thalberg.

En 1988, el historiador y crítico de cine Neal Graber publicó su libro An Empire Of Their Own:  How The Jews Invented Hollywood  (1), un impresionante recorrido por las raíces de Hollywood, biografiando con todo lujo de datos y detalles, de forma amena, a los grandes directores de las majors.  Gabler -autor de otra monumental biografía sobre Walt Disney (2)-  encontró ese nexo en común entre los padres fundadores que hizo que se parecieran tanto entre ellos -por ejemplo, un miedo constante a perder su fortuna, por lo que nunca descansaban- y a la vez se odiaran.

Curiosamente, estos judíos no querían que se les consideraran inmigrantes judíos, sino estadounidenses, y recibieron todo tipo de ataques durante décadas -fundamentalistas evangelistas en la década de 1920, anticomunistas que igualaban rojo y judío en la década de 1940-  porque en teoría conspiraban contra la tradicional estructura de poder… cuando lo que querían era formar parte de ese poder, ser aceptados.

A muchos les pilló 1910 con algo de dinero ahorrado y en diferentes partes de los Estados Unidos vieron cómo los teatrillos de vodeviles -.junto a los bares, la única diversión para las clases populares- empezaban a convertirse en salas que proyectaban películas cortas.  Y lo vieron antes que nadie porque formaban parte de esas clases, pero querían prosperar, sabían vender, conocían muy bien el gusto de ese público.

Pronto compraron cines, los reformaron para convertirlos en palacios de proyecciones, empezaron a ganar mucho dinero (las entradas eran baratas, cinco centavos de dólar contra los 50 centavos de un vodevil; la clase trabajadora podía permitirse ir al cine varios días a la semana) y cambiaron los Estados Unidos.

Para alimentar sus cines, se convirtieron en distribuidores.  Adolph Zukor fue el primero que entendió que los espectadores reclamaban películas largas, y cuando estos nuevos distribuidores no encontraron el material que deseaban, empezaron a producirlo: así nacieron las majors (los grandes estudios de cine).

El cine surgió sin apoyo cultural, los intelectuales estadounidenses lo menospreciaron y por esos los primeros grandes guionistas fueron también escritores judíos procedentes del Este de Europa.  Muchos de estos guionistas, al luchar por sus condiciones salariales acabaron siendo investigados por el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC, sus siglas en inglés).  Tampoco los bancos intuyeron el negocio, y las majors, tras recibir un rechazo sistemático racista, se financiaron en entidades financieras creadas por otros inmigrantes, como los italianos.

Sólo encontraron oposición en Thomas A. Edison, poseedor -que no inventor- de las patentes de las cámaras, apoyado por otros industriales anglosajones.  Acabaron ganando los nuevos, porque fueron más rápidos, más atentos a los gustos del público y porque pronto emigraron a la costa de California a la búsqueda de luz natural casi perenne con la que rodar sus películas y terrenos baratos para construir.

El mundo cambió tras la Segunda Guerra Mundial, ellos envejecieron, no controlaron sus maquinarias.  Las majors acabaron dentro de conglomerados empresariales.  Neal Gabler concluye:  “Y así se desmoronaron los imperios”.

¿Que nos quedó?  Su visión de la América idílica.

(1)  Nota del Editor de Cuadernos – Para una reseña de este libro véase en Internet http://www.ihr.org/jhr/v09/v09p243_Wikoff.html

(2)  Walt Disney:  The Triumph of the American Imagination  (2007).

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4 pensamientos en “Las raíces judías de Hollywood

  1. Muy interesante. No tenía idea de esos orígenes. Muchas gracias por la información.

    Víctor M. López.

  2. Hollywood ofrece interesantes nociones sobre su génesis; aunque ahora parece estar pasando por un proceso más bien apocalíptico.

    Andres Reino Castañeda, ocds.

  3. Se aprende algo nuevo todos los días. Por eso, “hay que estudiar lo nuevo antes de criticarlo”.

    Fidel Espinosa.

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