Cervantes: el enigma

Cervantes.1–  Andrés Amorós

No sólo coinciden Miguel de Cervantes y William Shakespeare en la fecha de su muerte, 23 de abril de 1616, de la que ahora se cumplen cuatrocientos años. (En realidad, no murieron el mismo día: en Inglaterra y España se usaban distintos calendarios). También les une algo pintoresco:  la capacidad para suscitar teorías esotéricas.

Con frecuencia, salta a los periódicos una noticia que intenta provocar un escandalillo literario:  las obras de Shakespeare las escribió un aristócrata, un grupo de dramaturgos, una mujer…  No es fácil entender cómo un simple actor pudo escribir obras tan diferentes, dentro de su excepcional calidad.

Algo parecido sucede con Cervantes:  hace cien años, algunos obtusos decían que era un “ingenio lego”; es decir, que no llegó a enterarse de lo que había escrito. Miguel de Unamuno, tan amigo de paradojas, sostenía que el personaje Don Quijote era superior a su creador. (El sentido común más obvio nos dice que toda la grandeza del personaje la creó Cervantes; no le cayó del cielo, sin que él lo advirtiera).  Hace poco, se ha afirmado que no conocía bien La Mancha, que se hizo homosexual en su cautiverio argelino, que no tuvo siempre a mano material para escribir la gran novela…

Tan peregrinas ocurrencias muestran cuánto pueden equivocarse los eruditos pero intentan responder a una incógnita evidente:  la enorme distancia que parece existir entre la obra literaria y lo que sabemos de la biografía de su autor.  ¿Cómo pudo aquel soldado de Lepanto y recaudador de impuestos escribir “El Quijote”?

Américo Castro, mi maestro, abrió un nuevo camino, en 1925, con su revolucionario estudio “El pensamiento de Cervantes”, al ponerlo en relación con muchas corrientes del Renacimiento europeo.  Es fácil imaginar todo lo que pudo aprender una inteligencia tan despierta como la de Cervantes en aquella Italia deslumbrante (algo semejante le debió de suceder a Velázquez).  Después de la guerra, cuando evolucionó su visión de nuestra historia, don Américo intentó explicar a Cervantes dentro de la peculiar “vividura” de aquella “España conflictiva”, marcada por la convivencia de cristianos, moros y judíos.

El problema se acentúa por una de las características más indiscutibles de Cervantes, su ironía.  Se ha comparado su estilo a una cebolla, con capas sucesivas, que hay que ir quitando si deseamos llegar al núcleo.  Eso obedece a una peculiaridad personal pero también supone una permanente actitud cautelosa (que algunos han llegado a calificar de hipócrita): de no haber usado esas cautelas, un espíritu tan libre hubiera tenido graves problemas en aquella España de la ortodoxia.

Baste con un ejemplo:  Cervantes tiene muchísimo cuidado de no criticar expresamente la expulsión de los moriscos, pero parece claro que no comparte del todo sus motivos y retrata con evidente simpatía a Ricote, al que abraza Sancho y que suspira por su patria perdida: “Doquiera que estamos, lloramos por España”.

La dificultad de entender adecuadamente a Miguel de Cervantes (1547-1616) se comprueba por el hecho evidente de que no fue bien entendido, en su época,  Tuvo, eso sí, un éxito inmediato extraordinario:  ya en 1605 se publicaron seis ediciones más; muchos ejemplares se enviaron a las Indias; muy pronto se tradujo al inglés (1612), francés (1614), italiano (1622), alemán (1648).  Sin embargo, podemos resumir diciendo que, durante los siglos XVII y XVIII, se leyó como una obra cómica.  Fue sólo a partir del romanticismo europeo (sobre todo alemán y ruso, además de los grandes narradores ingleses y franceses) cuando se reconoció su valor trascendental.

Volvamos al enigma inicial:  ¿era muy culto Cervantes?  No parece claro.  Sí era un gran lector, como él mismo proclama:  “Yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles”.  Lo muestra uno de los momentos más patéticos del “Quijote” -evocado por Francisco Ayala-:  su desconcierto cuando no encuentra sus libros, porque le han tapiado el aposento donde los guardaba.

Quizá estudió algo con los jesuitas de Córdoba y Sevilla, o en la Universidad de Salamanca.  Sí es seguro que, en Madrid, fue discípulo del maestro López de Hoyos: en sus “Exequias” a la muerte de Isabel de Valois incluye algunas composiciones de Cervantes y le llama “nuestro caro y amado discípulo”.  Esto supone la influencia de una corriente de pensamiento fundamental en aquella España, como estudió Marcel Bataillon: el erasmismo.  No es difícil rastrear en su obra huellas de este “cristianismo interior”, crítico de las ceremonias externas.  Uno de los personajes que retrata con más cariño es don Diego de Miranda, el “santo a la jineta” (laico, diríamos hoy), que encarna las mejores virtudes del erasmismo y de la sabia moderación clásica.

No está claro, así pues, lo que Cervantes estudió pero sí es evidente lo que debió de aprender a lo largo de una vida complicada y poco feliz: fue cautivo, tuvo siempre dificultades económicas y problemas con la justicia, intentó pasar a América, pero no le dieron permiso…

En la sevillana calle Sierpes, una placa recuerda que, en esa Cárcel de Corte, comenzó a escribir “El Quijote”, de acuerdo con lo que dice en su Prólogo:  “Se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”.  Quizás se trata sólo de una metáfora del mundo o alude a lo que le enseñó esa experiencia.

No cabe duda, eso sí, de que “El Quijote” es la obra de un hombre maduro: cuando se publicó la primera parte (1), en 1605, tenía casi 58 años (entonces, una edad muy avanzada) y llevaba veinte sin publicar; por eso, entre otras cosas, sorprendió tanto su novela.  Es un hombre maduro y desengañado el que nos dice “ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.  Lo define Carlos Fuentes:  “Es la primer novela de la desilusión, la aventura de un loco maravilloso que recobra una triste razón”.

Esa desilusión es personal pero también colectiva, refleja la crisis de una España que estaba pasando de la grandeza del Imperio a la decadencia.  Sin  embargo, no destruye sino que depura los ideales caballerescos: la libertad, la defensa de los débiles, el heroísmo, la fidelidad a su amor…  Y añade algo de permanente vigencia, la primacía de la ética del esfuerzo sobre la del éxito:  “Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.

El enigma de Cervantes -como el de Shakespeare- tiene una respuesta, a la vez sencilla y profunda.  Más allá de la extraordinaria belleza formal, sus obras nos enseñan a ver el mundo y a entender la infinita complejidad de los hombres y las mujeres:  “Leyendo a Cervantes -decía Antonio Machado- me parece comprenderlo todo”  A ese misterio le solemos llamar, simplemente, genio.  Y es lo que, a pesar de todo, mantiene nuestra esperanza en los seres humanos.

(1)  Véase http://quijote.bne.es/libro.html

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Pensacola, el primer asentamiento español en los Estados Unidos

Pensacola.FL.

–  Manuel Trillo

Recientemente, entre la tierra removida tras el derribo de una casa en el centro de la ciudad de Pensacola (1) ubicada en la Florida, han salido a la luz los restos de un poblado clave en el pasado español de Norteamérica:  el lugar fundado por Tristán de Luna y Arellano en 1559, el primero establecido por europeos en lo que en la actualidad son los Estados Unidos y que permaneció varios años, adelantándose así en casi medio siglo a la llegada de los ingleses a Jamestown (Virginia) en 1607.

El hallazgo se produjo el 2 de octubre de 2015, cuando el historiador local Tom Garner se desplazó al lugar donde se había derribado una vivienda.  La fortuna le sonrió:  “Descubrí el fragmento de una jarra y otros utensilios que identificaban ese sitio como el asentamiento de Tristán de Luna en el siglo XVI.  Inmediatamente lo notifiqué a la Universidad del Oeste de Florida (UWF, sus siglas en inglés) para que arqueólogos profesionales pudieran explorar el lugar”, declaró entonces.

La University of West Florida corroboró la autenticidad d”el hallazgo.  “A partir de entonces el entusiasmo fue en aumento” indica Garner que señala que “muchas personas en Pensacola lo ha estado buscando desde hace tiempo…”.

Al Profesor John Worth, arqueólogo de la UNWF y responsable actual de la investigación de los restos encontrados, no le cabe duda de que se trata de la antigua plaza española. Y lo resume indicando que  “aparte de que el sitio es uno de los escasos emplazamientos en la bahía de Pensacola que coincide con las descripciones que figuran en los documentos, la colección de restos de objetos encontrados es una concentración inusualmente densa de centenares de fragmentos de cerámica española de mediados del siglo XVI y de utensilios asociados a un uso residencial, un conjunto de objetos único en toda la región”.

El poblado fundado por Tristán de Luna en 1559 constituye un hecho fundamental en la colonización de Norteamérica por los españoles.  Tras el descubrimiento de la Florida por Juan Ponce de León en 1513 y su segundo viaje en 1521, le siguió una serie de trágicas expediciones, como la de Lucas Vázquez de Ayllón en 1526, que llegó a establecer un precario asentamiento en el lugar en el que actualmente se encuentra Georgia, o las de Pánfilo de Narváez en 1528 y Hernando de Soto en 1539.  Pero ninguna de ellas logró establecer un núcleo de población que permaneciera más allá de unos pocos meses.

En cambio, la fundación de Tristán de Luna en Pensacola se mantuvo entre 1559 y 1561 a pesar de las dificultades.  La expedición había partido de Veracruz (México) con once naves y 1,500 personas a bordo, entre soldados, colonos, esclavos e indios.  El nuevo poblado, bautizado como Santa María de Ochuse, suponía el primer intento serio por parte de España de adueñarse de la costa norte del Golfo de México.  Al mes de llegar, un devastador huracán hundió parte de la flota y acabó con los víveres.  Dos años después, aquel incipiente poblado terminó desmantelándose.

Ese enclave fue seis años anterior a la fundación por los españoles, en 1565, de San Agustín, considerada la ciudad habitada de forma ininterrumpida más antigua de los Estados Unidos.  Pero si la iniciativa dirigida por Tristán de Luna en Pensacola hubiera prosperado “podría haber alterado sustancialmente la historia de Norteamérica” señala el profesor John Worth.

En todo caso, sostiene el citado arqueólogo de la UWF, que las excavaciones aportarán “detalles de un capítulo poco conocido de la historia de los Estados Unidos y de América en general”.  A su juicio, “ofrece un gran potencial para arrojar luz sobre los primeros colonos europeos que estuvieron más de unas pocas semanas o meses en un mismo emplazamiento en la zona continental de los Estados Unidos”.   En ese sentido, indica que se podrán conocer los espacios donde habitaban colonos de muy diversos orígenes y sabremos “como subsistieron aquí después de que su suministro de comida quedará mermado por el huracán”.

Serán necesarios años de estudio, pero los expertos consideran que ahora se puede contar con un mejor conocimiento de la cultura material en la Nueva España a finales de la década de 1550 de la que, según el profesor Woth “probablemente se sepa menos de lo que personas ajenas al mundo de la arqueología puedan pensar”.

Además, junto a estos restos que se acaban de descubrir, se encuentran los de dos barcos de la expedición de 1559 que fueron encontrados anteriormente, en 1992 y 2006 respectivamente, en el fondo de la bahía de Pensacola cerca del denominado Emmanuel Point, lo que supone según indica Elizabeth Benchley la actual Directora del Programa Arqueológico de la UNFW, una aportación de material comparativo para determinar “el paisaje cultural y el entorno del asentamiento, definiendo cómo era la vida en la colonia”.

La Directora está convencida de que los libros de Historia deberían prestar una mayor atención a los más de 300 años de presencia española en los Estados Unidos y espera que “nuestro descubrimiento, y las futuras investigaciones de la colonia fundada por Tristán de Luna en Pensacola, ayuden a dar una mayor visibilidad a la larga historia de España y su importante papel en la creación de los Estados Unidos”.

(1)  En el transcurso de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783) tuvo lugar la batalla de Pensacola (1781) que enfrentó las tropas españolas bajo el mando de Bernardo de Gálvez (1746-1786) a las británicas lideradas por John Campell 1727-1806). La victoria española fue decisiva en el proceso de independencia de los Estados Unidos y ha tenido un reconocimiento tardío a través de la Resolución Conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos del 9 de enero de 2014, ratificada por el Presidente Barack Obama el 16 de diciembre de 2014, por la que se le concede la ciudadanía honoraria norteamericana al español Bernardo de Gálvez teniendo en cuenta, entre otras razones, que “tuvo una participación esencial en la Guerra Revolucionaria y ayudó a consolidar la independencia de los Estados Unidos”.  Esa distinción había sido concedida anteriormente sólo en siete ocasiones en la historia de los Estados Unidos.

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