El amanecer es mentira

–  J.M. Mulet

Pocas cosas han inspirado tanto a los poetas y a los artistas como el amanecer. Todos recordamos hermosos poemas o canciones relacionadas con ese momento del día, como La aurora de Nueva York (con sus cuatro columnas de cieno), que de forma tan gráfica describió Federico García Lorca en el poemario que dedicó a la ciudad de los rascacielos (1).  El cine clásico también ha homenajeado al alba con películas como El amanecer (1927) del director alemán F.W. Murnau, o Amanece que no es poco (1989), del español José Luis Cuerda. Incluso tenemos un cóctel llamado Tequila Sunrise, con película homónima realizada en 1988 por el director estadounidense Robert Towne.

La realidad es que el amanecer no es más que una gran mentira.  Para empezar, la denominación de este momento del día en muchos idiomas hace referencia a la salida del sol, o a su elevación en el cielo.  Esto tendría lógica en el modelo del universo de Ptolomeo (circa 85-165), en el cual la Tierra es el centro y el Sol y los planetas giran a su alrededor. Pero gracias a Nicolás Copérnico (1473-1543) sabemos que es la Tierra la que gira alrededor de esta estrella, centro de nuestro sistema planetario.

Lo correcto no sería decir la salida del sol, o sol naciente, sino avistamiento del Sol o giro de la Tierra.  Admito que esta observación es ser muy quisquilloso, incluso que se podría argumentar que si el punto de referencia es la Tierra, para un observador sería el Sol el que se moviera como de hecho parece que pasa.  Pero hay algo más.  El amanecer tiene una parte de espejismo.

Cuando metemos una caña en el agua nos da la sensación de que está quebrada.  Esto se debe a la refracción de la luz.  La parte sumergida la vemos a través de la superficie acuosa. Al pasar del agua al aire, cambia de dirección debido a la diferencia de la velocidad de la luz en los dos medios, por eso parece que esté rota ya que recibimos la luz en diferentes ángulos.

Algo parecido ocurre con el amanecer y el ocaso ya que, al pasar del vacío del espacio a la atmósfera, la luz también sufre un proceso de refracción y su dirección se curva por lo que la posición que vemos del Sol en el cielo en esos momentos es aparente y no real.  De la misma manera que cuando hace calor parece que haya charcos en la carretera;  en este caso, el espejismo se debe a la diferencia de temperatura entre el aire que está en contacto con el asfalto y el que se encuentra en capas superiores.

Y luego está el tema de los colores tan característicos y hermosos.  La luz visible no es más que radiación electromagnética, igual que los rayos X o las ondas de radio.  La diferencia es que nuestros ojos son capaces de detectar sólo una parte de esas ondas.  De hecho, cada longitud de onda de la luz visible corresponde a un color determinado, y la luz blanca es la mezcla de todos los colores.

En condiciones normales, el cielo es azul debido a que la atmósfera actúa como un prisma y es capaz de descomponer la luz blanca que viene del Sol.  Los gases de la atmósfera absorben y emiten preferentemente las ondas más cortas, que corresponden al color azul y violeta.

En el amanecer y en el ocaso el cielo se presenta de color rojo debido a que, por la posición relativa entre la Tierra y el Sol, la luz recorre más espacio de atmósfera.  Por ese motivo, la absorción es mayor y abarca a otras longitudes de onda, quedando sólo la luz residual de color rojo o anaranjado.  Si no hubiera atmósfera, al mirar al cielo sólo veríamos el vacío estelar salpicado de estrellas.

Siento restar romanticismo, pero la belleza del amanecer no es más que que un conjunto de ilusiones ópticas.  Quizás por eso algunos le quitamos solemnidad y lo solemos recibir dormidos.

(1)  Federico García Lorca (1898-1936), Poeta en Nueva York, (primera edición, 1940, Ed. Séneca (México) y Ed. Norton (USA), 187 págs.

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Casablanca y el Rick’s café: de la ficción a la realidad

–  Javier Ortega Figueiral

Durante años, cientos se personas se llevaban un serio disgusto al llegar a Casablanca y no encontrar ni rastro del legendario café-restaurante de Rick Blaine.  Recepcionistas de hoteles, guías turísticos y taxistas, acostumbrados a la histórica pregunta, siempre daban la mala noticia:  el establecimiento que aparecía en la mítica película Casablanca (Michael Curtiz, 1942), el Rick’s Café, nunca existió en la realidad.

Aquel lugar venerado en la pantalla fue en realidad un decorado montado en un estudio de Hollywood, así que ni Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman -en los papeles de Rick e Ilse- se reencontraron abruptamente en Marruecos, ni Paul Henreid, el valeroso Víctor Laszlo, ordenó a la orquesta del local tocar La Marsellesa para acallar, en un momento épico y glorioso, las canciones de los nazis en el norte de África.

“Yo aterricé en Marruecos en 1998 para trabajar como Asesora económica en la Embajada de mi país y sí, amo la película y sabía que se rodó por completo en California”, comenta la estadounidense Kathy Kriger, que tras los atentados del 11-S vivió en persona el desplome de los visitantes de los Estados Unidos al país

“Con ese escenario, dejé mi trabajo en el Gobierno y me quedé aquí para hacer algo por un país que me había acogido tan bien.  Lo que pretendí fue aplicar los auténticos valores americanos y no quedarme de brazos cruzados en un momento histórico tan delicado.  La gente tenía que regresar a Marruecos”, explica.

Kriger pasó a la acción con una idea que tenía en mente desde antes de ser destinada al norte de África:  construir un café como el de la película de 1942 y, por supuesto, levantarlo en  la misma ciudad del título.  Con el plan aun embrionario y grandes dosis de entusiasmo, envió correos electrónicos a amigos de todo el mundo en los que anunciaba su idea y pedía consejo. También realizó una campaña paralela buscando inversores entre los que ella llamaba “los sospechosos habituales”, gente entusiasta que podían ser socios potenciales para llevar adelante el  proyecto (de ahí que la sociedad acabara bautizándose como The usual suspects).

La respuesta fue formidable y mucho antes de lo esperado consiguió el dinero suficiente para financiar la restauración de una gran casa pegada a los muros de la Medina de Casablanca, junto al mar.

El Rick’s Café en versión real y en color (véase imagen supra) abrió sus puertas 62 años después de acabar el rodaje: un lunes 1 de marzo de 2004.  Su interior, aun no siendo fiel a su aspecto en la pantalla por razones de espacio, recuerda en muchos detalles al local que regentaba Rick Blaine: muros blancos, una sólida barra de bar, lámparas metálicas, juegos de sombras, plantas de interior y detalles de artesanía local.

En el piso superior, además de un elegante salón privado con vistas al trasiego del puerto de pescadores, hay otra sala en semipenumbra frente a una gran pantalla en la que se emite permanentemente la película, algo que pone aún más en ambiente a los clientes que toman una copa allí, viendo como los nazis vuelven a perder e Ilse se va para siempre en aquel avión junto a Víctor, rumbo a Lisboa, lejos de Rick.

En un cúmulo de casualidades, el pianista del local que toca piezas de jazz, viejas canciones francesas y, por supuesto, As time goes by (1) varias veces cada noche en un teclado años treinta, se llama casi como el Sam de la película: Isaam, un músico e informático de Rabat que respondió entusiasmado a la llamada de Kriger para ser parte del proyecto.

El local, que ha cumplido más de una década como restaurante y club, sigue de moda en una Casablanca más cosmopolita y pujante que nunca.  Los visitantes ya no se disgustan, pues el café de Rick, que en realidad es el de Cathy y los sospechosos habituales, está finalmente donde lo imaginaron.

(1)  Para escuchar la melodía original hacer click en:   Casablanca

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