¿De qué está hecha la voz que canta?

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       –  Gabriel Albiac

El clasicismo de un cantante se produce a partir de esa noche en la cual descubre que no es necesario ya cantar, que su sola presencia basta, a partir de ese instante en el cual ir diciendo las palabras de las que fueron canciones, pone más conmoción que los grandes artificios de los años de aprendizaje. Sólo entonces se sabe un maestro.  Y lo saben todos.  En sus silencios.

Es muy raro ese estado de gracia, que toca sólo a los más grandes en el final de sus vidas:  cuando cada pausa es más intensa que los sonidos.  Ha habido dos maestros absolutos en ese decir la canción.  Para hacerla perfecta.  Uno murió hace treinta años, octogenario: Sinatra.  El otro, Aznavour falleció hace pocos meses con 94.  Nunca, ninguno de los dos sonó mejor que en sus años finales: cuando sobra ya el soporte físico, porque todo es álgebra poética.

¿De qué está hecha la música, de qué la voz que canta?  De tiempo, de tiempo sólo, de ese tiempo en cuya fuga cifra su conmoción la fingida eternidad a la cual llaman los hombres poesía.  No, claro que lo poético en Aznavour no es el texto, aun en aquellos momentos en los cuales el texto alcanza en él dimensiones mayores.

La poesía es la voz que destruye el artificio, para jugar con la muerte al escondite, en ese punto en el cual cualquier adorno sería obsceno.  La poesía es ese silabeo, entre desdén y nostalgia del nonagenario, siempre de negro impoluto, demoliéndose el alma y demoliéndola, sin más que dejar caer un silabeo que rima el acoso del tiempo que no respeta nada, que no respeta a nadie.  “Hier encore” “Apenas ayer”, era eso en quitaesencia.  Y, por serlo, era a ese hombre de noventa años, que la compuso hace sesenta, a quien correspondía -y no a aquel otro de treinta- darle el acento de eternidad de lo que pudo escapar del tiempo por no haber sido nunca criatura del tiempo.

En su versión de 1965, “La Bohème” era la epopeya del hombre todavía joven, que salta al éxito tras los durísimos años de sus inicios.  La cantaba un Aznavour pletórico de facultades y en cuya voz estalla la esperanza.  En 2015, “La Bohème” es la de verdad: elegía.  No la relamida de Puccini; la desgarradora de Henri Murger. Mediada la canción, Charles Aznavour ya no canta, habla más consigo mismo que con sus espectadores.

Sólo entonces, los que le escuchan saben que esa desolación habla de ellos.  De cada uno de ellos: frágiles criaturas del tiempo que no vuelve.

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2019 – Un año importante para Cuadernos de Pozos Dulces

–  Alberto Sala Mestres

En diciembre de 1994, un grupo entusiasta liderado por el Dr. Norman González Ferreira, con el apoyo del Dr. José María Granda, Rector de la Universidad De La Salle (La Habana 1957-1960), pensó en la oportunidad de una publicación que fuera el vínculo de unión entre los miembros de la Academia de Ciencias Económicas y Sociales Conde de Pozos Dulces, institución cultural fundada en 1955 en la habanera Academia De La Salle.  La publicación que tenía el nombre de Cuadernos de Pozos Dulces, contó con el apoyo inicial de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, donde se imprimieron y distribuyeron por correo mensualmente los primeros ejemplares.

Como sucede con todas las publicaciones, había que dotar a Cuadernos de un logotipo que lo identificara visualmente, y se decidió que sería idóneo reproducir la imagen de uno de los baluartes del Castillo del Morro ubicado a la entrada de la bahía de La Habana.  Los medios informáticos que existían hace veinticinco años eran muy limitados, y así de una forma pseudo artística se descompuso digitalmente la imagen para lograr el logotipo que apareció entonces en sombras negras sobre fondo blanco y que hemos utilizado siempre.  Puede verse supra la foto original a la izquierda, y el logotipo logrado artesanalmente para Cuadernos a la derecha.

En pocos meses la publicación se consolidó, y los lectores financiaron desde entonces con sus contribuciones tanto la edición como su distribución por correo.  Cuadernos fue a su vez quien convocó en Miami los Encuentros Pozos Dulces celebrados en 1998, 2002, 2006 y 2008, los dos últimos en el acogedor marco de la Casa Bacardí en Coral Gables, Fl., donde los académicos se reunieron posteriormente en 2010 y 2012.   En el período 1989-2012 se imprimieron y distribuyeron 32 números de Cuadernos, con 231 artículos de 102 autores diferentes.

La edición digital de Cuadernos de Pozos Dulces se inició en junio de 2012, y continúa desde entonces con la publicación de un artículo cada quince días, intervalo establecido con la intención de no agobiar a los lectores, que cada vez son más numerosos y nos envían periódicamente sus comentarios y sugerencias.

En este año del veinticinco aniversario, el Editor agradece a todos los lectores su constante apoyo, sin olvidar a todos los autores que han contribuido con sus escritos a que la publicación siga manteniendo el interés de quienes dedican su tiempo a leerla.

Alberto Sala Mestres, Editor.

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