México: ¿se cayó la Esperanza?

–  Gonzalo Celorio

De las tres virtudes teologales que esculpió Manuel Tolsá (1757-1816) para coronar el gigantesco reloj del frontispicio de la Catedral Metropolitana de México, sólo se cayó la Esperanza.  La Fe quedó incólume, como se ha mantenido desde siempre.  La Caridad, también, aunque echada peligrosamente hacia adelante, como impetuosa, como rejuvenecida.  Más ansiosa y más pujante que nunca.

Al caer en el atrio, la Esperanza no mató a nadie.  Se desplomó y ahí quedó, descabezada, pero de pie.  Dicen los expertos que no merece la pena restaurarse.  Que será mejor sustituirla.  Creo que tienen razón.  La verdad es que aun trepada en la cúspide del cuerpo central de la Catedral, a mano izquierda del asta bandera, la Esperanza ya estaba erosionada, marchita.  La réplica que se colocará en su sitio no tendrá, obviamente, la condición original que tenía la que labró Tolsá a principios del siglo XIX, momentos antes de que México librara su revolución de Independencia.  Pero mirará al futuro.

La Fe es ciega, dicen los teólogos.  La Caridad también debería serlo.  Pero no la Esperanza, que mirará al futuro en este nuevo calendario que empezó a correr a las 13.14 del 19 de septiembre de 2017, cuando un terremoto sacudió Ciudad de México sin detener las manecillas del monumental reloj de la Catedral Metropolitana.

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El amanecer es mentira

–  J.M. Mulet

Pocas cosas han inspirado tanto a los poetas y a los artistas como el amanecer. Todos recordamos hermosos poemas o canciones relacionadas con ese momento del día, como La aurora de Nueva York (con sus cuatro columnas de cieno), que de forma tan gráfica describió Federico García Lorca en el poemario que dedicó a la ciudad de los rascacielos (1).  El cine clásico también ha homenajeado al alba con películas como El amanecer (1927) del director alemán F.W. Murnau, o Amanece que no es poco (1989), del español José Luis Cuerda. Incluso tenemos un cóctel llamado Tequila Sunrise, con película homónima realizada en 1988 por el director estadounidense Robert Towne.

La realidad es que el amanecer no es más que una gran mentira.  Para empezar, la denominación de este momento del día en muchos idiomas hace referencia a la salida del sol, o a su elevación en el cielo.  Esto tendría lógica en el modelo del universo de Ptolomeo (circa 85-165), en el cual la Tierra es el centro y el Sol y los planetas giran a su alrededor. Pero gracias a Nicolás Copérnico (1473-1543) sabemos que es la Tierra la que gira alrededor de esta estrella, centro de nuestro sistema planetario.

Lo correcto no sería decir la salida del sol, o sol naciente, sino avistamiento del Sol o giro de la Tierra.  Admito que esta observación es ser muy quisquilloso, incluso que se podría argumentar que si el punto de referencia es la Tierra, para un observador sería el Sol el que se moviera como de hecho parece que pasa.  Pero hay algo más.  El amanecer tiene una parte de espejismo.

Cuando metemos una caña en el agua nos da la sensación de que está quebrada.  Esto se debe a la refracción de la luz.  La parte sumergida la vemos a través de la superficie acuosa. Al pasar del agua al aire, cambia de dirección debido a la diferencia de la velocidad de la luz en los dos medios, por eso parece que esté rota ya que recibimos la luz en diferentes ángulos.

Algo parecido ocurre con el amanecer y el ocaso ya que, al pasar del vacío del espacio a la atmósfera, la luz también sufre un proceso de refracción y su dirección se curva por lo que la posición que vemos del Sol en el cielo en esos momentos es aparente y no real.  De la misma manera que cuando hace calor parece que haya charcos en la carretera;  en este caso, el espejismo se debe a la diferencia de temperatura entre el aire que está en contacto con el asfalto y el que se encuentra en capas superiores.

Y luego está el tema de los colores tan característicos y hermosos.  La luz visible no es más que radiación electromagnética, igual que los rayos X o las ondas de radio.  La diferencia es que nuestros ojos son capaces de detectar sólo una parte de esas ondas.  De hecho, cada longitud de onda de la luz visible corresponde a un color determinado, y la luz blanca es la mezcla de todos los colores.

En condiciones normales, el cielo es azul debido a que la atmósfera actúa como un prisma y es capaz de descomponer la luz blanca que viene del Sol.  Los gases de la atmósfera absorben y emiten preferentemente las ondas más cortas, que corresponden al color azul y violeta.

En el amanecer y en el ocaso el cielo se presenta de color rojo debido a que, por la posición relativa entre la Tierra y el Sol, la luz recorre más espacio de atmósfera.  Por ese motivo, la absorción es mayor y abarca a otras longitudes de onda, quedando sólo la luz residual de color rojo o anaranjado.  Si no hubiera atmósfera, al mirar al cielo sólo veríamos el vacío estelar salpicado de estrellas.

Siento restar romanticismo, pero la belleza del amanecer no es más que que un conjunto de ilusiones ópticas.  Quizás por eso algunos le quitamos solemnidad y lo solemos recibir dormidos.

(1)  Federico García Lorca (1898-1936), Poeta en Nueva York, (primera edición, 1940, Ed. Séneca (México) y Ed. Norton (USA), 187 págs.

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Casablanca y el Rick’s café: de la ficción a la realidad

–  Javier Ortega Figueiral

Durante años, cientos se personas se llevaban un serio disgusto al llegar a Casablanca y no encontrar ni rastro del legendario café-restaurante de Rick Blaine.  Recepcionistas de hoteles, guías turísticos y taxistas, acostumbrados a la histórica pregunta, siempre daban la mala noticia:  el establecimiento que aparecía en la mítica película Casablanca (Michael Curtiz, 1942), el Rick’s Café, nunca existió en la realidad.

Aquel lugar venerado en la pantalla fue en realidad un decorado montado en un estudio de Hollywood, así que ni Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman -en los papeles de Rick e Ilse- se reencontraron abruptamente en Marruecos, ni Paul Henreid, el valeroso Víctor Laszlo, ordenó a la orquesta del local tocar La Marsellesa para acallar, en un momento épico y glorioso, las canciones de los nazis en el norte de África.

“Yo aterricé en Marruecos en 1998 para trabajar como Asesora económica en la Embajada de mi país y sí, amo la película y sabía que se rodó por completo en California”, comenta la estadounidense Kathy Kriger, que tras los atentados del 11-S vivió en persona el desplome de los visitantes de los Estados Unidos al país

“Con ese escenario, dejé mi trabajo en el Gobierno y me quedé aquí para hacer algo por un país que me había acogido tan bien.  Lo que pretendí fue aplicar los auténticos valores americanos y no quedarme de brazos cruzados en un momento histórico tan delicado.  La gente tenía que regresar a Marruecos”, explica.

Kriger pasó a la acción con una idea que tenía en mente desde antes de ser destinada al norte de África:  construir un café como el de la película de 1942 y, por supuesto, levantarlo en  la misma ciudad del título.  Con el plan aun embrionario y grandes dosis de entusiasmo, envió correos electrónicos a amigos de todo el mundo en los que anunciaba su idea y pedía consejo. También realizó una campaña paralela buscando inversores entre los que ella llamaba “los sospechosos habituales”, gente entusiasta que podían ser socios potenciales para llevar adelante el  proyecto (de ahí que la sociedad acabara bautizándose como The usual suspects).

La respuesta fue formidable y mucho antes de lo esperado consiguió el dinero suficiente para financiar la restauración de una gran casa pegada a los muros de la Medina de Casablanca, junto al mar.

El Rick’s Café en versión real y en color (véase imagen supra) abrió sus puertas 62 años después de acabar el rodaje: un lunes 1 de marzo de 2004.  Su interior, aun no siendo fiel a su aspecto en la pantalla por razones de espacio, recuerda en muchos detalles al local que regentaba Rick Blaine: muros blancos, una sólida barra de bar, lámparas metálicas, juegos de sombras, plantas de interior y detalles de artesanía local.

En el piso superior, además de un elegante salón privado con vistas al trasiego del puerto de pescadores, hay otra sala en semipenumbra frente a una gran pantalla en la que se emite permanentemente la película, algo que pone aún más en ambiente a los clientes que toman una copa allí, viendo como los nazis vuelven a perder e Ilse se va para siempre en aquel avión junto a Víctor, rumbo a Lisboa, lejos de Rick.

En un cúmulo de casualidades, el pianista del local que toca piezas de jazz, viejas canciones francesas y, por supuesto, As time goes by (1) varias veces cada noche en un teclado años treinta, se llama casi como el Sam de la película: Isaam, un músico e informático de Rabat que respondió entusiasmado a la llamada de Kriger para ser parte del proyecto.

El local, que ha cumplido más de una década como restaurante y club, sigue de moda en una Casablanca más cosmopolita y pujante que nunca.  Los visitantes ya no se disgustan, pues el café de Rick, que en realidad es el de Cathy y los sospechosos habituales, está finalmente donde lo imaginaron.

(1)  Para escuchar la melodía original hacer click en:   Casablanca

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Ada Lovelace, la primera informática del mundo

–  María Arranz

Muchos de los contemporáneos de la brillante matemática y escritora Ada Lovelace (Londres, 1815-1852) la definían con la expresión “… demasiado matemática”.  Pero lo cierto es que la formación científica de la que es considerada como la primera programadora de la historia estuvo fuertemente influenciada por la poesía, una rareza que no parece tal teniendo en cuenta que fue la única hija legítima del poeta Lord Byron (1788-1824).  Hace dos años se cumplieron 200 años del nacimiento de Ada Lovelace (1) y, desde entonces, muchas instituciones le han dedicado exposiciones y homenajes.

De inteligencia privilegiada y salud delicada, Lovelace recibió una educación peculiar para una mujer de su tiempo.  Su madre, Annabella -que abandonó a Lord Byron a poco de casarse por sus infidelidades- se empeñó en alejar a su hija de toda influencia poética y diseñó para ella un completo plan de estudios en el que, además de historia o música, aprendiera ciencias y matemáticas.  Una de sus tutoras fue otra mujer, la matemática y astrónoma escocesa Mary Somerville (1780-1872), con quien mantuvo una intensa correspondencia.  Además, entre sus ilustres mentones se encontraba Augustus De Morgan (1806-1871) -autor de las conocidas como Leyes de Morgan (2)- quien reconoció que, de haber sido un hombre, Ada podría haber llegado a convertirse en toda una eminencia de las matemáticas.

Su vida cambió cuando conoció al científico e inventor Charles Babbage (1792-1871), creador de la máquina analítica (Babbage’s Analytical Engine), considerada el antecedente de los modernos ordenadores (computers).  Ambos mantuvieron una gran amistad y se escribían constantemente para intercambiar detalles sobre el invento.  La máquina analítica nunca llegó a fabricarse, aunque sí suscitó el interés de muchas personalidades de la época.

El único documento publicado sobre el invento de Babbage fue escrito por el ingeniero italiano Luigi Menabrea (1809-1896) en la Bibliothèque universelle de Genève (1842).  Ada Lovelace fue la encargada de traducir ese artículo de Menabrea al inglés, añadiéndole una serie de notas explicativas que acabaron por duplicar en extensión el texto original, puesto que incluían sus interpretaciones personales y filosóficas.  Estas anotaciones ya avanzaban algunas de las ideas modernas sobre programación, e incluían el sistema de tarjetas perforadas inspirado en el telar de Jacquard (3), que sería el que sea adaptaría posteriormente para programar los primeros ordenadores (computers) en la década de 1950.

A pesar de sus esfuerzos, la  madre de Ada Lovelade nunca logro alejarla de la poesía; su hija no dejó de perseguir lo que ella denominó “ciencia poética”, y se consideró a sí misma una “analista metafísica”.  Esta concepción de lo científico y el valor que le otorgaba a la imaginación favorecieron sus análisis visionarios, que supieron ir un paso más allá de la racionalidad científica.

(1)  Véase imagen supra retrato de Ada Lovelace, realizado en Londres (1840) por el pintor suizo Alfred Edward Chalon (1780-1860).

(2)  En la moderna lógica matemática se conocen con la denominación de Leyes de Morgan a un par de reglas de transformación que son ambas reglas de inferencia válidas.  Las normas permiten la expresión de las conjunciones y disyunciones puramente en términos de vía negación.  Las Leyes de Morgan se pueden expresar en español como: “La negación de la conjunción es la disyunción de las negaciones.  La negación de  la disyunción es la conjunción de las negaciones”.

(3)  El telar de Jacquard es un telar mecánico inventado en 1801 por Joseph Marie Jacquard (1752-1834).  El sistema utilizaba tarjetas perforadas para conseguir tejer patrones en la tela, permitiendo que hasta los usuarios más inexpertos pudieran elaborar complejos diseños.

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El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

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Pantalones rotos

–  Julia Navarro

Uno de los motivos de discusión recurrente con mi hijo es a cuenta de los pantalones rotos.  Me explico:  él lleva años insistiendo en que le compre jeans con agujeros en las rodillas, iguales a los que llevan sus amigos, y yo me niego en redondo.  Hace unos días hemos tenido el último encontronazo por los agujeros.  Pagar por unos jeans rotos me parece una estupidez, pero también una frivolidad.

Pero hay algo más, y es la burla que supone ver a jóvenes -y a no tan jóvenes- que no tienen ningún problema en lucir atuendos como esos jeans.  Sí, burla.  Burla hacia quienes llevan rotos en los pantalones porque no tienen más remedio que vivir en una situación de insoportable miseria, porque esos agujeros son para ellos la evidencia de cuanto carecen.  De manera que convertir en moda llevar unos jeans de marca pero destrozados me ha parecido siempre eso, una burla cruel.

Vivimos en una sociedad tan banal que cualquier cosa puede ponerse de moda. Hace poco leí en un reportaje que una conocida marca de zapatillas deportivas había lanzado una línea de calzado roto. Otro despropósito. Otra burla. Evidentemente, a la gente que luce ropa destrozada seguramente no se le pasa por la cabeza reflexionar sobre esos millones de personas que, a lo largo y ancho del mundo, carecen de casi todo y para los que unos pantalones o unas zapatillas sin agujeros serían un auténtico lujo.

Lo peor es que son las grandes marcas las que suelen vender ese tipo de ropa, y son las modelos, las celebrities, los futbolistas y la cursilería en general quienes lucen esos agujeros despreocupadamente como signo de ir a la última, de ser más cool que nadie, de estar en el secreto de la modernidad.  Y ya se sabe que los líderes sociales son el espejo en el que se mira mucha gente que termina imitándolos.  Los gurús de la moda no siempre aciertan, y acaban creando tendencias que son seguidas por mucha gente de manera un tanto borreguil.

Con los jeans rotos me pasa lo mismo que con los tacones de 20 centímetros (8 pulgadas), con el despropósito de no llevar medias en invierno o con que a los hombres les digan que están guapísimos tras depilarse, igual que si fueran pollos a punto de entrar en el horno.  La moda siempre debería limitar con el sentido común, pero en el caso de esos pantalones rotos aquellos que los llevan deberían pensar qué sucedería si, en realidad, no los vistieran por moda sino simplemente por carecer de medios para ponerse unos nuevos.  Siento amargarles la fiesta… bueno, los agujeros.

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Bernini, el escultor y arquitecto favorito de los Papas

–  David Torres

Estoy en pie en una sala de la Galeria Borghese, en Roma, solo e indefenso ante el Apolo y Dafne de Bernini, rodeado de docenas de turistas y solo ante la eternidad, sin poder hacer nada. He visto antes este bloque escultórico decenas de veces, en fotografías, documentales, en ilustraciones de libros de arte, pero realmente nunca lo había visto. Garcilaso lo anticipó en un soneto que leí por primera vez hace treinta y tantos años:  A Dafne ya los brazos le crecían… Pero nada, ni Garcilaso, ni Ovidio, ni los bancos de imágenes, ni las guías de viaje, me habían preparado para la  experiencia de primera mano; nada puede compararse realmente a esta conmoción, a esta explosión de luz, al momento exacto en que una piedra cobra vida.

Roma merece un viaje por muchos motivos, y entre esos motivos siempre estará Bernini.  La presencia del gran escultor y arquitecto napolitano en calles, iglesias y museos es uno de los sellos distintivos de la Ciudad Eterna, como también lo son Bramante, Miguel Ángel o Caravaggio.

Si se escoge el orden cronológico, el recorrido por la Roma de Bernini bien puede empezar por la Galeria Borghese.  Allí se alzan cuatro de las primeras esculturas de Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), cuatro obras maestras que realizó cuando sólo era un joven que trabajaba a las órdenes del Cardenal Scipione Borghese.  El Eneas, Anquises y Ascanio parece un verso de Virgilio puesto en pie.  En El rapto de Proserpina, los dedos de Plutón se hunden para siempre en la carne de mármol. Con su David, Bernini se atrevió a seguir los pasos de Miguel Angel: el pastor ya no está detenido en el momento previo al combate, sino que estira la honda entre sus brazos mientras que arquea el cuerpo un segundo antes de lanzar la piedra.  Ese es el momento en el que se instala el arte de Bernini, pleno de tensión, barroco hasta los tuétanos.

Bernini fue el artista favorito de los Papas durante el siglo XVII, y de las muchas obras que atestiguan su talento como arquitecto destaca la Iglesia de Sant’Andrea al Quirinale, una asombrosa síntesis de curvas y elipses.  En el Vaticano, Bernini diseñó la Plaza de forma oval con dos semicírculos ante los que se levanta la columnata rematada por una balaustrada de 140 santos.  En el interior de la Basílica de San Pedro, bajo la cúpula, realizó el inmenso baldaquino de bronce (ver imagen supra) con sus prodigiosas columnas salomónicas. También proyectó la decoración de los cuatro pilares que sustentan la cúpula en forma de nichos que albergan cuatro enormes esculturas, una de las cuales, San Longinos, es obra suya.

El Vaticano guarda también una de sus últimas obras, el sepulcro del Papa Alejandro VII, una majestuosa alegoría donde la figura de la Muerte, agazapada bajo un cortinaje de mármol sanguinolento, muestra un reloj de arena con el tiempo que se acaba.

En la Piazza Navona, Bernini aprovechó el encargo del Papa Inocencio X para levantar la fuente más fastuosa e impresionante de Roma -y en ninguna otra ciudad del mundo hay tanta competencia-.  Coronada por un obelisco egipcio, festoneada de animales y vegetales petrificados, la Fontana dei Quattro Fiumi es una monumental alegoría de los ríos más grandes conocidos en la época:  el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata.  La otra otra gran fuente de esa Plaza, la Fontana del Moro, sigue un diseño de Giacomo della Porta, pero fue Bernini quien esculpió la estatua central.  No muy lejos, casi junto al Panteón, se encuentra el Obelisco della Minerva, cuyo pedestal en forma de elefante, también es de Bernini.

Si la temática mitológica encumbró a Bernini en sus comienzos, fueron dos encargos religiosos los que representan la cúspide de su arte en la madurez.  El Éxtasis de la Beata Ludovica Albertoni, en la Iglesia de San Francesco a Ripa, una composición horizontal de una ternura insoportable en la que los pliegues de los ropajes son caricias; y el Éxtasis de Santa Teresa, en la Iglesia de Santa Maria della Vittoria, una obra sublime en la que asistimos a la transverberación de la santa desde lejos, casi a escondidas.  Nuevamente las fotos nos engañan con detalles sacados a través de teleobjetivos y a los que no tenemos ningún derecho.

La Santa Teresa está hecha para asomarse a ella de puntillas;  de igual modo que en Apolo y Dafne hay que girar en torno a la estatua para ver la mujer floreciendo, las ramas brotando, el instante exacto de la metamorfosis.  Ese instante, el de la transfiguración, es el que se atrevió a esculpir Bernini.

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