El último viaje

  Gastón Baquero

Uno de los mayores beneficios de la vejez es la serenidad con que recibimos la noticia del fallecimiento de un ser querido.

A partir de cierta edad se tiene inevitablemente la sensación de estar de paso, de hallarnos a punto de seguir viaje en cualquier momento.  Al saber que uno de los compañeros de excursión, ¡uno más!, ha reemprendido el peregrinaje, dejándonos por un rato más en la prolongada visita iniciada con el nacimiento, sentimos, sí, pena por la ausencia (la pasajera ausencia), pero comprendemos que teníamos olvidada nuestra condición principal:  la de ser fugaces viajeros por un largo camino.

No hubo ni hay religión que desatienda pagar los gastos de los suyos que emprenden el viaje.  Una moneda entre los labios, una carta dirigida a Dios, recomendándole la persona y suplicándole una amable acogida, unas oraciones por su alma, un amuleto para entregarlo al guía acompañante, un rito, alguna ceremonia que se juzga auspiciosa, son en verdad el equipaje apropiado para el viajero.  Al moribundo el sacerdote le lleva el viático, los romanos ponían sobre el corazón una rama de ruda (1).

Para que el cuerpo vaya limpio está el baño funeral que no falta en ninguna religión.  Para que no padezca hambre en el más allá, los deudos y los amigos comen y beben antes del entierro; y los sabios chinos ponen comida sobre las tumbas.  Eso para lo material, lo del cuerpo.  Para purificar y limpiar hasta la raíz el alma, tienen prescritas las religiones normas y costumbres que varían con las épocas y las civilizaciones, pero giran todas alrededor de la misma idea:  hay que sacudirse el polvo interior que se nos deposita durante nuestra visita a la tierra.

Los santos óleos de la extremaunción, y la confesión y comunión antes de partir, no tienen otro sentido.  La confesión limpia el cuerpo y la comunión limpia el alma.  Comulgar es lavarse el alma con la sangre de Dios.  Queda así el viajero puesto en camino con todas sus deudas pagadas.  Al estar limpio por dentro y por fuera se le llama en religión “tener la maleta hecha”.

Recuerdo cuando en el campo nos llevaban a niños y mayores cerca de quien moría para decirle la oración llamada El camino recto (2).  Siempre la conciencia del morir entendido como un viaje.  “No murió, partió primero” es fórmula perfecta de la antigüedad.  La barca en el río, el vuelo hacia el cielo, la vuelta a la Casa del Padre, el adiós, ligándose siempre la imagen del morir con la de partir de viaje.  Egipcios y aztecas lo sabían muy bien, y los viejos tártaros enterraban a sus héroes con el caballo, para que siguiera jineteando por las llanuras del cielo.

Los griegos, a quienes no agradaba la idea de la muerte como destrucción y aniquilamiento, tenían un puñado de metáforas para no emplear jamás la palabra vitanda.  Todo lo que decían era aplicable a un viaje.  “Ahora está en otra estrella”, era uno de los modos maravillosos que empleaban para dar la noticia tremenda.  En inglés “he is gone” cumple también el papel de metáfora de la muerte.  Y las poesías más antiguas de la humanidad, en Occidente, como en Oriente, en las civilizaciones precolombinas de América, como en las arcaicas asiáticas, quieren inculcarle al hombre la noción de lo fugaz de la visita a este planeta.

Aquí estamos de paso y muy de paso, en visita breve.  Nos quedan muchos mundos por recorrer.  Darnos compañía unos a otros nos libra de sentir el pavor del vacío que media entre la tierra y los cielos.

(1) La ruda es un arbusto perenne de la familia de las rutáceas oriundo del Mediterráneo, de hojas muy divididas y flores amarillas, que se utiliza con fines medicinales con el peligro de que su toxicidad es extrema en dosis elevadas.

(2)  San Antonio María Claret (1807-1870), Camino recto y seguro para llegar al cielo, Devocionario, primera edición, Palma de Mallorca 1845, Imprenta Esteban Trías, 530 págs.  Desde esa fecha se han publicado 185 ediciones en castellano.

Nota:  El escritor, poeta y periodista cubano Gastón Baquero [1914-1997] (véase imagen supra en la ultima etapa de su vida) residió desde 1959 en Madrid donde colaboró en el Instituto de Cultura Hispánica y en la emisora Radio Exterior de España, publicando numerosos artículos en diferentes periódicos del país.  En la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Santander) ejerció como Profesor de Historia y Literatura de América Latina.  Tras su fallecimiento, el Ayuntamiento de Madrid colocó una placa en la fachada del edificio donde había vivido (véase imagen supra).  La Residencia de Mayores de la Comunidad de Madrid en la localidad de Alcobendas, donde residió en sus últimos años, lleva actualmente su nombre.  Una parte de su biblioteca, así como documentos, correspondencia y manuscritos se encuentran depositados en la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami (Reference code 5033).

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El selfie (1513) de Leonardo da Vinci

  Laura Revuelta

París y el Louvre atesoran la Mona Lisa, pero hay que señalar que Turín y su Biblioteca Real poseen el más famoso de los autorretratos (ver imagen supra) del más enigmático de los artistas: Leonardo da Vinci (1452-1519), cuya magia, mitología y mitomanía no tiene  -ni se le prevé-  fin.  Fue realizado en 1513 sobre una lámina de papel, utilizando para el dibujo una tiza roja natural.

Si la traducción literal de selfie equivale a autorretrato, resulta totalmente lícito que vayamos a la pintura y sus autores clásicos para fijar el origen de esta última moda.  Antes de que el selfie se estampara en la imagen de la pantalla de un móvil / cellular para uso y abuso de toda persona con ganas de gloria digital, tuvimos que pasar por el Renacimiento europeo (siglos XV – XVI) y su reivindicación del individuo como objeto artístico, centro de atención del cuadro y su cuadratura estética.

Tzvetan Todorov (1939-2017) en su ensayo Elogio del individuo, traza este punto de partida:  “En un momento de la Historia de la pintura europea, se introducen individuos en las imágenes.  No se trata de seres humanos en general, ni de encarnaciones de una otra categoría moral o social, sino de personas concretas provistas de nombre y biografía.  En otras palabras, entonces surge el género del retrato”.  Basta con avanzar un poco para que, en ese espejo que es el lienzo en blanco, se mire el propio autor.  El artista abandona el estatus de segunda fila.  Pasa a ser un valor en el mercado y, por ende, a estar orgulloso de sí mismo, de su centro de gravedad artística y también de su proyección hacia la inmortalidad.

No es estrictamente cierto que Leonardo da Vinci realizara el primer autorretrato pero, sin duda, sí el de las más profundas convicciones.  Cronológicamente Alberto Durero (1471-1528) data en 1498 y firma el cuadro que atesora actualmente el Museo del Prado en Madrid, con el artista flamenco de frente, serio y hermoso, tan encantado de sí mismo en este lienzo como en todos los que ejecuta (unos cuantos) a su imagen y semejanza.

De aquel Renacimiento en la pintura flamenca a estos lodos del selfie no hay más que dar tiempo al tiempo, y ver cómo desfilan toda clase de artistas y obsesiones en versión cuadro, foto o performance.

Leonardo da Vinci, en el primer selfie de la historia mira de frente y con la sinceridad absoluta de quien sabe que se está autorretratando el alma y no se pone ni un pelo de más  En 1840 Carlos Alberto de Saboya adquirió el dibujo a un coleccionista y, desde entonces, permanece en Turín.

Nota:  El dibujo realizado sobre papel hace más de quinientos años mide 33 cm de alto por 21 cm de ancho (12.99 x 8.26 pulgadas) y sufre el inevitable paso del tiempo. Actualmente su estado de conservación es preocupante. La obra se mantiene guardada desde 1998 en una bóveda subterránea de la Biblioteca Real de Turín.  La luz que ilumina el habitáculo es exclusivamente de fibra óptica ya que los expertos consideran que la luz natural podría dañar aún más el dibujo.  Se mantiene el recinto a una temperatura constante de menos 20 grados Celsius, con una humedad fijada en un porcentaje inferior a 55.  Las características del cristal utilizado son específicas para la preservación de esa obra de arte en las mejores condiciones posibles.

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Venerable Hermano Victorino De La Salle (1885-1966)

  Alberto Sala Mestres

El 6 de abril de 2019, el Santo Padre Papa Francisco refrendó en el Vaticano el Decreto de Virtudes Heroicas del Siervo de Dios Hermano Victorino De La Salle, aprobado por unanimidad por la Congregación para las Causas de los Santos, documento que le otorga la condición de Venerable.  Esta noticia fue difundida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede a través de su Boletín de Noticias del 8 de abril de 2019 (BO 297).

La cualidad de Venerable establece una nueva etapa que sitúa al Hermano Victorino De La Salle a las puertas de la Beatificación.  Para que sea designado Beato se requiere que suceda un milagro atribuido a su intercesión, que deberá ser verificado y autenticado de forma fehaciente, y analizado posteriormente por la Congregación para las Causas de los Santos.

Recordar la vida y obra del Hermano Victorino nos sitúa ante una persona que supo entender la sociedad de su época y la misión de apostolado que su vocación le había confiado.

Nuestro Hermano De La Salle nació en Francia y llegó a Cuba en 1905, formando parte de una comunidad de Hermanos que se establecería en la nueva República de Cuba fundada tres años antes. La labor realizada en esos primeros años fue muy eficaz para restablecer el acercamiento de los fieles y sus familias a la Iglesia, mediante la fundación de colegios católicos que ofrecían una educación más moderna, lejos de los cánones de la Metrópoli, impartiendo valores cristianos en una nueva evangelización.

El acertado criterio del Hermano Victorino le hizo ver que hacía falta algo más que las asociaciones o grupos que se formaron entonces para mantener la vigencia de la fe y la práctica de la religión. Era necesario -pensaba- organizar un movimiento diferente, innovador, comprometido y valiente. Así surgió, en 1928, la Federación de la Juventud Católica Cubana, una asociación nacional organizada a través de grupos y coordinada a nivel diocesano, que mantenía y desarrollaba su apostolado como el objetivo de todos los católicos comprometidos con la labor de Iglesia.

El diseño de ese movimiento laico de hombres y mujeres fue abarcando progresivamente en las diferentes ciudades y poblaciones de Cuba a los estudiantes, universitarios, obreros, fieles de las Parroquias y matrimonios, siguiendo las pautas del Hermano Victorino, quien se adelantó varias décadas en promover el protagonismo que tienen ahora los laicos en la vida de la Iglesia.  Con su proverbial sencillez y humildad, confirmaba siempre un pensamiento que repitió muchas veces de palabra y por escrito:  “Siempre quise hacer obra de Iglesia”.

Estadísticas publicadas en la IV Semana Internacional de la Acción Católica, celebrada en Montevideo (Uruguay) en 1956, indican que la organización fundada por el Hermano Victorino contaba entonces con 1,080 grupos, formados por un total de 32,000 miembros.  En 1953 se había concluido la especialización en cuatro grupos: la Juventud Acción Católica (JAC), integrada por los grupos generales radicados en todas las Parroquias de Cuba;  la Juventud Estudiantil Católica (JEC), formada por los grupos establecidos en los colegios y centros de enseñanza secundaria; la Juventud Obrera Católica (JOC), integrada por los grupos obreros radicados en las distintas localidades; y la Juventud Universitaria Católica (JUC), constituida por los grupos establecidos en  las universidades del país.

Junto a esa significativa organización católica cubana, se fundó también en 1946 por iniciativa del Hermano Victorino el Hogar Católico Universitario, que brindaba acogida a los estudiantes sirviendo a su vez de punto de encuentro de los universitarios.  También impulsó la creación en 1953 de los Equipos de Matrimonios Cristianos, cuya organización y funcionamiento fueron aprobados por el Episcopado cubano, y que tuvo un rápido crecimiento.

El Hermano Victorino De La Salle había recibido una especial gracia de Dios: el peculiar carisma que le acompañó siempre. Su liderazgo participativo, esa manera de expresarse de forma reflexiva y convincente desde el testimonio de su propia vida, sigue siendo un modelo para todos. Su ejemplo sembró numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas entre los jóvenes.

Falleció en Puerto Rico el 16 de abril de 1966 y sus restos se encuentran depositados en una urna funeraria en el Panteón de los Hermanos De La Salle ubicado en el  Cementerio Católico Porta Coeli de Bayamón, ciudad ubicada a 19,4 kilómetros (12 millas) de San Juan.  Es probable que en un futuro próximo los Hermanos De La Salle decidan trasladar, después de obtener las autorizaciones pertinentes, la citada urna funeraria a otro lugar más acorde con la reciente designación de Venerable.

Tras su fallecimiento, quienes habían conocido al Hermano Victorino, participando en su labor de apostolado, recopilaron datos y testimonios sobre su vida ejemplar. Un número importante de católicos consideraba que existían evidencias para iniciar el reconocimiento de su santidad. El Cardenal de Puerto Rico Mons. Luis Aponte Martínez, respaldó las peticiones, y el 30 de marzo de 1999 dictó el Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación del ya considerado Siervo de Dios Hermano Victorino De La Salle.

El Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas designó a Rodolfo Meoli fsc, para el seguimiento de ese tema desde la Casa Generalicia en Roma, y las autoridades de la Santa Sede nombraron a Fr. Vincenzo Criscuolo Ofm.Cap. Relator de la Causa de Beatificación.  Ambos han desarrollado una encomiable labor que ha llevado al reciente dictamen del Papa Francisco de designarle como Venerable Hermano Victorino De La Salle.

Las autoridades eclesiásticas han aprobado el texto de una Oración, para uso privado de los fieles, cuyo texto figura a continuación.

Puede verse más información en: http://www.victorinodelasalle.org

Oración

Señor Dios, que has prometido ensalzar a los humildes y que brillaran como estrellas en perpetuas eternidades los que enseñaren a muchos la justicia, dígnate glorificar a tu siervo Venerable Hermano Victorino De La Salle, trabajador incansable en la parcela de la niñez y de la juventud, haciendo que su nombre resplandezca entre tus santos.

Multiplíquense tus gracias, Señor, en favor de los fieles que te las piden, haciendo presente las virtudes que él practicó en la Tierra, y concédenos que algún día veamos a tu Santa Iglesia honrar su memoria y ofrecernos en él un nuevo modelo que imitar, y un nuevo protector que nos asista desde el cielo, en los trabajos y aflicciones de esta vida, ayudándonos a conseguir la bienaventuranza eterna.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Se ruega a quienes obtengan favores o gracias por intercesión del Venerable Hermano Victorino de la Salle, que lo comuniquen en un breve mensaje dirigido a:  victorino@saintly.com

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La cultura del perdón

 –  Enrique Rojas

La capacidad para olvidar y perdonar es propia de las personas maduras y llenas de amor.  Aquí los que pierden, ganan.  Es más fácil hablar del amor que practicarlo.  Una persona psicológicamente sana es aquella que vive en el presente, ha luchado contra viento y marea por superar las durezas del pasado y vive abierta y empapada de porvenir.

Y también lo diría en sentido contrario:  el que está atado a los recuerdos negativos y no es capaz de alejar de sí el daño sufrido se va convirtiendo en alguien con un trastorno psicológico, que le puede acompañar durante años como la sombra de su cuerpo.  Y el instalarse en un estado de tensa duermevela agazapada.

En positivo, el agradecimiento es la memoria del corazón.  En negativo, el sufrimiento no superado es la infelicidad instalada en nuestra cabeza. Hay tres ingredientes esenciales que deben vivir en nuestro patrimonio interior si queremos encaminarnos bien hacia la felicidad:  corazón, cabeza y espiritualidad.  Sentimientos, argumentos y razones para vivir.

El perdón no consiste en hacer una especie de borrón y cuenta nueva, de aquí no ha pasado nada.   No es eso.  Exige renunciar a la venganza y al odio por un fin superior.  Si sólo se vive una vez, si la vida es una ocasión única de sacar lo mejor de uno mismo, yo perdono y olvido, disculpo, no llevo cuentas de esas fechorías que me han dejado maltrecho y me crezco en la adversidad con un corazón de oro.

Esto sé que es heroico, que está muy por encima de la media, pero es el triple salto, la pirueta de practicar la excelencia, el fino licor de la sabiduría más excelsa, ser bueno (y ser tonto, que es lo que dirían muchos), tender la mano al otro sin pedirle explicaciones (que se rían de uno y lo tomen por loco) y, al mismo tiempo, que no me quede dentro la rabia contenida haciendo estragos, reunión de fragmentos dispersos de tragedias que entran a raudales en ese ser humano y terminan por inutilizarlo para una vida digna, creativa, empujada por los mejores vientos de una afectividad alada y vertical.

Es el misterio de la grandeza de los santos:  que tuvieron una felicidad incomparable porque, no teniendo nada, lo tuvieron todo.  Jesús de Nazaret es la medida del perdón.

Saber perdonar todo y a todo es sobrehumano. Pero ese es el reto.  El cristianismo tiene las mejores respuestas para esto.  Perdonar hasta setenta veces siete, dice el texto evangélico.  Y esto resulta difícil de practicar, quién lo duda.

Pero es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia.  No hay justicia sin perdón, ni perdón sin justicia.  El perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación.  Repito: el perdón con el esfuerzo por olvidar es la forma más alta de amor gratuito.  No hay otra más elevada.  Es la gran salida.

Merced al perdón se deshacen los nudos.  Llegar a adquirir la cultura del perdón es estar cerca de una de las puertas de entrada al castillo de la felicidad.

Perdonar es borrar la culpa recibida, olvidarla porque el tiempo cura todas las heridas y renunciar a devolver un castigo proporcional.  La misericordia es superior a la justicia.

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Las manos hacen milagros

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–  Juan José Millás

Curiosa imagen (1).  Los policías armados hasta las cejas se protegen de un grupo de mujeres y niños cuya única defensa son las manos.  Su fuerza física es irrisoria, pero su elocuencia carece de límites.  Hablan estas manos con cada uno de sus cinco dedos, con sus palmas desamparadas y desnudas.  Hablan con la fuerza de la razón frente a la que la mano derecha del policía que aparece en el primer plano (ver lado izquierdo de la foto) se rinde.  Observen como sus dedos se repliegan cobardemente y no para formar un puño, sino para expresar su afasia frente a un discurso inobjetable.

No se pierdan tampoco el rostro perplejo del representante de la autoridad, su mirada, su gesto huidizo……, la pregunta que atraviesa su frente protegida por el casco de acero:  Díos mío,  ¿qué hago yo aquí?

Y todo este cúmulo de sentimientos encontrados es consecuencia del lenguaje de las manos,  las mismas manos de las que hemos heredado vasijas de barro construidas hace miles de años, las mismas que levantaron ciudades, que crearon tejidos, que transportaron los sillares de las catedrales, que construyeron calzadas, que recolectaron, ordeñaron, sembraron y escribieron poemas.

Las manos que son la lengua en el idioma de los sordos, el voto en las asambleas de los trabajadores y el aplauso en los mítines.  Las que amasan el pan, las que acarician, las que, provistas de una esponja, limpian el cuerpo bajo la ducha de agua caliente.

Las manos solas, desnudas, desprotegidas, blancas, continúan haciendo milagros después de tantos siglos de que las viéramos surgir con sorpresa en el extremo de los brazos.

(1)  Fotografía de Bulent Kilio.

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¿De quién es esa letra?

–  Maruja Torres

Un amigo mío pasó a visitarme y, al no hallarme en casa, deslizó una nota manuscrita por debajo de la puerta.  Cuando llegué, recogí el papel y le dirigí, antes de leer su contenido, una ojeada de extrañeza…  La nota estaba escrita en castellano.  No tenía firma como suele ocurrir con las personas con quienes mantenemos una relación regular y con quienes compartimos guiños o pequeñas complicidades, incluso triquiñuelas semánticas.

Al leerla, reconocí a su autor por el tono.  Pero lo que me dejó helada, como un descubrimiento indeseado, la pérdida de un bien -en otro tiempo querido, pero ya escamoteado-  que ya no podré recuperar, fue que no reconocí su letra.  Comprendí que no la había visto nunca.  Mi amigo y yo, como tanta gente que ha empezado a relacionarse cuando ya se encontraba en marcha el hábito de la comunicación a través de correos electrónicos y SMS ignoramos cómo es la letra del otro.

Darse la mano -los apretones fuertes, tan preciados; la manita floja, sudorosa, mala señal-  es un hábito que se perdió en algún momento, cuando colectivamente decidimos que besarse en las mejillas o en el aire a la primera de cambio era lo pertinente.  Averiguar cómo tenía la letra el otro -o la otra-, fueran candidatos o no a parejas o amigos…  Eso también era importante.

Cuando los compañeros del alma que nos acompañaban en nuestro descubrimiento de la vida nos dirigían extensas misivas a las que correspondíamos con no menos interminables respuestas, ¿cuál no era la importancia de su letra apretada, de sus folios aprovechados casi más allá de los márgenes?  Recuerdo los caracteres de su letra como recuerdo el rostro de cada amigo temprano con quien mantuve contacto epistolar.  Recuerdo el sobresalto, la emoción que sentía al distinguir su letra en el sobre.  Pero de mis amigos de ahora no conozco la letra.  Ni ellos la mía.

Los sentimientos no cambian.  Idéntica emoción me produce ahora leer el nombre del remitente de un e-mail que mejora y anima mis días.  Pero por el camino hemos perdido algo que era de nosotros más que cualquier dirección de correo internáutico.

Mi banco tiene mi firma -y la electrónica también, por supuesto-, mis amables lectores tienen dedicatorias con esa caligrafía a menudo impostada -o apresurada: desgarbada, torpe- que les entregamos en los días convenidos; yo recibo ramos de flores con tarjetas, pero seguramente la frase agradable que aparece escrita es de la secretaria, que posiblemente también las haya elegido, o incluso de la florista, que está en todo.  Notas de los empleados… Lectores también: de los que suelen todavía escribir a mano, cuánto agradecería que lo hicieran por correo electrónico; por cierto, me cuesta mucho menos responder.  ¿Contradicciones?  Bien está lo que nos facilita la cotidianidad, sería incapaz de retroceder.  Pero es que creo que, entre amigos, al menos nuestras letras las deberíamos conocer.

Mis cuadernos, mis libretas de todo tipo y formas reciben mis confidencias a mano.  Tal vez éste sea el destino de la caligrafía, en el presente -y ojalá al menos eso se conserve en el futuro-, la intimidad, el secreto, cuadernos que nos acompañan, hundidos en el bolso, o en la mesilla de noche, al alcance de la mano.  Cuántas veces no me he dormido mientras escribía y, al abrir los ojos, las curvas de mi letra en un mazo de papel que casi tenía abrazado me han permitido atravesar el vacío que se abría entre mis sueños y los fraudes que les aguardaban.

Hay una forma de hacerse con la letra de las personas sin que parezcamos extravagantes:

 –   ¿Tienes correo electrónico?

 –   Sí, claro, por aquí tengo una tarjeta…

 –   No importa, mejor me lo escribes aquí.  Mira, yo te escribo el mío en esta hoja.

Es poco, ya lo sé.  Pero es mejor que nada.

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Una espera activa ante la incertidumbre

 –  Miriam Subirana

Cuando creemos que lo tenemos “todo controlado”, nos sentimos seguros y andamos con paso firme.  Vivimos procurando verificar que nuestros planes lleguen a buen puerto.  Cuando ocurre algo imprevisto, nos estresamos, irritamos o enojamos.  Lo imprevisto no estaba en nuestros planes y la duda se apodera de nosotros.  Vivir con incertidumbre significa no saber lo que provoca inquietud y ansiedad, incluso angustia.

Mantener objetivos y planificar cómo lograrlos es necesario para obtener lo que uno quiere.  Sin embargo, aunque pensemos lo que vamos a hacer, no podemos responder ante las circunstancias ni ante lo que harán los demás.  La realidad es que es imposible tenerlo todo siempre controlado.  Cuando la situación aparece como un obstáculo en nuestro camino, aferrarnos a nuestro plan original produce tensión porque queremos llegar sí o sí a cumplirlo.  Sin embargo, la nueva circunstancia quizá lo que pide es un cambio de rumbo, otra respuesta, o saber esperar.

Es como cuando el río sale de la cumbre de la montaña con el objetivo de desembocar en el mar.  En su camino se encuentra con piedras, montes y desniveles del terreno, y tiene que bordearlos o hacerse subterráneo para luego volver a la superficie, hasta que al fin llega a su destino.  Nosotros planificamos ir en línea recta hacia nuestro objetivo y cuando aparecen los desniveles nos emperramos en querer seguir recto.  Necesitamos flexibilidad y reconocer que quizá no merece la pena luchar para derribar el obstáculo;  eso nos desgastará y acabaremos agotados.  En cambio, si lo bordeamos y cogemos otro sendero, manteniendo la visión de nuestro objetivo, podremos disfrutar del recorrido y no nos dejaremos la piel en el camino.

Para lograrlo debemos recuperar la confianza en nuestros recursos internos, en nuestro conocimiento, nuestro talento, y en nuestra capacidad de superar lo que se presente.

Ante la incertidumbre, podemos batallar en contra de lo que ocurre, podemos resignarnos o bien aceptarlo.  Al luchar en contra, nos agotamos.  A lo que nos resistimos persiste.  Cuando se presenta ante nosotros lo que no habíamos previsto, podemos reaccionar rechazándolo, negándolo, empujando en contra, quejándonos y enojándonos.  Cuando vemos que ninguna de estas actitudes soluciona la situación, nos desesperamos e incluso podemos llegar a deprimirnos por la sensación de impotencia que se apodera de nosotros.  Todos nuestros intentos han fracasado y la situación de incertidumbre continúa. Otra opción es vivir sometidos a la realidad de lo que ocurre.  La resignación nos convierte en víctimas de las circunstancias y de las personas.  Nuestra voluntad queda en la sombra y nos permitimos ser marionetas de lo que va ocurriendo.

El modo más saludable de vivir la incertidumbre es aceptarla.  Eso significa que lo reconocemos, que nos damos cuenta de que quizás es duro y difícil.  Reconocemos lo que sentimos, que ahora no existen las respuestas o que quizá necesitamos ayuda.  La aceptación nos permite vivir sin angustiarnos con la duda de no saber.  Nos ayuda a esperar.

La espera abre a la puerta a la escucha y posibilita percibir qué pide de nosotros una determinada situación; encontrar la pregunta adecuada sin abandonarnos al impulso de forzar las situaciones. Con las preguntas creamos la realidad e influimos en las decisiones. Planteando interrogantes sabios podremos decidir con lucidez: ¿para qué estoy viviendo esto?,  ¿qué me está enseñando esta situación?, ¿qué puedo aprender de ella?, ¿qué sería lo más inteligente que puedo hacer aquí?, ¿para qué voy a intervenir?, ¿cuál es mi intención?

Si actuamos con la rigidez de que las cosas han de ser como habìamos previsto, empezamos a dar palos de ciego que no llevan a ninguna parte, o pueden incluso empeorar la situación.  Para conseguir salir del atolladero, necesitamos calmar la mente y dejar de pensar de forma atropellada.  Así surgirán ideas creativas y se aclararán las dudas.  Fortalecer la confianza y la actitud de “yo puedo”, en lugar de nublar la mente con sentimientos de “soy incapaz”.  En este paréntesis de espera podemos dejar que la vida fluya manteniendo el cuidado de uno mismo:  alimentarse bien, compartir con buenos amigos, hacer ejercicio y meditar. Alcanzamos la capacidad de vivir en armonía cuando nuestra acción se equilibra con la reflexiòn y se fortalece con el silencio.

Si vivimos la incertidumbre desde un espacio de confianza, iniciamos el camino hacia la soberanía personal.  No podemos ejercer un verdadero liderazgo sobre los demás ni sobre las circunstancias si no somos capaces de liderar nuestra propia mente, emociones y mundo interior.  Si queremos dormir y nuestras preocupaciones no nos dejan, si queremos hacer deporte pero no lo hacemos, si tenemos un cuerpo poco cuidado, si pensamos atropelladamente, esa falta de soberanìa personal y de cuidado nos impide responder con sabiduría ante los imprevistos.

Practicar la espera activa con atención plena.  Desde esa actitud evitamos que la situación nos hunda, más bien la observamos atentos y alerta.  Y acabaremos venciendo la inseguridad y actuando con todo el potencial interior: con la confianza en uno mismo y en los demás, con la intención de hacer lo mejor para todos.

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