El desafío educativo de los padres (y abuelos)

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–  Ángela Adánez

Lo raro sería estar siempre de acuerdo, y que uno terminara la frase del otro, como si papá o mamá (o el abuelo y la abuela) fueran un ser de dos cabezas con un solo cerebro compartido.  El problema es que es ser de dos cabezas a veces se convierte en un monstruo cuando hay que decidir en cuestiones de educación.  Los hijos avivan, a menudo, nuestro afán batallador e intransigente, porque son parte de nosotros, quizás el reflejo de lo que quisimos ser y no hemos podido.  Resulta difícil renunciar a las ideas y a los planes que hemos ido haciendo sobre su futuro, con la ingenua convicción de que nuestro cónyuge lo veía con la misma claridad que nosotros.

Evidentemente no es posible que dos personas piensen lo mismo, pero es esencial mostrarse de acuerdo ante los hijos.  Ninguna decisión alcanzará su objetivo si cada uno dice una cosa cuando nuestros vástagos intentan saltarse las reglas.

Si en algo son hábiles los niños, desde pequeños, es en detectar las grietas en el muro formado por papá y mamá, y en hacer chantaje en consecuencia.  Te mostramos a continuación tres reglas de oro para entenderse en cuestiones de educación sin renunciar a las propias convicciones.

[ Regla Nº 1 ]  –  Arreglar cuentas con nuestra propia educación 

Funcionamos según la educación que hemos recibido, ya sea identificándonos con su modelo o rechazándolo de plano.  “Detrás de cosas aparentemente triviales como la elección del segundo idioma o la asignación de tareas domésticas hay toda una serie de valores y de patrones educativos”, explica la psicóloga Natalia Isoré, psicóloga clínica y terapeuta familiar.  “Entra en juego, inconscientemente, la elección de si vamos a reproducir la herencia recibida o vamos a hacer todo lo contrario, algo que implica estar o no de acuerdo con nosotros mismos”, añade la especialista Caroline Kruse, experta en terapia de pareja, y autora del libro Como seguir hablándose, amándose y deseándose (Editorial Marabout).  En su opinión, se trata de “enfrentarse con la propia infancia.  ¡Y eso multiplicado por dos, puesto que el cónyuge se enfrenta a los mismos ajustes de cuentas por su lado!  En realidad, en una pareja siempre hay seis miembros: el matrimonio y sus respectivos padres”.

Uno de los conflictos más usuales es el de la autoridad:  demasiado laxa o demasiado estricta.  “El exceso de permisividad quizá tiene que ver con un padre demasiado rígido o una infancia sin límites claros.  Si un progenitor opta por estar casi siempre ausente, esa actitud pude estar relacionada con la ausencia del propio padre”, explica Natalia Isoré.  Lo cierto es que, cuando nos unimos a una persona, en su equipaje también viene toda su historia familiar.  Y hay que aceptarla.  

[ Regla Nº 2 ]  –  Saber qué nos jugamos como pareja

Es lógico agarrarse al propio punto de vista, sobre todo si estamos discutiendo cosas que influirán en el bienestar y el futuro de nuestros hijos.  Pero las divergencias muy acusadas esconden, a veces, otros conflictos de pareja.  Quizás ocurre que hay una parte que siempre impone sus puntos de vista y otra que siempre cede.  En el fondo, lo que hay que preguntarse es por qué tiene tanta importancia para nosotros esa decisión.  Es posible que sea una manera de desplazar a otro campo un problema latente entre nosotros.

“Es más fácil reprocharle a la pareja sus puntos de vista educativos que su interés por nosotros. Por ejemplo, decir: estoy enfadada por que cedes a los caprichos de María”, que “estoy furiosa porque casi no tenemos intimidad” afirma la psicóloga francesa Caroline Kruse, indicándonos que “en una pareja que está en una situación de ruptura virtual, los conflictos y preocupaciones por la educación de los hijos son una manera de conservar un vínculo que de otra manera se rompería;  si no somos capaces de afrontar esa ruptura, el conflicto es una forma de hacer perdurar la relación”, añade.

[ Regla Nº 3 ]  –  Frente a los niños, siempre en equipo

Debemos conversar con tranquilidad sobre lo que no estamos de acuerdo, sin los niños delante; y, si hay algún asunto que pueda ser espinoso, darles una respuesta del tipo:  “Tengo que hablarlo con papá, a ver lo que opina él”.  Por supuesto, nunca hay que desacreditar la opinión del otro:  un niño necesita conservar la imagen de sus padres como autoridad y guía, no como un espectáculo de discusiones.  De lo contrario, se sentirá inseguro y, sobre todo, sacará partido de la situación para salirse con la suya.

“Hemos pasado de una educación basada en el poder absoluto del padre a otra que descansa sobre una autoridad compartida”, señala la psicóloga Natalia Isoré, y a modo de conclusión comenta que “la felicidad de los niños depende, en gran parte, de cómo gestionamos nuestra propia angustia, y de que seamos capaces de ponernos de acuerdo, sin eliminar nuestras diferencias”.

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