La comunicación como creación artistica

–  Manuel Villaverde

Imitar las cosas y personas que nos rodean y ver reflejados ante nuestros ojos los sentimientos humanos es, básicamente, la razón y el origen del teatro.

Desde la prehistoria tenemos datos de danzas o manifestaciones artísticas, sexuales, guerreras o religiosas que, son hasta ahora, las noticias de sus comienzos.  Luego, nos acercamos a Creta con  sus espectáculos casi taurinos, pero con sentido teatral religioso.  El teatro griego constituye, a su vez, un avance más creativo, refinado e intelectual.  Continuando nuestro análisis, observemos que en la Edad Media el teatro como edificio no existe, y las representaciones se realizaban en las iglesias o en otros lugares sagrados, con improvisadas instalaciones desmontables de madera y cortinajes.  Hasta 1585 no se encuentra el primer ejemplo de construcción de un teatro moderno -que incorporaba el proscenio ampliando el espacio dedicado a la escena- iniciado por el arquitecto Andrea Palladio (1508-1580), para la Academia Olímpica de Vicenza, terminando sus obras Vincenzo Scamozzi (1548-1616).

Llegamos así al teatro de Lope de Vega (1562-1635), que es una síntesis entre la tradición popular medieval y las teorías renacentistas, y cuyas ideas renovadoras de este género se sintetizan en el El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, que escribió en el año 1609;  y a los denominados autos sacramentales, representaciones dramáticas alegóricas en un solo acto referente al misterio de la Eucaristía, que se representaban tradicionalmente en las plazas públicas españolas, a cargo de compañías profesionales y dirigidos a un público popular, que alcanzaron su máximo apogeo con Calderón de la Barca (1600-1681) autor de más de ochenta obras de estas características.

Indiscutiblemente, el teatro tiene su origen en lo religioso, que surge del religio = vínculo.  Unión, reunión, vínculo, entre actores y espectadores. Y ya sea en la tragedia o en la comedia -que son los dos grandes géneros dramáticos- nos vemos representados en ellos en algún momento o por alguna circunstancia de nuestra vida.

De una forma u otra el teatro ha servido -y hoy más que nunca- como vehículo político, social, religioso, ideológico, etc., y la lista se hace casi interminable.

Dos grandes realidades, el alma y el cuerpo, se conjugan y unen para dar vida a una actuación. El alma  con  sus sentimientos exteriorizados y el cuerpo con sus movimientos.  Creo que también pueden unirse ambos o estar separados en una representación.  Un actor, sin moverse apenas, puede con una expresión de sus ojos transmitir una emoción enorme a la audiencia. Asimismo, el cuerpo de un actor, con un movimiento dado sin pronunciar palabras obtiene idéntico resultado.

Por lo tanto, vemos que la creación artística consiste en la comunicación entre espectador e intérprete.  Porque sin público no hay actor, y sin actor no hay representación.  Y cuando esa comunicación está dirigida a sacudir las fibras del auditorio, se ha obtenido una gran actuación. Aunque, por  bueno que sea un actor o actriz, por mucho que sienta dentro de sí, por depurada que sea su técnica, la belleza corporal, el sentido estético y los esfuerzos que realice en escena, si no llega a la raíz de la emoción del público su labor ha sido nula.

Por esa razón -tan fácil de escribir, pero tan difícil de realizar- observamos que en muchas ocasiones un actor no nos llega a emocionar y, sin embargo, en actuaciones anteriores sí lo ha conseguido.  Sencillamente, ese artista no se estaba comunicando entonces con sus espectadores.  Le faltaba vida e interés en su interpretación en escena.

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