Los chicos del coro del Escorial

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–  Azucena S. Mancebo

A medida que uno se aproxima a la puerta de la Escolanía del madrileño Monasterio del Escorial -la de la derecha, en la fachada principal- siente que está a punto de realizar un viaje en el tiempo.  Un trayecto de 446 años, que son los que cumple ahora el coro fundado por Felipe II, el mismo que ordenó la construcción del monumento en 1563.

Al parecer, el rey quería que un grupo de niños cantara en la Misa del alba que cada día se oficiaba por su salud.  Por la suya y, en los años siguientes, por la de los monarcas reinantes.  Pero este es un cometido que ya no cumplen los 45 chicos que actualmente forman parte de la Escolanía.

Al recorrer los pasillos, -por los que apuesto que me perderé-, siento un escalofrío.  La oscuridad y el frío lo convierten en un laberinto un tanto tenebroso.  Trato de centrarme y pienso en los niños que he venido a conocer.  Viven internos en una zona de este descomunal edificio de casi 35.000 metros cuadrados y, además de su correspondiente curso escolar, estudian varias horas al día asignaturas relacionadas con la formación musical (solfeo, canto gregoriano, piano…), todo ello bajo el paraguas de la doctrina religiosa de los agustinos (quienes habitan el Monasterio desde 1885).

“Buenos días”, “Hola, ¿que tal?”, me saludan todos según pasan a mi lado.  Llegan uniformados con el atuendo del Colegio mixto al que asisten como alumnos becados, el Real Colegio Alfonso XII, (ubicado también dentro del Monasterio y donde comparten aulas con 800 escolares más): pantalón beis, camiseta de algodón celeste y chaqueta de punto azul marino es su indumentaria.  Podían haber escogido el uniforme de gala, el de los escolanos:  túnica blanca sobre hábito negro, el mismo que han usado sus antecesores desde, al menos, el siglo XVII.

Con los niños recorro los pasadizos y rincones de este edificio.  “Yo antes también me perdía.  Por eso siempre me acompañaba otro escolano. Ahora ya puedo ir solo por todas partes” me tranquiliza José García, de 10 años.  Solo lleva tres meses en el internado y además de haber conseguido no despistarse en su nuevo hogar, asegura haber logrado dejar de llorar -“hace un mes”, puntualiza-, por lo mucho que echa de menos a sus padres.

A José, como a la mayoría de sus compañeros, lo reclutaron por sorpresa en su propio colegio.  “Yo nunca había pensado dedicarme a cantar” asegura.  “Todos los años entre los meses de marzo y mayo, recorremos varios centros de la Comunidad de Madrid y de las provincias cercanas para hacer pruebas de canto a los niños y ver cuáles podrían unirse a nosotros, en función de su potencial de voz”, explica el Padre José María Herranz, director de la Escolanía.

En realidad el futuro cantor solo necesita unas buenas cuerdas vocales y ciertas aptitudes, pero no tiene por qué saber cantar.  “A los seleccionados les invitamos a pasar una semana aquí con nosotros para ver si se adaptarían al nuevo entorno:  si saben convivir con tanta gente, si son independientes, si soportan estar lejos de sus padres….” apunta el Padre Herranz.  Porque, al parecer durante el primer año algunos niños, por decisión de la propia dirección, vuelven a sus casas.

Los elegidos, unos 15 cada curso y de alrededor de 9 años, vivirán en el Monasterio como mínimo hasta los 14, edad a la que a la mayoría de los chicos les cambia la voz, aunque algunos con aptitudes privilegiadas dejarán la protección de los muros de piedra granítica con la mayoría de edad.  “Aún me quedan dos años, pero creo que cuando salga después de siete viviendo aquí, me va a costar acostumbrarme a la vida de fuera”, reconoce Jaime González, de 15 años.

Él, como el resto de sus compañeros, ya se ha habituado a los apretados horarios del internado.  “Yo me levanto a las ocho para llegar a las nueve al Colegio.  A la una y media comemos aquí todos juntos y a las tres volvemos a clase.  Cuando regreso tengo una hora de piano todos los días.  Después, la merienda y un poco de tiempo libre para jugar.  Lo siguiente es la hora de los deberes, y dos veces a la semana tengo una hora de solfeo y otro día de inglés.  Antes de la cena disponemos todos de una hora de ensayo diaria.  Y a las 10 y media, más o menos, nos vamos a la cama” detalla de carrerilla con su aguda voz, Daniel Molina, de 11 años.

Sus pasatiempos, esos a los que dedican un rato cada día, no son ni mucho menos tan antiguos como el ambiente donde viven, la tradición que perpetúan o la institución a la que pertenecen.  La Play Station, la X-Box y la Wii están entre sus diversiones favoritas del cuarto de juegos, además de un balón para el obligado partido de fútbol en el patio.

Para las galerías del Monasterio se reservan jugar al látigo, como compruebo cuando vamos de camino al sitio en el que ensayan. Durante la demostración, el arrastrado se pisa el hábito con las zapatillas de deporte, y en cuclillas le saca brillo a un suelo que sería la pista de patinaje ideal para cualquier niño (ver foto supra, autor Chema Conesa).  Pero ellos no se preocupan por el uniforme.  Siguen jugando, saltando y gritando por los corredores del Monasterio del Escorial.  Tal vez sea una costumbre que iniciaran los escolanos del siglo XVI.

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