Suiza, la meca dorada del dinero

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 Lola Galán

La gente que abarrota el salón del lujoso Hotel Des Bergues bebe agua mineral y sigue con atención la puja.  Se subastan colecciones de joyas exclusivas y un diamante naranja, único, aunque no tan espectacular como el que saldrá al día siguiente en la venta pública del Hotel Beau Rivage.

Ginebra, ubicada junto al Lago Léman  (véase foto supra), es la ciudad con más sedes de organismos internacionales del mundo, con inclusión de la Oficina de las Naciones Unidas, una de las tres que existen además de la sede ubicada en Nueva York).  Ha acogido a reyes en el exilio y magnates árabes, y es un buen sitio para estas subastas. Especialmente ahora.  El dinero negro empieza a sentirse incómodo en las cámaras acorazadas de la legendaria banca suiza.

Empujados por la creciente ofensiva recaudatoria de la Administración estadounidense y del G-20, los bancos suizos están haciendo limpieza. No quieren exponerse a represalias económicas como la que ha llevado a la bancarrota no hace mucho a la banca Wegelin, la más antigua de Suiza.  “Se desembarazan de clientes estadounidenses de un día para otro”, cuenta Pierre Ruetshi, redactor jefe del periódico Tribune de Genève.  Su colega , Roland Rossier, experto en finanzas, lo corrobora: “Los empleados de muchos bancos pequeños funcionan con Prozac para aguantar la tensión”.  Un millar de residentes en Suiza ha devuelto su pasaporte estadounidense.

Claude-Alain Margelisch, director general de la poderosa Asociación de Banqueros Suizos (ABS), que agrupa a unas 300 entidades, matiza con habilidad lingüística las cosas:  “Lo que estamos haciendo es animar a los clientes a que regularicen su situación”. Margelisch cuenta que muchos españoles se acogieron a la amnistía fiscal del Gobierno, y otro tanto están haciendo los franceses.

Algo está ocurriendo en Suiza, el paraíso donde se guarda casi un tercio de la riqueza off shore del mundo.  El que mantuvo ocultas las cuentas durmientes de los judíos muertos en el Holocausto, las obras de arte robadas por los nazis, y lavó el oro sucio del Tercer Reich.  Ligado a las fortunas de dictadores y a escándalos de evasión fiscal (como los recientes casos del ex ministro francés Jérôme Cahuzac, y los españoles Luis Bárcenas y Félix Millet).  “El secreto bancario no va a sobrevivir”, dice Ruetshi.  Y no es cualquier cosa.  El secreto bancario ha sido la levadura mágica que ha convertido a este país en un emporio de riqueza.  Con una banca dominada por colosos como USB y Crédit Suisse, espina dorsal de un sector financiero que genera el 10% del PIB suizo y emplea a 200,000 personas.

Suiza tiene un apabullante plantel de multinacionales (Glencore, Nestlé, Novartis, Hoffman-La Roche, entre otras) y una reputada industria relojera.  Pero la banca es casi una religión nacional.  “Se creó a partir del dinero de los perseguidos por la fe”, dice Jean Ziegler, de 79 años, el hombre que viene destapando las vergüenzas del dinero helvético desde los años setenta, con libros que le valieron nueve procesos. Ginebra, la ciudad donde el teólogo francés Juan Calvino (1509-1564) predicó las bondades del enriquecimiento, acogería en el siglo XVII a miles de protestantes ricos que huían de la Contrarreforma.  Y un siglo después nacerían aquí los bancos privados con la honestidad contable calvinista.

Una riqueza vieja que ha traído históricamente el dinero de los más ricos. Pero todo puede acabar si lo que los banqueros suizos llaman eufemísticamente “protección de la confidencialidad” se viene abajo.  Lo que puede ocurrir en 2015, si Suiza se ve obligada a sumarse al acuerdo del G-20 de intercambio automático de información sobre las cuentas bancarias.  “El secreto bancario sigue vigente.  Lo consagra el artículo 47 de la Ley de banca de 1934”, asegura Ziegler, que tiene su despacho en una residencia estudiantil de Ginebra.  “Suiza sigue viviendo del dinero de la evasión fiscal; del dinero de sangre, el que no invierten los dictadores en sus países, con la consiguiente mortalidad de niños, y del dinero de la Mafia”, afirma.

Recientemente, el Forum Fiscal, ligado a la OCDE, certificó que Suiza sigue siendo un país opaco.  Pero fuentes del Gobierno de Berna lo achacaban a retrasos legislativos, debido a que existe “la ´posibilidad de someter a referéndum las leyes”.  Los suizos recuerdan siempre que son la única democracia directa del mundo y que sus diputados no reciben sueldo.  “Aquí la política es servicio.  Sólo se cobran dietas”, dice Loly Bolay, de origen gallego, socialista y ex presidenta del Gran Consejo de la República del Cantón de Ginebra.  Pero no hay una ley de incompatibilidades, y no es raro que un diputado federal se siente en el Consejo de Administración de bancos como el UBS o Crédit Suisse.  La banca sólo acumula apoyos frente a lo que muchos consideran “una persecución” contra el país.

Alberto Velasco, de origen español, diputado socialista en el Parlamento ginebrino, cree que impera “una monstruosa hipocresía”.  “Se nos persigue, cuando Francia y el Reino Unido tienen sus propios paraísos fiscales”, dice.  “Somos un chivo expiatorio perfecto, con nuestra insultante prosperidad”, coincide el periodista Ruetshi.  El sentimiento parece general.  “En Suiza es rara la familia que no tiene a alguien trabajando en la banca”, explica Cédric, un joven empresario que viaja en tren a Zurich.  En el país, los impuestos son bajos, hay poca burocracia y el despido es muy barato.  No existe salario mínimo, y el trabajador tiene que contratar una póliza médica obligatoria con las aseguradoras.  Un sueldo normal alcanza los 5,500 francos suizos (6,000 dólares aprox.)  Pero los alquileres (aquí hay pocos propietarios) son carísimos.

¿Sobrevivirá la banca suiza al fin del secreto bancario?  Alessandro Pelizzari, secretario regional del sindicato Unia, no lo duda.  “Han empezado a diversificar su negocio y ha habido una reestructuración”. Miles de empleados han dejado sus puestos con generosas indemnizaciones.  La banca calvinista tiene la mirada puesta en la divisa china.  Ya lo dice Margelisch:  “Tenemos experiencia; somos un país estable y seguro, con una moneda fuerte”.  Y repite la frase de otro banquero anónimo:  “Singapur puede ser la Suiza de Asia, pero Suiza es la Suiza del mundo”.

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Lola Galán es una periodista española, colaboradora habitual del diario El País.  Los lectores de Cuadernos de Pozos Dulces pueden ver una extensa recopilación de sus artículos en la dirección http://www.elpais.com/autor/lola_galan/a/

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