Trinidad: una ciudad cubana sin calendario

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–  Paco Nadal

Si hay una visita imprescindible en Cuba es a Trinidad.  Conozco pocas ciudades coloniales de Latinoamérica tan bellas, bien conservadas y auténticas como ésta.

Cuadras y cuadras de calles adoquinadas sobre las que despuntan campanarios de iglesias de sencillo estuco pintado de tonalidades vivas y alegres, cientos de bellos edificios de una sola planta y patios llenos de flores y azulejos, fachadas con ventanas de rejería y colores alegres, gente que va aún a caballo, viejas que se sientan a la puerta en sus sillas de anea en busca del frescor de la noche y ni una sola construcción moderna que afee el conjunto.

Una estampa sacada de hace cien años que, gracias a la suerte, a la pobreza en la que se sumió la ciudad tras el debacle del mercado del azúcar y, por qué no decirlo, al dinero de la UNESCO, el viajero puede disfrutar ahora en directo.

Al atardecer la música sale por los cuatro costados de la Casa de la Trova, del Palenque de los Congos, o de la Taberna de la Canchánchara e inunda con sus sones las calles del centro histórico.  Y a eso de las 10 de la noche, una multitud de forasteros se reúne en las escalinatas de la Casa de la Música, a un costado de la Plaza Mayor, para escuchar grupos de son, de rumba o de trova en directo.

Pero lo mejor de Trinidad es que está viva, que es de verdad.  Me explico. Hay muchas ciudades y barrios de ciudades coloniales de América Latina tan bien conservadas como ésta, pero ni son tan extensas, ni están ocupadas aún en su mayoría por la población local.  El turismo es un arma de doble filo que todo lo transforma.  Y este tipo de sitios suele acabar transformado en un parque temático.  En un museo de cartón piedra donde la necesidad de abrir rentables locales para turistas (desde restaurantes a cibercafés o tiendas de recuerdos horteras), expulsa a la población local, que no puede pagar ya los precios que el mercado inmobiliario impone en sus antiguas calles y plazas (es lo que ha pasado, por ejemplo, en la Plaza de Armas de Cuzco).

En Trinidad, de momento, esto no ha ocurrido.  Tras esos grandes portones de maderas talladas, en esas crujías frescas de paredes de adobe y mampuesto y techos a dos aguas, viven y trabajan aún cubanos, seres de verdad, descendientes de aquellas familias que levantaron estas casas.

Es lo que le da a Trinidad su magia:  que es de verdad.

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