De La Salle, construir personas y transformar el mundo

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–  Álvaro Rodríguez Echeverría fsc

Al terminar mi servicio al Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas como Superior General durante 14 años y mirar al pasado desde Jerusalén, donde me encuentro ahora, constato que una de las realidades más hermosas que me ha tocado vivir es lo que hemos llamado la asociación con los seglares y la misión compartida.

En efecto, en los últimos años, con muchas otras Congregaciones religiosas e impulsados por el Concilio Vaticano II, que nos recordó la llamada universal a la santidad y el compromiso misionero de todos los cristianos, hemos comenzado a transitar un camino del que estamos viendo ahora los frutos.

El carisma lasallista no es patrimonio exclusivo de los Hermanos De La Salle, sino también de todos aquellos que, desde su propio estado de vida, desean colaborar en la educación humana y cristiana de niños y jóvenes, a partir de los más pobres y vulnerables,. como una manera de responder al plan salvífico de Dios, que como nos lo recuerda De La Salle, inspirándose en San Pablo, quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2, 3-4).

En 2014, unos meses antes de nuestro último Capítulo General celebrado en Roma tuvimos, por segunda vez, la Asamblea Internacional de la Misión Educativa Lasallista. Esta Asamblea está constituida por dos tercios de Seglares y un tercio de Hermanos venidos del mundo lasallista representando los diversos Distritos.  Al final de la misma compartí algunas ideas con los participantes que ahora, en forma más esquemática, expongo a los lectores de Cuadernos de Pozos Dulces.

Construir personas y transformar el mundo

Nuestra misión es construir personas y transformar el mundo; nuestra misión es responder a las necesidades de los jóvenes vulnerables y responder a sus necesidades con creatividad.  Como nos lo ha recordado el Papa Francisco:  En cualquier lugar donde estemos, irradiar esa vida del Evangelio, que nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo -que corroe las comunidades cristianas y corroe nuestro propio corazón- y nos enseña a acoger a todos sin prejuicios, sin discriminación, sin reticencias, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos, que no son nuestras obras o nuestras organizaciones, no;  lo más valioso que tenemos es Cristo y su Evangelio. 

En el reciente encuentro celebrado en Roma con las Superioras Generales de las Congregaciones Religiosas, el Papa también les invitaba a ir hacia aquellos que están en las periferias existenciales de la vida y a no tener miedo de tocar la carne de Cristo en los pobres, los marginados, los enfermos, los niños…  Si vivimos una pedagogía, una evangelización, una comunidad educativa para el servicio educativo de los pobres y, a partir de ellos, de otros jóvenes, es normal que de una forma directa o indirecta desemboquemos aquí.  Tocándola directamente -y es una gracia-, o permitiendo por medio de una educación en la solidaridad y la justicia que nuestros niños y jóvenes la toquen, no teóricamente sino a través de experiencias concretas de cercanía y afecto.   

¡Qué bueno que los hermanos/as se quieran! (Salmo 133)

Cuando nos reunimos los lasallistas, más allá de nuestras culturas y religiones nos sentimos hermanas y hermanos, y vivimos una experiencia de que otro mundo, marcado por el amor, la comprensión y respeto es posible.  Por eso, debemos sentir que lo más importante de nuestra pedagogía es la calidad de las relaciones que podamos establecer, que lo más importante de nuestra Evangelización es hacer sentir a cada uno que es amado de Dios, único ante Él y responsable de los demás; que lo más importante de nuestra comunidad educativa es la experiencia de la fraternidad y sororidad (sisterhood), que nos hace constructores no de muros sino de puentes, dando cabida a todos sin ninguna discriminación y abiertos a los que nos pueden enseñar.

Cuando nos reunimos los lasallistas, más allá de nuestras culturas y religiones, nos sentimos hermanos y hermanas y vivimos una experiencia de que otro mundo, marcado por el amor, la comprensión y el respeto, es posible. Por eso debemos sentir que lo más importante de nuestra pedagogía es la calidad de las relaciones que podamos establecer, que lo más importante de nuestra Evangelización es hacer sentir a cada uno que es amado de Dios, único ante Él y responsable de los demás; que lo más importante de nuestra comunidad educativa es la experiencia de la fraternidad y sororidad (sisterhood), que nos hace constructores no de muros sino de puentes, dando cabida a todos sin ninguna discriminación y abiertos a lo que nos pueden enseñar.

Un porvenir lleno de esperanza (Jeremías. 29, 11)

Lo más importante es que esta experiencia la podamos alargar en el tiempo y en el espacio.  Lo que hemos vivido no lo podemos dejar únicamente para nosotros, debemos compartirlo.  Lo que hemos vivido, no es sólo una experiencia inolvidable, debe ser un compromiso de vida que asegura la perennidad y actualidad del carisma lasallista que el Señor ha puesto en nuestras manos.

Yo estoy convencido de que Dios, en su infinita sabiduría y amor, seguirá ofreciendo a los niños y jóvenes medios de salvación y vida en abundancia.  Por eso me parece que la pregunta fundamental que deberíamos hacernos al terminar esta reunión es si será con nosotros o sin nosotros.  Yo deseo con toda el alma, y estoy seguro de que ustedes también, que sea con nosotros.  Sin duda todos deseamos que el carisma y la misión lasallista puedan continuar en el mundo para el servicio educativo de los niños y jóvenes a partir de los pobres.

Creo que la Asamblea Internacional de la Misión Educativa Lasallista habrá tenido sentido si hemos dado pasos para asegurar ese futuro.  No por un deseo de supervivencia o de prestigio, sino por la necesidad de servicio ante el mundo tan complicado que les toca vivir hoy a los jóvenes -ante las viejas pobrezas que hoy se acrecientan y las nuevas pobrezas a las que se enfrentan- respondiendo así al proyecto salvífico de Dios.

De nosotros depende, Hermanos, Hermanas y Seglares que así sea.  Debemos renovar nuestra confianza mutua, nadie por encima del otro; consolidar estructuras que aseguren la continuidad y una respuesta creativa; rejuvenecer nuestro espíritu haciendo nuestros los valores del Evangelio y con profundo respeto hacia las otras religiones de las cuales, sin duda, tenemos mucho que aprender.

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Álvaro Rodríguez Echeverría fsc (San José de Costa Rica, 1942) ha sido Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (De La Salle) en el período 2000-2014. Véase en este mismo blog su artículo Mensaje desde Roma (2012).

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Mensaje desde Roma

 

 –  Álvaro Rodríguez Echeverría fsc

Un fraternal saludo desde Roma a los lectores y colaboradores de Cuadernos de Pozos Dulces en Internet.  La decisión de mantener la publicación, ahora en forma digital, supone un nuevo esfuerzo y demuestra que los lasallistas siempre estamos abiertos al futuro.  Felicitaciones.

Quisiera compartir con todos los lectores, en este Año de la Fe, una breve reflexión sobre los jóvenes y la Nueva Evangelización, resaltando la frescura y el entusiasmo con los que algunos jóvenes animan las comunidades cristianas.

Personalmente pienso que las nuevas generaciones, sin distinción de continentes o diferencias culturales, deben ser el campo privilegiado de la Nueva Evangelización, no simplemente como receptores pasivos de la misma, sino como agentes activos, recordando las palabras de Juan Pablo II cuando afirmaba que los jóvenes son los mejores apóstoles de los jóvenes, y esto me parece, por su generosidad innata, por su apertura al futuro, porque están en la misma sintonía de onda y tienen una sensibilidad muy especial parta captar las dificultades de sus coetáneos, comparten sus mismas carencias, y pueden comprender mejor sus ideales y proyectos.

De nuestra parte, es importante conocer su mundo y hacer un esfuerzo de inculturación en el mismo;  conocer sus necesidades, sus angustias, interrogantes, anhelos, esperanzas, y ofrecerles el Evangelio, que siempre es Buena Nueva.  Es importante partir de la vida porque los jóvenes se desinteresan del mensaje cristiano en la medida en que se le presenta a su mente como una ideología, impuesta desde el exterior por vía de autoridad, o deductivamente partiendo de principios sin relación con la vida concreta.  Los jóvenes de hoy, viviendo en culturas globalizadoras caracterizadas por el incesante cambio de perspectivas, y en una sociedad marcada no pocas veces por la inseguridad económica, por la glorificación de la violencia, por las satisfacciones inmediatas, encuentran difícilmente puntos de apoyo para articular un relato de su propia vida, que dé sentido, dirección y propósito a sus sueños juveniles.  Por eso nuestra principal función es ayudar a cada joven a sentirse amado, valorado, bendecido, importante y necesario para los demás.

La Nueva Evangelización para los jóvenes, y para los que los acompañamos, debe ser una llamada a volver al Evangelio y descubrir que el  núcleo central de nuestra fe es un encuentro personal con Jesucristo que conduce a una comunidad de discípulos.  Y constatar que una comunidad de fe no se cimienta solamente en instituciones doctrinales, litúrgicas o morales sino, sobre todo, en personas que han hecho una misma experiencia. Esta es lo que los discípulos anuncian: lo que hemos visto, lo que hemos oído…  De ahí la importancia del encuentro entre las personas por encima de cualquier proyecto institucional.

Nuestra misión para con los jóvenes es ser compañeros de búsqueda, guías humildes que ayudan a descubrir un camino y a encontrar un sentido a la vida.  Más que maestros que enseñan desde arriba o jueces que juzgan y condenan desde afuera, estamos llamados a ser hermanos y hermanas que acompañan desde dentro a los jóvenes, compartiendo con ellos la experiencia fundante de un Dios siempre mayor que nuestros pensamientos y que escapa a nuestras definiciones, pero que en Jesús de Nazaret se manifestó como cercanía, ternura, afecto y entrega a los más necesitados.

Los jóvenes son una buena noticia para el mundo, pero debemos preguntarnos cómo hacer para que la Buena Noticia de Jesús sea buena noticia para ellos.  En una época, como la nuestra, en la que los jóvenes buscan algo más y están abiertos a la espiritualidad, debemos educarlos al encuentro con Dios en su propio interior, lo que llenará su vacío existencial y les permitirá, como hizo Jesús:  ver la realidad, conmoverse ante ella y comprometerse en una acción transformadora.

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El Hno. Álvaro Rodríguez Echeverría es el Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.  Reside en la  Casa Generalicia (ver foto) ubicada en Roma.

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