Cuadernos de Pozos Dulces no puede superar los cinco mil amigos en Facebook

Cuadernos de Pozos Dulces se aproxima a los 5,000 “amigos” en Facebook.  Las normas de la red social impiden que una página sobrepase esa cantidad.  Así, para mantener un margen adecuado, se revisará la lista con objeto de mantener a las personas comprometidas con los ideales lasallistas que dieron origen a la publicación.  Si este texto lo estás leyendo en Facebook eres parte de nuestra “familia”.

La historia de Cuadernos comenzó con la edición impresa (1994-2012) que abarcó 32 números con 231 artículos de 102 autores diferentes, y se envío por correo, mejorándose con el  paso de los años la calidad de impresión y diseño.

En 2012 comenzó la edición digital en Internet, con la página actual de WordPress  Cuadernos en WordPress  que muchos lectores reciben directamente en su e-mail personal, y a la que también se puede acceder a través de Google y otros sistemas de búsqueda en Internet.

El paso siguiente, complementario del anterior, fue añadir en agosto de 2105 la publicación a Facebook, la red social que registra el mayor número de visitantes en Internet a nivel mundial.

Nuestra página permite acceder libremente a los contenidos de Cuadernos de Pozos Dulces a cualquier usuario de Facebook.  Ese sistema interactúa a través de los denominados “amigos” que, en el caso de Cuadernos de Pozos Dulces, se acerca actualmente a la cifra límite de 5,000 personas.  El número de “amigos” determina el índice de popularidad de cada página en la red social.

El perfil de nuestros usuarios en Facebook, en un porcentaje alto, se identifica con estudiantes universitarios que residen en América Latina.

Agradecemos a todos nuestros lectores en WordPress y Facebook su cordial acogida.

Alberto Sala Mestres, Editor.

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Belén, el buey y la mula

–  Juan Manuel de Prada

En la detallada descripción evangélica del nacimiento de Jesús, llena de rasgos asombrosos de observación que nos permiten figurarnos minuciosamente lo que ocurrió en Belén, no aparecen ni por asomo los controvertidos buey y mula (1).  ¿Cómo se explica, entonces, que la tradición haya querido incorporarlos a tan conmovedora escena?  Porque cuando una tradición es inveterada e insistente algún significado verdadero y hondo tiene que esconder.

Siempre se ha pensado que el buey y la mula estarían en la cueva o pesebre donde nace el Hijo de Dios para darle calor.  Pero, de la lectura del Evangelio, ni siquiera se desprende que aquella noche hiciese frío en Belén; mas bien al contrario, se nos especifica que “había en la región unos pastores que pernoctaban al raso”, de donde hemos de colegir que la noche sería tibia y serena, pues de lo contrario los pastores se habrían recogido en una majada (2).  Y si los pastores dormían al raso tan panchos hemos de suponer que a Jesús le bastaría, para combatir el fresco de la madrugada, con los pañales en que lo había envuelto su Madre, a quien imaginamos -como todas las madres que en el mundo han sido- temerosa de que su Hijo recién nacido pille un resfriado y propensa a abrigarlo incluso en demasía.

Además, por el lugar revoloteaban los ángeles, que se habrían preocupado de envolver al niño con sus alas si hubiese hecho frío (pues las alas de los ángeles deben de abrigar más que las mantas eléctricas).

El buey y la mula parecen, pues, convidados superfluos, incluso intempestivos, en tan gozosa escena.  Y, sin embargo, la bendita tradición iconográfica, erre que erre, los mete invariablemente en el ajo.  ¿Por qué?

Algunos Santos Padres interpretan que el buey y la mula representan la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento;  otros, proponen que simbolizan la unión de judíos y gentiles.  Y, desde tiempos muy antiguos, circuló una leyenda según la cual San Jósé habría llevado el buey a Belén para pagar el tributo al César, mientras que la mula habría servido de cabalgadura a la Virgen, pues entre Nazaret y Belén hay cuatro días de camino a pie, trecho excesivo para una mujer en trance de dar a luz.  Pero, como algún comentarista bíblico ha observado, no parece verosímil que a un hombre que llega conduciendo un buey y a una mujer que viene subida en una mula se les niegue sitio en la posada;  pues tan pobres no habrían de ser.

Hay un versículo en Isaías 1,3 que viene como de molde para explicar la presencia de estos dos humildes animales en el pesebre:  “Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”.  Buey y mula representarían, pues, ese conocimiento misterioso de las cosas que sólo los animales poseen, esa suerte de sexto sentido que les hace recogerse ante la inminencia de una tormenta, mientras a los hombre los pilla el chaparrón desprevenidos.

Y eso simbolizan las dos figuras que seguimos colocando en nuestros belenes (3)  – ¡ y que no falten nunca ! -:  lo que había ocurrido en aquel pesebre había pasado inadvertido al común de los hombres, pero los animales lo presagiaban en el aire:  sabían que el universo acababa de ser restaurado, sabían que la Creación entera había sido renovada.  Habían reconocido en ese Niño al Señor de la Historia.

Imagen supra: Doménikos Theotokópoulos, El Greco (1541-1614), Adoración de los pastores (1614), Museo del Prado, Madrid.

(1)  En su libro La infancia de Jesús (Ed. Planeta, Barcelona, 2012, 144 págs. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) señala:  “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen.  En el Evangelio no se habla en este caso de animales.  Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3”.

(2)  Majada:  Lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores.

(3)  En España la representación del nacimiento de Jesús a través de figuras se denomina Belén, y Nacimiento Pesebre en la mayoría de los países de América Latina.  En México tiene el nombre de Posadas, en Ecuador Changalos y en Costa Rica Pasitos.

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Cuadernos de Pozos Dulces supera los 3,000 “amigos” en Facebook

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Desde sus inicios, en 1994, Cuadernos de Pozos Dulces ha intentado actualizar la distribución de los artículos publicados entre sus lectores de diferentes países.

La edición impresa (1994-2012) abarcó 32 números con 231 artículos de 102 autores diferentes, y se envió por correo, mejorándose con el paso de los años la calidad de impresión y diseño.

En 2012 comenzó la edición digital en Internet, con la página actual de WordPress [ https://www.pozosdulces.wordpress.com ], que muchos lectores reciben directamente en su e-mail personal, y a la que también se puede acceder libremente a través de Google y otros sistemas de búsqueda en Internet.

El paso siguiente, complementario del anterior, fue añadir en agosto de 2015 la publicación a Facebook, la red social que registra el mayor número de visitas a nivel mundial.

Nuestra página permite acceder a los contenidos de Cuadernos de Pozos Dulces a cualquier usuario de Facebook.  Ese sistema interactúa a través de los denominados “amigos” que, en el caso de Cuadernos de Pozos Dulces supera actualmente las 3,000 personas. El número de “amigos” determina el índice de popularidad de cada página en la red social. En un porcentaje alto, el perfil de nuestros usuarios en Facebook se identifica con estudiantes universitarios que residen en América Latina.

Agradecemos a todos nuestros lectores en WordPress y Facebook su cordial acogida.

Alberto Sala Mestres, Editor.

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Historia breve de los villancicos

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–  Alberto Sala Mestres

A raíz de la promulgación por el Emperador Constantino (272-337) del Edicto de Milán (313) dando libertad de culto a los cristianos, su religión se extendió rápidamente por el Imperio Romano, con una gran vitalidad de liturgia y cánticos.  Los expertos consideran como primer antecedente del villancico a una melodía gregoriana del siglo IV, Jesus refulsit omnium (Jesús, luz de todas las naciones), atribuida a San Hilario de Poitiers (315-367),  junto a otras raíces conocidas como es el caso de Jerusalem Gaude (s. VII). A esa época medieval corresponde la antífona del siglo IX Puer natus est nobis (Nos ha nacido un niño), una de las primeras manifestaciones de la polifonía occidental.

La tradición atribuye a San Francisco de Asís (1182-1226) la introducción de la costumbre navideña de instalar un belén, pesebre o nacimiento.  Según cuenta San Buenaventura, en la noche de Navidad de 1223 San Francisco instaló en Greccio, población situada entre Roma y Asís, un pesebre con paja e hizo traer un buey y una mula, celebrando allí la Misa ante una multitud.  Para algunos historiadores, San Francisco es el autor del himno Psalmus in Nativitate, un antecedente histórico de los villancicos.

Lo cierto es que, a partir del siglo XII, las canciones populares alusivas a la Natividad del Señor experimentaron en Europa un gran auge y popularidad.  En español el término “villancico” procede del  latìn “villanus”, nombre con el que se identificaba a los habitantes de una villa o aldea.  La palabra inglesa “carol” proviene del francés “carole” que identifica a una ronda de personas que cantan al unísono.  Durante siglos los villancicos evolucionaron hacia formas más elaboradas, pero conservando siempre su arraigo popular.

Uno de los villancicos más conocidos es Noche de paz, compuesta por Franz Gruber (1787-1863) y basada en la letra de Joseph Mohr (1789-1848), cuya primera audición tuvo lugar el 24 de diciembre de 1818 en la Iglesia de San Nicolás, ubicada en la población austriaca de Oberdof.  Muchos lectores recordarán también Adestes fideles, con música y letra de John Francis Wade (1711-1786), así como la italiana Canzone degli Zampognari, cuya melodía inspiró a Frederick Handel (1685-1759) una de las arias de su famoso oratorio El Mesías (1742).

Además de las melodías profanas que reivindican el protagonismo de Santa Claus, en los Estados Unicos goza de gran popularidad Joy of the World escrita por Lowell Mason (1792-1872) basándose en el poema del británico Isaac Watts (1674-1748). Existen, entre otras muy conocidas, la adaptación que de la obra original de Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) I Heard the Bells on Christmas Day realizó al inicio de la década de 1950 el compositor norteamericano Johnny Marks (1909-1985), junto a What Child is This? con texto de William Chatterton Dix (1837-1898), cuya música se remonta a una canción tradicional inglesa Greensleeves, que aparece un par de veces en la comedia de William Shakespeare The Merry Wives of Windsor (1600-1601).

En España los villancicos han tenido gran aceptación y difusión.  Uno de los más conocidos es A la nanita nana, cuya asimetría musical aparece reflejada en muchas de las composiciones folclóricas de la Península, y a la que cabria encontrar un cierto paralelismo con el género de la guajira cubana.  No hay que olvidar la popular melodía Vamos pastores, vamos de Evaristo Ciria (1802-1875) que suele acompañarse del rústico instrumento musical denominado zambomba.  Menos conocido, pero de gran arraigo en Cataluña, es el tradicional villancico Fum, fum, fum, cuyos reiterados compases recuerdan los de la sardana, baile coral típìco de esa región.

Los villancicos llegaron a Latinoamérica formando parte de las tradiciones navideñas españolas, y se incorporaron con identidad propia en el folclore de cada país.  En la celebración, cada mes de diciembre, de las posadas en México adquiere especial protagonismo el popular villancico El rorro. Sucede lo mismo en Perú con Rueda, rueda que incorpora una melodía típicamente andina, que puede escucharse también en la conocida Palomita de Navidad de los hermanos Moisés y Dina Rodríguez Núñez.  En Puerto Rico, uno de los más conocidos es el Villancico Yaucano, original de Amaury Veraz. 

A su vez, el compositor cubano Osvaldo Farrés (1902-1985) es el autor de la melódica Navidad cubana.  Existen también villancicos “lasallistas” de una singular cubanía, como es el caso de Campanitas cubanas (1954)  [1]  y Décimas al Niño Jesús (1956) debidos a la inspiración de Alfredo Morales fsc (1927-2012).

[1]   Véase en Internet  http://www.youtube.com/watch?v=vCALEyHj6DU

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Los verdaderos orígenes de King Kong

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–  Fernando Iwasaki

Todos sabemos que Moby Dick es la ballena blanca creada por Herman Melville (1819-1891), aunque Mocha Dick -un cachalote albino que asoló las costas de Chile y Perú hasta que fue cazado en 1835-  sea menos conocido que su versión novelesca editada en 1851 con el titulo “The Wale”, y en las posteriores ya como “Moby Dick”.  Sin duda Melville tuvo noticias de que los balleneros del puerto del Callao (Perú) hablaban de esa criatura y, gracias a Mocha Dick, hemos podido disfrutar de una novela extraordinaria.

Asimismo, a Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) se le ocurrieron los terroríficos Nyarlathotep y Yog-Sothoth (personajes de ficción) mientras curioseaba grabados de dioses precolombinos y peruanos, igual que Edgar Allan Poe (1809-1849) decidió que el horrendo pájaro que mató de un susto al Duque de l’Omelette tenía que ser peruano (como figura en su célebre cuento publicado en 1832).

Me sentí tan conmovido cuando descubrí que todos esos monstruos eran peruanos, que espero que los lectores españoles (y otros hispanohablantes) sientan lo mismo cuando sepan que King Kong también tiene denominación de origen ibérica.

El primer alarido de King Kong resonó a través de las páginas del Jardín de las flores curiosas (1570) de Antonio de Torquemada (1507-1569) quien narró la historia de una mujer desterrada en una isla, donde fue atendida por una horda de simios liderados por uno gigantesco y relata: “se fue con ellos hasta el monte, adonde el jimio mayor la metió en una cueva, y allí acudían todos los otros, proveyéndola de los mantenimientos que ellos usaban y tenían”.

Según Torquemada, una mañana la mujer vió un barco y decidiò escapar, y así “los jimios salieron todos a la ribera, siendo tan grande la multitud de ellos como de un ejército, y el mayor, con el amor y aficion bestial que con la mujer tenía, se metió tras ella por el agua, tanto que corrió muy gran peligro de ahogarse, y las voces y aullidos que daba y los chirriados bien daban a entender que sentía la burla que se le había hecho”.

Este episodio fue recogido por el jesuita Martín del Río (1551-1608) autor del tratado de demonología más importante del barroco –Disquisitionum Magicarum Libri Sex (1599)-, quien consigna que la mujer “se vió rodeada de una caterva de monos muy abundantes en la isla , todos dando gritos, hasta que llegó otro más corpulento…”.

La historia era tan conocida que hasta Lope de Vega (1562-1635) le dedicó el relato La mujer y el simio (1597).

Por lo tanto, a nadie de la España del siglo XVII le habría extrañado que King Kong hubiera escalado la Giralda en Sevilla para proteger a su chica, porque la leyenda del gorila enamorado era uno de los cuentos ibéricos más famosos.

Teniendo en cuenta que Godzilla en Japón se llama Gorija -que resulta de la suma de gorira (gorila) y kujira (ballena)-, la síntesis entre lo peruano y español es un monstruo japonés.

Imagen supra:  Cartel publicitario de la película  King Kong  (Merlan C. Cooper, 1933).

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El bistec empanizado de Radetzky

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–  Cristino Álvarez

Es muy probable que si preguntamos a alguien de qué le suena el apellido Radetzky, mencionará la popular marcha de Johann Strauss (1804-1867) con la que se cierra el tradicional Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena (1).

Pero por algo se la dedicó, en 1848, el patriarca de los Strauss.  Johann Josep Wenzel Graf Radetzky von Radetz (1766-1858) fue un Mariscal del Imperio Austriaco (1804-1867) que participó en las guerras contra Napoleón y, siendo octogenario y al mando de 70,000 soldados austriacos, venció en 1849 a la numerosa (85,000) tropa italiana en la batalla de Novara, localidad cercana a Milán, en el transcurso del conflicto que llevó a la unificación de Italia con la coronación del rey Víctor Manuel II en 1861.

No lo mencionamos en este texto por sus glorias militares, sino porque los historiadores le atribuyen la introducción en Viena de uno de los platos simbólicos de la cocina vienesa: el Wienerschnitzel (2), derivado de la antiquísima Cotoletta alla milanesa, que el viejo mariscal había llevado a la capital del Imperio austriaco tras su victoria sobre las tropas italianas. La citada Cotoletta, en Viena, perdió grosor eliminándose el hueso, y pasó de freírse en mantequilla a hacerlo en manteca de cerdo.

Un Wienerschnitzel al estilo clásico es un filete de ternera fino y grande, envuelto en pan rallado (antes ha de pasar por harina y huevo, siempre por orden alfabético), que se fríe hasta que la capa exterior queda dorada y crujiente.  Lo tradicional es presentarlo decorado con una rodaja de limón, pero el acompañamiento varía según la costumbre del país o el capricho del cocinero.

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(1)  Véase  http://youtu.be/P9A0cWAm70Q

(2)  Existen variantes del Wienershnitzel en todo el mundo.  En la mayoría de los países de América Latina se denomina milanesa y acostumbra a acompañarse con productos típicos del país. En Cuba se denomina bistec empanizado y suele servirse con arroz, plátanos maduros fritos o congrí.  El nombre más utilizado en España es el de escalope, y se ofrece con ensalada o patatas fritas.  En general, los filetes de carne que se adquieren en los supermercados, ya preparados en bandejas, suelen tener un grosor mayor que el necesario para el Wienerschnitzel tradicional, por lo que es preferible solicitar de un carnicero el corte adecuado.

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Trinidad: una ciudad cubana sin calendario

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–  Paco Nadal

Si hay una visita imprescindible en Cuba es a Trinidad.  Conozco pocas ciudades coloniales de Latinoamérica tan bellas, bien conservadas y auténticas como ésta.

Cuadras y cuadras de calles adoquinadas sobre las que despuntan campanarios de iglesias de sencillo estuco pintado de tonalidades vivas y alegres, cientos de bellos edificios de una sola planta y patios llenos de flores y azulejos, fachadas con ventanas de rejería y colores alegres, gente que va aún a caballo, viejas que se sientan a la puerta en sus sillas de anea en busca del frescor de la noche y ni una sola construcción moderna que afee el conjunto.

Una estampa sacada de hace cien años que, gracias a la suerte, a la pobreza en la que se sumió la ciudad tras el debacle del mercado del azúcar y, por qué no decirlo, al dinero de la UNESCO, el viajero puede disfrutar ahora en directo.

Al atardecer la música sale por los cuatro costados de la Casa de la Trova, del Palenque de los Congos, o de la Taberna de la Canchánchara e inunda con sus sones las calles del centro histórico.  Y a eso de las 10 de la noche, una multitud de forasteros se reúne en las escalinatas de la Casa de la Música, a un costado de la Plaza Mayor, para escuchar grupos de son, de rumba o de trova en directo.

Pero lo mejor de Trinidad es que está viva, que es de verdad.  Me explico. Hay muchas ciudades y barrios de ciudades coloniales de América Latina tan bien conservadas como ésta, pero ni son tan extensas, ni están ocupadas aún en su mayoría por la población local.  El turismo es un arma de doble filo que todo lo transforma.  Y este tipo de sitios suele acabar transformado en un parque temático.  En un museo de cartón piedra donde la necesidad de abrir rentables locales para turistas (desde restaurantes a cibercafés o tiendas de recuerdos horteras), expulsa a la población local, que no puede pagar ya los precios que el mercado inmobiliario impone en sus antiguas calles y plazas (es lo que ha pasado, por ejemplo, en la Plaza de Armas de Cuzco).

En Trinidad, de momento, esto no ha ocurrido.  Tras esos grandes portones de maderas talladas, en esas crujías frescas de paredes de adobe y mampuesto y techos a dos aguas, viven y trabajan aún cubanos, seres de verdad, descendientes de aquellas familias que levantaron estas casas.

Es lo que le da a Trinidad su magia:  que es de verdad.

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