El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

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¿Existen las personas tóxicas?

–  José Luis Ágreda

Seguro que usted se ha visto alguna vez en esa situación en la que después de mantener una conversación con un amigo se ha sentido desolado, ha contemplado el mundo con más tristeza y menos entusiasmo que antes de empezar la conversación, o ha pensado: “Madre mía, a este amigo no le pasa nada bueno, siempre tiene una queja”.  Y en situaciones extremas, ha escuchado el teléfono, ha visto el nombre de la llamada entrante y ha dejado de atenderlo porque sabe que esa persona, de alguna manera, le va a complicar la vida:  le va a contar un nuevo problema o seguirá hablando de su monotema, por lo general con temática “desgracia”.  La pregunta que uno se plantea siempre después de pasar un rato con las personas tóxicas es:  “Y yo qué necesidad tengo de estar oyendo esto”.

¿Quiénes son las personas tóxicas?  Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo.  Es igual que un virus:  llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.

El origen de la persona tóxica puede ser variado:  el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto.  Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio.  El mundo está lleno de personas tóxicas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz

En la categoría de tóxicos pasivos incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar.  Si les escucha y a usted le va bien llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen.  Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo.  Se sienten maltratados por la vida y abandonados por la suerte.  Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá  el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.

Los tóxicos caraduras son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades.  No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben.  Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.

Se define como tóxicos criticones a los que viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya.  Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea.  No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas.  No saben competir si no es destruyendo al otro.  Arrasan como Atila.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica.  Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.

A los tóxicos con mala idea manténgalos bien lejos.  Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado. Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas. Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención. Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo.  No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.

Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para un psicópata.  El psicópata es aquel que infringe dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal.  De estos hay muchos de guante blanco como los tóxicos psicópatas.  Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan. amenazan y provocan que una persona se sienta ridícula y menospreciada, y se cargan la autoestima.  Ante ellas, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite.  Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio.  Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.

Para evitar el contagio de los tóxicos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles. Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse.  Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque porque optan el camino fácil:  llorar.

Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice.  Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida.  No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe.  Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas tampoco será una ayuda.  Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones.   La primera opción consume y resta, y la segunda suma.

Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no.  Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán.  Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.

No permita que la persona tóxica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes.  Si lo hace con ellos, también lo hará cuando usted no esté presente.  No entre en su juego ni se identifique con esa conducta.  Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes.  Y si trata de rumores, dígale que no tiene certeza de que el rumor sea cierto.

Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados.  Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho.  Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad.  Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.

Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente.  Como personas, todos merecemos un trato digno.  Hágase valer.  Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño.  El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas.  Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico.  Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.

Rodéese de personas de bien, que le quieran y que le se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas.  Tenemos la obligación de ser felices y de disfrutar.  Hay mucha gente dispuesta a ello.  No las deje escapar.  Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.

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El derecho a decir “no”: menos es más

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–  Raimón Samsó

En el libro Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll (1832-1898), la protagonista le pregunta al personaje del gato: ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí”, y el gato le contesta:  “Eso depende en gran medida del sitio al que quieras llegar”. “No me importa mucho el sitio…”, replica Alicia. “Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes”, responde el gato.  En un mundo en el que hay ilimitadas posibilidades, si no se tienen prioridades lo fácil es perderse.

Más no siempre es mejor, puede ser menos.  Y menos puede ser más.  Para llegar a más partiendo de menos hay tres caminos para centrarse en las prioridades: simplificar la vida, decir “no” muchas veces y priorizar la agenda de tareas.  Veamos ahora cada uno de ellos.

Menos es más se ha convertido en un mantra.  En arquitectura lo llamaron minimalismo, una corriente caracterizada por la simplicidad de formas y líneas, utilización de colores puros, materiales naturales y la preferencia de espacio antes que la acumulación.  En decoración, menos objetos y muebles es más espacio disponible para las personas que habitan la casa.  En la agenda, menos tareas irrelevantes con más energía y tiempo para los asuntos relevantes significa más eficacia.  En el feng shui, para recibir algo nuevo en la vida antes hay que dejarle espacio, tanto física como psicológicamente.

Aun así, la facilidad de complicarlo todo es un viejo hábito humano.

Una de las primeras decisiones que tomó Steve Jobs (1955-2011) cuando volvió a dirigir Apple en 1997 fue reducir los productos de la compañía de unos trescientos a una docena, y en esta simplificación se basó el relanzamiento de la compañía: pocos artículos, pero todos excelentes. De hecho, él mismo se felicitaba por haber pronunciado más veces la palabra “no” que “sí” en sus decisiones.  Sabía muy bien que no se trataba de la cantidad de cosas que podía hacer su empresa, sino de la calidad con que las haría.

El economista Vilfredo Pareto (1848-1923) estableció la regla del 80/20 que afirma que el 80% de nuestros esfuerzos consigue el 20% de nuestros resultados; y, por tanto, el 20% de nuestros esfuerzos es responsable del 80% de lo que conseguimos.  ¿Entonces por qué no concentrarse en ese 20% y prescindir del resto?  Porque primero hay que identificar ese 20% crítico responsable de casi todo.  Sencillo pero difícil.  Aunque una vez reconocido, la vida y trabajo se simplifican en gran manera.

Es fácil darse cuenta de que muchas personas tienen expectativas sobre nosotros, como si cada una de ellas reclamara el extraño derecho de apropiarse de un trozo de nuestra vida.  Los padres, los amigos, los hijos, los jefes y compañeros, la comunidad… Aprender a decir no a semejante alud de exigencias es un  asunto urgente y de supervivencia.

Sabemos que cuesta decir no a otras personas, pero cuesta más vivir el resto de la vida con ese sí que en realidad quería ser una negación.  Ese sí supone una negación de uno mismo, y una vez se pierde el autorrespeto, se repite el mismo comportamiento destructivo.  En algún momento hemos mal aprendido que decir no resulta poco educado o que es señal de egoísmo. Por alguna razón creemos que al negarnos somos malos y al aceptar cualquier cosa que nos pidan somos buenos.

Pero tal vez si nos entrenaran en la honestidad, y no el el deseo de agradar, seríamos más felices.  No pasa nada por decir “no” de vez en cuando.  Mejor dicho, sí ocurre: se toma el control de la propia vida.  Como estamos entrenados desde niños a ser complacientes, pero no sinceros, un buen método para acelerar el aprendizaje es declarar “el día del no” y negarnos por sistema a todas las peticiones en las que no creamos durante esa jornada.  Ya sean tareas, pedidos, invitaciones, favores, distracciones…

Sabemos que las personas de éxito saben decir no y saben poner límites a las exigencias de los demás.  Hacen válido el viejo dicho de “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”.  No lo hacen desde el egoísmo, sino desde la autenticidad y honestidad que les otorga el sagrado derecho a elegir.  Y saben que cuando dicen no a lo malo, a lo regular, incluso a lo bueno, están preparándose y haciendo espacio en sus vidas para decir sí a lo extraordinario.

¿Cómo negarse a lo que no cuadra con uno?  Basta con tener claras las cosas que queremos evitar, los límites, y darles luz roja, mostrarles la puerta de salida de nuestra vida.  En la práctica bastará con llamar política de la casa o principios a todo aquello que haya caído en esa lista negra.  Y cuando nos pidan algo a lo que deseamos negarnos, bastará aludir a la política de la casa como argumento.  Ya no es uno quien se niega, sino que se lo impiden sus propias normas de funcionamiento.

Y para ayudar a llevarlo a la práctica resulta bueno ofrecer una alternativa (cuando la haya) a esas negativas sobre pedidos que no encajen con los valores, agenda, objetivos y prioridades.  Pero nunca como una compensación, sino como un acto de generosidad. Ayuda mucho añadir siempre la palabra “gracias”, y comprobar que suena de maravilla “no, gracias”.

Hay muchas técnicas para aprender a decir no desde la asertividad sin sentirse culpable, pero hay que entrenarse con la que nos sintamos mejor o cuadre en la situación.

Saber qué cuenta y qué no cuenta tanto, es cuestión de hacerse unas buenas preguntas: [  ¿es esto…  /  lo que más quiero  /  importante  /  necesito  /  y que cambiará  mi vida?  ]. y decidir en base a los valores personales.  Y si esto no es lo que quiero / necesito / importante… entonces ¿qué lo es?  Hay otra buena pregunta que hacerse: ¿qué es lo único que se debe hacer, gracias a lo cual todo lo demás resulta más fácil o innecesario?

Los valores son la brújula y las preguntas son el mapa hacia una vida más lograda.  No importa la cantidad de cosas que hacemos o conseguimos, sino la calidad.  Por ejemplo, en nuestra agenda, poner más de tres tareas o acciones diarias puede ser muy contraproducente.  Mejor elegir las tres acciones de mayor importancia y que crearán cambios consistentes y no trabajar en nada más hasta que se hayan completado.

Lo prioritario es más sencillo de abordar si se divide en pasos.  La mayoría de las veces no afrontamos lo importante porque nos sobrepasa su ejecución, parece demasiado o no sabemos ni por dónde empezar.  Pero todos sabemos dar un solo paso. Desglosar lo prioritario en pequeños pasos es el modo de digerirlo.

Si se acomete primero lo más complejo de la lista, probablemente se consigue la tarea de mayor retorno.  Empezar por lo más difícil, no por lo más sencillo, es positivo.  Una vez se ha subido a la colina más alta, se tiene más perspectiva global y el orgullo de haber dado un paso definitivo para el que ya no hay vuelta atrás.  Aparecerán distracciones, obstáculos, retrasos…, pero nada de eso debería importar demasiado.  La simple consecución de pequeños logros es muy motivadora para dar los pasos que hacen falta. La sensación de estar avanzando, al margen de la velocidad, es suficientemente gratificante como para arrinconar las tentaciones de postergar o abandonar.

Tanto en el trabajo como en la vida encontramos personas muy aceleradas a las que si le preguntas “¿a dónde vas?, te responderán algo así como:  “Te lo diré cuando llegue” o “Te cuento cuando tenga un respiro”.  Corren mucho, pero la velocidad no es importante.

–    No es la velocidad, sino la dirección.   –    No es la cantidad, sino la calidad.

La agenda de tareas no miente:  es un sembrado de éxito futuro o de fracasos.  Si la agenda no se acopla a los valores personales, es seguro que se acaba viviendo la vida de otro y siguiendo sus valores, pero no los propios.

¿Todo lo que anotamos en ella nos lleva a una vida más plena y realizada?  Urge revisarla. Debería haber una coherencia entre lo que se es y lo que se hace, a menos que se esté dispuesto a pagar un elevado precio por esa falta de integridad.  Cada día deberíamos revisar nuestra agenda y comprobar que cada tarea de la jornada está acompasada con una vida con sentido.

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Parar el reloj y vivir intensamente

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–  Fernando Trías de Bes

Llevar una vida rutinaria no exime de experimentar aventuras.  El tiempo es el que es.  En nuestra mano está decidir cómo queremos disfrutarlo.

El protagonista de la película Una cuestión de tiempo  [About Time, Richard Curtis, 2013] pertenece a una familia cuyos miembros tienen un don especial: pueden viajar a lugares y momentos donde han estado antes.  Esta peculiaridad les permite deshacer decisiones y corregir errores para mejorar sus vidas.  Hacia el final de la película, el personaje se da cuenta de que su vida ha estado bien tal y como ha sido, y que no desea volver atrás.

Tal vez sea éste el máximo anhelo de cualquiera de nosotros.  Llegar al final de nuestras vidas y poder decirnos a nosotros mismos: “Ha estado bien así, si volviera a vivir no cambiaría nada”. La pregunta es si alcanzar tal nivel de satisfacción no depende tanto del número y variedad de vivencias como de la intensidad con las que se han afrontado.

La magnífica película Up, de Walt Disney-Pixar [Peter Docter / Bob Peterson, 2009], refleja muy bien este sentimiento cuando el personaje principal, un anciano viudo que no pudo brindar a su fallecida esposa ninguna de las aventuras que soñaron de niños, descubre que su mujer ha rellenado el álbum de fotos de todos los viajes que iban a realizar con las fotografías de sus vidas en casa y en una nota ha dejado escrito:  “Gracias por la aventura”.  Lo que ha vivido con su marido, poco o mucho, ella lo apreció como un gran acontecimiento.  Es una secuencia preciosa que nos enseña que lo importante es el sentido que queramos otorgar a nuestras vivencias y no tanto lo que en sí acontece.  Se puede llevar una vida rutinaria y vivirla intensamente.

Sin embargo, es muy difícil hacer valer esta actitud.  La oferta de posibilidades, alternativas, destinos turísticos, las innumerables posibles relaciones personales y caminos que abren las redes sociales ejercen una enorme presión sobre el individuo de hoy.  Las relaciones de la sociedad líquida, que postuló el sociólogo Zygmunt Bauman, prueban que el ser humano opta cada vez más por no solidificar las relaciones, no materializarlas ni mantenerlas en pos de una posibilidad eternamente cambiante.

Desde mi punto de vista, hemos ido pasando de una sociedad líquida a otra multidimensional o poliédrica.  Cuando realizamos una actividad, perseguimos hacer otra al mismo tiempo.  Es habitual que los fabricantes de cintas de correr instalen en ellas televisiones para seguir el partido de fútbol o las noticias mientras se practica deporte; vemos televisión en casa mientras chateamos o navegamos con nuestro móvil / cellular. Incluso las propias cadenas de televisión rotulan en pantalla durante los debates y entrevistas lo que los televidentes tuitean sobre lo que se está diciendo.  Parece como si vivir únicamente una realidad fuera insuficiente.

Es ya habitual ver a parejas en un restaurante que combinan la conversación entre sí con otras a través del móvil o terceras personas. No se trata de una crítica tipo “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  Lo que quiere explicar este ejemplo es que cuando se instala en el ser humano una insuficiencia constante sobre el presente, se ancla al mismo tiempo una creencia deficitaria de la vida y, por tanto, la probable conclusión de que la existencia no haya sido plena.  Un deseo perentorio por multiplicar el presente desemboca en una insatisfacción del pasado.

Olvidamos que presente significa regalo.  Los regalos se disfrutan, se saborean y aprecian. Vivir intensamente obliga a parar el reloj, a no pensar en otra cosa más que en lo que se está experimentando.  El tiempo es el que es.  Lo único que está en nuestra mano es decidir cómo queremos disfrutarlo.  Tiempo de calidad, no cantidad de tiempo.

Fijémonos en los niños: cuando son pequeños y juegan con algo lo hacen sólo con eso. De acuerdo, la aparición de un nuevo estímulo los puede hacer abandonar lo que tienen entre manos y dirigirse a otro asunto con suma facilidad.  Pero es debido a la curiosidad. Su percepción del tiempo es inexistente.  Su presente es absoluto y a él se entregan con los cinco sentidos.

En el ámbito profesional las consecuencias sobre este concepto, a partir de nuestras decisiones, son trascendentales porque no podemos cambiar cada dos meses de ocupación. Publiqué hace ya muchos años un libro titulado El vendedor de tiempo (1).  El protagonista envasaba minutos en frasquitos y los ponía a la venta.  La gente se volvía loca y se echaba a la calle a comprar.  En realidad, el tiempo que adquirían era suyo pues era el mismo que iban a vivir, pero el desembolso con dinero propio les daba libertad para emplearlo en otras cosas.  Las decisiones profesionales son ventas de espacio que nos pertenece y con el que negociamos, pero no en frasquitos, sino en grandes contenedores.  Nos comprometemos cada vez que firmamos un contrato, asumimos un encargo, proyecto, función o tarea.

Por eso hemos de ser exigentes.  Las transacciones de tiempo propio, personal o profesional, son el principal causante de llegar al final de nuestras vidas y pensar que deberíamos haber vivido de otro modo.  Para evitarlo, es bueno preguntarse a menudo a sí mismo:  “Qué haría yo si no tuviese miedo?  ¿Qué haría yo si supiera decir no?”.

(1)  Fernando Trías de Bes, El vendedor de tiempo:  una sátira sobre el sistema económico, Ed. Empresa Activa, Barcelona, 2005, 144 págs.

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Sonría, por favor

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–  Patricia Ramírez

¡No tienes gracia!.  Es muy frecuente escuchar esta frase entre parejas, padres e hijos, amigos y compañeros de trabajo.  Se dice a modo de reproche a quien cree haber dicho algo en broma o con una doble intención y no consigue que el otro le pille el punto.  Lo cierto es que nadie piensa que tenga poca gracia porque su pareja no se haya reído con su chiste.  Duda y cuestiona el humor del otro, no el suyo.

¿Por qué nos suele afectar que nos acusen de no tener sentido del humor?  Porque asociamos características positivas a las personas graciosas, y no provocar una carcajada significa no tener esas virtudes que valoramos en los demás.

Las personas con sentido del humor nos parecen verdaderos genios:  Quino, Groucho Marx, Charles Chaplin o Woody Allen.  En general, aquellos que se ríen más consiguen ser más felices y tienen mayores índices de bienestar y satisfacción personal.  Son muchos los beneficios de tomarse la vida con ganas de reír.  Veamos:

–  La risa libera endorfinas, nuestra droga natural de la felicidad.

–  Es una respuesta a la ansiedad ya que relaja la musculatura.  ¿Recuerda lo a gusto que se queda cada vez que se echa una carcajada?

–  El humor y la risa relativizan.  Con ello nos enfrentamos a los problemas con menos miedo, mayor creatividad y con un estado emocional que permite buscar soluciones.

–  Reduce los niveles de dolor.  Después de una sesión de  risoterapia  muchos aseguran sentir alivio en su dolor crónico.

–  Favorece las relaciones de pareja.  Uno de los mayores atractivos a la hora de buscar a nuestra media naranja es el valor que le damos a que nos saquen una sonrisa.

Los estudios de Martin Seligman y Christopher Peterson, pioneros de la psicología positiva -definida como el estudio de las emociones, los estados y las instituciones positivas- determinan que el humor es una de las principales fortalezas de nuestra especie.  Es un estado anímico que hace referencia a cómo nos sentimos en general y depende de muchos factores. Si atraviesa una situación de duelo, seguro que está de menos humor que si acaba de tocarle la lotería, momento en el que se reiría de todo. Cuando decimos que una persona está de buen humor, interpretamos que si hubiera que pedirle un aumento de sueldo o comunicarle una mala noticia, este estado facilitaría la situación.

Pero tratemos de reducir en este artículo el concepto de humor -tal y como la psicología positiva y Seligman lo definen- a la capacidad de una persona de experimentar la carcajada.  La risa es la reacción a un acto placentero que se manifiesta verbal y no verbalmente.  Nos reímos cuando nos sentimos bien y con ello desencadenamos dopamina, un neurotransmisor relacionado con los estados placenteros.  El humor es lo que causa la risa:  chistes, bromas, despistes, juegos, meteduras de pata, inocentadas, todo aquello de lo que en general nos reímos y que no todos compartimos.

Hablamos de distintos sentidos del humor y de tenerlo o no.  Pero poseer esta cualidad no es un todo o nada.  Richard Wiseman, investigador británico y miembro de la Universidad inglesa de Hertfordshire, ha dedicado mucho tiempo a estudiar este estado anímico.  De hecho, Wiseman lideró el proyecto  Laughlab  (conocido como “el laboratorio de la risa”), una investigación sobre la risa y el humor.  El británico trató de analizar si los hombres y mujeres nos reímos de las mismas cosas, si mantenemos el sentido del humor a medida que cambian nuestras circunstancias y si la jovialidad difiere según las culturas.

Por ejemplo, en la tradición mística oriental, se entiende el humor como parte de la madurez.  De hecho, líderes como Mahatma Gandhi o el actual Dalái Lama incluso se reían de circunstancias que para otros pudieran parecer trágicas.

Durante su investigación, Wiseman descubrió que cuanto más superior te hace sentir un chiste, más carcajada provoca.  También nos reímos de aquello que nos causa ansiedad, como ya adelantó Sigmund Freud.  Nos reímos de la muerte, de los miedos y de lo absurdo.

A lo largo de la historia, filósofos, médicos, psicólogos, psiquiatras y todo tipo de científicos han tenido curiosidad por el humor; desde Platón, pasando por Aristóteles, hasta Freud, que lo consideraba una válvula de escape para expresar represiones y poder manejar emociones como la ansiedad y el miedo.  Todavía hay mucho que investigar para tener datos fiables de los beneficios que produce la risa, pero hasta ahora nadie se queja de que le siente mal.

Datos como los obtenidos en el estudio Humor, realizado por H.M. Lefcourt y publicados en el libro Handbook of Positive Psychology, ponen de manifiesto que las personas que gestionan el estrés a través del humor fortalecen su sistema inmunológico, tienen un 40 por ciento menos de probabilidad de sufrir un ataque al corazón y viven cuatro años y medio más que la mayoría.

A pesar de que no siempre compartimos el mismo sentido del humor, sí existe una línea que no deberíamos cruzar.  ¿Cuáles son esos límites?  Algo deja de tener gracia cuando sólo se ríe uno o una parte muy pequeña del grupo.  Normalmente estas bromas van asociadas a la burla y a la humillación.  Tampoco es gracioso reírse de  temas que sean sensibles.  Hacer chistes machistas delante de una víctima del maltrato seguro que no tiene ninguna gracia.  Así que evite la humillación y sea prudente.  Busque ser gracioso y reírse con la gente, no de la gente.

Por otro lado, todos queremos ser felices y para ello buscamos circunstancias, actividades y personas que nos potencien ese estado.  Ser un “avinagrado” es algo que nadie desea, pero tampoco quiere casarse con alguien así, ni tener amigos ni compañeros que le entristezcan.  Es más fácil acercarse a una persona que sonríe que al que está con cara de pocos amigos. Los que ven el lado gracioso de la vida también dan la sensación de tener más control.  Son ellos los que deciden el valor de los problemas y no dejan que estos les absorban.

Si se ha convencido del valor del humor y desea entrenar su capacidad de provocar una carcajada, siga estos consejos:

–  Sea usted mismo.  Hay personas que son graciosas por su tono de voz, por cómo gesticulan, por lo rápido que hablan, por su agilidad mental, etc.   No imite.

–  Utilice juegos de palabras o chistes cortos.

–  Sonría.

–  Ser oportuno es gracioso.  Hay bromas a destiempo que están fuera de lugar.  Y tenga en cuenta con quién se está relacionando:  no son lo mismo las bromas en el trabajo, en la familia o ante un auditorio.

–  No se tome usted mismo muy en serio, y tenga en cuenta que las incongruencias también hacen mucha gracia.

Con el paso de los años tendemos a trivializar todo y a reírnos de lo que nos pareció un drama.  Así que, ¿por qué esperar a que pase el tiempo?  El momento de reírse es ahora.

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