La cultura del perdón

 –  Enrique Rojas

La capacidad para olvidar y perdonar es propia de las personas maduras y llenas de amor.  Aquí los que pierden, ganan.  Es más fácil hablar del amor que practicarlo.  Una persona psicológicamente sana es aquella que vive en el presente, ha luchado contra viento y marea por superar las durezas del pasado y vive abierta y empapada de porvenir.

Y también lo diría en sentido contrario:  el que está atado a los recuerdos negativos y no es capaz de alejar de sí el daño sufrido se va convirtiendo en alguien con un trastorno psicológico, que le puede acompañar durante años como la sombra de su cuerpo.  Y el instalarse en un estado de tensa duermevela agazapada.

En positivo, el agradecimiento es la memoria del corazón.  En negativo, el sufrimiento no superado es la infelicidad instalada en nuestra cabeza. Hay tres ingredientes esenciales que deben vivir en nuestro patrimonio interior si queremos encaminarnos bien hacia la felicidad:  corazón, cabeza y espiritualidad.  Sentimientos, argumentos y razones para vivir.

El perdón no consiste en hacer una especie de borrón y cuenta nueva, de aquí no ha pasado nada.   No es eso.  Exige renunciar a la venganza y al odio por un fin superior.  Si sólo se vive una vez, si la vida es una ocasión única de sacar lo mejor de uno mismo, yo perdono y olvido, disculpo, no llevo cuentas de esas fechorías que me han dejado maltrecho y me crezco en la adversidad con un corazón de oro.

Esto sé que es heroico, que está muy por encima de la media, pero es el triple salto, la pirueta de practicar la excelencia, el fino licor de la sabiduría más excelsa, ser bueno (y ser tonto, que es lo que dirían muchos), tender la mano al otro sin pedirle explicaciones (que se rían de uno y lo tomen por loco) y, al mismo tiempo, que no me quede dentro la rabia contenida haciendo estragos, reunión de fragmentos dispersos de tragedias que entran a raudales en ese ser humano y terminan por inutilizarlo para una vida digna, creativa, empujada por los mejores vientos de una afectividad alada y vertical.

Es el misterio de la grandeza de los santos:  que tuvieron una felicidad incomparable porque, no teniendo nada, lo tuvieron todo.  Jesús de Nazaret es la medida del perdón.

Saber perdonar todo y a todo es sobrehumano. Pero ese es el reto.  El cristianismo tiene las mejores respuestas para esto.  Perdonar hasta setenta veces siete, dice el texto evangélico.  Y esto resulta difícil de practicar, quién lo duda.

Pero es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia.  No hay justicia sin perdón, ni perdón sin justicia.  El perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación.  Repito: el perdón con el esfuerzo por olvidar es la forma más alta de amor gratuito.  No hay otra más elevada.  Es la gran salida.

Merced al perdón se deshacen los nudos.  Llegar a adquirir la cultura del perdón es estar cerca de una de las puertas de entrada al castillo de la felicidad.

Perdonar es borrar la culpa recibida, olvidarla porque el tiempo cura todas las heridas y renunciar a devolver un castigo proporcional.  La misericordia es superior a la justicia.

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El reencuentro

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–  Félix de Asúa

Hacía seis años que no nos veíamos.  A pesar de la muleta, me pareció muy recuperado. Me tranquilizó la luz irónica de sus ojillos entrecerrados y cubiertos de arrugas.  Había pasado mucho tiempo en el remolino de la confusión. Tras separarse de su mujer, entró en ese tobogán que tiene un comienzo excitante y pronto se convierte en una caída sin control.

Después de haber conducido camiones ilegales y huído de una prisión mortal, le perdí la pista en algún Estado mexicano donde trabajaba de camarero, aunque ya era viejo para esa tarea.  Al regresar a España todo cambió de golpe.

Quiso el azar que se encontrara con una novia antigua, justamente la que abandonó para casarse.  La mujer, ya pasados los 50, lo miró con regocijo cariñoso.  “No has cambiado nada, sólo te has muerto varias veces”, dijo.  Mi amigo constató que nadie le juzgaba con mayor gentileza y comenzaron a salir.

Era regresar a muchas cosas.  La casa abandonada, la novia abandonada, la ciudad abandonada, pero aún le faltaba conocer otro abandono.

Poco después ella le dijo:  “Cuando te casaste yo estaba embarazada.  Me lo callé porque no habrías sabido qué hacer, pero al niño se lo dije en cuanto cumplió 13 años, así que te conoce.  ¿Quieres conocerlo tú ahora?”.  Mi amigo aseguró que inmediatamente quería conocerle.  Y al salir de su casa, aquella noche, lo atropelló una moto.

Una vez superado el coma, el cirujano le advirtió que iba a quedar cojo, pero que le esperaba su silla de ruedas.  Señaló el pasillo.  Un muchacho de unos 20 años sostenía las manillas y le miraba desconcertado.  No le cupo ninguna duda.  Desde entonces no se han separado.

“Hay más clases de amor que las que conocí de joven”, me dijo.  Luego se alejó renqueando.

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Cosas que nunca te he dicho

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–  Pablo Poó Gallardo

¿Sabes?  Cuando te has llevado toda la vida viviendo día a día, es muy difícil asimilar lo que te deparará el futuro cuando llegas a viejo.  Al fin y al cabo has pasado la mayor parte de tu vida siendo joven, y cuesta aclimatarse a este nuevo estatus.

Siempre me imaginé contigo; cómo imaginarme con otro, ¿verdad?  ¿Te das cuenta de que eres el único hombre que ha pasado por mi vida?  Yo era guapa, muy guapa si me apuras, no tienes más que mirar el cuadro que rescataste hace unos años del trastero para ponerlo en el salón y que nadie olvidara cómo había sido tu mujer, y podría haber estado con el hombre que hubiera querido, pero te elegí a ti.

Tienes que reconocer que no tenías nada del otro mundo, es más, eras hasta un poquito feo, reconócelo, pero tu dedicación al final valió la pena y cedí sin grandes esfuerzos. Qué años aquellos, los primeros, compartiendo casa con tus padres y tus hermanos, y aquella cama pequeña.  Y te insistí, mira si te insistí:  “Dos sueldos es mejor que uno, no se me van a caer los anillos por trabajar en lo primero que salga, es más, ¡pero si no llevo ni anillos!”.

Pero no había manera, la verdad es que a terco no te gana nadie, y mira que soy testaruda, como mi padre, vendrá de familia, imagino, aunque esas cosas no sé si se heredan.  Querías darme una vida tan idílica que hasta te pusiste a estudiar de noche y trabajar de día mientras íbamos ahorrando como podíamos.

Hay veces que en el baño, dejas mal cerrado el grifo, y yo me quedo mirando como gota a gota, se termina casi llenando el lavabo.  Siempre lo cierras antes y me miras con las gafas empañadas por el vapor del agua de la bañera y la camisa remangada para no mojarla:  ¿Por qué no me has avisado?  Yo sonrío.  La verdad es que no te aviso porque me entretiene.  A lo que he llegado…

Poco a poco, como ese lavabo, fuimos ahorrando lo suficiente como para poder comprarnos un piso, en el barrio de tus padres, por supuesto.  Creo que nunca superaste una dependencia que, dada tu valía no entendía para nada.  Pero eras feliz cerca de ellos; además, hay que reconocer que con Juan ya en camino nos venía bien su ayuda.

¡Qué cara pusiste al saber que era niño!  Tú no te viste, como es lógico pero, de haberlo hecho, te habrías reído tanto como yo me reí, a pesar de la vergüenza que te dio que lo hiciera delante de aquel médico tan serio que te recomendó Miguel Vázquez, tu jefe de entonces, porque era Miguel Vázquez, ¿no?  Te quejarás de la memoria que tengo, es prácticamente el último vestigio de mí que me queda, por eso la mimo tanto, sin ella ya… mejor ni pensarlo.

La verdad es que los niños de ahora tienen de todo, ¿te imaginas haber tenido entonces las cosas que tiene ahora tu nieta Alba?  Nosotros nos aviábamos con menos, muchísimo menos, todo prestado, pero muy bien empleado.  Y si no hubiera sido porque tu madre me enseñó a coser, no sé qué ropitas le habríamos puesto, porque tu sueldo de conserje nos daba para lo justo, sin ninguna clase de excesos, pero eramos felices.

Y qué nervios en el hospital.  De haber tenido móviles, como ahora, te hubiera dado tiempo a llegar, pero estabas trabajando; que conste que no te lo reprocho, a fin de cuentas sólo te perdiste el primero, aprendiste la lección, y eso que juré no volver a pasar por aquello.  Qué dolor, ¡por Dios!  Pero salen, digo si salen.  Salen al final tan rápido como se olvida todo por lo que has pasado y, cuando quieres darte cuenta, estás otra vez embarazada. ¡Otra vez!  Aunque en aquella época era lo normal, más aún teniendo en cuenta que tus promesas prematrimoniales incluían muchos niños, cinco decías ¡cinco!, y se te llenaba la boca con un número que para ti significaba la realización completa de tu plan vital.

Yo tampoco quería tener tantos, la verdad.  Me había criado siendo hija única y, aunque tengo que reconocer que en alguna ocasión eché de menos el apoyo de un hermano, las amigas que conocí en el internado de las monjas suplieron con bastante éxito el rol fraternal.  ¿Dónde estarán ahora mismo?  Espero que ninguna haya terminado como yo. No las he vuelto a ver desde hace … me marea la cifra, toda una vida, dejémoslo ahí.  Tú lo llenabas todo y poco a poco nos fuimos dejando.  A saber.  Aunque ahora estoy recordando que Angélica vino a ver a Juan al hospital.  A Juan y a María, a partir de ahí ya le perdimos la pista.

María, tu segunda hija. María, como tu madre, con lo que me gustaba a mí el nombre de Elena; o Carmen, como yo.  Realmente se lo debíamos, se lo merecía.  Hasta que te ascendieron no habíamos podido seguir adelante únicamente con tu sueldo sin la ayuda de tus padres.  Pero yo siempre confié en ti, y supe que llegarías hasta donde quisieras, que es hasta dónde has llegado, aunque ahora te haya tocado sacrificar tu jubilación junto a este estorbo en el que siento que me he convertido.

No encuentro la manera ni de agradecerte lo que estás haciendo por mí, ni de pedirte perdón por todo esto;  es más, aunque intentara decírtelo, no me entenderías, porque no me entiendes cuando hablo, lo sé.  Nadie lo hace ya, y yo lo noto:  simulan, fingen que me entienden y se dedican a  contestarme con afirmaciones, con negaciones o con un “tú de eso no te preocupes”.  Antes me importaba.  Intentaba por todos los medios repetir lo que había dicho, más despacio, pero esta maldita saliva que ya no me deja ni respirar se interponía en mi camino.

Ya he desistido, por eso os miro tanto, por eso abro tanto los ojos cuando habláis entre vosotros o cuando lo hacéis conmigo sin esperar más respuesta por mi parte que no sea un sonido, un movimiento de cabeza o una triste sonrisa; porque mi sonrisa ya no es lo que era, ¿verdad?  ¡Lo siento de verdad!  La impotencia me concome por dentro, esa es mi angustia diaria, porque no paro de pensar, ni un solo momento paro de pensar, pero esta prisión de incomunicación me está matando más lentamente que esta terrible enfermedad.

¿Qué hora es ya?  Deben de ser las ocho y media.  Desde aquí no veo el reloj, pero ya ha empezado ese programa de deportes que ves todos los días.  Y, después, la cena.  ¿Qué vamos a cenar hoy?  Hoy me apetecería una tortilla, que hace tiempo que no me la haces.  Y una pera, me gustan las peras, siempre, desde pequeña, han sido mi fruta preferida, aunque ahora me da miedo comerlas porque no es la primera vez que me atraganto con el jugo, y te pones nervioso y de mal humor.  ¿Hacemos un trato?  Te cambio la pera por un cigarro.  Me hace muchísima gracia verte encendiéndome el cigarro, tú, que siempre has renegado del tabaco; tú, que siempre venías a atosigarme con que tu mujer iba morir de cáncer.  Es irónica la vida. ¿verdad?  En este invierno perpetuo en el que vivimos, el cigarro es mi único placer cotidiano.

De todas maneras, tengo que reconocer que has aprendido a cocinar muy rápido, porque antes no pisabas la cocina; pero tranquilo, llegabas muy tarde de trabajar todos los días y a mí ha sido siempre algo que se me ha dado bien.  ¡Cómo disfrutabas con mis comidas de fin de semana!  ¿Recuerdas las Navidades del año pasado?  Fue la última vez que tuve fuerzas para preparar la cena de Nochebuena, con tu ayuda, claro, pero todavía podía hacerla yo.  Me alegraba mucho a la vez que me agobiaba verte tomando nota de todo:  por fin te involucrabas en una de mis grandes pasiones, pero tomabas nota porque no sabías si al año siguiente tendrías que hacerlo todo tú, conmigo de convidado de piedra, como este año.  Pero, al menos, siguen viniendo todos, los cinco.

No sé que pasará cuando faltemos;  toda la vida hemos intentado inculcarles el valor de permanecer unidos, ¿verdad?  Pero tienen caracteres muy fuertes y conforme han ido creciendo he ido notando en ellos un independentismo frente al resto de hermanos que no me ha gustado nada.  Aquí vienen y comen juntos, aunque algunos no se hablan entre ellos, lo sé.  Te escucho cuando te vas a la cocina a hablar por teléfono.  Cuando no puedes hablar, aprendes a escuchar.

Pero vienen a casa y fingen que no hay ningún problema, por mí.  Demasiados fingimientos para una persona tan adulta como yo;  a veces siento que me tratáis como a un niño pequeño, pero yo, a diferencia de ellos, me doy cuenta de todo.  Sé, por ejemplo, que Jesús no está bien con Laura.  Jesús, nuestro pequeño y el primero que se nos casó. No voy a hacer de madre dramática y decirle que se veía venir.  Hemos vivido más que nuestros hijos y hemos cometido los mismos errores que ellos, hasta más incluso, y sabemos las respuestas;  pero ellos quieren vivir a su manera y pocas veces nos han hecho caso.  Ya lo decía tu madre:  Nadie escarmienta en cabeza ajena.  Y no se debería haber casado.  Al menos con Laura, no.

Nunca pensé que reunirías el suficiente valor para decírselo;  yo no pude, pero veíamos que ese matrimonio no tenía buenos cimientos.  Una madre, y un padre, no te molestes, saben desde el principio cuándo una pareja es adecuada para un hijo; para eso los hemos criado y yo, incluso, hasta los he llevado dentro.  La tranquilidad que te aporta saber que está en buena compañía no la sentimos con Laura, pero ahora, ¿Qué hacen? Sin darse apenas cuenta se han visto rodeados por tres hijos, y cuando hay hijos de por medio vives más por ellos que por ti mismo, eso bien lo sabemos nosotros, que hemos pasado mucho.  Siempre juntos y sin dudar un momento, por eso estamos aquí, cuarenta y tres años después de nuestra boda, viviendo este improvisado epílogo que nos ha cogido por sorpresa.

Pero no pienso en la muerte, ¿sabes?  Hay veces, no te lo voy a negar, que me gustaría terminar con todo, dormir, descansar y no despertar.  Sé que no te gusta oírlo, que vas a estar ahí siempre, no sabes cuánto me gustaría estar ahí para ti también.

Me duele la espalda.  Paso las horas en este sofá y no quiero molestarte cada vez que me apetece cambiar de postura, por eso lo intento yo sola aunque no te guste, sin embargo ahora mismo cambiaría con gusto.  Pero estás tan embobado viendo el resumen del partido de ayer de tu equipo que no te quiero molestar.

–  ¿Qué me miras?  Llevas un rato que no me quitas el ojo de encima.  ¿Quieres algo?  Anda, acerca la boca, que te limpio…..

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 Nota:   Los lectores pueden seguir a este escritor en  Twitter  en la dirección @PabloPGallardo

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La oportunidad de detener el tiempo

Estrellas

–  Susanna Tamaro

Este año 2013 el otoño ha sido llevadero.  Aún a mediados de noviembre, recolectaba calabacines y no había encendido la estufa.  Por eso, la llegada de la época navideña ha sido una sorpresa.  “¿Cómo? Ya están los dulces y los adornos”, pensaba un día, pasando ante las tiendas.  Luego vino el frío, repentino y extremo, como ocurre estos últimos años; y así, además de cambiar rápidamente de estación, supe que la Navidad estaba al llegar.

Hace unos años, en unas vacaciones en la montaña, recogí el esqueje de un abeto.  Cuando se lo enseñé a las muchachas que viven conmigo medía unos cinco centímetros (2 pulgadas).  “¿Qué es?”, preguntaron.  “Es  -respondí- o, mejor dicho, será algún día nuestro árbol de Navidad”.

Ahora tiene seis años y mide 40 centímetros (15.6 pulgadas).  Lo hemos metido en casa y adornado con unos pocos motivos ligeros, ya que sus ramas aún no soportan mucho peso.  Pero es nuestro árbol y lo queremos mucho, aunque sea pequeño.  “¿Cuándo se hará grande del todo?”, me preguntaron, como si yo tuviera una bola de cristal.  “Es muy probable que cuando yo ya no esté aquí -les contesté-.  Vosotras celebrareis la Navidad con vuestros hijos y yo os veré desde el cielo.  A vosotras y al árbol que plantamos juntas”.

Me parece que el aumento vertiginoso de los trastornos psicológicos en los niños tiene que ver con haber perdido el sentido profundo del paso del tiempo.  El tiempo que nos deja el monstruo de esta sociedad derrochadora es sólo el del consumo, un tiempo iluminado por luces frías y grises de neón, y acompañado por las machaconas musiquillas de fondo.  Dicho tiempo, que todo lo iguala (cada día se parece al anterior y al siguiente; no hay un momento de reposo), esconde, tras la aparente normalidad, un germen de destrucción.

Entender la vida como consumo nos consume y consume, a la vez, las esperanzas de nuestros hijos.  El tiempo del ser humano subyace desde siempre tras el misterio de sombra de la muerte, de la fragilidad.  Dejar de comprender esto nos empuja a la angustia o el pánico.  Por eso es necesario volver a inculcar en los niños una profunda noción del tiempo, enseñarles que vivir según leyes consumistas hace que nos volvamos seres consumidos; en realidad, lo que nos hace humanos es el proceso de construcción de nosotros mismos.

Si. a lo largo de un año, logramos dejar en suspenso unos pocos momentos (por ejemplo, la época navideña, vivida en su realidad afectiva y no consumista), podremos dar a nuestros hijos -y nietos- una noción de equilibrio.

Algo que también pueden aprender plantando un árbol y esperando a que crezca, a sabiendas de que la persona que lo plantó con ellos ya no estará.  En su memoria, sin embargo, quedará el recuerdo de ese gesto de amor vivido en común.

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Susanna Tamaro es una novelista italiana que publica, a su vez, artículos y entrevistas en diferentes medios de comunicación.  Recientemente recibió el “Dante d´Oro” honorífico de la Universidad Bocconi (Milán) por su trayectoria profesional.  Para más información sobre la autora véase en Internet http://www.susannatamaro.it

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