Cuba 1898 – Los cuadros del Museo del Prado que nunca regresaron

   Alberto Sala Mestres

En febrero de 1894 llegaron a La Habana, trasladándose después a Santiago de Cuba, dieciséis cuadros del Museo del Prado seleccionados por el Director de la institución Federico de Madrazo y Küntz, según consta en el listado que se conserva en los archivos del Museo.  Los cuadros, entre los que había paisajes, retratos y obras de temática alegórica y mitológica, se cedían en calidad de depósito a la denominada entonces Diputación Provincial de Santiago de Cuba.

Al finalizar la Guerra Hispano-Americana [Spanish-American War] (abril-diciembre 1898), y tras la firma del Tratado de Paz entre el Reino de España y los Estados Unidos de América (París, 10 de diciembre de 1898) los cuadros permanecieron en Cuba.  Cabe interpretar que se traspasaron a los Estados Unidos en virtud del Artículo VIII del Tratado, donde se estipula que “España renuncia en Cuba…. a todos los edificios, muelles, cuarteles, fortalezas, establecimientos, vías públicas y demás bienes inmuebles que con arreglo a derecho son de dominio público, y como tal corresponden a la Corona de España”.

El 12 de febrero de 1899 se funda en Santiago de Cuba el Museo Provincial Emilio Bacardí Moreau.  Durante las dos primeras décadas el Museo, denominado ya como Museo Municipal, se instaló en varios inmuebles que eran inapropiados para su función, y en 1922 se inició la construcción de un edificio (ver imagen supra) con características idóneas, que fue inaugurado el 27 de octubre de 1927.  El Museo consta actualmente de tres salas de exposición que coinciden con los tres niveles del edificio:  Arte, Historia y Arqueología (1).

En la sala de Arte (situada en el segundo nivel) se exponen entre otras obras de pintura europea doce obras (2) de las dieciséis que llegaron a Cuba en 1894.  Cuatro de ellas (3) no han sido localizadas y es probable que se encuentren en colecciones particulares fuera del país.

Los catálogos y la información proporcionada por el Museo Municipal Emilio Bacardí Moreau indican expresamente que esas doce obras provienen del Museo del Prado, pero no se especifica que se encuentran en depósito.  Por el momento, España no ha reclamado su pertenencia, aunque en los últimos años varias obras del Museo del Prado cedidas en depósito a Museos e instituciones culturales de diferentes países (4) han regresado paulatinamente a su ubicación original.

Cabe destacar que Cuba es el único país donde puede verse actualmente una colección permanente de obras del Museo del Prado, que celebra este año el bicentenario de su fundación (1819-2019).

(1)  Como un dato curioso se indica que en la sala de Arqueología se exhibe una momia egipcia originaria de Luxor (antigua Tebas), adquirida por Emilio Bacardí Moreau en un viaje a Egipto realizado en 1912.  Los expertos han datado la momia en el período ptolemaico (323 – 30 a.C).

(2)  Paisaje con montaña y río, Paisaje con caza de oso y Paisaje con río (Matías Jimeno, ?-1657), David con la cabeza de Goliat (Guino Reni, 1575-1642), Retrato de la reina Margarita de Austria (Juan Pantoja de la Cruz, 1553-1608), Retrato de la reina María Josefa Amalia de Sajonia [esposa de Fernando VII] (Johann Carl Rössler, 1775-1845), La Primavera, El Verano, El Otoño y El Invierno (José de Madrazo (1781-1859), Retrato de Amadeo I (Salvador Martínez-Cubells (1845-1914) y el Asunto Mitológico [en la actualidad se titula Arco Iris] (Rafael Tegeo Díaz, 1800-1856).

(3)  Retrato de la Reina Mariana de Neoburgo, Jan Van Kessel (1626-1679), El sueño de Diana (César Álvarez Dumont, 1866-1945), Paisaje con figuras (Rafael Tegeo Díaz, 1798-1856) y Retrato de Fernando VII (autor desconocido).

(4) Los historiadores denominan a estos cuadros como El Prado disperso.

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¿De qué está hecha la voz que canta?

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       –  Gabriel Albiac

El clasicismo de un cantante se produce a partir de esa noche en la cual descubre que no es necesario ya cantar, que su sola presencia basta, a partir de ese instante en el cual ir diciendo las palabras de las que fueron canciones, pone más conmoción que los grandes artificios de los años de aprendizaje. Sólo entonces se sabe un maestro.  Y lo saben todos.  En sus silencios.

Es muy raro ese estado de gracia, que toca sólo a los más grandes en el final de sus vidas:  cuando cada pausa es más intensa que los sonidos.  Ha habido dos maestros absolutos en ese decir la canción.  Para hacerla perfecta.  Uno murió hace treinta años, octogenario: Sinatra.  El otro, Aznavour falleció hace pocos meses con 94.  Nunca, ninguno de los dos sonó mejor que en sus años finales: cuando sobra ya el soporte físico, porque todo es álgebra poética.

¿De qué está hecha la música, de qué la voz que canta?  De tiempo, de tiempo sólo, de ese tiempo en cuya fuga cifra su conmoción la fingida eternidad a la cual llaman los hombres poesía.  No, claro que lo poético en Aznavour no es el texto, aun en aquellos momentos en los cuales el texto alcanza en él dimensiones mayores.

La poesía es la voz que destruye el artificio, para jugar con la muerte al escondite, en ese punto en el cual cualquier adorno sería obsceno.  La poesía es ese silabeo, entre desdén y nostalgia del nonagenario, siempre de negro impoluto, demoliéndose el alma y demoliéndola, sin más que dejar caer un silabeo que rima el acoso del tiempo que no respeta nada, que no respeta a nadie.  “Hier encore” “Apenas ayer”, era eso en quitaesencia.  Y, por serlo, era a ese hombre de noventa años, que la compuso hace sesenta, a quien correspondía -y no a aquel otro de treinta- darle el acento de eternidad de lo que pudo escapar del tiempo por no haber sido nunca criatura del tiempo.

En su versión de 1965, “La Bohème” era la epopeya del hombre todavía joven, que salta al éxito tras los durísimos años de sus inicios.  La cantaba un Aznavour pletórico de facultades y en cuya voz estalla la esperanza.  En 2015, “La Bohème” es la de verdad: elegía.  No la relamida de Puccini; la desgarradora de Henri Murger. Mediada la canción, Charles Aznavour ya no canta, habla más consigo mismo que con sus espectadores.

Sólo entonces, los que le escuchan saben que esa desolación habla de ellos.  De cada uno de ellos: frágiles criaturas del tiempo que no vuelve.

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Vivian Maier: la niñera fotógrafa

–  Cristina Morató

La mujer de la imagen es Vivian Maier, una niñera que tenía una doble vida.  En su tiempo libre, además de cuidar niños, hizo cerca de 200,000 instantáneas.  Nunca se las enseñó a nadie, aunque su talento estaba a la altura de genios como Robert Capa (1913-1954) o Diane Arbus (1923-1971), porque la fotografía era su pasión secreta.

Vivian era tímida, obsesiva, solitaria y enigmática.  Cerraba su habitación con llave y no se relacionaba con la gente más que a través de su cámara.  Tras su muerte, pobre y anónima, su magnífico legado ha sido descubierto por casualidad.

En el 2007, un joven estudiante, John Maloof, compró en una subasta un lote de miles de negativos por apenas 400 dólares.  El archivo provenía del guardamuebles donde Maier había depositado todos sus bienes, entre ellos miles de negativos y carretes guardados en cajas de zapatos.  Tras revelar algunas de las fotos, las colgó en Internet.  Fue entonces cuando el prestigioso crítico Allan Sekula (1951-2013) encontró en ellas un gran talento.  En los años siguientes, Maloof se dedicó a revisar todo el material y a descubrir quién era en realidad Vivian Maier, su autora.

Nacida en Nueva York en 1926, Maier vivio en el Bronx, pasó penurias económicas y, para ganarse la vida, trabajó como niñera durante cuatro décadas para familias bien de Chicago y Nueva York.  Los niños que cuidaba también se convirtieron en sus modelos y la acompañaban en sus largos paseos por la ciudad descubriendo lugares, personas, historias y secretos.  Hizo miles de fotos, grabó sonidos urbanos y rodó varias películas con una cámara Super-8.  Y las tres cosas las hizo con una maestría y modernidad impropias de una aficionada.

También tomó infinidad de autorretratos.  De manera obsesiva, aprovechaba el reflejo de un espejo, de un charco, o el cristal de un escaparate, para jugar con originales composiciones.  Y allí está ella, una sombra alargada e inquietante, de aire andrógino y triste mirada.  Los que la conocieron la tachan de excéntrica y las familias de los niños que cuidaba ignoraban su afición.  Su modesto salario sólo le llegaba para comprar carretes, pero no para revelarlos.

Vivian fue esquiva y misteriosa hasta su muerte.  Falleció en abril del 2009, a los 83 años, en una residencia de ancianos de Chicago.  Hasta sus últimos días vivió de la caridad de aquellos niños que cuidó de joven.  Hoy, la Mary Poppins de la fotografía, como algunos la llaman, ha sido catapultada a una fama que nunca pudo imaginar.

Nota:  Puede verse más información en:  Vivian Maier

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México: ¿se cayó la Esperanza?

–  Gonzalo Celorio

De las tres virtudes teologales que esculpió Manuel Tolsá (1757-1816) para coronar el gigantesco reloj del frontispicio de la Catedral Metropolitana de México, sólo se cayó la Esperanza.  La Fe quedó incólume, como se ha mantenido desde siempre.  La Caridad, también, aunque echada peligrosamente hacia adelante, como impetuosa, como rejuvenecida.  Más ansiosa y más pujante que nunca.

Al caer en el atrio, la Esperanza no mató a nadie.  Se desplomó y ahí quedó, descabezada, pero de pie.  Dicen los expertos que no merece la pena restaurarse.  Que será mejor sustituirla.  Creo que tienen razón.  La verdad es que aun trepada en la cúspide del cuerpo central de la Catedral, a mano izquierda del asta bandera, la Esperanza ya estaba erosionada, marchita.  La réplica que se colocará en su sitio no tendrá, obviamente, la condición original que tenía la que labró Tolsá a principios del siglo XIX, momentos antes de que México librara su revolución de Independencia.  Pero mirará al futuro.

La Fe es ciega, dicen los teólogos.  La Caridad también debería serlo.  Pero no la Esperanza, que mirará al futuro en este nuevo calendario que empezó a correr a las 13.14 del 19 de septiembre de 2017, cuando un terremoto sacudió Ciudad de México sin detener las manecillas del monumental reloj de la Catedral Metropolitana.

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Los sorprendentes bancos de iglesia de Gaudí

–  J. Ángel Montañés

Antoni Gaudí (1852-1926) es uno de los pocos arquitectos del mundo que siempre tiene enormes colas de turistas a las puertas de sus edificios.  En Barcelona, donde se concentra la mayor parte de sus construcciones, entre ellas siete catalogadas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad: el Parque Güell, el Palacio Güell, la Casa Milá (conocida también como La Pedrera), la Casa Vicens, la fachada de la Natividad junto a la Cripta de la Basílica de la Sagrada Familia, y la Cripta de la Colonia Güell (esta última ubicada en el municipio de Santa Coloma de Cervelló).

Las obras de Gaudí son el primer motor turístico de Barcelona, pulverizando cada año las cifras del anterior.  En 2015 recibieron 8,2 millones de visitantes.  Solo la Basílica de la Sagrada Familia (1) sumó 3,7 millones de visitas (2) , una cifra que además de convertirlo en uno de los monumentos más visitados de España, permitió acelerar de forma vertiginosa los trabajos de su construcción, gracias a un presupuesto anual que supera los 25 millones de dólares provenientes de la venta de entradas.  Se prevé que esa obra estará concluida en el año 2026.

Pero no siempre ha sido así.  Durante décadas Gaudí y sus obras han sido denostadas y acusadas -también por los barceloneses- de una apariencia excéntrica y hortera.  Sin embargo, ahora todo lo que es gaudiniano vive un momento de esplendor.

Recientemente se subastó en Londres uno de los 20 bancos que el artista creó  para la cripta de la Colonia Güell alcanzando un precio que ronda los 400,000 dólares.  El citado banco forma parte de los cinco que, en 1972, vendió el párroco para instalar algo tan terrenal como la calefacción en la Iglesia.  La cifra de la venta de los cinco bancos ascendió a unos 10 millones de pesetas (alrededor de 600,000 dólares) y, tras perdérseles la pista por un tiempo, han ido aflorando a lo largo de los años: uno pertenece, desde 1976, al MoMA de Nueva York, otro puede verse desde 1993 en París expuesto en el Museo de Orsay, y los tres restantes han aparecido y se han vendido en diferentes subastas.

Gaudí, como en todo lo que hacía, se empleó a fondo en la creación, entre 1913 y 1914, de los 20 bancos para la Cripta de la Colonia Güell, dejándonos un ejemplo de reciclaje total:  usó los flejes de acero de las balas de algodón americano y egipcio que entraban en la cercana fábrica textil, para crear las patas y aguantar el respaldo, mientras que los asientos los hizo con la madera de las cajas de embalaje en las que llegaba la maquinaria desde Inglaterra.

Tras diseñarlos, los encargó a los carpinteros de la Colonia Güell, los hermanos Enric y Tomás Bernat a los que les pagó 400 pesetas de la época (unos 3 dólares actuales) por cada pieza.

Los hermanos Bernat trabajaron la forja a mano y unieron  los hierros mediante remaches, mientras que la madera se acopló con ensamblajes de materiales específicos como cola de milano y rayo de júpiter.  Los únicos tornillos que se utilizaron fueron para fijar la madera en el soporte metálico.  Estos bancos litúrgicos (ver imagen supra) presentan las características formas sinuosas de GaudÍ, pero sin la ergonomía de otras piezas, no fuera que los feligreses se quedaran plácidamente dormidos durante la celebración de la Misa.

(1)  Véase  Basílica de la Sagrada Familia

(2)  La Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona es la más visitada de Europa tras la Basílica de San Pedro en Roma.

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Sorolla y los Estados Unidos

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–  Natividad Pulido

La historia de amor entre el pintor valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923) y los Estados Unidos, como suele ocurrir en las pasiones más arrebatadas, fue breve pero intensa. Un flechazo en toda regla.  Llegó por primera vez en 1909, acompañado por su esposa Clotilde y sus dos hijos mayores, para inaugurar tres exposiciones en Nueva York, Búfalo y Boston.  Las colas se sucedian a diario frente a la Hispanic Society of America, ubicada en la Audubon Terrace de Manhattan, para ver su trabajo.  En un solo día visitaron la muestra 30,000 personas.

El Metropolitan Museum adquirió tres obras, entre ellas el impresionante “Retrato de Clotilde con vestido negro” realizado en 1906.  Entre las tres sedes vendió un total de 195 cuadros, además de pintar numerosos retratos.  Los encargos se le acumulaban. Todos querían ser retratados por él.  Magnates como Ralph Elmer Clarkson, damas de la alta sociedad (Frances Tracy Morgan, Mary Lillian Duke, Juliana Arnour Ferguson), pintores (Louis Comfort Tifffany), directores de museos (Charles M. Kurtz, que falleció cinco días después de pintar su retrato)… hacían cola en su agenda. Ni el Presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft (1857-1930), pudo resistirse a sus encantos.  Le invitó a la Casa Blanca, donde posó para el pintor español, que cobró por el retrato 3,000 dolares.

La sorollomanía invadió la Gran Manzana.  “He oído decir a muchos artistas que ni siquiera Sargent podría igualar a Sorolla” escribió un célebre crítico de arte. Enloquecieron con sus paisajes mediterráneos y sus jardines andaluces.  Se enamoraron perdidamente de sus escenas marítimas de niños jugando en la playa. Incluso cuadros, de tema social como “¡Otra Margarita!” (1892) y “¡Triste herencia!” (1899), obras maestras premiadas en Europa, fueron adquiridas por coleccionistas norteamericanos.

Prueba de su inmenso éxito fue que comenzaron a falsificar sus obras.  Y cuando falsifican el trabajo de un pintor es señal inequívoca de que se ha consagrado.  Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del artista y gran especialista de su obra afirma que “Hoy hay registradas más de mil falsificaciones del pintor”.

Archer Milton Huntington (1870-1955), fundador en 1904 de la Hispanic Society or America (1)  [institución creada para promover la cultura española] fue su mayor mecenas y quien le introdujo en los Estados Unidos, tras quedar deslumbrado por su obra expuesta en las Grafton Galleries de Londres en 1908.   La Hispanic Society of America atesoró 159 obras de Sorolla. El principal encargo fueron catorce enormes paneles para decorar la Biblioteca de la institución bajo el título “Visión de España”.

El segundo gran mecenas fue Thomas Fortune Ryan (1851-1928), millonario hombre de negocios, que adquirió hasta 26 obras de Sorolla y le hizo importantes encargos, como el lienzo “Cristóbal Colón saliendo del puerto de Palos” (1910), del que realizó nueve estudios preliminares.

En 1911 Joaquín Sorolla, que se autorretrató dos años antes, paleta en mano, luciendo orgulloso un sombrero que había comprado en los Estados Unidos, y en el que figura en la parte inferior del cuadro firmada por el autor de forma destacada la dedicatoria “A mi Clotilde su Joaquín” (véase imagen supra), regresa a este país acompañado por su esposa para exponer en Chicago y San Luis. Durante este segundo viaje realizó, durante su estancia en Nueva York, quince gouaches con vistas de la ciudad tomadas desde  su habitación del Hotel Savoy donde se hospedaba (véase supra, gouache “Central Park, 1911”).  Los pintó todos sobre los cartones que se usaban   en la lavandería de los hoteles para doblar las camisas de etiqueta.  Curiosa anécdota.

(1)  Véase  http://www.hispanicsociety.org

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Para más información sobre Joaquìn Sorolla véase la página web del Museo Sorolla ubicado en Madrid  ( http://www.museosorolla.mcu.es )

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El saqueo y destrucción nazi de las obras de arte

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–  Miguel Ángel García Vega

Son 16,558 entradas catalogadas de forma precisa.  Algunas contienen varias anotaciones, por lo que en total son 20,000 las obras incluidas.  El Museo Victoria & Albert (V&A) de Londres pondrá a disposición del público en Internet la única copia que se conserva de los dos tomos con la lista que los nazis confeccionaron de lo que llamaban “arte degenerado”  [Entartete Kunst].  Son dos volúmenes mecanografiados que ocupan 479 páginas redactados entre 1941 y 1942 por orden del Ministerio de Propaganda de la Alemania nazi.

Estas históricas páginas están ordenadas de manera alfabética.  De Aachen (Aquistrán) a Zwickau.  Las entradas corresponden a las ciudades en las que se encontraban las instituciones donde fueron confiscadas.  Hay trabajos de Van Gogh, Gauguin, Chagall, Picasso, Kandinsky, Klee, Kokoschka y casi todos los expresionistas alemanes de la primera mitad del siglo XX.

Del primer tomo se conservan dos ejemplares en los archivos de Berlín, mientras que el segundo se daba por desaparecido.   Esta percepción cambió en 1996.  De forma inesperada, la viuda del marchante Heinrich Fischer donó una copia del citado segundo tomo al Museo Victoria & Albert.  Lo que nadie ha podido averiguar es cómo llegó a manos de su marido, que huyó a Londres en 1938, al ser Viena anexionada al Tercer Reich.

Los tomos, escaneados en alta resolución, ofrecen una fuente de información fabulosa. Algunas páginas incluyen un dato muy importante:  quiénes compraron las piezas.  Y repasando esos nombres hay uno que se repite: el de Hildebrand Gurlitt, que es el padre (fallecido en 1956 a consecuencia de un accidente) de Cornelius Gurlitt, el octogenario alemán en cuyo apartamento de Munich se encontraron hace pocos meses 1,400 obras que bien pudieran proceder del expolio.

Para los monument men (1), los soldados de las tropas aliadas que al finalizar la II Guerra Mundial se dedicaron a recuperar las obras saqueadas por el nazismo, no había ninguna duda:  Hildebrand Gurlitt era un “marchante de arte del Führer” (2).

“Esta lista es de gran valor (aunque sea incompleta y con anotaciones erróneas) para los investigadores”, reflexiona en una nota Martin Roth, director del Museo Victoria & Albert.  “El caso Gurlitt revela la importancia de poner esta clase de documentos a disposición del mayor público posible”.  La lista, confeccionada a partir de las piezas confiscadas de los museos alemanes entre 1937 y 1938, contiene además el precio al que fueron vendidas muchas obras.

Algunas entradas aparecen marcadas con una X.  Significa que esa pieza se destruyó. Más de 5,000 pinturas, grabados y dibujos fueron quemados (eso sí, fiel al cinismo nazi, antes se catalogaron) en Berlín en 1939.  Una de las primeras conclusiones es que tal vez los nazis detestaran estos lienzos y dibujos procedentes del “perverso espíritu judío”, pero no tenían reparo en venderlos.  Fue una organizada operación de saqueo de la Gestapo con la connivencia de la alta jerarquía del régimen.

Lo que habrá que ver es hasta qué punto estos volúmenes ayudan a restituir las obras robadas (en el caso de que así lo fueran) a sus legítimos propietarios, ya que esta purga se hizo conforme a las leyes que regían en 1937 y 1938, y así lo han aceptado desde la II Guerra Mundial las instituciones alemanas.

De hecho, muchas de las obras que forman parte de la citada lista cuelgan en museos extranjeros y fueron vendidas “libremente” en el mercado.  Una muestra de cómo la historia tiene también su extraña manera de crear colecciones de arte.

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Imagen supra:   El Rabino (1912), obra de Marc Chagall (1887-1985), figuraba en la lista elaborada por los nazis con el número de inventario 15956.  Actualmente esta obra pertenece a la colección del Metropolitan Museum of Art (Nueva York), pero no se encuentra expuesta al público.

1)  Sobre este tema cabe señalar The monuments men (2014) (véase en Internet http://www.monumentsmen.com), una película coescrita, producida y dirigida por George Clooney, que fue estrenada en febrero de 2014 en el Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale).  Tiene como protagonistas a  Clooney, Matt Damon, y Cate Blanchett. Está basada en el libro The Monuments Men: Allied Heroes, Nazi Thieves and the Greatest Treasure Hunt in History de Robert M. Edsel, en el que se narra la historia del Programa de Monumentos, Bellas Artes y Archivos (MFAA en sus siglas inglesas), un grupo militar aliado creado por el General George Pätton (1885-1945),  quien puso al frente de la unidad al Capitán Robert Posey, arquitecto de profesión.  El objetivo era rescatar obras de arte, y otras piezas de notable interés cultural, antes de que fuesen destruidas por orden de Hilter al final de la Segunda Guerra Mundial.  Los monument men, entre otros logros, identificaron y rescataron el botín del propio Hilter, que incluía valiosas obras de arte.
(2)  Adolf Hilter (1889-1945) estaba obsesionado con transformar Linz -la ciudad austriaca de su nacimiento y años de juventud, en la que estaban enterrados sus padres- en el centro cultural de toda Europa.  En Linz quería construir un teatro de la ópera, una gran biblioteca, un colosal mausoleo que albergaría su tumba y, ubicado en el centro, el Führermuseum, el que sería el más imponente y espectacular museo de todo el mundo. En sus últimos días en el bunker, Hitler pasaba horas mirando la maqueta “del nuevo Linz” que había hecho el arquitecto Albert Speer (1905-1981).

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