Cuadernos de Pozos Dulces cumple cuatro primaveras

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Cuadernos de Pozos Dulces celebra su cuarta primavera en Internet en el blog http://www.pozosdulces.wordpress.com .

Cada primavera es un período especial del año en el que los campos florecen, el aire es más puro y nos mostramos más positivos en nuestro estado de ánimo.  Sandro Botticelli le dedicó un famoso cuadro del Renacimiento florentino (ver imagen parcial supra); Ludwig van Beethoven le  compuso una Sonata para violín y piano, y Robert Schumann la Sinfonía número 1 en Si bemol.  A su vez, para Antonio Vivaldi fue la inspiración de su conocido Concierto Nº 1 en Mi mayor. También La consagración de la primavera es una magistral partitura de Ígor Stravinsky, destinada a la compañía de ballet creada por Serguéi Diáguilev, cuyo estreno tuvo lugar en París en 1913; el carácter vanguardista de la música y la coreografía causó una gran sensación en el ambiente artístico de la época.

En estos cuatro años de Cuadernos de Pozos Dulces en Internet se han publicado 96 artículos (un promedio de un artículo cada quince días para no agobiar a los lectores) de 66 autores diferentes.  Durante ese período los lectores han escrito 272 comentarios al pie de los artículos publicados.

Un total de 131 personas reciben directamente en su propio e-mail los artículos mediante una suscripción gratuita (ahora y siempre) y segura.  Para suscribirse sólo hay que incluir el e-mail personal en el recuadro en blanco que figura en el margen derecho de la página principal, ubicado al final de la lista de los artículos publicados.  Además, en Twitter, 50 seguidores acceden puntualmente a los artículos.

Desde agosto de 2015, Cuadernos dispone en Facebook de una página propia, donde se han registrado 1,968 “amigos” que pueden visualizar y leer, si lo desean, todos los artículos que se publican.  El número de nuestros lectores en Facebook no se refleja en las estadísticas y sólo podemos identificar, por sus perfiles, que un porcentaje significativo son universitarios.

Se han recibido en estos cuatro años 13,890 visitas de lectores en nuestra página principal que residen principalmente en los Estados Unidos, México, República Dominicana, Puerto Rico y Colombia.  Esos datos consolidan, por cuarto año consecutivo, a Cuadernos de Pozos Dulces como la publicación lasallista más destacada en su género en la región de las Antillas.

Al celebrar nuestro cuarto aniversario, el Editor expresa su deseo de que la publicación viva una primavera permanente con los lectores. Se podría soslayar entonces el frío que caracteriza al invierno, el agobio propio del verano y la melancolía que acompaña al otoño.

Confiamos en poder mantener así una sintonía vernal con nuestros lectores para seguir ofreciéndoles, con la cercanía y la ayuda de todos, una publicación de marcado perfil lasalllista que despierte interés por sus contenidos.

Nos gustaría obtener también la colaboración de quienes deseen publicar sus textos, que pueden enviarse directamente a nuestro e-mail  pozosdulces@post.com

Gracias a todos.

Alberto Sala Mestres, Editor.

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Diaghilev, un momento dorado del ballet

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–  Vicente Cué

Hace ahora cien años, el ballet entró en uno de sus momentos más dorados, de la mano del ruso Serguei Diaghilev (1872-1929). Fueron dos décadas de esplendor que marcaron toda una época en el mundo de la danza y definieron toda una nueva forma de creación en la disciplina.

El Renacimiento italiano significó un glorioso resurgimiento de las artes. Durante aquellos siglos en los que se produjo una explosión de belleza, lucidez e ingenio, nació el ballet, que desde ese momento hasta nuestros días ha aportado un importantísimo contenido artístico a la Humanidad. Posteriormente hubo épocas muy fecundas para este arte, como fue el Barroco de Luis XIV en Francia; el Romanticismo, también en esa nación, y el clásico de Petipa, en Rusia, a finales del XIX.

A principios del siglo XX floreció otro renacimiento de las artes que fue conocido como la «era Diaghilev». Éste fue más breve, aunque muy intenso. Duró dos décadas, desde 1909 hasta 1929, fecha en la que muere en Venecia su creador, el ruso Serguei Diaghilev. Para conmemorar el primer centenario de aquel desembarco de los «Ballets Russes» que enriqueció, pero también conmovió, escandalizó y provocó a la capital de Francia, se están celebrando en todo el mundo homenajes a esa «rara avis» llamado Diaghilev, hombre de gran cultura y gusto exquisito. La simple mención de algunos de los artistas seleccionados por él, es suficiente para comprender por qué esos veinte años son considerados como un «suceso histórico». Aunque en los comienzos la compañía se nutrió prácticamente sólo de artistas rusos: Nijinsky, Pavlova, Karsavina, Fokine, Massine, Stravinsky, Benois, Bakst; pronto se sumaron de otras nacionalidades: Falla, Debussy, Satie, Ravel, Picasso, Miró, Sert, Gris y más rusos Balanchine y Prokofiev. Estas dos listas de excepcionales autores son sólo parciales, pero no por eso son menos apabullantes.

Los «Ballets Russes», como su nombre indica, era una compañía de ballet y, por lo tanto, todo lo que se producía en ella tenía como fin la exaltación de la danza. Si bien es su unión con la música, la pintura y la literatura lo que produce su desarrollo y su culminación. Sin abandonar nunca el ballet clásico, Diaghilev se aventuró en otros campos ya que era un apasionado de la novedad. Así fue como el modernismo, cubismo y surrealismo irrumpieron en sus espectáculos. El impacto de lo que se veía y ocurría en los «Ballets» impulsó de forma notable la renovación en la técnica, el diseño y la estética en todas las artes, incluyendo, de manera exuberante, la moda. Lo que empezó siendo ruso después fue parisino para convertirse en universal. Lo más sobresaliente del director ruso era la mágica intuición que poseía para descubrir a jóvenes artistas con talentos excepcionales y proporcionarles el patrocinio y el camino adecuados para hacerlos triunfar. En sus producciones, como si de una partida de dados se tratara, podía ocurrir de todo. A veces esa diversidad y combinado de artistas jugaba extrañas pasadas teniendo como resultado insólitas piezas en las que la música o la plástica destacaban en detrimento de la danza. Por ejemplo, en «Parade» (1917), de Massine, con música de Satie; los decorados y el vestuario de Picasso convirtieron este ballet, más bien, en un cuadro cubista en movimiento.

Un año después del debut del grupo ruso en París, Diaghilev descubre a un joven músico llamado Igor Stravinsky, al que encarga composiciones para su compañía. Así fue como las piezas más conocidas del genial compositor: «El pájaro de fuego» (1910), «Petrushka» (1911) y «La consagración de la primavera» (1913), fueron creadas para ser bailadas por los «Ballets Russes».

España y su arte no quedarían fuera de este renacimiento del siglo XX. Desempeñó un papel muy importante. Falla y Picasso, por entonces radicados en París, fueron de los primeros españoles que se relacionaron con Diaghilev y su excepcional nómina de artistas. Desde 1916, debido a la guerra que acontece en Europa durante esos años, los «Ballets Russes» realizan frecuentes giras por el territorio español. El rey Alfonso XIII, que asistía a casi todas las representaciones, se autoproclamó «padrino del ballet». Hubo varias realizaciones creadas en nuestros escenarios e incluso otras estrenadas en París con temas como el flamenco. Pero el gran proyecto con nuestro país se produce cuando Diaghilev, fascinado por la riqueza del baile español, le pide a Manuel de Falla componer un ballet para su compañía. Así nace «El sombrero de tres picos» (1919), con música del gaditano, coreografía de Leonid Massine y escenografía y trajes de Pablo Picasso. La elaboración de este ballet duró varios años, lo que generó interesantísimas anécdotas, reuniones de grandes artistas que visitaron y recorrieron nuestro territorio y situaciones que concluyen en una composición que marcó el feliz encuentro del folclore, la danza y la música española con el ballet. La «era Diaghilev» gracias a la inspiración, gestión, esfuerzo y dirección del genio ruso, fue rica en nombres, éxitos e hitos históricos.

Sin embargo, siempre hay quien tiene dudas. En una conversación en Madrid entre Diaghilev y el rey Alfonso XIII, éste le pregunta al ruso: «¿Qué hace usted en esta compañía? Usted no dirige la orquesta. No baila. No toca el piano. ¿Qué hace usted?». Diaghilev responde: «Majestad, soy como vos. No trabajo, no hago nada, pero soy indispensable». (Efectivamente el ruso era esencial ya que con su muerte se acabó la compañía).

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La danza moderna no envejece bien

                                                                                              –  Vicente Cué

El “Ballet du Grand Théâtre de Genève” dirigido por Philippe Cohen (ver foto de la sede supra) participó recientemente en el Festival de Danza Oviedo 2012.  El espectáculo de los suizos nos propone dos obras en las que la rotundidad de la música, “Noche transfigurada” de Arnold Shönberg y “Requiem” de Gabriel Fauré debe iluminar a la danza para una elevación espiritual y un poderoso movimiento físico.  Cohen ha manifestado que esas dos obras musicales las lleva dentro desde su adolescencia.

La pieza de Schönberg ha inspirado la elaboración de varios ballets.  El coreógrafo inglés Antony Tudor usó la partitura para su “Pillar of Fire” estrenado en el Metropolitan de Nueva York por el American Ballet Theatre en 1942, e incluso en los años que el argentino Oscar Araiz dirigió esta compañía ginebrina que nos visitó también creó una pieza con esta música.

En “Transit Umbra”, representado en la primera parte de la función, el coreógrafo italiano, Francesco Ventriglia, utiliza la composición “Noche transfigurada”, para intentar llevarnos, en su muy particular modo, a un mundo en el que el profundo amor entre un hombre y una mujer consigue superar el miedo y la aflicción mediante la sinceridad y la comprensión.  Dejan la sombra y transforman la noche.

El tema que impulsó al músico vienés a alcanzar una gran intensidad es el potentísimo poema de Richard Dehmel.  Sin esos versos la creación musical no tendría sentido.  El texto del alemán fecundó gloriosamente a la música de Schönberg que sacó sonidos arrebatadores.

Lo siguiente son unos fragmentos. En ellos se relata cómo un hombre y una mujer vagan por un bosque frío y deshojado (las distintas traducciones que se han hecho al español difieren en sus términos) y ella le confiesa: «Llevo un hijo en mis entrañas, y no es tuyo…/ Trémula me abandoné en los brazos de un hombre extraño…/ así dejé que mi sexo se estremeciera…/ Ahora la vida tiene su venganza: / ahora que a ti, oh! a ti, te he encontrado…»/. Él contesta: «No deseo que el hijo que has concebido/ sea una carga para tu espíritu…/ Pero un fuego interno nos envía su calor. / De ti a mí, de mí a ti. / Ese calor transfigura al niño del extraño…/ Tú lo concebirás para mí, de mí… / Tú has traído la gloria hasta mí, / Tú me has convertido en un niño».

Conmovido por el argumento de Dehmel, Schönberg, todavía en su juventud, produce un hermosísimo trabajo en el que refleja la exaltación del contenido literario. En las primeras notas musicales se siente el dolor de la confesión de la mujer, durante un interludio se aprecia la reacción del hombre al recibo de la noticia. Y al final la aceptación y el perdón.

El italiano Ventriglia presenta una versión coreográfica muy personal de concepciones complejas en la que no surgen climas atractivos ni siquiera esbozos de los rasgos del dilema amoroso. No nos propone una narración lineal estrictamente hablando sino que más bien se trata de un grupo de bailarines que deambulan por el escenario a impulsos rítmicos con caprichosas posturas y gestos (no hay nada más vacío que un gesto sin significado). La actuación de los intérpretes no busca el estímulo poético ni lo místico ni se producen expresiones explícitas sino que se efectúan movimientos mecánicos sin fuerza emotiva. Lo más destacable es un solo y el paso a dos final, en el que por fin se rompe con la frialdad e inexpresión bridándonos unas gotas de compasión y ternura. Durante toda la pieza una pintura de Klimt ejerce de cómplice observadora desde el fondo de la escena.

En la segunda parte, en «Sed Lux Permanet», el coreógrafo suizo Ken Ossola propone un diálogo entre la vida y la muerte; la luz y la oscuridad. El Requiem de Fauré (interpretado en su propio funeral en 1924) no pretende ser tenebroso sino más bien una feliz liberación o un arrullo a la muerte. Ossola procura con la ayuda de la composición del francés llevarnos a un horizonte de serenidad y calma. Como en el anterior ballet, el lenguaje de la danza es moderno.

La coreografía, esquemática en su lenguaje, crea efectos de desplazamiento y agrupamientos en los que prevalecen las formas abstractas de características enigmáticas con detalles espectrales y contactos simbólicos con la tierra. En este ballet la coreografía tampoco va muy lejos, pero sí se acerca más al espíritu de la partitura envolviéndose en el aliento litúrgico que reboza la composición, además de alcanzar una feliz armonía entre el baile y los cantos creados por Fauré.

La danza moderna no envejece bien. En este espectáculo nos hallamos ante un poema conmovedor y dos músicas monumentales que en esta ocasión no encontraron una exposición en la danza con una categoría similar. Yo me emocioné más escribiendo los trozos de la poesía de Dehmel que describo arriba y escuchando la música que por lo que ocurrió sobre el escenario. Las dos coreografías que vimos son correctas pero no relevantes. Aunque nada en ellas es execrable, ambas se quedan en ese limbo de obra bien hecha sin más. Ninguna nos atrapa con la rotundidad, sensaciones y la fuerza que emanan del poema y las partituras.

La ausencia de originalidad e ingenio en la danza actual es evidente. No es el caso de esta función de los suizos, pero en muchas producciones que existen hoy por el ancho mundo, cuando no se consigue dotar a este arte de nuevos métodos o ideas ni elaborar principios novedosos, recurren a expresiones banales o llamadas “provocativas” que nada tienen que ver con el mundo del baile.

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