Casablanca y el Rick’s café: de la ficción a la realidad

–  Javier Ortega Figueiral

Durante años, cientos se personas se llevaban un serio disgusto al llegar a Casablanca y no encontrar ni rastro del legendario café-restaurante de Rick Blaine.  Recepcionistas de hoteles, guías turísticos y taxistas, acostumbrados a la histórica pregunta, siempre daban la mala noticia:  el establecimiento que aparecía en la mítica película Casablanca (Michael Curtiz, 1942), el Rick’s Café, nunca existió en la realidad.

Aquel lugar venerado en la pantalla fue en realidad un decorado montado en un estudio de Hollywood, así que ni Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman -en los papeles de Rick e Ilse- se reencontraron abruptamente en Marruecos, ni Paul Henreid, el valeroso Víctor Laszlo, ordenó a la orquesta del local tocar La Marsellesa para acallar, en un momento épico y glorioso, las canciones de los nazis en el norte de África.

“Yo aterricé en Marruecos en 1998 para trabajar como Asesora económica en la Embajada de mi país y sí, amo la película y sabía que se rodó por completo en California”, comenta la estadounidense Kathy Kriger, que tras los atentados del 11-S vivió en persona el desplome de los visitantes de los Estados Unidos al país

“Con ese escenario, dejé mi trabajo en el Gobierno y me quedé aquí para hacer algo por un país que me había acogido tan bien.  Lo que pretendí fue aplicar los auténticos valores americanos y no quedarme de brazos cruzados en un momento histórico tan delicado.  La gente tenía que regresar a Marruecos”, explica.

Kriger pasó a la acción con una idea que tenía en mente desde antes de ser destinada al norte de África:  construir un café como el de la película de 1942 y, por supuesto, levantarlo en  la misma ciudad del título.  Con el plan aun embrionario y grandes dosis de entusiasmo, envió correos electrónicos a amigos de todo el mundo en los que anunciaba su idea y pedía consejo. También realizó una campaña paralela buscando inversores entre los que ella llamaba “los sospechosos habituales”, gente entusiasta que podían ser socios potenciales para llevar adelante el  proyecto (de ahí que la sociedad acabara bautizándose como The usual suspects).

La respuesta fue formidable y mucho antes de lo esperado consiguió el dinero suficiente para financiar la restauración de una gran casa pegada a los muros de la Medina de Casablanca, junto al mar.

El Rick’s Café en versión real y en color (véase imagen supra) abrió sus puertas 62 años después de acabar el rodaje: un lunes 1 de marzo de 2004.  Su interior, aun no siendo fiel a su aspecto en la pantalla por razones de espacio, recuerda en muchos detalles al local que regentaba Rick Blaine: muros blancos, una sólida barra de bar, lámparas metálicas, juegos de sombras, plantas de interior y detalles de artesanía local.

En el piso superior, además de un elegante salón privado con vistas al trasiego del puerto de pescadores, hay otra sala en semipenumbra frente a una gran pantalla en la que se emite permanentemente la película, algo que pone aún más en ambiente a los clientes que toman una copa allí, viendo como los nazis vuelven a perder e Ilse se va para siempre en aquel avión junto a Víctor, rumbo a Lisboa, lejos de Rick.

En un cúmulo de casualidades, el pianista del local que toca piezas de jazz, viejas canciones francesas y, por supuesto, As time goes by (1) varias veces cada noche en un teclado años treinta, se llama casi como el Sam de la película: Isaam, un músico e informático de Rabat que respondió entusiasmado a la llamada de Kriger para ser parte del proyecto.

El local, que ha cumplido más de una década como restaurante y club, sigue de moda en una Casablanca más cosmopolita y pujante que nunca.  Los visitantes ya no se disgustan, pues el café de Rick, que en realidad es el de Cathy y los sospechosos habituales, está finalmente donde lo imaginaron.

(1)  Para escuchar la melodía original hacer click en:   Casablanca

____________________

 

Las raíces judías de Hollywood

Hollywood Sign

–  Gregorio Belinchón

La imagen del american way of life que ha germinado y cuajado en cualquier espectador nació en los estudios de Hollywood en la década de 1930.  Will H. Hays, el conocido autor del código de censura, la definió como “la quintaesencia de lo que entendemos por Norteamérica”.  Y la paradoja es que quienes crearon ese mito, quienes fundaron las majors (los grandes estudios de cine), no fueron estadounidenses sino un puñado de judíos procedentes del Centro y del Este de Europa.  Familias paupérrimas, que llegaron a su país de adopción huyendo del antisemitismo europeo, del hambre y de los pogromos (disturbios antisemitas).  Un grupo muy homogéneo, que tuvo infancias similares, con padres alcohólicos, dóciles e incapaces de adaptarse a los Estados Unidos, por lo que ya de adolescentes eran ellos los encargados de llevar el dinero al hogar familiar.

Esos chicos, que idolatraban a sus madres, se reinventaron a sí mismos, trabajaron como chatarreros, en el negocio de las pieles, vendiendo refrescos y sandwiches, no fueron aceptados por la sociedad y tuvieron un momento de lucidez hacia 1910.

Se trata de Carl Laemmle y Lew Wasserman (fundadores de  Universal), Adolph Zukor y Jesse Lasky (creadores de Paramount), William Fox (20th Century Fox), Louis B. Mayer, Nicholas y Joseph Schenck y Samuel Goldwyn (Metro-Goldwyn-Mayer), Albert, Harry y Sam Warner (Warner Brothers), Marcus Loew (los cines teatros Loew) o los hermanos Cohn (Columbia), sin olvidarnos del más joven, y el primero en fallecer con sólo 37 años,  Irving G. Thalberg.

En 1988, el historiador y crítico de cine Neal Graber publicó su libro An Empire Of Their Own:  How The Jews Invented Hollywood  (1), un impresionante recorrido por las raíces de Hollywood, biografiando con todo lujo de datos y detalles, de forma amena, a los grandes directores de las majors.  Gabler -autor de otra monumental biografía sobre Walt Disney (2)-  encontró ese nexo en común entre los padres fundadores que hizo que se parecieran tanto entre ellos -por ejemplo, un miedo constante a perder su fortuna, por lo que nunca descansaban- y a la vez se odiaran.

Curiosamente, estos judíos no querían que se les consideraran inmigrantes judíos, sino estadounidenses, y recibieron todo tipo de ataques durante décadas -fundamentalistas evangelistas en la década de 1920, anticomunistas que igualaban rojo y judío en la década de 1940-  porque en teoría conspiraban contra la tradicional estructura de poder… cuando lo que querían era formar parte de ese poder, ser aceptados.

A muchos les pilló 1910 con algo de dinero ahorrado y en diferentes partes de los Estados Unidos vieron cómo los teatrillos de vodeviles -.junto a los bares, la única diversión para las clases populares- empezaban a convertirse en salas que proyectaban películas cortas.  Y lo vieron antes que nadie porque formaban parte de esas clases, pero querían prosperar, sabían vender, conocían muy bien el gusto de ese público.

Pronto compraron cines, los reformaron para convertirlos en palacios de proyecciones, empezaron a ganar mucho dinero (las entradas eran baratas, cinco centavos de dólar contra los 50 centavos de un vodevil; la clase trabajadora podía permitirse ir al cine varios días a la semana) y cambiaron los Estados Unidos.

Para alimentar sus cines, se convirtieron en distribuidores.  Adolph Zukor fue el primero que entendió que los espectadores reclamaban películas largas, y cuando estos nuevos distribuidores no encontraron el material que deseaban, empezaron a producirlo: así nacieron las majors (los grandes estudios de cine).

El cine surgió sin apoyo cultural, los intelectuales estadounidenses lo menospreciaron y por esos los primeros grandes guionistas fueron también escritores judíos procedentes del Este de Europa.  Muchos de estos guionistas, al luchar por sus condiciones salariales acabaron siendo investigados por el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC, sus siglas en inglés).  Tampoco los bancos intuyeron el negocio, y las majors, tras recibir un rechazo sistemático racista, se financiaron en entidades financieras creadas por otros inmigrantes, como los italianos.

Sólo encontraron oposición en Thomas A. Edison, poseedor -que no inventor- de las patentes de las cámaras, apoyado por otros industriales anglosajones.  Acabaron ganando los nuevos, porque fueron más rápidos, más atentos a los gustos del público y porque pronto emigraron a la costa de California a la búsqueda de luz natural casi perenne con la que rodar sus películas y terrenos baratos para construir.

El mundo cambió tras la Segunda Guerra Mundial, ellos envejecieron, no controlaron sus maquinarias.  Las majors acabaron dentro de conglomerados empresariales.  Neal Gabler concluye:  “Y así se desmoronaron los imperios”.

¿Que nos quedó?  Su visión de la América idílica.

(1)  Nota del Editor de Cuadernos – Para una reseña de este libro véase en Internet http://www.ihr.org/jhr/v09/v09p243_Wikoff.html

(2)  Walt Disney:  The Triumph of the American Imagination  (2007).

____________________