Somos lo que pensamos

–  Patricia Ramírez

Es indiscutible la relación estrecha y dependiente que existe entre nuestra psique, emociones, conductas y la salud física.  Se influyen y afectan de forma bidireccional.  Situaciones como el dolor crónico, la falta de trabajo, una ruptura sentimental, hacer cola en el banco o el mismo tráfico generan en nosotros pensamientos negativos, incluso catastróficos:  “Estoy harto, no puedo más”, “Este dolor me limita y no puedo hacer nada, se me quitan hasta las ganas de vivir”, y un largo etc.  La mente puede ser nuestra principal aliada, pero también nuestra mayor rival.

Las personas suelen culpar y maldecir al entorno, a lo que ocurre a su alrededor, porque lo identifican como el causante de su malestar y sufrimiento.  Pero ¿lo de fuera le genera malestar, o son sus interpretaciones sobre lo que ocurre a su alrededor lo que condiciona sus emociones?

Lo que pensamos influye en nuestros comportamientos y emociones.  Muchas personas dicen que tienen la cabeza como una lavadora:  ideas, miedos, discursos aterradores, pensamientos que no paran de dar vueltas en la mente.  Se sienten atrapados entre palabras, incapaces de pararlas o no prestarles atención.  Hay personas que odian relacionarse consigo mismas porque lo que “su mente les dice” les causa una angustia tremenda.

Ahí van dos buenas noticias:  La primera:  la persona es en gran parte responsable de lo que siente.   No es el entorno el que le genera ansiedad, sino la interpretación que hace del entorno.  Esto responsabiliza y también permite controlar y actuar sobre lo que se siente.  Muchos querrían desligarse del todo y seguir echando la culpa de su malestar a la sociedad y a lo mal que está todo.  Pero esta opción debilita y deja sin recursos.

La segunda buena noticia es que puede modificar su estilo cognitivo en el momento en que decida entrenar otra forma de pensar.  Cientos de miles de personas consiguen preparar y acabar un maratón a pesar de lo dura que es esta prueba.  Pero cuando hablamos de modificar lo relacionado con la psique, lo asociamos siempre a dificultad, a falta de fuerza de voluntad y a nuestra forma de ser, y cuestionamos la posibilidad de cambio.

Siga estos consejos para poner el pensamiento a raya.

Olvide la idea de convertirse en una persona superpositiva y superoptimista.  El mundo no es de color de rosa, pero tampoco un lugar negro y hostil.  Se trata de buscar la utilidad de lo que piensa.  Los pensamientos y las emociones son útiles cuando nos permiten resolver lo que nos preocupa e inútiles cuando no podemos hacer nada por aliviarnos.  Confíe y delegue, y permita que al hacerlo los demás actúen con autonomía.  El exceso de control genera ansiedad.  Cuando delegue aquello de lo que no puede responsabilizarse, imagine un interruptor en la mente y desconecte cada vez que aparezca de nuevo la preocupación.  Dejar de prestar atención a lo inútil no es irresponsable.  Todo lo contrario, permite que esté en el presente.

Escriba.  No se trata de desconfiar de la memoria, pero para facilitar el cambio de pensamiento necesita adquirir el hábito de escribir aquello que desea pensar.  Escribir es una conducta organizada y facilita el aprendizaje.  ¿Recuerda cómo aprendió a hacerlo sin faltas de ortografía?  A base de repetición.  El maestro le detectaba una falta y entonces repetía lo correcto en su cuaderno diez o doce veces.  No aprendió a escribir correctamente simplemente pensando en que tenía que hacerlo.  Necesitó un proceso.  El mismo que requiere ahora para modificar su estilo cognitivo.

Deje de rumiar.  Dar muchas vueltas a sus preocupaciones es el problema, no la solución.  Nuestro cerebro no se apacigua dándole vueltas a ideas no controlables.  En lugar de dar tantas vueltas, piense en soluciones.  Pensar siempre es sumar.

Acepte lo que no dependa de usted.  Los discursos internos relacionados con lo injusta que es la vida, y con lo que no se merece pero le ha tocado, solo le llevan a sentirse desgraciado.  Todos hemos vivido alguna vez el lado injusto de la vida, que tiene problemas pero también momentos maravillosos, y no hay que pensar más en lo que no funciona que en lo que va bien.  Acepte.  Aceptar no es resignarse.

Quite valor a lo que no lo tiene.  Si cada preocupación se convierte en una batalla personal, estará combatiendo día y noche.  Usted y su escala de valores son los que deben decidir si es importante o no.  Tendemos a ver todo de forma mucho más catastrófica.  Las noches son para dormir, no para resolver dilemas.

Anticipar lo que puede ocurrir de forma negativa no le protege.  Muchas veces anticipamos lo que no depende de nosotros.  Muchos de sus miedos versan sobre un futuro que no va a suceder.  Al final, no todo termina saliendo bien, pero sí es cierto que no es tan trágico como había pronosticado.  El miedo anticipatorio solo aumenta su nivel de ansiedad y preocupación.

Ríase de lo que piensa.  ¡Qué absurdas nos parecen algunas de las ideas que hemos tenido!  Pruebe a ver la parte cómica de ellas desde el presente.  Apreciar el lado humorístico le confiere control sobre sus preocupaciones y emociones.  El humor también requiere entrenamiento.  No lo descarte por no ser hábil ni ágil con él.  Vea películas cuyos protagonistas desarrollen ese sentido, hable con personas que se ríen de sí mismas, y comprobará que pronto se le contagia.

No tenga conversaciones absurdas con sus pensamientos.  No se enrede con ellos.  Sus pensamientos negativos son rabietas que buscan su atención, y como se siente angustiado se la presta.  Contémplelos como si no fuera con usted.  Lo que habla en su favor son sus actos, no lo que piensa.  Déjelos estar en su mente, como quien acepta un lunar en el brazo.  Si no los escucha, dejarán de darle la lata.

Recuerde… no se puede “no tener pensamientos” por mucho que le atormenten.  Lo que sí se puede es elegir otros.  La vida es elegir:  se puede elegir ser una víctima o cualquier otra cosa que una persona se proponga.

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Los problemas del ego

  Raimón Samsó

Desde la niñez vamos construyendo una identidad inventada, que a la larga será la causa de algunos conflictos personales.  Ese falso yo recibe el nombre de ego.  Una especie de segunda identidad que nos hace difícil saber quiénes somos en realidad y de dónde proceden nuestros problemas.

Todas las relaciones personales: familia, amigos, pareja y trabajo… se ven sacudidas por conflictos, más grandes o más pequeños, de forma recurrente.  A veces, cuando una relación parece ir bien, otra empeora.  Las relaciones entre las personas se convierten en una montaña rusa de altibajos, avances y retrocesos.  Nunca parece que vayan a arreglarse definitivamente del todo.  Siempre el mismo tipo de conflictos…  la vida se hace difícil.

Y en ese punto, las personas suelen decir algo así como que “las relaciones son difíciles”, cuando en verdad es el que hace esa afirmación quien es difícil.

Tal vez deberíamos en algún momento examinar y cuestionar nuestros comportamientos y creencias gobernadas por el ego.  Para definirnos recurrimos al uso de referencias externas convencionales o etiquetas.  A la mente le gusta poner nombres a todo para tratar de comprenderlo.  El ego es una autoimagen que se basa en identificaciones tales como: un nombre, una edad, un estado civil, un rol familiar, unas posesiones, una nacionalidad, un pasado, una profesión, unas creencias, un cuerpo, una educación, una religión, un sexo, unos logros y fracasos…  Todos los egos en realidad son iguales, ya que consisten en una identificación, y por tanto solo se diferencian en la superficie, pero no en el fondo.  Las personas nos acabamos contando una historia, y quien se apegue más a la suya será quien sufrirá más, porque será incapaz de vivir de otra manera.

El autoengaño tiene muchos nombres.  Al ego se le conoce también por autoimagen, yo construido, falso yo o yo fabricado, pero en realidad no importa el nombre, sino darse cuenta de que se trata de una creación mental.  Una falsa identidad no real.  Es importante que detectemos en qué momento se encuentra en activo.  Esto ocurre cuando nos suceden cosas como querer tener razón a toda costa, quejarse y sentirse víctima, ser incapaz de perdonar, juzgar y etiquetar a las personas, atacar o defenderse de comportamientos, reaccionar impulsivamente o establecer diferencias.

Por otro lado, cuando desactivamos el ego perdemos interés por discutir, competir, agredir, criticar, estar a la defensiva, juzgar…  Esto no significa que seamos pasivos, sino que habremos elegido antes que nada la paz mental en toda situación, algo que solo se consigue siendo muy activo (eligiendo decisiones sabias) y no lo contrario  (reaccionando como un autómata).

El juego preferido del ego es tratar de cambiar a los demás, sin esforzarse por cambiar uno mismo.  Un antiguo proverbio chino nos dice que “es más fácil variar el curso de un río que el carácter de una persona”.  Así es, y sin embargo, una y otra vez se vive con la ilusión de hacer pasar a los demás por los guiones que hemos inventado para ellos, como si alguien pudiera saber qué es lo mejor.

Renunciar a la posesión imaginaria del constructo mental que es el ego no es sencillo.  ¿Cómo desprenderse de una identidad forjada a lo largo de toda una vida?  Parece como una pequeña muerte, y en realidad lo es, pero servirá para renacer a una nueva vida libre de apegos y aversiones, y por ello más feliz.

Hay muchas técnicas y teorías sobre cómo acabar con el ego, pero tal vez la menos conocida sea matarlo de aburrimiento, o sea no haciéndole caso.  ¿Y cómo se hace eso?  Dejando de reaccionar desde el ego a los otros egos, no saltando a la mínima provocación o reaccionando mecánicamente. Se trata de dar una respuesta elaborada y elegida, sin darle el micrófono o el protagonismo a esa vocecita parlanchina y engreída que hay dentro de cada uno y que siempre busca líos.  En la mayoría de los casos, cuando se dice “yo” es el ego el que habla.

El final de los problemas es no reaccionar al ego de las otras personas.   Pero, ¿cómo no hacerlo ante un comportamiento desagradable?  Es sencillo de decir, aunque no fácil de hacer.  La clave está en comprender que su comportamiento disfuncional está dictado por su ego.  Que no procede de la persona en sí, sino de sus condicionamientos adquiridos en el pasado.  Y entender que todos llevamos un ego a cuestas, y que todos sucumbimos a sus desvaríos de vez en cuando…  Tener en cuenta todo esto ayuda a comprender (aunque no a justificar) comportamientos disfuncionales y,  por tanto, a no reaccionar ante ellos.

El contexto donde los egos suelen entrar en conflicto son las relaciones de todo tipo:  familiares, sociales, profesionales y de pareja…  Uno podría pensar que cambiando las relaciones se solucionaría el problema.  Pero no es así.  Eludir las relaciones no es la solución, ya que el dolor sigue latente en el inconsciente.  Sin duda, el problema reaparecerá, esta vez en otro lugar, en otro momento y con otra persona.

Solo resolveremos estas cuestiones si dejamos de juzgar y criticar, si aceptamos a los otros tal y como son, sin ningún deseo de cambiarlos, ni tan siquiera por su bien.

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¿Por qué nos resultan tan atractivos los bebés?

–  Daniel Méndez

El mecanismo por el que el rostro de los bebés -y el de los cachorros de los animales-  acapara nuestra atención fue descrito hace décadas por el biólogo y etólogo de origen austriaco Konrand Lorenz (1903-1989):  kinderschema lo denominó.  O esquema del bebé:  una cabeza redondeada y grande con respecto al cuerpo, los ojos de gran tamaño, las mejillas redondeadas…  son algunos de los “ingredientes” que describió el científico, cuyo currículum no exhibe tan solo un Premio Nobel (1973) por sus descubrimientos, sino también una mucho más repudiable cercanía y colaboración con el régimen nazi.

Consciente o inconscientemente el esquema que describió Lorenz se ha empleado en ámbitos tan distintos como los dibujos animados / cartoons  (un curioso paper científico muestra cómo evolucionó el personaje de Mickey Mouse, redondeando paulatinamente sus formas para resultar más simpático y atractivo); o incluso en el diseño industrial:  BMW lo utilizó para diseñar los nuevos Minis.  No en vano se trata de un mecanismo que se activa no solo al contemplar a bebés humanos, sino a muchas otras crías del reino animal:  la misma proporción en las facciones se puede observar en gatos, leones, elefantes…

Recientes estudios dan un paso más allá:  no se trata tan solo de que los bebés nos entren por los ojos.  El olor y el tacto son tan importantes como la vista.  Su piel es suave y tiene un olor dulce irresistible.  “Los bebés nos atraen a través de todos los sentidos, lo que hace de su lindura [ los anglosajones escriben cuteness, derivado de cute (mono, lindo) ]  una de las fuerzas más básicas y potentes que definen nuestra conducta”, indica el Profesor Morten Kringelbach, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oxford.  “Desde un punto de vista evolutivo -afirma- se trata de un mecanismo de protección que asegura la supervivencia de unos bebés dependientes”.  Además, este mecanismo se produce tanto en hombres como en mujeres, tengan o no hijos propios.

Otros estudios han demostrado que los adultos tienen preferencia por los peques más guapos:  pasan más tiempo mirándolos o tienden a darles a ellos un juguete antes que a otro menos agraciado.  Más sorprendente si cabe resulta el hecho de que los bebés entre tres y seis meses prefieren observar el rostro de un adulto bello frente a otro menos guapo, según demostró la psicóloga Judith Langlois de la Universidad de Texas.

Y, sin embargo, a tan corta edad los bebés no podían estar influidos por criterios sociales o culturales todavía.  Se trata de otro mecanismo evolutivo:  la belleza puede ser sinónimo de salud.  El cerebro de nuestros antepasados se armó de detectores biológicos para seleccionar a la pareja que más probabilidades brindase de que se perpetuasen los propios genes.  De nuevo, la selección natural.

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El poder de nuestra intuición

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–  Jenny Moix Queraltó

Cuando intuimos parece como si nuestro cerebro nos regalara una idea que no sabemos de dónde ha salido.  La intuición es una especie de trabajo subterráneo, procesamos la información inconscientemente.  Este es uno de los aspectos que más lo diferencian del pensamiento lógico-racional, para el cual tenemos que “hincar los codos”.  Al intuir, nuestras neuronas se ocupan ellas solas del tema.

A diferencia del pensamiento deliberativo, la intuición solemos relacionarla con las emociones. Y es que cuando intuimos, notamos que sentimos esa idea y no que la pensamos.

Según señala Robin M. Hogarth, las intuiciones las podemos clasificar en dos grandes bloques. Un tipo serían los juicios intuitivos retrospectivos que son de naturaleza diagnóstica.  Y, en la segunda categoría se encontrarían las inferencias prospectivas, es decir, las predicciones.

Un viejo pescador que adivina el tiempo que hará durante el día con sólo echar un vistazo al cielo constituiría un claro ejemplo de la segunda categoría.  Si a ese pescador y también a un experto meteorólogo les pidiéramos que nos enseñaran su técnica de predicción, ¿quién nos la explicaría con más claridad?  Sin duda alguna, el científico.  Él sabe muy bien en qué se basa y los pasos deductivos que ha realizado para llegar a la conclusión.  El cerebro del pescador se basaría en la gran recopilación de datos que ha ido almacenando, a lo largo de sus salidas a la mar, para deducir de forma automática las intenciones de las nubes.

No caigamos en la trampa de pensar que la ciencia sólo se basa en el método científico, analítico y lógico;  la intuición es el la mayor responsable de su avance.  El mismo Albert Einstein (1879-1955) fue un defensor de la intuición cuando decía que “la única cosa realmente valiosa es la intuición”.  En una entrevista realizada en 1930 intuía que su teoría de la relatividad era cierta y que por eso no se extrañó cuando otros científicos la confirmaron empíricamente.

En muchos libros de autoayuda se presenta la intuición como una herramienta infalible, casi mágica.  En ellos se suelen citar muchos ejemplos de emprendedores que han conseguido grandes éxitos siguiendo sus corazonadas.  Huelga decir que en estos manuales no se dice ni una palabra de individuos que siguieron su sexto sentido y fracasaron estrepitosamente.

El cerebro va conectando datos, pero a veces lo hace con datos que están relacionados y en otras asocia los que sólo coinciden en el tiempo, pero que no tienen ningún tipo de relación causa-efecto.  Cuando el pescador o el médico aciertan es porque sus neuronas han establecido una relación correcta.  Pero no siempre tiene por qué ser así.

Aunque parezca increíble, al conocer a una persona la primera impresión sólo tarda unos segundos en formarse.  Y no tenemos por qué acertar;  de hecho, es frecuente cometer errores imperdonables.  Cuando un desconocido de entrada nos cae bien o mal suele deberse a que un rasgo físico, su forma de moverse, su forma de vestir… lo tenemos asociado a otra persona. Obviamente, no nos damos cuenta de que nuestra intuición se basa en una asociación inconsciente.  Así, si nuestro cerebro conecta datos que se dan juntos por simple azar, todas las predicciones basadas en estas conexiones pueden ser nefastas.

Tiemblo cuando oigo expresiones del tipo “de un vistazo capto cómo son las personas”… Quizá les parece que sus predicciones siempre se cumplen pero… ¿no se encargarán ellos de que así sea?  Imaginemos una camarera que alardea de que siempre sabe quién le va a dar propina, y que no pierde el tiempo con los clientes que presume que no le van a dar ni un dólar.  Realmente si ella trata mejor a los consumidores que asocia con la propina, ¿no es esperable que sean esos, con más probabilidad que los otros, los que finalmente dejen las monedas?  Ni más ni menos que una profecía autocumplida.  Como todos en el fondo compartimos más de lo que nos pensamos, ya estamos comprobando en nuestro caso qué intuiciones damos por sentadas cuando en realidad son incorrectas.

Si intentamos diseccionar el proceso de la intuición vemos claramente tres fases.  En primer lugar, el cerebro recopila datos de la experiencia;  seguidamente los procesa de forma inconsciente y automática, y en tercer lugar aparece repentinamente el resultado o la conclusión de este procesamiento en nuestra consciencia.  Por tanto, si queremos mejorar nuestra intuición debemos optimizar estas tres fases.

Einstein afirmaba que intuyó la teoría de la relatividad, pero su cerebro no le regaló esta magnifica intuición de forma gratuita.  Antes, él tuvo que dedicarse a estudiar noche y día sobre el tema.  No paraba de alimentar su cerebro con datos.  Su genialidad brotaba de muchos lugares diferentes; uno de ellos era su mirada.  Observaba el mundo sin dejar que las teorías anteriores le obligaran a verlo de una determinada manera.  Intentemos emular a Einstein, observando mucho y sin prejuicios.  Así nuestro cerebro tendrá el material que necesita para intuir.

Una vez hemos recogido información, debemos limitarnos simplemente a darle tiempo a nuestro inconsciente para que trabaje por nosotros.  Ap Dijksterhuis y su equipo de la Universidad de Amsterdam lo confirmaron experimentalmente.  A los sujetos se les ofrecía una compleja información acerca de cuatro apartamentos.  De cada uno de los cuatro se les daban 12 datos (localización, número de habitaciones, precio, etc.).  Su misión era escoger el mejor.  A un grupo de participantes se les dio poco tiempo para pensar y, como es esperable, erraron más que los sujetos a los que se había dejado más tiempo.

Siguiendo con el experimento, lo más sorprendente es que había un tercer grupo a los que, después de darles la información, los distrajeron.  Transcurrido el rato de distracción se les preguntó su preferencia.  Este tercer grupo fue el que mostró decisiones más acertadas.  Ellos no habían pensado de forma consciente, puesto que se estaban distrayendo, pero su cerebro no había parado de combinar las ventajas e inconvenientes de los apartamentos, llevándoles a la decisión más acertada.

Nuestra conciencia es como una enorme pantalla blanca.  Nuestro inconsciente después de un duro trabajo proyecta sus conclusiones en esa macropantalla.  Y es entonces cuando vemos la deducción de sus cábalas,  Pero si tenemos la pantalla ocupada ¡no podemos ver nada!  Una forma de poder despejarla consiste en meditar.  De hecho, muchas personas que meditan habitualmente explican que la mayoría de sus ideas originales les han venido mientras lo hacían.  Es también habitual que pensamientos brillantes surjan justo cuando estamos relajados en la cama, antes de dormirnos.  En ese momento nuestra pantalla se encuentra más limpia.

Es posible que cuando el inconsciente llegue a su deducción nos encuentre durmiendo. ¿Qué hace entonces?  No se espera a que nos despertemos; deja su mensaje dentro del sueño de manera más o menos simbólica.  Son muchos los científicos o  literatos que han desenterrado sus descubrimientos de los sueños.  En concreto, muchos literatos afirman que han construido el argumento de sus novelas en los brazos de Morfeo.

Y no olvidemos que las intuiciones se sienten más que se piensan.  Debemos escuchar nuestro cuerpo, detenernos y notar cómo nos sentimos. Las hermosas palabras de Jean Shinoda envuelven esta idea:  “Saber cómo elegir el camino del corazón es aprender a seguir la intuición. La lógica puede decirte adónde podría conducirte un camino, pero no puede juzgar si tu corazón estará en él”.

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Ser generosos siempre sale a cuenta

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–  Gerver Torres

Regalar tiempo o dinero, sabiduría o afecto no sólo beneficia a quien lo recibe.  También favorece a quien lo da, porque ser desprendidos hace que nos sintamos más alegres, mejores personas e incluso más sanos.

La mayoría de nosotros, cuando oye hablar de generosidad, piensa inmediatamente en dinero que se regala a otros o se dona a causas sociales diversas.  Sin duda, esta es tal vez la forma más universal y simple de desarrollar tal cualidad.  De acuerdo con las encuestas anuales de Gallup (1), alrededor del 29 % de la población mundial practica ese tipo de altruismo.

Este es el porcentaje de las respuestas afirmativas a la pregunta de si se ha donado dinero para alguna causa social.  Y se ha mantenido estable durante los últimos 10 años. Aunque varía mucho dependiendo de los países, existen cifras tal altas como las de Myanmar [Asia] (90%), y tan bajas como las referentes a Georgia [Europa oriental] (4 %). Un dato interesante es que entre los países con alta proporción de donaciones figuran algunos de los más pobres del mundo como Haití (44%) y Laos (63%), lo cual sugiere que esta práctica no está determinada únicamente por la capacidad económica.

Pero existen otras formas de ser dadivosos.  Una de ellas es el voluntariado: entregar parte de nuestro tiempo a causas de interés social.  Las mismas encuestas mencionadas anteriormente señalan que el 20% de la población mundial hace algún tipo de voluntariado. Los números reflejan por tanto que la gente es más desprendida con su dinero que con su tiempo.

Pero la formas de demostrar generosidad son muy variadas.  También existe una de tipo relacional y emocional que incluye la hospitalidad hacia los otros, la disponibilidad para ejercer de tutores, la capacidad de reconocer los logros y méritos de los demás o la de abrirse afectivamente para compartir penas y sufrimientos. Hay miles de formas de ser generosos sin tener que relacionarlo con nuestra disponibilidad económica.

Tendemos a identificar ser dadivosos como un acto de desprendimiento que significa un costo de algún tipo, normalmente de tiempo o de dinero, pero estudios de diversa índole demuestran que ser espléndidos también reporta grandes beneficios a quien lo practica. Una de estas investigaciones se recoge en un libro de reciente publicación, The Paradox of Generosity (2), escrito por los sociólogos estadounidenses Christian Smith y Hilary Davidson, de la Universidad de Notre Dame (3).  En esa publicación, documentan amplios análisis que realizaron sobre una muestra de 2,000 habitantes en su país, centrándose en los efectos de quien practica la generosidad y no de quien la recibe.

Una de las conclusiones es que los norteamericanos que son más hospitalarios y desprendidos afectivamente tienden a ser mas saludables, a tener una mayor sensación de crecimiento personal, a ser más alegres y felices.  De la misma manera, estudios de neurociencia que examinan el comportamiento de nuestros cerebros, cuando damos y recibimos, sugieren que la alegría de dar es mayor que la de recibir.

No se trata de restarle bondad para equipararla a un acto interesado pero sí conviene saber, especialmente cuando existen dudas para ejercerla, que posiblemente cuesta menos de lo que creemos, porque al tener esta actitud obtenemos beneficios de los que tal vez no seamos conscientes.  Al ser más espléndidos, no sólo estaremos contribuyendo a construir un mundo mejor, que ya es razón suficiente, sino además esta acción impactará de forma positiva en nuestro propio bienestar.

Por ello tiene todo el sentido asumir el propósito de convertirnos en personas más generosas. No hay que esperar a tener más dinero o más tiempo para hacerlo, porque al final nos beneficia a nosotros mismos.

Y, además, considerarlo así no implica cargo de conciencia porque, como dijo el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009)  “la generosidad es el único egoísmo legítimo”

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(1)  Para más información sobre Gallup, Inc. véase en Internet  http://gallup.com

(2)  The Paradox of Generosity, Oxford University Press, New York 2014, 280 págs.

(3)  Véase en Internet  https://generosityresearch.nd.edu

El sorprendente hemisferio derecho

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–  Borja Vilaseca

La educación tradicional ha fomentado el pensamiento lógico y racional.  Para afrontar los nuevos desafíos de siglo XXI, es interesante explorar la parte más emotiva y creativa del cerebro humano.

Puede que todos nos hayamos olvidado, pero todos hemos sido niños.  Por aquel entonces veíamos la vida con asombro y la disfrutábamos jugando con la imaginación. Pero tarde o temprano nuestras ilusiones chocaron contra el muro que los adultos llaman  “realidad”  que comenzamos a construir al iniciar nuestra andadura académica y profesional.  ¿Cuántas veces nos han dicho que no podemos ganarnos la vida haciendo lo que nos gusta?  De tanto oírlo, la mayoría lo terminamos creyendo, dejando nuestros sueños de lado.

Pero si cada uno de nosotros nace con un potencial, con un talento y con una misión determinados, ¿por qué en general nos dedicamos a profesiones que poco o nada tienen que ver con nuestros verdaderos valores?  La respuesta se encuentra en nuestro cerebro.  Este órgano está dividido en dos:  el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho.  Curiosamente, cada hemisferio procesa la información que recibe del exterior de forma distinta.  Cada uno está relacionado con áreas y funciones diferentes. Podría decirse que ambos cuentan con su propia personalidad.

El hemisferio izquierdo, por ejemplo, es el responsable del lenguaje verbal, de la habilidad lingüística, de la capacidad de análisis, de la resolución de problemas matemáticos, así como de la memoria y el pensamiento lógico y racional.  Es el más intelectual, formal y convencional de los dos; se le da muy bien absorber y almacenar información teórica y numérica, como nombres, definiciones o fechas.  Por el contrario, tiende a controlar e inhibir sus sentimientos.  Es el encargado de la organización, el orden, la estructura y la planificación, y se rige por medio de normas, reglas, protocolos, leyes y procedimientos estandarizados.  Y utiliza el miedo para protegernos y mantenernos a salvo de potenciales amenazas y peligros.

Este hemisferio busca certezas y solamente se fija en la dimensión física, cuantitativa, tangible y material de las cosas.  Y le cuesta mucho percibir los infinitos matices que se encuentran entre los extremos blanco y negro.  El hemisferio izquierdo sólo considera válida aquella información que pueda demostrarse a través de hechos irrefutables, resultados medibles y datos estadísticos.

El hemisferio derecho, por otra parte, está más vinculado con la experiencia cenestésica y sensorial de todo aquello que sabemos que no puede expresarse con palabras, y que no por ello es menos real.  Nos brinda la habilidad de interpretar señales, signos y metáforas, así como la capacidad de soñar y de comprender el significado oculto de las cosas.  Este hemisferio nos conecta con la dimensión emocional y espiritual de nuestra condición humana; nos permite sentir la parte cualitativa, inteligente e inmaterial de las cosas.  Es el más artístico, original y rebelde de los dos; le gusta salirse de la norma e ir más allá de lo socialmente establecido.  No tiene sentido del tiempo y está totalmente centrado y arraigado en el momento presente.

Es experto en relacionarse con los demás.  Destaca por su empatía, su compasión y su destreza para detectar los aspectos no verbales de la comunicación.  Se le dan muy bien la percepción espacial, el movimiento y la orientación. Tiene una visión holística de la realidad, concibiéndola como una unidad donde todo está integrado e interconectado. Entre otros dones, el hemisferio derecho nos permite desarrollar la intuición, la imaginación, la innovación y el pensamiento creativo, tiene facilidad para visualizar ideas e inventar cosas que no existían y que aparentemente no eran posibles.  Y en definitiva, nos nutre de confianza para atrevernos a seguir nuestra propia voz interior y, en consecuencia, recorrer nuestro propio camino.

Los neurólogos han descubierto que ambos hemisferios actúan a la vez.  Los dos presentan cierta actividad neurológica -en mayor o menor medida-, independientemente del tipo de tareas que llevemos a cabo.  Ninguno de los dos es más importante que el otro; más bien son complementarios.  Hoy por hoy, la mayoría de nosotros estamos tiranizados por el hemisferio izquierdo, y es esta descompensación con nuestro hemisferio derecho lo que impide que muchos conozcamos la forma de cultivar la intuición y la creatividad necesaria para reinventarnos profesionalmente.

El hemisferio izquierdo del cerebro sigue siendo el único protagonista en las aulas. La inteligencia y el valor de las nuevas generaciones se siguen midiendo con la puntuación que los estudiantes sacan en los exámenes, colegios, institutos y universidades.  Y es que seguimos creyendo que el pensamiento lógico y el conocimiento racional son superiores a la intuición, la imaginación y la creatividad.

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Imagen:   El pasado, el presente y el futuro (Grabado).                                                Honoré Daumier (1808-1879). Museo Picasso, Málaga (España)

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