Las bóvedas valencianas de Nueva York

   Eduardo Suárez

El valenciano Rafael Guastavino (1842-1908) llegó a Nueva York en 1881 con 40,000 dólares en la maleta y sin saber una palabra de inglés.  Pero en apenas unos años su talento le llevó a levantar decenas de edificios en Manhattan, y a fundar una de las constructoras más prestigiosas del país.

La clave del éxito de Guastavino fueron las bóvedas (1) tabicadas que levantaba con ladrillos finos y cemento según la tradición de los arquitectos medievales, y que no requerían ni complicados andamios, ni muros de gran grosor.  No solo eran más ligeras y baratas que otras construcciones arquitectónicas; también ofrecían techos ignífugos a los constructores, en un momento en el que la ciudad permanecía traumatizada por los efectos del gran incendio de Chicago, que causó 300 muertos en 1871, y dejó a 100,000 personas sin hogar.

El edificio que le abrió las puertas del éxito fue la Biblioteca Pública de Boston (1895) cuyas peculiares bóvedas realizó con material elaborado en una fábrica que había instalado en una iglesia abandonada en Woburn en las afueras de Boston.  Su empresa llegó a construir al menos 250 edificios en la ciudad y alrededor de mil repartidos por los diferentes Estados del país.

La edad dorada de la empresa llegó principios del decenio de 1920, cuando su fundador ya había fallecido, y su declive se inició años después por el auge de las estructuras de acero y los efectos económicos de la Gran Depresión (1929-1930).

Entre las obras más relevantes realizadas en Manhattan los expertos suelen citar la estación de Metro de City Hall (1904): una especie de catedral subterránea con vidrieras, azulejos policromados y candelabros de latón (ver imagen supra).  Abandonada desde 1940 porque no se ajustaba al tamaño de los trenes, aún es posible verla hoy entre las sombras cuando pasan los trenes de la Línea 6.  Las bóvedas del valenciano están también presentes en el mercado que se levanta debajo del puente de Queensboro, en el Oyster Bar de la Grand Central Station (2) o en la sala de registro de la isla de Ellis.

La obra más célebre es quizá el techo del crucero de la Catedral neoyorquina de St. John the Divine (1909), la última bóveda diseñada en colaboración por ambos Guastavinos, que se concibió como una solución transitoria y que tiene 30 metros (98.42 pies) de largo y apenas 11 centímetros (4.33 pulgadas) de grosor.  Los obreros la construyeron sin andamios y en un tiempo récord de quince semanas.

El legado de la familia valenciana sigue presente en edificios como el Capitolio de Nebraska, donde brillan 300,000 azulejos elaborados en la fábrica de Woburn, las bóvedas de St. Paul Chapel (Columbia University) y también, entre otras realizaciones arquitectónicas, en los arbotantes neogóticos que sostienen la bóveda del Museo de Historia Natural (Washington D.C.).

(1)  Rafael Guastavino exportó a los Estados Unidos la denominada “bóveda catalana” y la patentó en su nuevo país de residencia como el “Guastavino System”.  Su  empresa R. Guastavino Fireproof Contruction Company, en la que participaba activamente su hijo del mismo nombre, llegó a registrar 24 patentes en el negocio de la construcción.

(2) En la Grand Central Station, Rafael Guastavino hijo (1873-1950) diseñó en 1913 la famosa Bóveda de los Susurros (Whispering Gallery), un arco abovedado que tiene la peculiaridad de que una persona puede susurrar en una de sus esquinas mientras otra lo escucha en la esquina opuesta con un sonido alto y claro.  El curioso efecto acústico se produce gracias a la especial corbatura formada por el arco de cerámica.

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Vivian Maier: la niñera fotógrafa

–  Cristina Morató

La mujer de la imagen es Vivian Maier, una niñera que tenía una doble vida.  En su tiempo libre, además de cuidar niños, hizo cerca de 200,000 instantáneas.  Nunca se las enseñó a nadie, aunque su talento estaba a la altura de genios como Robert Capa (1913-1954) o Diane Arbus (1923-1971), porque la fotografía era su pasión secreta.

Vivian era tímida, obsesiva, solitaria y enigmática.  Cerraba su habitación con llave y no se relacionaba con la gente más que a través de su cámara.  Tras su muerte, pobre y anónima, su magnífico legado ha sido descubierto por casualidad.

En el 2007, un joven estudiante, John Maloof, compró en una subasta un lote de miles de negativos por apenas 400 dólares.  El archivo provenía del guardamuebles donde Maier había depositado todos sus bienes, entre ellos miles de negativos y carretes guardados en cajas de zapatos.  Tras revelar algunas de las fotos, las colgó en Internet.  Fue entonces cuando el prestigioso crítico Allan Sekula (1951-2013) encontró en ellas un gran talento.  En los años siguientes, Maloof se dedicó a revisar todo el material y a descubrir quién era en realidad Vivian Maier, su autora.

Nacida en Nueva York en 1926, Maier vivio en el Bronx, pasó penurias económicas y, para ganarse la vida, trabajó como niñera durante cuatro décadas para familias bien de Chicago y Nueva York.  Los niños que cuidaba también se convirtieron en sus modelos y la acompañaban en sus largos paseos por la ciudad descubriendo lugares, personas, historias y secretos.  Hizo miles de fotos, grabó sonidos urbanos y rodó varias películas con una cámara Super-8.  Y las tres cosas las hizo con una maestría y modernidad impropias de una aficionada.

También tomó infinidad de autorretratos.  De manera obsesiva, aprovechaba el reflejo de un espejo, de un charco, o el cristal de un escaparate, para jugar con originales composiciones.  Y allí está ella, una sombra alargada e inquietante, de aire andrógino y triste mirada.  Los que la conocieron la tachan de excéntrica y las familias de los niños que cuidaba ignoraban su afición.  Su modesto salario sólo le llegaba para comprar carretes, pero no para revelarlos.

Vivian fue esquiva y misteriosa hasta su muerte.  Falleció en abril del 2009, a los 83 años, en una residencia de ancianos de Chicago.  Hasta sus últimos días vivió de la caridad de aquellos niños que cuidó de joven.  Hoy, la Mary Poppins de la fotografía, como algunos la llaman, ha sido catapultada a una fama que nunca pudo imaginar.

Nota:  Puede verse más información en:  Vivian Maier

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