Nuestro péndulo emocional

–   Ferran Ramon-Cortés

La asertividad representa la habilidad de decir las cosas de forma que lleguen a los demás apropiadamente.  Que se exterioricen de forma clara y al mismo tiempo respetuosa, evitando que la otra persona se sienta agredida.  Se trata de elegir el momento oportuno, el tono adecuado y el ritmo justo para expresar que queremos o necesitamos decir.

Como habilidad, se encuentra en el punto intermedio entre dos actitudes:  la pasividad (cuando no nos atrevemos a decir las cosas);  y la agresividad (cuando las decimos hiriendo a los demás).  Todos tenemos nuestra particular forma de vivir la asertividad entre estos dos extremos.  Pero lo verdaderamente relevante es que este sistema se mueve como un péndulo:  si  nos comportamos de manera pasiva, nos vamos cargando emocionalmente, de manera que, cuando finalmente hablamos, nos vamos al otro extremo y resultamos exageradamente agresivos.

Así funciona el llamado péndulo asertivo, que explica las salidas de tono que algunas veces tienen personas que sabemos razonables y ponderadas, y que un día nos sorprenden con una belicosidad desproporcionada.

Si nos callamos las cosas porque no encontramos la manera o el momento de decirlas, estamos inevitablemente cargando el péndulo.  Y tarde o temprano se soltará y pasaremos a la agresividad.  Controlar el efecto péndulo es difícil; una vez lo hemos cargado, detenerlo en el centro (entendido como la asertividad pura) supone un ejercicio titánico de autocontrol que raras veces seremos capaces de llevar a cabo.

Para no caer en los extremos, prácticamente sólo hay una solución:  decir las cosas enseguida en vez de callárnoslas.  Porque, si las soltamos a la primera, todavía no habrá carga emocional y seremos capaces de mantener el tono asertivo.  Si por el contrario vamos aguantando y guardándonos dentro disgusto tras disgusto, cuando nos decidamos a manifestarlo probablemente acabaremos siendo víctimas de nuestras emociones.

El péndulo también actúa (aunque es menos evidente) en el sentido contrario:  cuando somos sistemáticamente agresivos diciendo las cosas, acabamos provocando el enfado de los otros.  Si nos hacen ver esa reacción por nuestra parte, entonces optamos por no decir nada más, callarnos las cosas y mostrarnos pasivos.

A casi nadie nos gusta mostrarnos agresivos y cuando lo hacemos somos los primeros en pasarlo mal.  Tener en cuenta este efecto péndulo nos puede ayudar a ser más conscientes de la necesidad de decir las cosas a la primera, sin guardárnoslas dentro.  Y si la agresividad es nuestra pauta, es importante tomar consciencia del impacto de nuestra comunicación en los demás.

Hablar a tiempo permite mantener el tono de la expresión y, a la larga, evita quebraderos de cabeza.  Observar como sienta lo que decimos nos ayudará a encontrar el matiz adecuado.

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El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

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