No hablar, no oír, no ver: los tres monos sabios

–  Francesc Miralles

Casi todo el mundo ha visto alguna vez una reproducción de “los tres monos sabios”, como se conoce a estos animales que se tapan los oídos, la boca y los ojos, respectivamente.  Sin embargo, poco saben el significado de esta escultura de madera de Hidari JIngoró (1594-1634).

Situada en los establos sagrados del templo de Toshogu (1636), en la ciudad japonesa de Nikko al norte de Tokio (ver imagen original supra), la traducción de sus propios nombres  -Kikazaru, Iwazaru y Mizaru-  es “no oír, no decir y no ver”, pero ¿a qué se refiere exactamente?  El origen de estos populares animales podría estar en un proverbio que dice:  “No escuches lo malvado, no digas con maldad, no veas lo malvado”, y que, al parecer, proviene de las escrituras de Confucio.

Sin embargo, existe un paralelismo entre el mensaje de los monos y los tres filtros de Sócrates.  De forma muy resumida, esta historia atribuida al sabio ateniense cuenta que un discípulo acudió a su casa para comunicarle que un amigo suyo le había estado criticando.  Antes de que el mensajero pudiera proseguir, Sócrates le preguntó si ya había pasado por los tres filtros, que se corresponden con estas tres preguntas:  Verdad: ¿Has examinado con detenimiento si aquello que quieres decir es verdadero en todos sus puntos?  Bondad: ¿Lo que quieres explicar es por lo menos bueno?  Necesidad: ¿Es imprescindible que cuentes esto?

En el caso de Sócrates, su discípulo respondió a los tres filtros con un “no”, a lo que el sabio contestaría:  “Si lo que querías contarme no es verdadero, ni bueno, ni necesario, mejor enterrémoslo en el olvido”.

La lección del mono que se tapa los oídos, Kikazaru, es que siempre que nos sea posible, conviene no escuchar los mensajes negativos que nos quieren transmitir los demás, o incluso los medios de comunicación.  Aunque no propaguemos directamente las habladurías, el hecho de escucharlas ya intoxica nuestra mente.  Sobre este mono, que se sitúa a la izquierda del que calla, en Japón no es raro que una persona pida permiso para explicar a otra malas noticias.  Y su interlocutor puede decidir no ser receptor del mensaje negativo para preservar su propio clima mental.

El mono que se cubre la boca, Iwazaru, está relacionado con los tres filtros de Sócrates, que son un método para no transmitir el mal.  Las personas que se andan siempre con chismes pueden resultar amenas al principio, pero quienes las escuchan se ponen inmediatamente en guardia, ya que temen -acertadamente- ser el objeto de las críticas en una próxima ocasión.  Por lo tanto, hablar mal de los demás nos desacredita.

El tercer mono, Mizaru, nos recomienda no mirar hacia el lado oscuro de la realidad, a menos que estemos saliendo de un pozo.  Cada día nos suceden muchas cosas positivas y negativas.  Si ponemos nuestros sentidos en estas últimas, todo nos resultará difícil y desesperante.  En cambio, si nos enfocamos hacia el lado soleado del mundo, incluyendo las virtudes de los demás, avanzaremos mucho más ligeros.

La enseñanza de estos tres animales sabios se puede resumir así:  tu mente crea tu mundo, así que vigila lo que entra y sale de ella.

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Qufu, la ciudad de Confucio

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–  Diego Torres

“Aquí todos vivimos de Confucio” dice alegremente el conductor del rickshaw mientras atraviesa las murallas de la dinastía Ming que dan entrada a la ciudad antigua.  Las calles bullen de actividad:  mercados al aire libre, restaurantes y pequeños hoteles.  Los turistas se agolpan ante los puestos de souvenirs para comprar llaveros y chapas con el retrato del gran filósofo.  La propia estampa de Confucio (veáse la imagen de una de sus múltiples estatuas supra) cuelga en los estantes al lado de la de Mao Zedong y Deng Xiaoping.  El padre intelectual de China sigue alimentando los espíritus de sus paisanos, pero también sus bolsillos, gracias a la floreciente industria turística que se ha instalado en su ciudad natal.

Confucio nació en el año 551 AC a unos pocos kilómetros de Kufu, la antigua capital del reino de Lu, uno de los 150 Estados que coexistían entonces en el territorio de China.  En esa ciudad, ubicada en la actual provincia de Shangdong, vivió gran parte de su vida, fundó la primera escuela no elitista del mundo y fue enterrado.

Hoy en día, en Qufu  ( para una información más completa con imágenes puede verse en Internet en inglés  http://www.virtualtourist.com/travel/Asia/China/Shandong-Sheng/Qufu-1004766/TravelGuide-Qufu.html ) todo se ha confucionizado, desde los nombres de los platos de comida que sirven en las tabernas hasta los cócteles de los bares.  El visitante puede saborear un delicioso cerdo armonioso salteado, y regarlo con un licor bautizado en honor del maestro asiático.  Al igual que en otros destinos turísticos de China, todo tiene un aire a parque de atracciones, a pastiche, a tomadura de pelo.

Sin embargo, la ciudad esconde preciosos secretos.  El primero es su particular legado arquitectónico, que ha servido de modelo para numerosas ciudades de Asia Oriental, y que fue reconocido por la UNESCO en 1994 como Patrimonio de la Humanidad.  El segundo es el protagonismo ubicuo de la familia de Confucio.  El maestro fundó una dinastía que ha jugado un papel relevante en el país, formada por destacados funcionarios e intelectuales.  En Qufu están enterrados más de 100,000 de sus descendientes..

Tras la elevación del confucionismo a política de Estado en China y su propagación a Japón, Corea y Vietnam, Qufu se transformó en un lugar obligado de peregrinaje para los mandarines y para los propios emperadores, que la adornaron con esmero.  La ciudad alberga tres joyas de la arquitectura clásica china, con nombres un tanto engañosos:  el Templo de Confucio  -construido tras la muerte del filósofo en el lugar donde tenía su casa-; el Palacio de Confucio -erigido también tras su fallecimiento por uno de sus nietos para disfrute de toda la familia-; y el Cementerio de Confucio.

El gran maestro chino tuvo una relación difícil con las tres familias que controlaban el reino de Lu debido a sus teorías reformistas.  Pero esas diferencias se olvidaron a la muerte de Confucio en el año 479 AC.  Dos años más tarde, el monarca de Lu mandó erigir el Templo de Confucio, que se convertiría a partir de entonces en el destino de culto de decenas de emperadores de China.  Cada visita procuraba ampliar el recinto con nuevas construcciones y embellecer las ya existentes, dejando su sello en figuras de piedra talladas con inscripciones en recuerdo del sabio.  Quemado y reconstruido en múltiples ocasiones -los últimos estragos tuvieron lugar durante la denominada Revolución Cultural-, el recinto ha servido de modelo a los centenares de templos en honor de Confucio que pueblan la geografía de Asia Oriental.

El nombre de Confucio deriva del apelativo Kong Fuzi, la forma en que sus discípulos se dirigían a él:  Kong es su apellido, y Fuzi significa maestro.  En Qufu el maestro Kong fundó la primera escuela que aceptaba a los alumnos de todas las clases sociales.  Los aristócratas aprendían junto a los campesinos un credo -más cercano a la ética que a la religión- que hacía hincapié en la necesidad fundamental de la educación y que ha pervivido hasta nuestros días.  “Si tienes un plan para un año, planta arroz;  si tienes un plan para 10 años, planta árboles;  pero si quieres un plan para 100 años, educa a tus hijos”, es una de las citas que se atribuye habitualmente al filósofo, cuyos discípulos recopilaron sus enseñanzas.

Nacido en un tiempo de caos y guerras, Confucio instituyó la armonìa como objetivo primordial de la sociedad.  La persona se hace persona sólo dentro de un grupo, en relación con los demás.  Si cada miembro de la comunidad actúa como le corresponde, con bondad y respeto por los ritos, habrá paz bajo el cielo.

El Palacio de Confucio, el enorme conjunto de residencias que construyó su nieto tras su fallecimiento, exhibe muchos de los aforismos y enseñanzas del maestro impresos en papiros colgados de las paredes o en viejos volúmenes ordenados en las bibliotecas, así como tallados en las vigas de madera de algunas estancias.  El conjunto residencial, ampliado sucesivamente hasta alcanzar, en algunos períodos, 463 dormitorios, se convirtió en la mansión civil más grande de China (después de la Ciudad Prohibida ubicada en Pekín), y en la actualidad alberga importantes colecciones artísticas.

En el citado Palacio se instalaron generaciones y generaciones de la familia Kong, que luego eran enterradas en el cercano Cementerio de Confucio.  Para el viajero curtido en los templos y la arquitectura de Asia, visitar esa necrópolis es probablemente la experiencia más agradable y sorprendente que ofrece la ciudad, que presume de albergar el camposanto más grande del mundo.

El recinto consiste en un enorme bosque de cerca de 200 hectáreas, salpicado aquí y allá por las lápidas de más de 100,000 miembros de la familia Kong, caminos de piedra y estatuas en honor de los difuntos.  En un rincón, bajo una modesta losa blanca, descansa el gran sabio ajeno al bullicio de los turistas que lo veneran.

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Diego Torres es un periodista argentino residente en España.  Puede seguirse su cuenta en Twiter  @diegotorresro

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