El reencuentro

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–  Félix de Asúa

Hacía seis años que no nos veíamos.  A pesar de la muleta, me pareció muy recuperado. Me tranquilizó la luz irónica de sus ojillos entrecerrados y cubiertos de arrugas.  Había pasado mucho tiempo en el remolino de la confusión. Tras separarse de su mujer, entró en ese tobogán que tiene un comienzo excitante y pronto se convierte en una caída sin control.

Después de haber conducido camiones ilegales y huído de una prisión mortal, le perdí la pista en algún Estado mexicano donde trabajaba de camarero, aunque ya era viejo para esa tarea.  Al regresar a España todo cambió de golpe.

Quiso el azar que se encontrara con una novia antigua, justamente la que abandonó para casarse.  La mujer, ya pasados los 50, lo miró con regocijo cariñoso.  “No has cambiado nada, sólo te has muerto varias veces”, dijo.  Mi amigo constató que nadie le juzgaba con mayor gentileza y comenzaron a salir.

Era regresar a muchas cosas.  La casa abandonada, la novia abandonada, la ciudad abandonada, pero aún le faltaba conocer otro abandono.

Poco después ella le dijo:  “Cuando te casaste yo estaba embarazada.  Me lo callé porque no habrías sabido qué hacer, pero al niño se lo dije en cuanto cumplió 13 años, así que te conoce.  ¿Quieres conocerlo tú ahora?”.  Mi amigo aseguró que inmediatamente quería conocerle.  Y al salir de su casa, aquella noche, lo atropelló una moto.

Una vez superado el coma, el cirujano le advirtió que iba a quedar cojo, pero que le esperaba su silla de ruedas.  Señaló el pasillo.  Un muchacho de unos 20 años sostenía las manillas y le miraba desconcertado.  No le cupo ninguna duda.  Desde entonces no se han separado.

“Hay más clases de amor que las que conocí de joven”, me dijo.  Luego se alejó renqueando.

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La riqueza de lo diverso

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–  Susanna Tamaro

Recientemente, con solo 18 años, falleció el sobrino de una íntima amiga mía.  No fue un accidente, sino una muerte esperada desde hacía mucho tiempo, que los increíbles progresos de la ciencia habían conseguido retrasar tres años.  Saverio (así se llamaba el muchacho) padecía, de hecho, distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad que no perdona.  Hace tres años, fue objeto de una intervención única en el mundo, consistente en suplantar su corazón por uno artificial alimentado a pilas.

Me parece que es el primer caso de estas características. Saverio se sometió a un trance tan difícil y doloroso consciente de que su esfuerzo podría serle útil en el futuro a otras personas.  Estos tres últimos años de su vida los ha pasado recargando la batería de su corazón, como si fuera un teléfono móvil.  Y, entre tanto, no dejó de ir al Instituto y obtener excelentes calificaciones, mientras se preparaba para encarar la madurez.  Su defunción ha dejado un vacío enorme entre sus compañeros de clase, sus amigos y, como no, su familia.

Yo conocía a Saverio desde que era pequeño, por lo que pude ver como avanzaba su enfermedad, cómo se ensañaba con su cuerpo, obligándolo a ovillarse en una silla de ruedas.  Sin embargo, ni una sola vez desapareció de su rostro la sonrisa de la felicidad, la alegría.  Estaba agradecido por aquella vida.  Su mirada, llena de bondad y compasión, permanecerá para siempre en mi memoria y en la memoria de todos aquellos que lo conocieron.

Andaba pensando en todo esto, cuando me encontré con una chica que conozco. Tras los saludos de rigor, me dijo murmurando:  “Estoy embarazada”.  Al constatar mi entusiasmo, bajó enseguida aún más el tono de la voz y añadió:  “No quiero que se entere nadie por ahora.  Antes, tengo que hacerme de nuevo unas pruebas genéticas para descartar que el bebé traiga alguna anomalía”.  Me quedé completamente helada.  ¿Por qué?  ¿Es que si naciera con el labio leporino,  o tal vez con síndrome de Down, no iba a ser igualmente una persona?

A menudo me pregunto si nos damos cuenta por completo de cómo la tecnología está determinando, con una violencia inusitada, el cuerpo y las vidas de las mujeres.  No sólo nos obligamos lucir una talla ideal, a tener un trabajo interesante, un compañero siempre satisfecho y una casa de envidia, sino que también tenemos el deber de alumbrar niños perfectos.  Basta que la criatura venga con un mínimo defecto (que, por ejemplo, le falte un dedo) para que se ponga en marcha ese operativo infernal.  ¿De verdad nos creemos que el objetivo del ser humano es la perfección física y que la ausencia de defectos es garantía de una vida feliz?

Mi joven amigo tuvo una vida breve pero muy intensa.  Su memoria ha dejado en el ambiente una vibración con tanta energía, que nos hace sentir a los demás más vivos de lo que estamos, más reconciliados con la existencia, con mucho más sentido de la compasión.  ¿Y si viniéramos al mundo para ayudarnos unos a otros, así como a acabar con el egoísmo de nuestras convicciones, dándonos la ocasión de saborear otros sentimientos, otras emociones que, de lo contrario, nunca habríamos tenido el coraje de poner a prueba?

¿Qué mundo es aquel que sólo anhela lo físicamente perfecto?  Es un mundo que, en lo que a mí respecta, me parece un horror, porque no contempla la riqueza de lo diverso, no sabe dar cabida a las debilidades, pues, de forma muy taimada, quiere hacernos creer que la ciencia es capaz de acabar con las enfermedades, el dolor y la muerte, convirtiendo nuestras vidas en una homologada y homologante cadena de montaje, compuesta por individuos obedientes y sin defecto alguno.

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Susanna Tamaro es una novelista italiana que publica, a su vez, artículos y entrevistas en diferentes medios de comunicación.  En este mismo blog figura su artículo La oportunidad de detener el tiempo (2013).

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