El verdadero sentido de la buena educación

  Gabriel García de Oro

La clave de cualquier manual del buen comportamiento es no molestar y tratar al otro como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.  Hay que hacer que la persona se sienta cómoda, mostrar respeto y cierta sensibilidad hacia sus sentimientos, creencias o formas de vida.

Algunas formas se quedan obsoletas y otras valen en un país y no en otro.  Sin embargo, devolver el saludo, estornudar con moderación, no hablar a gritos, no devorar la comida o dejar salir antes de entrar son gestos universales que todo el mundo aprecia.  Y que llevamos siglos poniendo en práctica, como demuestra el libro  De la urbanidad en las maneras de los niños  que escribió Erasmo de Rotterdam (1) en el siglo XVI.  Este ensayo fue un auténtico best seller de la época, lo que indica que los ciudadanos del Renacimiento ya estaban muy interesados en todo lo relativo a la convivencia.  Porque de eso se trata.  De coexistir.  Sobre todo de adaptarse y no imponer tus reglas.

Para ofrecer lo mejor a los demás tenemos que empezar por nosotros mismos.  Lo primero que debemos hacer para ser educados es no flagelarnos y buscar la armonía interior.  Si no estamos contentos, o nos creemos que nuestros problemas son más importantes que los del resto, difícilmente veremos lo que pasa a nuestro alrededor y, menos aún nos preocupará cómo actuar de cara al exterior.  El secreto de los buenos modales y su poder transformador es justamente ese:  estar bien con uno mismo.  Tratarnos con corrección para luego comportarnos así con el otro.

Pero ¿cómo lo ponemos en práctica?  Estas cinco pistas nos pueden ayudar a interiorizar la importancia que tienen algunos gestos en nuestra rutina.

1.  Dar los buenos días.

Tal vez sea la regla más básica del civismo, pero cada vez se practica menos.  Vivimos tan angustiados y estresados, o tan metidos en nuestro mundo, que nos olvidamos muchas veces de saludar al compañero de trabajo o al vecino.  Lo primero que debemos hacer para cambiar de actitud es darnos los buenos días a nosotros mismos.  Desearnos lo mejor, llenarnos de buenos propósitos, de gratitud ante la jornada que empieza.  Esto nos ayudará a encarar de una manera más amable el día.  

2.  Hablar con corrección.

En no pocas ocasiones usamos expresiones como “que tonto soy”, “lo he hecho fatal” o “me siento un inútil” para referirnos a nosotros mismos.  El lenguaje autodestructivo refleja inseguridades.  Y esos complejos nos vuelven personas amargadas y tristes.  También utilizamos consciente o inconscientemente palabrotas que pueden generar mal ambiente.  Hay que quererse más para querer más al otro.  Si no, entraremos en una espiral de resentimiento que repercutirá en nuestro comportamiento.

3.  Saber escuchar.

Lógico.  Una persona educada es aquella que no solo (2) habla con pulcritud y utiliza un lenguaje apropiado. También escucha atentamente y presta atención a las necesidades y sentimientos de los demás.

4.  Sonríe.

Cuando lo hacemos demostramos comprensión y empatía.  Tal vez sea la manera más simple de comunicarse entre los seres humanos.  Aunque no hablemos la misma lengua, todos entendemos una sonrisa.  Si nos esforzamos por sonreír más, en el fondo, estaremos generando un buen ambiente interior que se trasladará al exterior.

5.  Sé detallista.

Hay que tener presentes esas pequeñas cosas que poco a poco van construyendo un buen clima.  Para eso hemos de prestar atención a lo que acontece en nuestra vida cotidiana.  Por ejemplo. ceder el asiento a una mujer embarazada es una cuestión de fijarse en quién se tiene alrededor.  Será más fácil si nos olvidamos un minuto de mirar el teléfono móvil (cellular) y observamos a la gente que viaja con nosotros en el metro o en el autobús.  O abrir la puerta a aquella persona que va cargada con la compra.  O regalar unas flores solo porque sabemos que a ese amigo nuestro le encantan.

Con nosotros pasa lo mismo, si nos damos ese pequeño capricho, ese momento de calma, de mimo y cuidado, nos sentiremos mejor y, a su vez, haremos sentir mejor a los demás.

(1)  El sacerdote Erasmo de Rotterdam (1466-1536) fue un filósofo, teólogo, humanista y escritor, que marcó el pensamiento de una época y nos dejó una serie de frases esenciales en el movimiento renacentista de la época recogidas en su libro Adagia [Adagio] (Ed. Aldo Manucio, Venecia, 1508).   Citamos dos de ellas:  Llorar lágrimas de cocodrilo y Más vale prevenir que curar.

(2)  Es probable que muchos lectores procedan de un sistema educativo que diferenciaba “sólo” (adverbio) de “solo” (adjetivo).  En el colegio nos enseñaban que siempre que pudiéramos sustituir la palabra “solo” por “solamente” debíamos tildar el término (sólo = solamente”).  Sin embargo, la Real Academia Española en la última edición de su Ortografía (RAE, 2010) determinó que “solo” nunca llevaría tilde, independientemente de que fuera un adjetivo o un adverbio.  Debe ser el contexto el que determine qué tipo de palabra estamos utilizando.

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Cervantes: el enigma

Cervantes.1–  Andrés Amorós

No sólo coinciden Miguel de Cervantes y William Shakespeare en la fecha de su muerte, 23 de abril de 1616, de la que ahora se cumplen cuatrocientos años. (En realidad, no murieron el mismo día: en Inglaterra y España se usaban distintos calendarios). También les une algo pintoresco:  la capacidad para suscitar teorías esotéricas.

Con frecuencia, salta a los periódicos una noticia que intenta provocar un escandalillo literario:  las obras de Shakespeare las escribió un aristócrata, un grupo de dramaturgos, una mujer…  No es fácil entender cómo un simple actor pudo escribir obras tan diferentes, dentro de su excepcional calidad.

Algo parecido sucede con Cervantes:  hace cien años, algunos obtusos decían que era un “ingenio lego”; es decir, que no llegó a enterarse de lo que había escrito. Miguel de Unamuno, tan amigo de paradojas, sostenía que el personaje Don Quijote era superior a su creador. (El sentido común más obvio nos dice que toda la grandeza del personaje la creó Cervantes; no le cayó del cielo, sin que él lo advirtiera).  Hace poco, se ha afirmado que no conocía bien La Mancha, que se hizo homosexual en su cautiverio argelino, que no tuvo siempre a mano material para escribir la gran novela…

Tan peregrinas ocurrencias muestran cuánto pueden equivocarse los eruditos pero intentan responder a una incógnita evidente:  la enorme distancia que parece existir entre la obra literaria y lo que sabemos de la biografía de su autor.  ¿Cómo pudo aquel soldado de Lepanto y recaudador de impuestos escribir “El Quijote”?

Américo Castro, mi maestro, abrió un nuevo camino, en 1925, con su revolucionario estudio “El pensamiento de Cervantes”, al ponerlo en relación con muchas corrientes del Renacimiento europeo.  Es fácil imaginar todo lo que pudo aprender una inteligencia tan despierta como la de Cervantes en aquella Italia deslumbrante (algo semejante le debió de suceder a Velázquez).  Después de la guerra, cuando evolucionó su visión de nuestra historia, don Américo intentó explicar a Cervantes dentro de la peculiar “vividura” de aquella “España conflictiva”, marcada por la convivencia de cristianos, moros y judíos.

El problema se acentúa por una de las características más indiscutibles de Cervantes, su ironía.  Se ha comparado su estilo a una cebolla, con capas sucesivas, que hay que ir quitando si deseamos llegar al núcleo.  Eso obedece a una peculiaridad personal pero también supone una permanente actitud cautelosa (que algunos han llegado a calificar de hipócrita): de no haber usado esas cautelas, un espíritu tan libre hubiera tenido graves problemas en aquella España de la ortodoxia.

Baste con un ejemplo:  Cervantes tiene muchísimo cuidado de no criticar expresamente la expulsión de los moriscos, pero parece claro que no comparte del todo sus motivos y retrata con evidente simpatía a Ricote, al que abraza Sancho y que suspira por su patria perdida: “Doquiera que estamos, lloramos por España”.

La dificultad de entender adecuadamente a Miguel de Cervantes (1547-1616) se comprueba por el hecho evidente de que no fue bien entendido, en su época,  Tuvo, eso sí, un éxito inmediato extraordinario:  ya en 1605 se publicaron seis ediciones más; muchos ejemplares se enviaron a las Indias; muy pronto se tradujo al inglés (1612), francés (1614), italiano (1622), alemán (1648).  Sin embargo, podemos resumir diciendo que, durante los siglos XVII y XVIII, se leyó como una obra cómica.  Fue sólo a partir del romanticismo europeo (sobre todo alemán y ruso, además de los grandes narradores ingleses y franceses) cuando se reconoció su valor trascendental.

Volvamos al enigma inicial:  ¿era muy culto Cervantes?  No parece claro.  Sí era un gran lector, como él mismo proclama:  “Yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles”.  Lo muestra uno de los momentos más patéticos del “Quijote” -evocado por Francisco Ayala-:  su desconcierto cuando no encuentra sus libros, porque le han tapiado el aposento donde los guardaba.

Quizá estudió algo con los jesuitas de Córdoba y Sevilla, o en la Universidad de Salamanca.  Sí es seguro que, en Madrid, fue discípulo del maestro López de Hoyos: en sus “Exequias” a la muerte de Isabel de Valois incluye algunas composiciones de Cervantes y le llama “nuestro caro y amado discípulo”.  Esto supone la influencia de una corriente de pensamiento fundamental en aquella España, como estudió Marcel Bataillon: el erasmismo.  No es difícil rastrear en su obra huellas de este “cristianismo interior”, crítico de las ceremonias externas.  Uno de los personajes que retrata con más cariño es don Diego de Miranda, el “santo a la jineta” (laico, diríamos hoy), que encarna las mejores virtudes del erasmismo y de la sabia moderación clásica.

No está claro, así pues, lo que Cervantes estudió pero sí es evidente lo que debió de aprender a lo largo de una vida complicada y poco feliz: fue cautivo, tuvo siempre dificultades económicas y problemas con la justicia, intentó pasar a América, pero no le dieron permiso…

En la sevillana calle Sierpes, una placa recuerda que, en esa Cárcel de Corte, comenzó a escribir “El Quijote”, de acuerdo con lo que dice en su Prólogo:  “Se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”.  Quizás se trata sólo de una metáfora del mundo o alude a lo que le enseñó esa experiencia.

No cabe duda, eso sí, de que “El Quijote” es la obra de un hombre maduro: cuando se publicó la primera parte (1), en 1605, tenía casi 58 años (entonces, una edad muy avanzada) y llevaba veinte sin publicar; por eso, entre otras cosas, sorprendió tanto su novela.  Es un hombre maduro y desengañado el que nos dice “ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.  Lo define Carlos Fuentes:  “Es la primer novela de la desilusión, la aventura de un loco maravilloso que recobra una triste razón”.

Esa desilusión es personal pero también colectiva, refleja la crisis de una España que estaba pasando de la grandeza del Imperio a la decadencia.  Sin  embargo, no destruye sino que depura los ideales caballerescos: la libertad, la defensa de los débiles, el heroísmo, la fidelidad a su amor…  Y añade algo de permanente vigencia, la primacía de la ética del esfuerzo sobre la del éxito:  “Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.

El enigma de Cervantes -como el de Shakespeare- tiene una respuesta, a la vez sencilla y profunda.  Más allá de la extraordinaria belleza formal, sus obras nos enseñan a ver el mundo y a entender la infinita complejidad de los hombres y las mujeres:  “Leyendo a Cervantes -decía Antonio Machado- me parece comprenderlo todo”  A ese misterio le solemos llamar, simplemente, genio.  Y es lo que, a pesar de todo, mantiene nuestra esperanza en los seres humanos.

(1)  Véase http://quijote.bne.es/libro.html

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