Mi maestra de lengua y literatura me enseña canciones y a mis padres les parece una pérdida de tiempo

–  Laura Sala Sedeño

Entró indignada en el aula, puntual a su cita de tutoría conmigo. Indignadísima porque yo, maestra de Lengua y Literatura, le estaba enseñando a su hijo de 12 años una canción cada quince días y le pedía que la cantara y la analizara. Indignada porque “estaba perdiendo el tiempo con canciones en vez de trabajar”. Más indignada aún porque en algún examen pregunté por la canción que habíamos aprendido, pidiendo que relacionaran la letra con el contexto social donde vivían. Preocupadísima porque no estábamos haciendo suficiente análisis sintáctico, que entra en Selectividad (señora, su hijo tiene aún 12 años, tendrá tiempo de hartarse a hacer análisis sintáctico).

En ese momento no supe responderle con argumentos basados en investigaciones científicas, psicológicas y sociales porque, por aquel entonces, aún no había estudiado en profundidad los beneficios de las canciones, pero mi lógica y sensibilidad me hacían creer firmemente en lo que hacía (eso, y mis estudios universitarios). Mediante las canciones les enseñaba cultura, analizábamos sentimientos –que tanta falta hace en un mundo insensibilizado hasta tal punto que la gente sigue comiendo mientras ve decapitaciones en las noticias de las tres de la tarde-, la rima, el contexto social, la historia del cantante, las profesiones involucradas en la creación de una canción comercial… etc. Y sí, señora, todo eso dentro del área de Lengua y Literatura. Porque el vocabulario es “Lengua”, el uso del idioma en la música es “Lengua”, la redacción de una biografía de un cantante es “Lengua”, así como otras muchas actividades de “Lengua” que tengo la oportunidad de crear mediante el estudio de una canción.

Ahora, desde la calma y la serenidad, después de estudiar a fondo el uso de la canción en el aula, le voy a explicar, señora, los motivos por los que aprender canciones en la escuela es un lujo, una herramienta de gozo de la cultura y un regalo que la maestra de su hijo le hace seleccionando la canción idónea para el momento justo en que él y sus compañeros necesitan ponerle voz a lo que piensan y sienten. Y si esa voz va acompañada de música, pues mucho mejor. Siéntese, señora, y lea.  

Existen varias teorías sobre como el Homo Sapiens desarrolló el lenguaje. Las teorías de la continuidad afirman que el lenguaje evolucionó gracias a los sistemas prelingüísticos como la capacidad para imitar, cantar y tararear sonidos musicales presentes en la naturaleza, como el canto de los pájaros. Pero no hace falta remontarse a los tiempos del Homo Sapiens: los bebés comienzan a balbucear imitando sonidos y melodías, desarrollando de este modo los músculos necesarios para la articulación de palabras. En cuanto a las raíces psicológicas, la canción puede reemplazar el habla afectiva de la que carecen niños y adultos en contextos sociales marginales, como orfanatos o situaciones de soledad prolongadas, y su presencia constante en nuestro día a día hace que sean piezas literarias fáciles de recordar que nos permiten trabajar la memoria a corto y largo plazo sin apenas ser conscientes del esfuerzo.  Como ve, madre preocupada, las canciones nos han acompañado desde el inicio de nuestra especie hasta hoy, en muchos casos calmándonos las lágrimas de algún disgusto.

La utilidad de la canción interesó al mundo de las Ciencias Sociales. Lingüistas y pedagogos esenciales en el estudio de la evolución de los niños, como Piaget, Chomsky o Krashen, también teorizaron sobre la importancia de la canción en el desarrollo del ser humano. Para Piaget, cantar es un ejemplo del lenguaje egocéntrico del niño, es decir, de cuando éste habla solo, sin importarle no tener audiencia o interlocutor, y que le permite organizar sus ideas y su discurso. Krashen relaciona la repetición involuntaria que se hace al tararear o cantar fragmentos de una canción con el dispositivo natural de adquisición del lenguaje que tanto defendió Chomsky, quien tras numerosos estudios concluyó que los humanos tenemos una propiedad intrínseca para repetir lo que escuchamos con el propósito de darle sentido. Una vez más le demuestro, señora, que las canciones forman parte de la vida de la gente desde que nace, y es bastante ilógico no aprovecharlo en beneficio de la educación del individuo.

Las canciones son un recurso educativo de gran valor, pues engloban una amplia variedad de literatura que ha sido y sigue siendo transmitida de forma oral, hasta tal punto que Zumthor las considera “poesía popular”, pues su principal objetivo es disfrutar del sonido de las palabras. Dentro de la literatura infantil, la poesía tiene una presencia espontánea gracias a las canciones que suelen incluir aspectos de creatividad poética como estrofas, evocación de ideas a través de las palabras, lenguaje metafórico o rimas. Además, el contenido de las canciones permite el desarrollo de la creatividad, pues se pueden inventar movimientos, gestos y bailes acordes con la letra, crear material adicional para interactuar con la canción, o incluso representar la canción como si de una obra de teatro se tratase. Parece ser, señora, que usted  también considera las canciones como un recurso educativo, pues quiero pensar que le ha cantado alguna vez a su hijo, que le ha enseñado algún juego de manos como los “Cinco Lobitos” o que se le ha podido ocurrir hablarle de la canción de Ana Belén que dice: “(…) libertad, libertad, sin ira, libertad. Guárdate tu miedo y tu ira porque hay libertad…” como hizo mi madre para explicarme la transición cuando aún no sabía ni lo que era ETA.

Aunque todos estos motivos me parecen suficientes para justificar el uso de la canción en el aula a cualquier edad, existen razones pedagógicas y metodológicas que apoyan su uso en contextos educativos. Brewster, Ellis y Girard redactaron una lista de seis razones por las cuales los maestros deben usar las canciones en sus clases, independientemente de la asignatura que impartan:

1. Añaden variedad al contexto educativo.

2. El ritmo de la clase cambia y aumenta la motivación.

3. Los alumnos practican patrones de lenguaje y vocabulario sin ser conscientes de ellos.

4. Se trabajan las habilidades de escucha, el tiempo de atención y escucha activa y la concentración.

5. Se promueve la participación activa de los alumnos, dotando de más confianza a los tímidos o inseguros.

6. La comunicación entre los estudiantes y entre el profesor con la clase aumenta, así como la variedad de actividades que se pueden crear en torno a la canción elegida.

Una canción bien elegida, adecuada a la edad y a las necesidades educativas y afectivas del alumnado, con una buena programación de actividades y teniendo siempre en cuenta el objetivo de alcanzar las competencias marcadas por el currículo educativo (leyes, decretos, órdenes, etc), es una herramienta fantástica para la educación de su hijo, señora.

Y además, yo que soy muy reivindicativa con la sociedad, las formas y la ética, pues me tomo la molestia de buscar canciones que le remuevan el pensamiento y las ideas sobre el respeto a los animales – ¿le suena la canción “(…) amigo Félix, cuando llegues al cielo, amigo Félix, hazme sólo un favor (..)” dedicada a Félix Rodríguez de la Fuente?-, la justicia social, el reciclaje, los accidentes de carretera -¿sabía que Alejandro Sanz, en sus inicios, tiene una canción perfecta sobre un accidente de tráfico que dice: “(..) Porque no habla, no entiendo. Hace un momento me iba diciendo no corras tanto que tengo miedo. La ambulancia volaba (…)”?-, y muchas más ideas que me permiten educar a mis alumnos y sí, tranquila señora, enseñarles “Lengua”.

Por favor, confiad en el criterio de los maestros, que si bien hay algunos (pocos) que están amargados y no tienen ganas ni de coger la tiza -o el lápiz de la pizarra digital- la gran mayoría de profesores nos desvivimos por formar, educar, y preparar a vuestros hijos, le echamos corazón a cada actividad, y trabajamos muchas horas que no veis buscando, elaborando y replanteando actividades y metodologías para hacer de nuestros alumnos buena gente, a poder ser culta y productiva, pero sobre todo buena gente.

La música es educación, señora.

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Cine y educación

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–  Gregorio Luri

El cine y la pedagogía son dos pasiones modernas destinadas a encontrarse.  La razón es sencilla:  el cine nace y se desarrolla a la vez que el gran mito del siglo XX, el de la infancia, como lo demuestra Pol Vandromme (1927-2009) en Le cinéma et l’enfance (Éditions du Cerf, 1955).

Todo grupo humano empeñado en un propósito colectivo serio necesita crear sus propias ilusiones sobre la nobleza de sus esfuerzos.  El gran propósito colectivo de la Ilustración fue el del progreso, y la ilusión que le asoció fue la escuela.  Mejor dicho:  la fuerza transformadora de una escuela que democratiza el acceso a la luz de la razón y, por tanto, a la liberación de las tinieblas de la ignorancia y la superstición.  “Cada escuela que se abre es una cárcel que se cierra”,  decía Víctor Hugo (1802-1885).

Si bien, como nos enseña en el cine La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), la escuela ha resultado ser un reducto frágil de la Ilustración, no por eso parecemos dispuestos a descreer de la fe que hemos depositado en ella.  Si la escuela real nos decepciona soñamos con la escuela ideal.  Entre el Robin Williams de El club de los poetas muertos [Dead Poets Society] (Peter Weir, 1989), el Ryan Gosling de Half Nelson (Ryan Fleck, 2006) y el François Begaudeau de La Clase [Entre les murs] (Laurent Cantet, 2008), la idealidad parece haber ido dejando paso al escepticismo.

Sin embargo, las estadísticas nos dicen que la primera película que nos viene a la cabeza, si piden un tìtulo sobre cine y pedagogìa, es El club de los poetas muertos.  Algo debe decir esto sobre la singular racionalidad pedagógica.  Si las encuestas dicen la verdad, el maestro que nos gusta no es el diligente que llega puntual a clase y cumple meticulosamente con el programa, sino el artista que se salta horarios, convenciones y programas.  El problema es que no sabemos ni cómo crear artistas en serie, ni si las escuelas podrìan soportarlos.

El extremo opuesto de Robin Williams sería el Thomas Gradgring de Hard Times, la novela de Charles Dickens (1812-1870) adaptada al cine mudo en 1915 por el director Thomas Bentley, que abre de esta manera la vía de la denuncia de una escuela sin alma, anticipando a Cero en conducta [Zéro de conduite] (Jean Vigo, 1933),  Los cuatrocientos golpes [Les quatre cents coups] (François Truffaut, 1959), If… (Lindsay Anderson, 1968), The wall  [El Muro] (Alan Parker, 1982),  Las pequeñas flores rojas [Little Red Flowers] (Zhang Yuan, 2006), y tantas otras.

Nuestra escuela está hoy muy lejos de la agresividad cuartelaria que muestran estas películas, pero continúa sin satisfacernos.  Seguimos añorando al maestro que la haga realidad como reducto de la Ilustración en la posmodernidad, que sería el maestro que no hemos tenido y, por lo tanto, que dejó en precario el mito personal de nuestra propia infancia. Sospechamos que Robin Williams es el maestro que nos hubiéramos merecido. De haberlo tenido en clase, nuestras emociones serían hoy más inteligentes, nuestra espontaneidad creativa más viva y, por supuesto, no seríamos analfabetos ni en matemáticas ni en inglés.

Si no hemos tenido un Robin Williams, alguien nos ha negado la oportunidad de ser mejores de lo que somos.  Pero si a nosotros se nos negó tal derecho, podemos intentar que nuestros hijos disfruten de un gran maestro que los eduque de manera no represiva, en la creatividad, el pensamiento crítico, las inteligencias múltiples, la inteligencia emocional y la innovaciòn.  Este maestro debería poseer las siguientes características.

1.  No dejarse atrapar por la inercia cautiva y vivir la docencia con la pasión de Jack Black en Escuela de rock [School of Rock] (Richard Linklater, 2003), o el idealismo heroico de Glenn Ford en Semilla de maldad [Blackboard Jungle] (Richard Brooks, 1955). 

2.  Ser un clérigo de la pedagogía, hasta el extremo de subordinar a su trabajo cualquier faceta de su vida.  “Un gran maestro”  -dice Rahul Khanna en The Emperor’s Club  [El club de los emperadores] (Michael Hoffman, 2002)- “tiene pocas cosas externas que recordar.  Su vida está volcada en otras vidas”.  “¡Yo soy una maestra! ¡Yo soy una maestra!, en primer lugar, en último lugar, siempre!”, defiende Maggie Smith en La plenitud de la señorita Brodie [The Prime of Miss Brodie] (Ronald Neame, 1969).

3.  Plantearse objetivos ambiciosos para todos sus alumnos, sin creer en determinismos sociológicos o intelectuales (véase “The Bell Curve” [“La curva de Bell”], libro editado en 1994 por los Profesores angloamericanos Richard J. Herrnstein y Charles Murray).  Estar convencidos de que, incluso entre los alumnos intelectualmente más desfavorecidos, hay alguna semilla latente de algo hermoso que necesita desarrollo..

Si a veces parece excesivamente exigente, como Debbie Allen en Fama [Fame] (Alan Parker, 1980), Edward James Olmos (haciendo del gran Jaime Escalante) en Stand and Deliver [Lecciones inolvidables] (Ramón Menéndez, 1988), o el enorme J.K. Simmons en Whiplash (Damien Chazelle, 2014), es porque intuye la presencia de esta semilla con más fuerza que el propio alumno.  No tiene nada que ver con el Alex MacAvoy de The wall.  No se limita a proporcionar experiencias más o menos entretenidas de aprendizaje. Quiere producir cambios notables en las trayectorias vitales de sus alumnos.  Es un artista inspiracional y, por eso mismo, no tiene método.  Él es el método.

Desde 1939, con Adiós Mr. Chips [Goodbye Mr. Chips] dirigida por Sam Wood, sabemos que el maestro de nuestros sueños no puede ser un maestro ortodoxo.  Ha de ser un atleta de la innovación.

¿Cómo se crea un maestro así?  Como los reformadores educativos no tienen ni idea, hemos de concluir que hay cine pedagógico para rato.

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Véase el blog de Gregorio Luri en:   http://www.elcafedeocata.blogspot.com.es

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