Vivir la ausencia

–  Alberto Sala Mestres

Las personas que han dedicado una etapa importante de sus vidas a cuidar a un enfermo suelen decir que, cuando desaparece, de pronto se sienten solas.  Sucede que habían moldeado su vida en torno a los cuidados del otro y se habían acostumbrado, incluso sin quererlo expresamente, a esa forma de vivir, acompañándole siempre.

Entonces, al surgir la ausencia más o menos vaticinada, más que un sentimiento de dolor o alivio, lo que experimentan es un inmenso vacío, un no saber qué hacer.  Quedan desconcertadas por un tiempo, más o menos largo, en función sobre todo de las posibilidades que se les ofrecen de volver a tener interés por las cosas que tuvieron que dejar de lado.

Le enfermedad compartida es una forma de sabiduría que nos sitúa en contacto con los demás y facilita el acercamiento a la realidad exacta de las cosas.  Cuando observamos en algunos jóvenes ese egocentrismo tan exacerbado y su fría dureza frente al sufrimiento de los demás, tenemos que pensar que no sólo es que han vivido poco sino que, sobre todo, no han tenido tiempo de experimentar el padecimiento propio y comprender el ajeno.

Si miramos a nuestro alrededor, veremos que existen personas que poseen una atrayente personalidad y que en muchos casos han sido marcadas por el dolor.  La búsqueda de algún sentido al sinsentido del sufrimiento provoca el desarrollo de un perfil humano más agudo y sensible.

En todo caso, no se trata de hundirse en la pena, sino de llegar a comprender que nuestra existencia como persona tiene un inicio que todos conocemos, y nos espera un final del que ignoramos tres interrogantes básicos:  ¿dónde? ¿cómo? y ¿cuándo?

La fe nos hace reflexionar y asumir que ese fin no es más que la antesala de lo prometido, y en nuestra modestia cristiana intentamos ser “santos” para merecer el premio.

Siempre nos quedará el consuelo, al recordar a quien ya no está con nosotros, de poder revivir con esperanza su memoria confiando en la alegría de un feliz reencuentro eterno.  Así sea.

____________________

Anuncios

México: ¿se cayó la Esperanza?

–  Gonzalo Celorio

De las tres virtudes teologales que esculpió Manuel Tolsá (1757-1816) para coronar el gigantesco reloj del frontispicio de la Catedral Metropolitana de México, sólo se cayó la Esperanza.  La Fe quedó incólume, como se ha mantenido desde siempre.  La Caridad, también, aunque echada peligrosamente hacia adelante, como impetuosa, como rejuvenecida.  Más ansiosa y más pujante que nunca.

Al caer en el atrio, la Esperanza no mató a nadie.  Se desplomó y ahí quedó, descabezada, pero de pie.  Dicen los expertos que no merece la pena restaurarse.  Que será mejor sustituirla.  Creo que tienen razón.  La verdad es que aun trepada en la cúspide del cuerpo central de la Catedral, a mano izquierda del asta bandera, la Esperanza ya estaba erosionada, marchita.  La réplica que se colocará en su sitio no tendrá, obviamente, la condición original que tenía la que labró Tolsá a principios del siglo XIX, momentos antes de que México librara su revolución de Independencia.  Pero mirará al futuro.

La Fe es ciega, dicen los teólogos.  La Caridad también debería serlo.  Pero no la Esperanza, que mirará al futuro en este nuevo calendario que empezó a correr a las 13.14 del 19 de septiembre de 2017, cuando un terremoto sacudió Ciudad de México sin detener las manecillas del monumental reloj de la Catedral Metropolitana.

____________________