¿Existen las personas tóxicas?

–  José Luis Ágreda

Seguro que usted se ha visto alguna vez en esa situación en la que después de mantener una conversación con un amigo se ha sentido desolado, ha contemplado el mundo con más tristeza y menos entusiasmo que antes de empezar la conversación, o ha pensado: “Madre mía, a este amigo no le pasa nada bueno, siempre tiene una queja”.  Y en situaciones extremas, ha escuchado el teléfono, ha visto el nombre de la llamada entrante y ha dejado de atenderlo porque sabe que esa persona, de alguna manera, le va a complicar la vida:  le va a contar un nuevo problema o seguirá hablando de su monotema, por lo general con temática “desgracia”.  La pregunta que uno se plantea siempre después de pasar un rato con las personas tóxicas es:  “Y yo qué necesidad tengo de estar oyendo esto”.

¿Quiénes son las personas tóxicas?  Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo.  Es igual que un virus:  llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.

El origen de la persona tóxica puede ser variado:  el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto.  Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio.  El mundo está lleno de personas tóxicas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz

En la categoría de tóxicos pasivos incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar.  Si les escucha y a usted le va bien llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen.  Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo.  Se sienten maltratados por la vida y abandonados por la suerte.  Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá  el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.

Los tóxicos caraduras son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades.  No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben.  Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.

Se define como tóxicos criticones a los que viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya.  Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea.  No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas.  No saben competir si no es destruyendo al otro.  Arrasan como Atila.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica.  Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.

A los tóxicos con mala idea manténgalos bien lejos.  Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado. Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas. Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención. Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo.  No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.

Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para un psicópata.  El psicópata es aquel que infringe dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal.  De estos hay muchos de guante blanco como los tóxicos psicópatas.  Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan. amenazan y provocan que una persona se sienta ridícula y menospreciada, y se cargan la autoestima.  Ante ellas, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite.  Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio.  Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.

Para evitar el contagio de los tóxicos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles. Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse.  Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque porque optan el camino fácil:  llorar.

Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice.  Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida.  No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe.  Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas tampoco será una ayuda.  Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones.   La primera opción consume y resta, y la segunda suma.

Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no.  Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán.  Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.

No permita que la persona tóxica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes.  Si lo hace con ellos, también lo hará cuando usted no esté presente.  No entre en su juego ni se identifique con esa conducta.  Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes.  Y si trata de rumores, dígale que no tiene certeza de que el rumor sea cierto.

Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados.  Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho.  Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad.  Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.

Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente.  Como personas, todos merecemos un trato digno.  Hágase valer.  Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño.  El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas.  Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico.  Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.

Rodéese de personas de bien, que le quieran y que le se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas.  Tenemos la obligación de ser felices y de disfrutar.  Hay mucha gente dispuesta a ello.  No las deje escapar.  Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.

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Ser generosos siempre sale a cuenta

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–  Gerver Torres

Regalar tiempo o dinero, sabiduría o afecto no sólo beneficia a quien lo recibe.  También favorece a quien lo da, porque ser desprendidos hace que nos sintamos más alegres, mejores personas e incluso más sanos.

La mayoría de nosotros, cuando oye hablar de generosidad, piensa inmediatamente en dinero que se regala a otros o se dona a causas sociales diversas.  Sin duda, esta es tal vez la forma más universal y simple de desarrollar tal cualidad.  De acuerdo con las encuestas anuales de Gallup (1), alrededor del 29 % de la población mundial practica ese tipo de altruismo.

Este es el porcentaje de las respuestas afirmativas a la pregunta de si se ha donado dinero para alguna causa social.  Y se ha mantenido estable durante los últimos 10 años. Aunque varía mucho dependiendo de los países, existen cifras tal altas como las de Myanmar [Asia] (90%), y tan bajas como las referentes a Georgia [Europa oriental] (4 %). Un dato interesante es que entre los países con alta proporción de donaciones figuran algunos de los más pobres del mundo como Haití (44%) y Laos (63%), lo cual sugiere que esta práctica no está determinada únicamente por la capacidad económica.

Pero existen otras formas de ser dadivosos.  Una de ellas es el voluntariado: entregar parte de nuestro tiempo a causas de interés social.  Las mismas encuestas mencionadas anteriormente señalan que el 20% de la población mundial hace algún tipo de voluntariado. Los números reflejan por tanto que la gente es más desprendida con su dinero que con su tiempo.

Pero la formas de demostrar generosidad son muy variadas.  También existe una de tipo relacional y emocional que incluye la hospitalidad hacia los otros, la disponibilidad para ejercer de tutores, la capacidad de reconocer los logros y méritos de los demás o la de abrirse afectivamente para compartir penas y sufrimientos. Hay miles de formas de ser generosos sin tener que relacionarlo con nuestra disponibilidad económica.

Tendemos a identificar ser dadivosos como un acto de desprendimiento que significa un costo de algún tipo, normalmente de tiempo o de dinero, pero estudios de diversa índole demuestran que ser espléndidos también reporta grandes beneficios a quien lo practica. Una de estas investigaciones se recoge en un libro de reciente publicación, The Paradox of Generosity (2), escrito por los sociólogos estadounidenses Christian Smith y Hilary Davidson, de la Universidad de Notre Dame (3).  En esa publicación, documentan amplios análisis que realizaron sobre una muestra de 2,000 habitantes en su país, centrándose en los efectos de quien practica la generosidad y no de quien la recibe.

Una de las conclusiones es que los norteamericanos que son más hospitalarios y desprendidos afectivamente tienden a ser mas saludables, a tener una mayor sensación de crecimiento personal, a ser más alegres y felices.  De la misma manera, estudios de neurociencia que examinan el comportamiento de nuestros cerebros, cuando damos y recibimos, sugieren que la alegría de dar es mayor que la de recibir.

No se trata de restarle bondad para equipararla a un acto interesado pero sí conviene saber, especialmente cuando existen dudas para ejercerla, que posiblemente cuesta menos de lo que creemos, porque al tener esta actitud obtenemos beneficios de los que tal vez no seamos conscientes.  Al ser más espléndidos, no sólo estaremos contribuyendo a construir un mundo mejor, que ya es razón suficiente, sino además esta acción impactará de forma positiva en nuestro propio bienestar.

Por ello tiene todo el sentido asumir el propósito de convertirnos en personas más generosas. No hay que esperar a tener más dinero o más tiempo para hacerlo, porque al final nos beneficia a nosotros mismos.

Y, además, considerarlo así no implica cargo de conciencia porque, como dijo el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009)  “la generosidad es el único egoísmo legítimo”

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(1)  Para más información sobre Gallup, Inc. véase en Internet  http://gallup.com

(2)  The Paradox of Generosity, Oxford University Press, New York 2014, 280 págs.

(3)  Véase en Internet  https://generosityresearch.nd.edu

Sonría, por favor

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–  Patricia Ramírez

¡No tienes gracia!.  Es muy frecuente escuchar esta frase entre parejas, padres e hijos, amigos y compañeros de trabajo.  Se dice a modo de reproche a quien cree haber dicho algo en broma o con una doble intención y no consigue que el otro le pille el punto.  Lo cierto es que nadie piensa que tenga poca gracia porque su pareja no se haya reído con su chiste.  Duda y cuestiona el humor del otro, no el suyo.

¿Por qué nos suele afectar que nos acusen de no tener sentido del humor?  Porque asociamos características positivas a las personas graciosas, y no provocar una carcajada significa no tener esas virtudes que valoramos en los demás.

Las personas con sentido del humor nos parecen verdaderos genios:  Quino, Groucho Marx, Charles Chaplin o Woody Allen.  En general, aquellos que se ríen más consiguen ser más felices y tienen mayores índices de bienestar y satisfacción personal.  Son muchos los beneficios de tomarse la vida con ganas de reír.  Veamos:

–  La risa libera endorfinas, nuestra droga natural de la felicidad.

–  Es una respuesta a la ansiedad ya que relaja la musculatura.  ¿Recuerda lo a gusto que se queda cada vez que se echa una carcajada?

–  El humor y la risa relativizan.  Con ello nos enfrentamos a los problemas con menos miedo, mayor creatividad y con un estado emocional que permite buscar soluciones.

–  Reduce los niveles de dolor.  Después de una sesión de  risoterapia  muchos aseguran sentir alivio en su dolor crónico.

–  Favorece las relaciones de pareja.  Uno de los mayores atractivos a la hora de buscar a nuestra media naranja es el valor que le damos a que nos saquen una sonrisa.

Los estudios de Martin Seligman y Christopher Peterson, pioneros de la psicología positiva -definida como el estudio de las emociones, los estados y las instituciones positivas- determinan que el humor es una de las principales fortalezas de nuestra especie.  Es un estado anímico que hace referencia a cómo nos sentimos en general y depende de muchos factores. Si atraviesa una situación de duelo, seguro que está de menos humor que si acaba de tocarle la lotería, momento en el que se reiría de todo. Cuando decimos que una persona está de buen humor, interpretamos que si hubiera que pedirle un aumento de sueldo o comunicarle una mala noticia, este estado facilitaría la situación.

Pero tratemos de reducir en este artículo el concepto de humor -tal y como la psicología positiva y Seligman lo definen- a la capacidad de una persona de experimentar la carcajada.  La risa es la reacción a un acto placentero que se manifiesta verbal y no verbalmente.  Nos reímos cuando nos sentimos bien y con ello desencadenamos dopamina, un neurotransmisor relacionado con los estados placenteros.  El humor es lo que causa la risa:  chistes, bromas, despistes, juegos, meteduras de pata, inocentadas, todo aquello de lo que en general nos reímos y que no todos compartimos.

Hablamos de distintos sentidos del humor y de tenerlo o no.  Pero poseer esta cualidad no es un todo o nada.  Richard Wiseman, investigador británico y miembro de la Universidad inglesa de Hertfordshire, ha dedicado mucho tiempo a estudiar este estado anímico.  De hecho, Wiseman lideró el proyecto  Laughlab  (conocido como “el laboratorio de la risa”), una investigación sobre la risa y el humor.  El británico trató de analizar si los hombres y mujeres nos reímos de las mismas cosas, si mantenemos el sentido del humor a medida que cambian nuestras circunstancias y si la jovialidad difiere según las culturas.

Por ejemplo, en la tradición mística oriental, se entiende el humor como parte de la madurez.  De hecho, líderes como Mahatma Gandhi o el actual Dalái Lama incluso se reían de circunstancias que para otros pudieran parecer trágicas.

Durante su investigación, Wiseman descubrió que cuanto más superior te hace sentir un chiste, más carcajada provoca.  También nos reímos de aquello que nos causa ansiedad, como ya adelantó Sigmund Freud.  Nos reímos de la muerte, de los miedos y de lo absurdo.

A lo largo de la historia, filósofos, médicos, psicólogos, psiquiatras y todo tipo de científicos han tenido curiosidad por el humor; desde Platón, pasando por Aristóteles, hasta Freud, que lo consideraba una válvula de escape para expresar represiones y poder manejar emociones como la ansiedad y el miedo.  Todavía hay mucho que investigar para tener datos fiables de los beneficios que produce la risa, pero hasta ahora nadie se queja de que le siente mal.

Datos como los obtenidos en el estudio Humor, realizado por H.M. Lefcourt y publicados en el libro Handbook of Positive Psychology, ponen de manifiesto que las personas que gestionan el estrés a través del humor fortalecen su sistema inmunológico, tienen un 40 por ciento menos de probabilidad de sufrir un ataque al corazón y viven cuatro años y medio más que la mayoría.

A pesar de que no siempre compartimos el mismo sentido del humor, sí existe una línea que no deberíamos cruzar.  ¿Cuáles son esos límites?  Algo deja de tener gracia cuando sólo se ríe uno o una parte muy pequeña del grupo.  Normalmente estas bromas van asociadas a la burla y a la humillación.  Tampoco es gracioso reírse de  temas que sean sensibles.  Hacer chistes machistas delante de una víctima del maltrato seguro que no tiene ninguna gracia.  Así que evite la humillación y sea prudente.  Busque ser gracioso y reírse con la gente, no de la gente.

Por otro lado, todos queremos ser felices y para ello buscamos circunstancias, actividades y personas que nos potencien ese estado.  Ser un “avinagrado” es algo que nadie desea, pero tampoco quiere casarse con alguien así, ni tener amigos ni compañeros que le entristezcan.  Es más fácil acercarse a una persona que sonríe que al que está con cara de pocos amigos. Los que ven el lado gracioso de la vida también dan la sensación de tener más control.  Son ellos los que deciden el valor de los problemas y no dejan que estos les absorban.

Si se ha convencido del valor del humor y desea entrenar su capacidad de provocar una carcajada, siga estos consejos:

–  Sea usted mismo.  Hay personas que son graciosas por su tono de voz, por cómo gesticulan, por lo rápido que hablan, por su agilidad mental, etc.   No imite.

–  Utilice juegos de palabras o chistes cortos.

–  Sonría.

–  Ser oportuno es gracioso.  Hay bromas a destiempo que están fuera de lugar.  Y tenga en cuenta con quién se está relacionando:  no son lo mismo las bromas en el trabajo, en la familia o ante un auditorio.

–  No se tome usted mismo muy en serio, y tenga en cuenta que las incongruencias también hacen mucha gracia.

Con el paso de los años tendemos a trivializar todo y a reírnos de lo que nos pareció un drama.  Así que, ¿por qué esperar a que pase el tiempo?  El momento de reírse es ahora.

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El arte de simplificar la vida

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–  Pilar Jericó

No soy feliz, afirmaba rotundamente en una reciente entrevista Jack Ma (n.1964) fundador de la empresa china Alibaba Group, una compañia de éxito en los mercados financieros, a quien se le considera como una de las personas más ricas del mundo. Entre sus argumentos citaba la tensión que ha experimentado en los últimos tiempos con la salida de su empresa en la Bolsa de New York con unos ingresos históricos que superaron los 25,000 millones de dólares, la presión sobre sus expectativas personales, el deseo de no decepcionar a otras personas y, lo más importante, la dificultad para llegar a ser él mismo.

Más allá del hecho de que el dinero no nos haga felices superado un cierto nivel, algo que nos secuestra por dentro es la complejidad de nuestra propia agenda.  Y no hace falta ser un magnate para comprobar, nosotros mismos, que la serenidad interior va muy de la mano de la felicidad, y aquélla no se alcanza si no simplificamos un poco nuestra vida.

Se ha vendido una imagen de éxito que no corresponde con la serenidad interior.  Parece que debemos de estar muy ocupados para sentirnos importantes, o para que otros piensen que trabajamos mucho.  Esa relación es una trampa.  Pretender dar esa imagen nos impide disfrutar de los pequeños momentos con nuestras familias, o simplemente pasear tranquilamente por una calle.  Y lo que es peor, nos obliga a forzarnos a algo que no somos necesariamente.  Es un hecho cierto que traicionarse a uno mismo es una pésima apuesta para ser feliz.

Otro motivo por el que nos embarcamos en tener una vida compleja está relacionado con la búsqueda de la intensidad.  Hay personas que adoran hacer un sinfín de cosas, que no pueden estar paradas y que necesitan una máxima actividad para sentirse vivas.  Este es el comportamiento más habitual que reconocen los ejecutivos y directivos cuando se les pregunta por su principal dificultad.  La intensidad es una respuesta de negación, es decir una forma de tapar problemas.  Cuando una persona corre y corre, está huyendo de conectar consigo mismo.  La búsqueda de la intensidad le obliga a no tener tiempo para ser él mismo y eso, a la larga, le lleva a la infelicidad.

Si queremos ser más felices tendremos que simplificar nuestra vida para disponer de tiempo para nosotros mismos y para saborear momentos, situaciones y experiencias.

Es importante identificar nuestras dificultades.  No podremos simplificar nuestra agenda si no reconocemos nuestras barreras.  Si seguimos necesitando dar una imagen de persona hiperocupada o si la intensidad nos seduce, es difícil desprendernos de la complejidad.  Si una persona tiene una agenda al límite y no encuentra espacio para saborear los momentos (y no importa que sea estudiante, ama de casa o empresario), tiene que detenerse a pensar un momento y preguntarse: ¿de qué estoy huyendo?  En muchas ocasiones la respuesta a esa pregunta es una pareja, un trabajo o un estilo de vida, de la que no sabemos cómo salir y preferimos olvidarnos a través de la acción.

Centrarnos en la esencia de las cosas y en las más importantes es una decisión necesaria.  La simplicidad pasa por aceptar desprenderse de lo superfluo a todos los niveles, desde un email, un artículo, una explicación de por qué hemos hecho algo o, incluso, a la hora de montar una empresa.  Simplicidad es sinónimo de decir no.  Es imposible mantener una vida sencilla si arrastramos miles de compromisos.

A veces nos llenamos de detalles para alcanzar la perfección y en esa búsqueda damos la espalda a lo sencillo, a lo que el otro puede comprender.  No hace falta un sinfín de datos para demostrar que sabemos mucho, como ocurre en muchas organizaciones que llenan páginas y páginas de justificaciones para decir algo que se podría resumir en unas pocas palabras.

De hecho, la inteligencia más elevada se demuestra en la capacidad de hacer sencillo lo complejo, para que pueda ser comprendido por todos y, si no, recordemos lo aprendido en el colegio acerca de las fórmulas de la teoría de la gravedad o la termodinámica.  Son enunciados sencillos que recogen años de estudio.

Si seguimos estrujando el tiempo, como si se tratara de un limón, para llegar a mil y un sitios, nos iremos olvidando de nosotros mismos.  En nuestro día a día debemos encontrar  “colchones de tiempo”  para los pequeños momentos que nos hacen sentirnos plenos.  Y eso sólo depende de nosotros mismos.

El Beatle John Lennon (1940-1980) nos dejó una frase muy ilustrativa sobre el comportamiento del ser humano:  “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”.

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Aceptar las cosas como son

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–  Francesc Miralles

Una de las fuentes de sufrimiento más comunes en el ser humano es el deseo de que las cosas sean distintas a como realmente son.  Cuando un país pasa por una grave crisis, la población mira atrás y desea que todo fuera como antes, un antes que en su momento no se valoraba porque parecía aburrido o bien había otras aspiraciones.

Lo mismo sucede con las relaciones interpersonales.  Quien tiene por pareja a alguien silencioso desearía un carácter dicharachero, y este último pondrá de los nervios a quien convive con él un día tras otro.  ¿Por qué anhelamos siempre lo que no tenemos?

Nuestra forma de vida está tan basada en el cambio y el progreso, que a menudo valoramos negativamente la estabilidad sin saber cuál sería la alternativa.

La insatisfacción es lo que permite el progreso de la ciencia, las artes y todo lo que tiene que ver con la sociedad, pero cuando se vuelve crónica en nuestro día a día deja de ser un estímulo para teñir de negatividad nuestra vida.

Hay personas que, instaladas en la queja y la amargura, molestan a los demás -y a sí mismos- de forma totalmente estéril porque de nada sirve señalar lo que no funciona sin ofrecer soluciones.

Madame Bovary dio nombre a lo que el filósofo Jules de Gaultier denominaría “bovarismo”.  Se trata de un estado de insatisfacción permanente a causa del desnivel entre las propias ilusiones y la realidad.  Sin abogar tampoco por el conformismo, si nuestras aspiraciones se hallan siempre a gran distancia de lo que tenemos, jamás alcanzaremos la serenidad.  Como el burro que persigue la zanahoria, podemos pasar la vida entera esperando “algo mejor” para descubrir al final que ya lo teníamos y no habíamos sabido verlo.

Los manuales de psicología han puesto de moda el verbo procrastinar, que significa postergar aquello que deberíamos hacer hoy.  Un aplazamiento que también se produce en un nivel existencial.  Muchas personas postergan la felicidad hasta que cambie la situación que están viviendo.  Se convencen de que cuando encuentren un trabajo mejor o la pareja ideal, por poner dos ejemplos, se darán permiso para disfrutar de la vida.  Sin embargo, este planteamiento tiene un fallo de origen, y es que nada resulta como esperábamos una vez que lo conseguimos.

Lo que ocurre es que muchas personas, cuando llega el momento tan largamente esperado o deseado sufren una desilusión;  entonces fijamos nuevos objetivos esperando que una vez alcanzados llegue, esta vez sí, el premio definitivo.  Sin embargo, esto no acostumbra a suceder, ya que más que insatisfacciones existen las personas insatisfechas.

Del mismo modo que nos resulta difícil aceptar las cosas como son, también nos cuesta aceptar a los demás, ya que su forma de pensar y reaccionar nunca coincidirá con nuestras expectativas.

Al hacer un favor a un vecino, nos duele si no obtenemos el mismo trato por su parte cuando lo necesitamos.  En el ámbito laboral, a menudo consideramos que los compañeros no cumplen con sus tareas, y el jefe o la jefa es un ser inútil que está dinamitando la empresa.

En esta clase de pensamientos está el punto de partida de la mayoría de conflictos interpersonales.  Al esperar que los demás se comporten de determinada forma les estamos negando el derecho a su identidad.  Además, al enfadarnos por estas diferencias obviamos algo muy importante:  ser o actuar de modo distinto a nosotros no tiene por qué ser negativo

Afortunadamente, cada persona tiene una combinación única de defectos y virtudes. Podemos aceptar su singularidad y sacar partido de las cosas buenas que nos ofrece, o bien, enrocarnos y señalar al otro como enemigo.

En 2002, Byron Katie publicó un libro orientado a acabar con la insatisfacción personal: Loving What Is.  Basado en aceptar y reconocer el valor de lo que configura nuestro entorno, no se trata de resignarse a lo que hay, sino de amar nuestras circunstancias para mejorar desde ese punto de partida.

Esta autora norteamericana sostiene que “la realidad es siempre más amable que las historias que contamos sobre ella”, y que cualquier enfado que tengamos con los demás es, en el fondo, algo de nosotros mismos que nos molesta.  Por eso mismo desearíamos cambiarlos, porque es más fácil exigir la transformación del otro que la de uno mismo.

Convencida de que “lo que provoca nuestro sufrimiento no es el problema, sino lo que pensamos sobre el mismo”, en su best seller propone que la persona insatisfecha se entregue al “trabajo”, que empieza con las siguientes dos fases.

1.  Plasmar en un papel lo que no nos gusta.  Elegir una situación o una persona que nos desagrada y especificamos quién o qué provoca nuestra tristeza, qué es lo que no nos gusta y cómo debería ser para que estuviéramos satisfechos.   2.  Indagar en el problema a través de estas cuatro preguntas:  a) ¿Es eso verdad?   b) ¿Tienes la absoluta certeza de que eso es verdad?   c)  ¿Cómo reaccionas al tener este pensamiento?   d) ¿Quién serías sin él?

Byron Katie sostiene que ante un pensamiento negativo solo tenemos dos opciones:  o nos apegarnos a él o indagamos para comprenderlo.  Esa última actitud y una relación constructiva con nuestro entorno nos llevarán a un plano superior.

Una anécdota que se menciona en los talleres de superación personal tiene como protagonista a un violinista que en pleno concierto en Nueva York vio cómo se rompía una de las cuatro cuerdas de su violín.  En lugar de detenerse, decidió adaptar la melodía a las otras tres cuerdas, algo realmente difícil con este instrumento.  Cuando le preguntaron por qué había elegido esa opción, respondió:  “Hay momentos en los que la tarea del artista es saber cuánto puede llegar a hacer con lo que le queda”.

Sin duda, la realidad nos pone a prueba y a menudo estamos expuestos a circunstancias indeseadas.  La cuerda rota del violinista tiene su equivalente, en la vida cotidiana, en situaciones con mucho menos público, pero más dolorosas.  En lugar de lamentar nuestra suerte, podemos preguntarnos qué es lo que nos queda y qué podemos hacer para restablecer el equilibrio en nuestra vida.

Para que vuelva a sonar la música, no obstante, es necesario aceptar las cosas como nos ha tocado vivirlas, ya que son un reto y un aprendizaje.  Al mismo tiempo, en lugar de buscar culpables, debemos aceptar a los demás y no fijarnos en su cuerda rota, sino en las otras tres que siguen tocando.

El escritor Eduard Punset nos ha dejado una reflexión:  “Hay vida antes de la muerte; disfrútala”.

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¿Navidad laica?

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 Juan Manuel de Prada

Se discute en estos días si la Navidad ha dejado de ser una fiesta religiosa para convertirse en una mera orgía consumista, aderezada con unas dosis de humanitarismo de pacotilla, que es una manifestación farisaica muy del gusto de nuestra época.  Creo que este debate no es sino una excusa o subterfugio que nos evita incursionar en otro mucho más hondo y peliagudo, que es el debate sobre la naturaleza de la felicidad.

El hombre contemporáneo persigue la felicidad como si de una fórmula química se tratase, algo así como un revulsivo o catalizador que actúa sobre nuestro ánimo, infundiéndole una “sensación de bienestar”.  Naturalmente, esta búsqueda suele saldarse con un fracaso, pues en el mejor de los casos esa sensación resultará pasajera, apenas un analgésico que distrae por unos pocos días el dolor en sordina que martiriza al hombre cuando decide amputarse, escindirse, renegar de un elemento que le es consustancial.  No hay felicidad sin una aceptación plena de lo que somos; y lo que somos incluye una dimensión religiosa, o si se prefiere trascendente, que no se puede extirpar sin un grave menoscabo de nuestra propia naturaleza.

El hombre contemporáneo, al expulsar a Dios de su horizonte vital, se ha convertido en un ser demediado y, por lo tanto, infeliz;  y como el manco que en los días que preludian tormenta siente un dolor fantasmagórico en el brazo que le ha sido arrancado, el hombre contemporáneo siente en las fechas navideñas esa amputación que ha infligido a su propia naturaleza como una carcoma o una desazón angustiosa que trata de combatir mediante lenitivos euforizantes.

Una vez extinguidos sus efectos, vuelve a sentir el dolor de la amputación, y otra vez vuelve a ensordecerlo con esos lenitivos que, como la morfina, a la vez que lo alivia lo esclavizan y embrutecen.  A veces, entre los vapores de la morfina, brota en el hombre contemporáneo la reminiscencia de una nostalgia, que confunde con alguna estampa más o menos idílica de su niñez y que, a la postre, no es sino añoranza de aquel estado originario en que aún no había renegado de su apetito de trascendencia y espiritualidad.

Los lenitivos que el hombre contemporáneo ha ideado para acallar la protesta de su naturaleza son de diversa índole:  desde el consumismo desmelenado y bulímico hasta ese humanitarismo falsorro que, despojado de su requisito primordial (la consideración del prójimo como recipiente sagrado), se queda en puro aspaviento, pasando por la torpe satisfacción de placeres primarios, puramente fisiológicos.

Cuando se habla de “Navidad laica” se está designando, en realidad, esa infelicidad que el hombre contemporáneo vive como una amputación y trata de paliar mediante colocones de morfina.  Pues la Navidad, antes que nada, es la fiesta a través de la cual el hombre reconoce la presencia de Dios en la aventura humana y, por tanto, la dimensión trascendente de su propia vida.

Cuando Dios nace, algo bueno y nuevo nace dentro de cada hombre, en su más ensimismada esencia.  Al asumir como propio ese ingrediente divino, el hombre se siente más completo y conforme consigo mismo; y de esa conformidad brota, como una irradiación que no declina su llama, la verdadera felicidad.

Despojada de esa significación honda y primordial, la Navidad se convierte en una trágica búsqueda de lenitivos y analgésicos, un vagabundaje desesperado en pos de una quimera.

El hombre contemporáneo que celebra una “Navidad laica” es, en cierto modo, como ese gallo descabezado que corretea poseído por la desazón mientras se desangra;  aunque no lo sepa, es tan sólo un muerto que camina, pues ha extraviado la fuente de la que mana su felicidad.

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En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012) se publicó un artículo del escritor Juan Manuel de Prada.  Para más información sobre el autor véase http://www.xlsemanal.com/prada

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Imagen:  La adoración de los pastores.  Óleo sobre tela realizado por El Greco (Domenicos Theotocopoulos, 1541-1614) en los dos últimos años de su vida.  La intención del pintor era que estuviera junto a su tumba en la Iglesia de Santo Domingo el Antiguo ubicada en Toledo.  En 1954 la obra fue adquirida por el Museo del Prado (véase http://www.museodelprado.es) donde puede verse en la actualidad.

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