El arte de gastar el dinero

–  Gerver Torres

¿Le cuesta tomar decisiones con respecto a su dinero?  Según Richard Thaler (n. 1945), último premio Nobel de Economía y Profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago, la respuesta es afirmativa y la explica en su teoría de la economía del comportamiento.

Para Thaler, los seres humanos no siempre actuamos racionalmente cuando tomamos decisiones que tienen que ver con nuestro bolsillo, sino que ciertas actitudes, la falta de autocontrol y las preferencias sociales pueden afectarnos a la hora de pensar en nuestro dinero más de lo que creemos.

Así, por ejemplo, si alguien nos ofrece 100 dólares hoy y 150 dólares si esperamos un mes, muchos optaremos por tomar los 100 dólares en el momento, a pesar de que el beneficio de esperar, en este caso 30 días, suponga un aumento del 50 por ciento.

El enfoque de Thaler difiere bastante de la teoría de la economía tradicional, que siempre ha sostenido que las personas actúan racionalmente por su propio interés.  Otro de sus méritos es el desarrollo de la teoría de la contabilidad mental, que explica cómo las personas simplifican las decisiones financieras.  Los individuos crean cuentas separadas en sus mentes y toman las decisiones según como afectan a esas cuentas separadas y no al conjunto de sus finanzas.  Un caso claro es cómo el consumidor compra centrándose en los porcentajes que se rebajan y no en las cantidades rebajadas.

Nuestro economista, de 72 años, también sostiene que somos presos de innumerables sesgos cognitivos.  Uno de ellos es el unitario, la tendencia a querer hacer o terminar cosas por unidades redondas:  ya sea escribir o terminar de leer un capítulo de un libro, caminar un kilómetro y no 700 metros, o comer toda la comida que nos sirvan en el plato.  Aunque, como se ve en este último ejemplo, no siempre ese parámetro que aplicamos nos conviene.  Puede que comamos innecesariamente de más.

Dada esa dificultad que tenemos para tomar las mejores decisiones en función de nuestro propio beneficio, tiene sentido que cualquier autoridad, ya sea gubernamental, empresarial o de nuestra propia familia, nos dé un empujoncito para ir por el buen camino.

Así, las cafeterías de muchas escuelas colocan ahora las frutas y no las golosinas en los lugares más visibles y de mayor accesibilidad para los estudiantes.  Todos los demás productos están disponibles, pero la primera opción que se les da es la de los alimentos más sanos.  De la misma manera, muchas compañías ofrecen a sus empleados la alternativa de ahorrar una parte del salario de su nómina.

Con lo que se está jugando aquí es con lo que se ha llamado la “arquitectura de la escogencia”, un término que se refiere a cómo se organizan las elecciones que se le presentan a la gente para que decidan cuál escoger.  La idea ha sido expuesta también como “paternalismo libertario”, un intento de influir sobre las decisiones individuales, pero sin negarle otras preferencias.

Ese planteamiento ha tomado tal fuerza que algunos Gobiernos han creado departamentos que apelan a la economía de la conducta para una mejor gestión de las arcas del Estado.  Desde 2010 el Reino Unido cuenta con el Behavioral Insights Team, una institución que intenta dar ese pequeño empujón a los ingleses para mejorar la sociedad.  Una de sus iniciativas ha sido mandar, a los conductores que no pagan un impuesto especial del vehículo, una fotografía de su propio automóvil con la carta en la que reclaman el importe.  Esa simple innovación produjo aumentos importantes en la recolección impositiva.

Por cierto, haciendo honor a su teoría, Richard Thaler ya ha dicho que piensa gastarse “tan irracionalmente como sea posible” el dinero del galardón de su Premio Nobel.

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Ser generosos siempre sale a cuenta

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–  Gerver Torres

Regalar tiempo o dinero, sabiduría o afecto no sólo beneficia a quien lo recibe.  También favorece a quien lo da, porque ser desprendidos hace que nos sintamos más alegres, mejores personas e incluso más sanos.

La mayoría de nosotros, cuando oye hablar de generosidad, piensa inmediatamente en dinero que se regala a otros o se dona a causas sociales diversas.  Sin duda, esta es tal vez la forma más universal y simple de desarrollar tal cualidad.  De acuerdo con las encuestas anuales de Gallup (1), alrededor del 29 % de la población mundial practica ese tipo de altruismo.

Este es el porcentaje de las respuestas afirmativas a la pregunta de si se ha donado dinero para alguna causa social.  Y se ha mantenido estable durante los últimos 10 años. Aunque varía mucho dependiendo de los países, existen cifras tal altas como las de Myanmar [Asia] (90%), y tan bajas como las referentes a Georgia [Europa oriental] (4 %). Un dato interesante es que entre los países con alta proporción de donaciones figuran algunos de los más pobres del mundo como Haití (44%) y Laos (63%), lo cual sugiere que esta práctica no está determinada únicamente por la capacidad económica.

Pero existen otras formas de ser dadivosos.  Una de ellas es el voluntariado: entregar parte de nuestro tiempo a causas de interés social.  Las mismas encuestas mencionadas anteriormente señalan que el 20% de la población mundial hace algún tipo de voluntariado. Los números reflejan por tanto que la gente es más desprendida con su dinero que con su tiempo.

Pero la formas de demostrar generosidad son muy variadas.  También existe una de tipo relacional y emocional que incluye la hospitalidad hacia los otros, la disponibilidad para ejercer de tutores, la capacidad de reconocer los logros y méritos de los demás o la de abrirse afectivamente para compartir penas y sufrimientos. Hay miles de formas de ser generosos sin tener que relacionarlo con nuestra disponibilidad económica.

Tendemos a identificar ser dadivosos como un acto de desprendimiento que significa un costo de algún tipo, normalmente de tiempo o de dinero, pero estudios de diversa índole demuestran que ser espléndidos también reporta grandes beneficios a quien lo practica. Una de estas investigaciones se recoge en un libro de reciente publicación, The Paradox of Generosity (2), escrito por los sociólogos estadounidenses Christian Smith y Hilary Davidson, de la Universidad de Notre Dame (3).  En esa publicación, documentan amplios análisis que realizaron sobre una muestra de 2,000 habitantes en su país, centrándose en los efectos de quien practica la generosidad y no de quien la recibe.

Una de las conclusiones es que los norteamericanos que son más hospitalarios y desprendidos afectivamente tienden a ser mas saludables, a tener una mayor sensación de crecimiento personal, a ser más alegres y felices.  De la misma manera, estudios de neurociencia que examinan el comportamiento de nuestros cerebros, cuando damos y recibimos, sugieren que la alegría de dar es mayor que la de recibir.

No se trata de restarle bondad para equipararla a un acto interesado pero sí conviene saber, especialmente cuando existen dudas para ejercerla, que posiblemente cuesta menos de lo que creemos, porque al tener esta actitud obtenemos beneficios de los que tal vez no seamos conscientes.  Al ser más espléndidos, no sólo estaremos contribuyendo a construir un mundo mejor, que ya es razón suficiente, sino además esta acción impactará de forma positiva en nuestro propio bienestar.

Por ello tiene todo el sentido asumir el propósito de convertirnos en personas más generosas. No hay que esperar a tener más dinero o más tiempo para hacerlo, porque al final nos beneficia a nosotros mismos.

Y, además, considerarlo así no implica cargo de conciencia porque, como dijo el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009)  “la generosidad es el único egoísmo legítimo”

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(1)  Para más información sobre Gallup, Inc. véase en Internet  http://gallup.com

(2)  The Paradox of Generosity, Oxford University Press, New York 2014, 280 págs.

(3)  Véase en Internet  https://generosityresearch.nd.edu