Palomear, el pequeño signo

mark.04

–  Rosa Montero

El periodista y escritor Jesús Marchamalo me habló en Panamá, durante el reciente VI Congreso de la Lengua,  de un verbo genial que le oyó decir a un mexicano para expresar la acción de marcar con un pequeño signo las casillas de un formulario:  palomear.  “¿Ya palomeaste el documento?”.

Es una palabra ingeniosa y elocuente porque el pequeño trazo suele tener, en efecto, la silueta de un ave; y escoger que sea una paloma le da un toque modesto, doméstico, risueño.  He aquí una lengua vibrando de vida.

La lengua es como una piel que recubre el cuerpo social y se estira y encoge siguiendo sus mudanzas.  Algo tan orgánico no se puede modificar por decreto:  el voluntarismo no funciona (esos espeluznantes “ciudadanos y ciudadanas”, por ejemplo).  Sólo un cambio real de la sociedad puede hacer evolucionar el manto de palabras que la recubre.  Por eso no me extraña que ahora sean los países latinoamericanos los más capaces de mostrar esa vitalidad creativa, mientras Europa se tambalea y España apura su crisis. Latinoamérica parece estar en un momento de despegue.

Todo eso se refleja en nuestra lengua.  Ya se sabe que el español lo hablan 400 millones de personas, que es el segundo idioma materno del planeta, tras el mandarín, y que hay expertos que sostienen que, para 2045, será la lengua mayoritaria (aunque yo creo que para entonces hablaremos todos chino).

A veces alardeamos demasiado triunfalmente de estas cifras, aunque tampoco viene mal para contrarrestar el irritante complejo de inferioridad hispano.  Pero para mí la mayor riqueza del español no reside en su enorme implantación, sino en su diversidad, en sus muchas versiones y matices.

En este mundo crispado, sectario y excluyente, emociona poder celebrar una lengua común llena de diferencias que no sólo no desunen, sino que potencian.  Palomeando se vuela hacia el futuro.  Ser distintos nos hace más fuertes.

____________________

Nota del Editor:  La última edición del  Diccionario de la Lengua Española (DRAE) [2001] indica para el verbo palomear dos definiciones: 1)  Andar a la caza de palomas; y  2) Ocuparse mucho tiempo en cuidarlas.  Añadir en ese Diccionario una nueva definición del citado verbo es un largo camino, que requiere el reconocimiento de que se utiliza de forma generalizada.   En el caso de palomear, su uso frecuente en México para expresar la acción de marcar con un pequeño signo las casillas de un formulario, podría dar lugar a que se incluyera en una edición actualizada del Diccionario Breve de Mexicanismos publicado por la Academia Mexicana de la Lengua (última edición, 2001).

____________________

¿Son tontos los hispanos?

Dignidad

–  Moisés Naim

El indicador conocido como coeficiente intelectual (CI) puede estimar de manera confiable la inteligencia.  El CI promedio de los inmigrantes en los Estados Unidos es considerablemente más bajo que el de la población nativa de raza blanca.  Esta diferencia es probable que persista durante varias generaciones.  Las consecuencias son la falta de asimilación socioeconómica entre los inmigrantes de bajo coeficiente intelectual, conductas de clase baja, menor confianza social y un aumento en trabajadores no cualificados en el mercado laboral estadounidense.  La selección de los inmigrantes de alto coeficiente intelectual podría mejorar estos problemas en los Estados Unidos, al mismo tiempo que beneficiaría a los potenciales inmigrantes que son más inteligentes pero que carecen de acceso a la educación en sus países de origen.

Los párrafos anteriores son un resumen de la tesis doctoral que presentó Jason Richwine en la Universidad de Harvard en 1999 y que fue aprobada, sin objeciones, por un comité formado por tres prestigiosos catedráticos de esa Universidad.  La tesis habla de los inmigrantes en general, pero sus conclusiones están principalmente basadas en el análisis del (bajo) CI de los hispanos.

Armado con esa credencial, el flamante doctor Richwine comenzó su carrera en lo que en Washington se llama “la industria de la influencia”.  Trabajó con dos importantes think tanks conservadores, publicó artículos en diarios y revistas, y daba conferencias. Cuando el ex senador Jim DeMint , Presidente de la Fundación Heritage, necesitó encargar a alguien que hiciera el estudio que serviría como punta de lanza en la batalla para impedir la reforma de la política migratoria de los Estados Unidos, escogió a Jason Richwine, quien junto con Robert Rector sería el coautor del informe.

Hasta hace pocas semanas.

Dylan Mathews, un periodista del Washington Post, se tropezó con la tesis doctoral de Richwine y publicó su mensaje central.  Las reacciones no se hicieron esperar.  La Fundación Heritage se limitó a decir que las controvertidas ideas de Richwine las escribió en Harvard y no en la Fundación.  Dos días después Richwine renunció a su cargo.

En todo esto hay muchas sorpresas, pero quizás la principal tiene que ver con los estándares que se usan en Harvard para otorgar un doctorado.  La tesis de Richwine parte de la base de que hay causa y efecto entre dos variables difíciles de medir: inteligencia y raza.  Entre los científicos sociales no hay consenso acerca de qué es lo que miden los test que estiman el cociente intelectual.  ¿Miden inteligencia o más bien miden la capacidad de responder bien a ese tipo de test?  Y si miden inteligencia, ¿qué tipo de inteligencia es?

Todos conocemos genios que obtienen buenos resultados en los test de inteligencia pero cuya vida personal es un desastre, y que terminan siendo una carga para sus familiares y para la sociedad.  Y también conocemos gente que no brilla por su intelecto, pero cuya contribución a la sociedad es enorme.

Pero si la inteligencia es difícil de medir, ¿cómo se mide eso que Richwine define como “los hispanos”?  Esta no es una categoría biológica sino una definición de la Oficina del Censo de los Estados Unidos, que usa el término hispano o latino para referirse a “una persona de origen cubano, mexicano, puertorriqueño, centro o sudamericano, o de otra cultura u origen español, independientemente de su raza”.  Evidentemente, tratar a los “hispanos” como una categoría genética o biológicamente homogénea es, por decir lo menos, metodológicamente endeble.

Y los problemas con la tesis de Richwine no terminan ahí.  Derivar de sus conclusiones la idea de que una buena política inmigratoria se debe basar en aplicarle pruebas de inteligencia a los inmigrantes, es una propuesta más nutrida por la ideología que por la ciencia.

Pero si se trata de creer en estudios que se basan en los test de inteligencia, entonces vale la pena mencionar uno muy interesante referido por el periodista Jon Wiener.  En 2012, la revista Psychological Science reportó un amplio estudio realizado en el Reino Unido, que examinó a casi 16,000 personas a través de los años, y encontró que “los menores niveles de inteligencia en la infancia pronostican la presencia de mayor racismo en la edad adulta”.  En otras palabras: los adultos que son racistas no salían muy bien en los test de inteligencia cuando eran niños.

En resumen:  si usted cree que los hispanos son tontos, entonces debe creer que los racistas también lo son.  Pura ciencia.

____________________

En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012), se publicó un artículo de Moisés Naim, periodista venezolano residente en Washington D.C.   Los lectores pueden seguirle ahora en Twitter en la dirección @moisesnaim

___________________