Vivir como Hermano De La Salle en Cuba

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–  Luis Franco Aguado, fsc

Vivir como Hermano De La Salle en Cuba es una vida plena.  Las cosas de Dios son como son, a su estilo, con muchos imprevistos, con caminos que se van perfilando sin que uno los haya programado. Dios siempre sobrepasa cualquier programa y termina sorprendiéndonos.

En mayo de 1987 el Hno. John Johnston (1933-2007), Superior General del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, me preguntó si estaba disponible para ir a trabajar a Cuba. Le comenté que, a mi edad, iniciar una nueva andadura supondría un esfuerzo adicional de inculturación, de estudio de la Historia del lugar (Historia con mayúscula, la de los grandes acontecimientos y la de la letra pequeña, donde se cuenta la vida de los más pobres), y con ello el descubrimiento de la idiosincrasia del pueblo, el acercamiento al corazón -sobre todo de aquellos a quienes el Sistema margina sistemáticamente- y prepararme más a fondo en sociología y teología. Él me dijo que me diera un tiempo para pensarlo, pero que dejaba la decisión en mi mano. Después de meditarlo en la presencia de Dios le comuniqué que dispusiera de mí, pues a fin de cuentas había hecho un voto de obediencia y ya era hora de que lo pusiera en práctica.

En septiembre de 1989 –después de estar solicitándolo durante 15 años- el Estado Cubano permitió la entrada de tres Hermanos a la Isla. Uno de los tres fuí yo. Tenía 45 años, veinte de los cuales vividos con intensidad e ilusión en Nicaragua, donde dejaba muchos y buenos amigos.

Me dijeron que la experiencia sería por tres años. Fueron en total 24, acompañando a los hombres y mujeres de Cuba, intentando alegrarme con sus alegrías, soñar sus “sueños” y proyectar futuro junto con ellos.

Quizá a algunos les extrañe que, al pensar en mi experiencia cubana, me venga a la mente eso de “vida plena”. Lo cierto es que es así, a pesar de las limitaciones y la escasez con que ahí se vive a diario, uno termina entendiendo que la sensación de plenitud depende de las pequeñas decisiones con la que alimentamos nuestro día a día, las que dependen, a su vez, de nosotros mismos.

Los veinticuatro años de mi vida en Cuba, el contacto diario con tantas personas de corazón dispuesto, de acogida franca y cercanía espiritual, me permitió ir creciendo como persona, como cristiano, como Hermano de La Salle y como amigo.

Comparto con ustedes algunos regalos que me he traído de esa bendita tierra de “Cachita”.

Capacidad de ser agradecido:  Es difícil ser feliz si no valoramos lo que tenemos. Pensar con gratitud nos ayuda a saborear las experiencias positivas, a reforzar la autoestima y el amor propio. Además, la gratitud es el antídoto para evitar la queja. Desde mis años en Cuba, antes de dormir reviso tres cosas buenas que me han sucedido durante el día, y esto me ayuda a ser agradecido.

Mirar la vida con optimismo Cada día, a pesar de mis 70 años, me pregunto cómo me gustaría ser en un futuro. Por supuesto que no pienso en cosas materiales, sino en la vida misma, en los valores que quisiera vivir y transmitir, en el comportamiento que querría desarrollar en un tiempo. Por ejemplo, poder vivir más espacios de ternura, tener más paciencia, o entusiasmarme más con mis proyectos. Esto me ayuda a ser optimista.

Evitar darle vueltas a las cosas y las comparaciones con otros:  Creo que el compararnos con otros es siempre como optar por la infelicidad. Creernos mejores nos da un sentimiento de superioridad insano. Si nos consideramos peores, desmerecemos nuestro trabajo y el progreso que hayamos conseguido. Por eso, lejos de compararme con otros, cada día me pongo un reto:  convertirme en la mejor expresión de mí mismo al margen de lo que hagan otros. Y es que, cuando pensamos demasiado, o damos vueltas a las cosas de forma innecesaria, nos desgastamos profundamente. De hecho, cuando me asalta una idea negativa, busco un recuerdo bonito, una imagen o una canción que me da paz.  En definitiva, es uno mismo quien alimenta o no unos pensamientos u otros.

Intentar cada día ser amable:  En Cuba descubrí que ser generoso y atento con los demás, aunque sea un solo día a la semana, me permite registrar un incremento de felicidad considerable.  Ahora intento rodearme de personas con comportamientos agradables, así mis niveles de estrés se reducen considerablemente.  Descubrir eso me ha llevado a incorporar la amabilidad  -también la ternura-  en mi día a día para disponer de una vida plena.

Cuidar las relaciones sociales:  Quienes me conocen saben que me gusta estar siempre ocupado. Los cubanos me enseñaron que dedicar tiempo a comunicarme, manifestar apoyo y lealtad, son algunas de las actividades que han demostrado eficacia para incrementar mis niveles de felicidad.  La amistad es una de las grandes riquezas que he cultivado en la Isla.

Ponerle cara a la vida:  Es algo que va con mi persona.  Cuando uno afronta la realidad de cada día siente que el dolor o el estrés provocados por un acontecimiento negativo se alivian.  La negación es una actitud que alimenta el conflicto.  Ahora, siempre recomiendo a aquellos a los que acompaño que busquen canales para expresar lo que les duele y, así, poder afrontarlo.

Aprender a perdonar:  Muy nuestro, de los cristianos.  En estos años de Cuba me encontré con personas que, a pesar de los sufrimientos que otros les habían causado, perdonaban de corazón.  Con esa actitud tan cristiana, les disminuían sus emociones negativas y aumentaba su autoestima y su esperanza.  Ahora me es más fácil perdonar, y aprecio el ser perdonado.

Saborear las alegrías de la vida:  Por esa hiperactividad, tan propia de mi temperamento, he pasado bastantes veces de largo por las alegrías de la vida sin disfrutarlas. Ahora, actividades como saborear las experiencias comunes, disfru­tar y rememorar con familiares y amigos, festejar las buenas noticias o permanecer abierto a la belleza y la excelencia, permiten incrementar mi sensación de plenitud.  Por cierto, ¿hace cuánto que los lectores de Cuadernos no celebran un éxito por pequeño que sea?

Comprometerme con los muchos “sueños” que Dios me regala a diario:  Creo que cuando se me agoten los “sueños”, la posibilidad de iniciar nuevos proyectos en la vida, me iré marchitando sin remedio.  La Iglesia Cubana –y en particular el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle)- me regalaron infinidad de oportunidades para “soñar”, y me ofrecieron medios para hacer realidad esos “sueños”. A lo largo de los 24 años, la sorpresa se ha topado conmigo en infinidad de esquinas, por eso le doy gracias a Dios y a todos los que lo hicieron posible.

Ponerle sonrisa a la vida:  Algo muy propio de los cubanos, que aprendí también en esa bendita tierra. Y ponen esa sonrisa a pesar de las dificultades, de los “sueños” truncados, de las esperanzas a punto de marchitarse.  Ahora me es más fácil actuar como una persona feliz  -es decir, expresar las emociones positivas con gestos como reír o sonreír-  y se lo debo a ellos.

Todos esos “regalos cubanos” me han permitido vivir allí una vida plena.

Por todo ello,  ¡Gracias a todos, muchas gracias!

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Durante su estancia en España, en el año 2000, Luis Franco Aguado fsc (ver imagen supra) impulsó la creación en Madrid de la ONGD (non profit organization) Hombre Nuevo Tierra Nueva  de apoyo a la labor de los Hermanos De La Salle en Cuba (véase en Internet http://www.ongayudacuba.org   Entre sus promotores se encontraba el Dr. José María Granda (1921-2003), Rector de la Universidad San Juan Bautista De La Salle (La Habana, 1957), primera Universidad de los Hermanos De La Salle en América Latina.

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Recordando al Hermano Enrique (1930-2013)

Enrique 1

 Alberto Sala Mestres

Wilfredo Pérez de Utrera fsc. falleció el 12 de octubre de 2013, a los 83 años de edad, en la ciudad de Bayamón, Puerto Rico.

Realizó su educación primaria en La Habana en los Colegios De La Salle ubicados en Marianao y el Vedado, y concluyó la enseñanza secundaria en el Instituto de La Habana. En su época juvenil formó parte activa de los grupos de la Federación de la Juventud Católica Cubana, organización fundada en 1928 por el Siervo de Dios Hermano Victorino De La Salle, época en la que surge su vocación religiosa.

El Hermano Enrique ingresó como novicio en el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1948,  recibiendo el hábito al año siguiente.  Sus primeros votos de vida religiosa los realizó en 1950, y los votos perpetuos en 1955.

Durante diez cursos escolares fue Profesor en tres centros educativos De La Salle en La Habana: la Academia De La Salle (1951-1957 / 1960-1961), el Colegio De La Salle ubicado en Palatino (1957-1959) y el Colegio De La Salle del Vedado (1959-1960).  En la Academia De La Salle fue Director del Coro y desarrolló junto a su magisterio una importante labor cultural, organizando actividades literarias y artísticas.

Entre ellas destaca la fundación en 1955, en compañía de los Profesores Norman González y Gilberto Echezábal, de la Academia de Ciencias Económicas y Sociales Conde de Pozos Dulces, que tuvo una efímera existencia al suprimirse la educación privada y religiosa por las autoridades cubanas en 1961.  Como solía decir el Hermano Enrique, la citada Academia -como sucede con la leyenda del ave fénix- renació de sus cenizas en 1994, reagrupando a sus antiguos miembros y nombrando nuevos académicos, siendo en la actualidad la única institución cultural fundada en las aulas De La Salle en Cuba que continúa en activo, realizando entre otras actividades la publicación de Cuadernos de Pozos Dulces (véase http://www.pozosdulces.wordpress.com)

La citada decisión de las autoridades estatales cubanas de suprimir toda clase de educación privada y religiosa, adoptada el 1 de mayo de 1961, supuso el cierre de todos los Colegios De La Salle que en ese momento existían en Cuba, con más de 6,000 alumnos de enseñanza primaria y secundaria matriculados en nueve Colegios diferentes. También fue clausurada la Universidad Social Católica San Juan Bautista De La Salle, fundada en La Habana (1957), que fue la primera Universidad De La Salle en América Latina, y en la que el Hermano Enrique fue Profesor en el bienio 1960-1961.

Junto a un numeroso grupo de Hermanos De La Salle el Hermano Enrique abandonó Cuba el 25 de mayo de 1961 rumbo a Miami, y tras un breve período como Profesor en el Colegio De La Salle en Panamá, llegaba a Puerto Rico el 19 de julio de 1961.

En el curso escolar 1961-1962 colaboró junto a otros cinco Hermanos De La Salle en el Colegio Obispo Arizmendi, gestionado por los Padres Dominicos, germen del futuro Colegio De La Salle de Bayamón (véase http://www.delasallebayamon.com) que abrió sus puertas el 22 de agosto de 1962.

El Hermano Enrique fue Director del Colegio De La Salle de Bayamón en cuatro períodos (1962-1968, 1975-1981, 1983-1991 y 2000-2004).  En esas etapas dirigió el Teatro Lírico, fundó el Capítulo De La Salle de la Sociedad Nacional de Honor, promovió la fundación de la Asociación de Padres y Maestros en 1964, y estableció el Grupo de Asociados en la Comunidad Educativa con un importante número de miembros. En los 52 años que vivió en Puerto Rico fue también Director (1992-2000) del Colegio De La Salle en Añasco.

Poseía una sólida formación académica y religiosa.  Durante su etapa en Cuba cursó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, y de Ciencias Comerciales en la Universidad de La Habana.   Obtuvo, a su vez, un Bachelor Degree en Pedagogía con especialidad en Matemáticas y un Master en Supervisión de Escuela Secundaria, ambos títulos de la Universidad de Puerto Rico.

En 1975, durante su estancia en la Casa Generalicia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en Roma (vease http://www.lasalle.org) participó en diversos cursos y actividades y, en 1992, realizó en Madrid en el Instituto Pontificio San Pío X un curso especializado en Ciencias Religiosas y Catequéticas.    Durante esa estancia en Madrid, junto al Rector José María Granda, hizo las primeras gestiones para reunir a los lasallistas cubanos que residían en España, germen de la fundación en el año 2000, con la colaboración de Luis Franco fsc, de la ONG Hombre Nuevo Tierra Nueva (véase http://www.hombrenuevotierranueva.pangea.org) que apoya la labor educativa y de formación de la juventud que realizan en la actualidad los Hermanos De La Salle en Cuba.

En la trayectoria de Hermano Enrique es preciso mencionar su eficaz participación en el proceso de beatificación del Siervo de Dios Hermano Victorino De La Salle (véase http://www.victorinodelasalle.com) de la que fue Vice-Postulador desde 1999.  El recordado Hermano Victorino falleció en Bayamón el 16 de abril de 1966, y descansa en el Panteón de los Hermanos De La Salle ubicado en el Cementerio Porta Coeli.  El Hermano Enrique acompaña ahora a su mentor en el mismo lugar.

En su despedida, los jóvenes alumnos del Colegio De La Salle en Bayamón, llamaban a su querido Hermano Enrique con el apelativo de maestro bueno, una definición que nos recuerda la parábola del buen pastor que se cita en el Evangelio (Juan 10. 1-18).

¡Descanse en la paz del Señor!

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