El origen del traje masculino

–  María Luisa Funes

Europa es la responsable de que actualmente podamos ver a presidentes de países tan distintos como los Estados Unidos, Rusia o China saludarse vestidos con trajes idénticos:  chaqueta y pantalón oscuros, camisa blanca y corbata.  Es un símbolo de conformidad, de acuerdo con las normas establecidas por Occidente.

El traje de chaqueta masculino fue uno de esos inventos paneuropeos que son tan poco frecuentes, ya que su creación tuvo influencias directas durante varios siglos de países como España, Francia, Inglaterra y los Países  Bajos.  En el caso de España, aportó el color negro y la chaqueta; Holanda, la camisa de hilo blanco; Francia, los pantalones largos y los ingleses perfeccionaron la combinación y la hicieron oficial.

Un cambio importante en la difusión de la moda tuvo su base en la sociedad industrializada:   la revolución industrial hizo que el hombre renunciase a los avances del juego de la moda, adoptando la mentalidad “protestante” y dejando a la mujer el rol de aficionada a la ropa.

Esa austeridad se unió al color negro, tan utilizado por la Corte española desde la época de Carlos I (1500-1558) y Felipe II (1527-1598).  La afición de los monarcas españoles por ese color no fue casual:  tenían tantos  familiares, que debían guardar luto por la muerte de algún pariente con mucha frecuencia, lo que les hizo adoptar el color negro casi en permanencia.  La austeridad de la chaqueta de color negro se unió a su vez a la tradicional camisa blanca de hilo de Holanda, traída desde los Países Bajos e instaurada como un clásico ya en el siglo XVI.

Durante el reinado de Luis XIV (1638-1715) se establece el pantalón como vestido usual para el hombre, siendo cortos, ceñidos y con medias blancas para los caballeros; y largos para los trabajadores durante las horas de labor, más expuestos a la suciedad.

En el siglo XVIII en Francia, se adopta también el negro en la chaqueta y el blanco en la camisa.  A esto se le añaden los pantalones largos por primera vez.  En el transcurso de las Guerras Napoleónicas (1803-1815) muchos soldados utilizaban pantalones que cubrían la bota, algo que habían comenzado a hacer los soldados de la Europa del Este.  A la vuelta de la guerra, les supuso a todos una gran comodidad seguir con ese hábito y continuaron con el largo extendido hasta la altura del pie.

Por esas fechas, Arthur Wellesley (1769-1852), primer Duque de Wellington, al regreso de las batallas napoleónicas adoptó el pantalón largo incluso para situaciones de etiqueta.  Su influencia en la corte británica hizo que se popularizara alargar la pernera.

George Bryan Brummell (1778-1840) conocido como Beau Brummell (“el bello Brummell”), personaje coetáneo del Duque de Wellington y con gran influencia en la corte inglesa, comenzó también a usar pantalones largos, en su caso con una tira bajo el pie para evitar pliegues.  El Rey Jorge IV (1762-1830) siguió esa costumbre, así como parte de la Corte y, de forma progresiva todo el pueblo británico.

Brummel desarrolló, con el apoyo del Rey, una curiosa carrera como “ministro de la moda y el gusto”, creando dictados ingeniosos y nuevas normas de vestido e higiene personal.  Este verdadero dandy hizo las delicias del Rey Jorge IV y sus súbditos, y marcó para siempre el mundo de la moda occidental, aportando también la corbata o pañuelo anudado al cuello en el traje formal.

Desde entonces, la sastrería inglesa de caballero es un referente en el mundo occidental.  Los sastres de Savile Row en Londres heredaron el know-how de sus predecesores en cuanto a diseño militar, médico y de deportes, ya que el traje masculino actual tiene mucho de los antiguos uniformes y de los trajes de equitación.

En particular, la influencia del sector de los cirujanos en el traje occidental llega al punto de que las mangas de las mejores chaquetas a medida tienen una botonadura que se puede abrir, algo que los antiguos médicos reclamaban para poder remangarse en las visitas a sus pacientes.  Los puños a veces se asemejan también a los de los trajes militares y las aberturas laterales en la parte trasera vienen de las exigencias de comodidad durante la equitación, al igual que los bolsillos oblicuos, a los que se tiene más fácil acceso durante la monta.

En el caso de la corbata, proviene del antiguo pañuelo al cuello, que tuvo una gran aceptación durante la corte de Luis XIV, y que copiaba en cierto modo la manera de anudar un pañuelo que tenían los soldados croatas que lucharon en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).  Del nombre “croata” derivó “cravate” en francés, y en español “corbata”.  Alrededor de 1860 se populariza su uso en Inglaterra con distintos colores y dibujos.

A finales del siglo XIX los empleados de oficina estadounidenses reclamaban ya ese traje “moderno” como atuendo habitual.

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El largo viaje de una mariposa

–  Eduardo Punset

He podido contemplar hace unos meses la llegada de millones de Mariposas Monarca (Danaus plexippus) para invernar lejos de la nieve de sus paisajes originarios en Canadá, a 5,000 kilómetros (3,107 millas) de donde me encuentro ahora, en las montañas del Valle de Bravo, en el oeste del Estado de México.

Pienso, al mismo tiempo, en el asombro que nos produce que no se hayan descubierto todavía ciertos misterios de los humanos.  Uno de ellos es la conciencia.  El progreso efectuado en el conocimiento de las conexiones neurológicas no nos ha permitido todavía saber cómo el ser humano se forma la conciencia de sí mismo.

Me inquieta en mayor medida todavía que no hayamos descubierto el secreto del proceso migratorio de organismos como el de la Mariposa Monarca (ver imagen).  Cada año, al iniciarse el invierno, huyen de las praderas nevadas del norte y siguen rumbos, elegidos por sus antepasados, hacia lugares donde el invierno es mucho más soleado y caluroso. Inundan las carreteras bajando de la montaña en busca de sol y agua.  Los conductores, movidos por empatía, disminuyen la velocidad por debajo de los 15 kilómetros (9 millas) por hora para no estrellarlas sobre el pavimento.

Su color rosa/naranja, ribeteado por contornos negros para ahuyentar a los depredadores, llega a ocultar los rayos del sol en las franjas iluminadas de la carretera; en las sombreados no hay ni una Mariposa Monarca.  La mayor parte se extinguirá después de poner los huevos en la flor por ellas elegida.  Pero las recién nacidas descubrirán por sí mismas el camino de regreso, con la única ayuda de sus genes.

¿Cómo es posible que, a pesar de toda nuestra ciencia acumulada, seamos incapaces todavía de saber el secreto que permite regresar al hogar a unas mariposas ignorantes de su destino? Un lugar que, no está de más recordarlo, dejaron atrás sus progenitores a 5,000 kilómetros (3,107 millas) de distancia nada menos.

Me dicen que estamos a punto de desentrañar el secreto de la increíble resistencia de las telas de araña.  ¡Pero vamos a ver!  ¿Ninguno de mis amigos científicos será capaz de descubrir el secreto de las Mariposas Monarca para orientarse y evitarme con ello la desorientación y el sentimiento de pérdida que experimento en cuanto me cambian de barrio, no digamos ya de ciudad?  Si, gracias a la tecnología, hemos aprendido a volar con aviones, ¿tan difícil será orientarse en el espacio como la Mariposa Monarca?

La verdad es que difícilmente se puede vivir un instante más conmovedor que el de estar rodeado por  millones de estas mariposas en pleno bosque.  De ellas se pueden aprender otros muchos secretos transcendentales que estamos muy lejos de comprender. Mientras a nosotros nos ha dado por echar cemento en todos los paisajes, ellas son un factor de equilibrio ecológico: por el camino se alimentan de la planta llamada Lengua de vaca o Algodoncillo (Asclepias curassavica) pero al mismo tiempo la poliniza.  ¡Qué envidia!  ¿Qué le damos nosotros a las vacas o a  los cerdos que cruelmente  nos comemos?

Otra cosa que me han enseñado las Mariposas Monarca en las montañas de México es que, para protegerse de los maleantes, les basta con absorber el alcaloide que sacan del Algodoncillo, fabricando un producto venenoso que ahuyenta, si no  mata, a las otras especies que se empeñen en comérselas, a pesar del mal olor desprendido por el alcaloide.  Nosotros en cambio, para protegernos de los maleantes estamos obligados a crear Cuerpos de Policía y Alianzas Militares.  ¡Qué envidia me dan las Mariposas Monarca!  ¿No podrían mis amigos científicos asimilar para nosotros algunas de sus innovaciones?  Por si fuera poco, viven doce veces más que el resto de las mariposas.

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El reencuentro

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–  Félix de Asúa

Hacía seis años que no nos veíamos.  A pesar de la muleta, me pareció muy recuperado. Me tranquilizó la luz irónica de sus ojillos entrecerrados y cubiertos de arrugas.  Había pasado mucho tiempo en el remolino de la confusión. Tras separarse de su mujer, entró en ese tobogán que tiene un comienzo excitante y pronto se convierte en una caída sin control.

Después de haber conducido camiones ilegales y huído de una prisión mortal, le perdí la pista en algún Estado mexicano donde trabajaba de camarero, aunque ya era viejo para esa tarea.  Al regresar a España todo cambió de golpe.

Quiso el azar que se encontrara con una novia antigua, justamente la que abandonó para casarse.  La mujer, ya pasados los 50, lo miró con regocijo cariñoso.  “No has cambiado nada, sólo te has muerto varias veces”, dijo.  Mi amigo constató que nadie le juzgaba con mayor gentileza y comenzaron a salir.

Era regresar a muchas cosas.  La casa abandonada, la novia abandonada, la ciudad abandonada, pero aún le faltaba conocer otro abandono.

Poco después ella le dijo:  “Cuando te casaste yo estaba embarazada.  Me lo callé porque no habrías sabido qué hacer, pero al niño se lo dije en cuanto cumplió 13 años, así que te conoce.  ¿Quieres conocerlo tú ahora?”.  Mi amigo aseguró que inmediatamente quería conocerle.  Y al salir de su casa, aquella noche, lo atropelló una moto.

Una vez superado el coma, el cirujano le advirtió que iba a quedar cojo, pero que le esperaba su silla de ruedas.  Señaló el pasillo.  Un muchacho de unos 20 años sostenía las manillas y le miraba desconcertado.  No le cupo ninguna duda.  Desde entonces no se han separado.

“Hay más clases de amor que las que conocí de joven”, me dijo.  Luego se alejó renqueando.

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Si quiere envejecer bien, no se rompa una pierna

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–  Nuria Ramírez de Castro

¿Qué cree que puede limitar más su salud y bienestar cuando empiece a envejecer? ¿Una enfermedad crónica como la diabetes o el cáncer?  ¿Tener sobrepeso?  ¿Vivir solo?  o  ¿Romperse una pierna?

Si ha pensado en las primeras opciones está tan equivocado como lo estaba yo antes de leer el último estudio del National Institute on Aging (1) de los Estados Unidos.  Este trabajo demuestra que la soledad, o sufrir una fractura cumplidos los 45 años de edad, puede ser una carga mayor que enfermedades crónicas graves como son el cáncer o la diabetes.

El estudio, el más representativo realizado hasta la fecha, demuestra que para valorar el bienestar de una persona no basta con fijarse en la edad que marca su documento de identidad, o en una lista de indicadores habituales como son la presión arterial, el peso o los niveles de colesterol.  Tras evaluar a 3,000 personas, entre los 57 y 85 años de edad, comprobaron que hay otras condiciones más importantes.  Así, demuestran que la obesidad no es un problema grave en las personas mayores que están en buenas condiciones físicas y mentales, que la movilidad es uno de los principales marcadores del bienestar, o que el ánimo es decisivo en el estado general de la salud.

Esta investigación no es un estudio más.  Debería marcar la iniciativa de los Gobiernos occidentales, preocupados por una población cada vez más envejecida. “En lugar de invertir en campañas para reducir la obesidad, quizás sería más rentable tomar medidas para evitar el aislamiento de los mayores” plantea el sociólogo Edward Laumann.

Los mayores asumen sus goteras físicas, pero conviven peor con la soledad.  Los geriatras lo ven cada día en sus consultas.  No es un síntoma físico, pero es el mayor problema de salud de los mayores.

La soledad deprime, hace que el cerebro rinda menos, baja la actividad física y aisla emocionalmente.  Ser optimista y vital es la verdadera fuente de la juventud. Eso, y ya saben, no romperse una pierna.

(1)  Véase  https://www.nia.nih.gov

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