La brisa del cielo

 

cielo

–  Juan Manuel de Prada

Durante los últimos meses, he estado indagando en la obra y en la vida de Santa Teresa de Jesús (1).  Ha sido, en verdad, una experiencia vital muy purificadora que, además del reencuentro con una escritura candeal y transparente, me ha permitido asomarme a los paisajes agostados de mi vida espiritual, tan invadidos de abrojos y malas hierbas.

Andaba yo convaleciente de muchos dolores, escarmentado después de haber probado cálices amargos que hicieron que mi fe temblase como un junco; y leyendo a Teresa aprendí -recordé tal vez- que lo primero que debe hacer quien desea acercarse a Dios es renegar de los bullicios y pompas del mundo, cerrar los ojos y oídos a sus vanidades y seducciones para adentrarse en el castillo de su propia alma y atravesar muchas moradas, hasta llegar a la más íntima, allá donde por fin podemos entablar coloquio amoroso con quien sabemos que nos ama.

Y todo ello no como un ejercicio de ensimismamiento (al estilo fatuo y zen de nuestra época), que no es, a la postre, sino endiosamiento propio, sino con un espíritu de donación.

Una de las cosas que más sorprende y cautiva de la personalidad de Teresa es su humor incombustible, que la lleva a reírse de sí misma y a tomarse a chirigota todas las potestades y autoridades terrenas; y también su sentido profundo de la obediencia, que en alguien que sufrió tantas persecuciones adquiere ribetes heroicos y que, además, nunca arañó su alegría, ni mermó su independencia de criterio.

Pero, después de zambullirme durante varios meses en el castillo interior de Santa Teresa, aún me restaba por disfrutar de un regalo imprevisto.  Un amigo muy querido, Antonio Torres, me propuso hacer una visita al Monasterio de la Encarnación, en Ávila, donde Teresa permaneció durante casi tres décadas, desde su ingreso en la vida religiosa (1535) como carmelita descalza, hasta que empezó su reforma; y al que todavía volvería después como Priora, algunos años más tarde.

El Monasterio de la Encarnación es hoy lugar de peregrinaje para todos los seguidores de Santa Teresa; y uno de esos raros lugares donde se cuela una brisa del cielo que nos lava por dentro y nos deja como nuevos.

Mi amigo había conseguido una cita con la Priora del Monasterio, que nos aguardaba en el locutorio, detrás de una doble reja; en apenas unos minutos, a la Priora se le habían sumado quince o veinte hermanas, más de la mitad del convento; y entre ellas algunas novicias con la toga blanca, y hasta una postulante muy hermosa de poco más de veinte años, que acababa de ingresar en la Encarnación apenas una semana antes.  Iban, todas ellas, vestidas con el hábito de sayal de su fundadora, invariable -como las palabras divinas- después de cinco siglos.

Empezamos a hablar de Santa Teresa, sobre la que sabían hasta la más mínima y escondida anécdota; y entonces me di cuenta de que para ellas no era tan solo la fundadora de la Orden, ni la santa a la que se encomendaban cada día, ni su lectura más frecuente, sino también su respiración y su sangre, su sueño y su desvelo, su llanto y su risa:  era la amiga que habitaba cada célula de su cuerpo, el huésped que dormía en las cámaras más secretas de su alma, inundándolas de alborozo.

Santa Teresa estaba viva en ellas, hablaba a través de sus labios, volvía a hacerse presente ante mí en sus ademanes, en sus sonrisas, en su bendita ausencia de respetos humanos.  Y, estaban llenas de Teresa, estaban llenas de Dios.

Estuve con ellas más de hora y media; y me pareció que no hubiese pasado ni siquiera un minuto.  No fue una experiencia beatífica ni una ensoñación mistíca lo que anuló mi noción del tiempo;  fue simplemente, la conciencia de estar lavado de ruidos, de tráfagos y premuras, de pasiones necias e inquietudes torpes, de toda esa chatarra de palabras gastadas, rutinas sórdidas, entretenimientos inanes y ocupaciones mazorrales que abarrota nuestros días.

Tuve la conciencia lustral de que la vida que había llevado hasta entonces era una vida vicaria, malgastada en afanes fatuos, en pecados fétidos o inodoros, en mil pamplinas y banalidades que de repente se me mostraban gangrenadas y purulentas, como tumuraciones con la que me daba asco seguir viviendo, y descubrí que estaba lleno de una alegría eterna y recién nacida.

Ellas quizás no se enterasen (o quizá se enterasen desde el primer momento, antes que yo mismo), pero me llenaron los aposentos del alma de ese aire matinal que respiran los resucitados.  No sé si tendré el valor de seguir respirándolo, pero cada vez que deje de hacerlo -volviendo a llenar mis días con las vanidades del mundo- sabré que estoy un poco más muerto.  Porque no se respira impunemente la brisa del cielo.

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(1)  En el año 2015 se celebrará el V centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús (1515-1582).  Para una información detallada sobre este tema véase en Internet  http://www.stj500.com

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En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012) se publicó un artículo del escritor Juan Manuel de Prada, y en este mismo blog figura su artículo Navidad laica (2013).  Para una información más amplia sobre el autor véase en Internet http://www.juanmanueldeprada.com

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En memoria de una madre ejemplar

Mons. Boza (1961)–  Mons. Eduardo Boza Masvidal  (1915-2003)

Hace pocos días Dios llamó hacia Sí a una viejecita cargada de años y de méritos, de cabellos de plata y de corazón de oro.  ¡Que hermosa lucía allí en su lecho de muerte, entregado ya su espíritu a Dios y con la serena tranquilidad de los justos reflejada en el rostro!  Esa viejecita era mi madre, y ciertamente entre los muchos beneficios que tengo que agradecer a Dios, uno de los más grandes es el de haberme dado una madre como ella, cristiana de cuerpo entero, retrato vivo de la “mujer fuerte” de la que nos habla la Sagrada Escritura.

Si quisiéramos resumir su vida bastaría con decir que fue una vida consagrada a su hogar, en el que cumplía a cabalidad la altísima misión de madre que Dios le había confiado,  Unida en matrimonio desde muy joven con un hombre de su mismo temple espiritual, aquellas dos vidas se fundieron en una, y ya desde entonces no vivió sino para su esposo y para sus hijos.  Ella no supo mucho de fiestas ni de bailes, de lujos ni de vanidades, pero sí supo de trabajo y de abnegación, de amor y de sacrificio.  Quince hijos suponen una rica corona de mérito para una madre que sabe serlo plenamente.  Fueron sus manos santas las que guiaron por primera vez nuestras manos de niño para trazar sobre nosotros el signo de la cruz, y en sus rodillas aprendimos a balbucear el nombre santo de Dios y aquellas sencillas e ingenuas oraciones infantiles:  “Con Dios me acuesto, con Dios me levanto…”, y fue ella la que sembró tan profundamente en nuestro corazón la semilla de la fe y del amor a ese Padre celestial, que nadie la podrá ya nunca jamás arrancar.

Cada Primer Viernes de Mes antes de comer nos reunía a todos ante el viejo cuadro del Sagrado Corazón que presidía la sala familiar, para renovar la Consagración de la familia, y aún me parece oír su voz dulce que con acento de piedad honda leía la fórmula del Acto de Consagración en una libretica ya vieja, escrita de su puño y letra:  “Dígnate, Señor Jesús, entrar en esta casa que acepta el honor insigne de verte presidir nuestra familia…  Esta casa será tu refugio tan dulce como el de Betania…  Quédate con nosotros porque ya anochece y el mundo perverso quiere envolvernos en las tinieblas de sus negaciones y nosotros te queremos a Tí, y queremos que no otro reine sino sólo Tú…  Y cuando llegue la hora de la separación, cuando la muerte venga a cubrirnos de duelo, todos, Señor, tanto los que partan como los que queden, estaremos sumisos a tus decretos eternos, y nos consolaremos con el pensamiento de que llegará un día en el que toda la familia reunida en el cielo cantará para siempre tu gloria y tus beneficios”.

Tenía la santa obsesión de la unión y de la paz en la familia.  Jamás vimos una escena violenta ni una palabra ofensiva entre ella y mi padre, y en los papeles suyos que hemos encontrado después de su fallecimiento, siempre el mismo consejo:  sean muy unidos y que nunca los intereses materiales los dividan.

Cada noche antes de acostarnos, íbamos a pedirle la bendición a ella y a mi padre.  Recuerdo con qué filial respeto yo le besaba entonces a ella la mano y ella me besaba a mi en la frente, y recuerdo también las palabras con que acompañaba mi padre aquel gesto de bendición:  Que Dios te haga santo.  Si algún día habíamos cometido alguna falta especial, para hacernos reconocerla y rectificarla no necesitaba ella de golpes ni de gritos.  Bastaba que aquella noche no nos diera el beso de siempre.  Aquello era el castigo más grande que nos podían imponer.  Aquella noche no se podía dormir, y cuanto antes había que recobrar con el arrepentimiento el derecho a aquel beso.

Después entré en el Seminario y pasé varios años fuera de casa, hasta que llegó un día en que fue ella la que vino a besarme las manos a mí:  ya era sacerdote.  Y desde entonces ¡cómo le gustaba besarme las manos cada vez que me veía!  Confieso que yo sentía una cosa extraña, un íntimo rubor de que ella me tratara con tanto respeto, pero comprendí que no tenía derecho a impedirle que besara las manos de Cristo, de un Cristo que era suyo.  Y creo que puedo decir sin temor de inspirar celos a mis hermanos que desde entonces me quiso el doble:  por hijo y por sacerdote

Un feliz día ella y mi padre se postraron ante el altar de mi sacrificio para celebrar las Bodas de Oro de su matrimonio:  habían pasado cincuenta años, pero seguían el mismo amor y la misma fidelidad, se querían como entonces.  Después una mañana, de pronto, sin que precediera enfermedad, sin previo aviso, Dios se llevó a mi padre.  Aquello fue para ella un golpe muy duro, pero sólo sirvió para purificar más su alma en el crisol del dolor y unirla más con Dios.

En sus últimos años, ya casi sin poder caminar, siempre se sentía ágil y dispuesta para ir a la Parroquia de la Caridad a oír la misa mía y su delicia era comulgar de mis manos, porque ella sentía que en aquella misa ella tenía mucha parte.  En la Parroquia, ella era la abuela:  yo era el hijo que le había dado más nietos, y cuando yo iba a verla a casa, a la hora de despedirse me agarraba las manos y no acertaba a soltarme.  Tuve también el privilegio de ser su confesor durante doce años, el confesor de aquella alma privilegiada, y ver los tesoros de riqueza espiritual que albergaba en su corazón.

Cuando me consagraron Obispo, ella quiso poner en mi pectoral seis pequeños brillantes de una sortija que, desde su juventud, le había regalado mi padre, y que fue tal vez la única prenda que lució en aquellas manos sencillas y laboriosas.  El valor material de aquellos pequeños brillantes no debe ser mucho, pero su valor espiritual sí es muy grande, porque ellos fueron testigos de toda una vida de sacrificio, de deber cumplido humilde y sencillamente, con la naturalidad con que saben ser heroicas las almas grandes.  Después vino la inmovilidad:  primero el andar un poco en su silla de ruedas por la casa; luego el permanecer largos meses postrada en una cama, con el rostro siempre sereno, y sin que saliera nunca de sus labios una queja ni una palabra de inconformidad.

Escribo estas líneas veinte días después de su muerte, a bordo del Covadonga, expulsado de Cuba (1), y le doy gracias a Dios de que en su sabia Providencia me permitió estar con ella hasta el fin, llevarle a Cristo hasta su lecho de enferma en el regalo supremo del Santo Viático, ungir sus miembros y sus sentidos con el Óleo santo, y acompañarla en sus últimos momentos en aquella noche dolorosa del 31 de agosto en la que todos juntos alrededor de su cama rezábamos las preces de la Recomendación del Alma.  Siempre me han impresionado estas oraciones de los agonizantes.  ¡Cómo respiran consuelo y esperanza!  Parece que la Iglesia no está despidiendo a uno que se va, sino avisando a la Iglesia triunfante que prepare el recibimiento a uno que va a llegar.

Nunca repetí con tanta seguridad como aquella noche las palabras de la oración litúrgica:  “Que te salga al encuentro el espléndido coro de los ángeles, el senado de los apóstoles, el ejército triunfador de los mártires, la turba brillante de los confesores y el coro alegre de las vírgenes; que te llene de esperanza San José, patrono de los moribundos, y la Virgen María vuelva hacia tí sus ojos benignos, y que el mismo Cristo Jesús se te presente con rostro alegre y festivo y ordene colocarte entre los suyos”.

Terminada la Recomendación del Alma le dí la última absolución, y a los pocos minutos su alma voló a unirse con Dios.  Entonces le dije el primer responso que pone el Ritual para el momento mismo de la muerte, y que es como el aviso de la llegada, dado ya en los umbrales de la vida eterna:  “Venid, santos de Dios; salidle al encuentro, ángeles del Señor, para recibir su alma y presentarla en la presencia del Altísimo”.  Nunca me sentí tan seguro de que estas palabras se estaban cumpliendo.

La Iglesia militante había perdido una madre cristiana y ejemplar, pero era para enriquecer a la Iglesia triunfante con un nuevo miembro.  Ella ha ido a unirse con nuestro padre y con los tres hermanos que se fueron antes, y allí está velando por nosotros, y allí espera segura que se convierta en realidad el deseo tantas veces expresado por ella en la oración de los Primeros Viernes:  llegará el día en que toda la familia, reunida en el cielo, cantará para siempre la gloria de Dios.

(1)  Nota del Editor:  El 17 de septiembre de 1961 Mons. Eduardo Boza Masvidal fue expulsado de Cuba, junto a 132 sacerdotes y religiosos (32 de ellos cubanos y el resto de diversas nacionalidades), en el buque español Covadonga atracado en el puerto de La Habana.  Viajaron de forma precaria en la bodega del barco, que hacía el itinerario Veracruz-La Habana-La Coruña con una capacidad de 349 pasajeros y estaba completo. Véase a este respecto el artículo de Mons, Agustín A. Román en el siguiente enlace:

http://cuba.blogspot.com.es/2010/05/la-expulsion-de-los-sacerdotes-de-cuba.html

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En la imagen que figura supra puede verse a Mons. Eduardo Boza Masvidal a su llegada a Madrid en 1961, pocos días después de que fuera expulsado de Cuba, rodeado de un grupo de jóvenes universitarios cubanos que residían en el Colegio Mayor Pío XII, ubicado en la Ciudad Universitaria de Madrid.  Entre esos universitarios cubanos se encuentran los lectores de Cuadernos de Pozos Dulces Francisco Aramendía, Ricardo Cué, Vicente Cué, Alberto Sala y J.L. Urréchaga.

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Este artículo de Mons. Eduardo Boza Masvidal forma parte del libro Voz en el desierto, publicado por la Editorial Ideal, Coral Gables, Fl.  Pueden solicitarse ejemplares del libro en el e-mail:  ideal@idealpress.com

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