Alfred Hitchcock y sus prótesis robóticas (ficción)

  Óscar Cerdán Grande

En 1944 Alfred Hitchcock solicitó al Gobierno británico permiso para participar en el conflicto bélico que en esos momentos acontecía en Europa.  Su intención era rodar unos planos con sus propias manos.  El Ejército británico accedió, y le  proporcionó un suboficial y un médico por si se producía algún contratiempo.

El día señalado, Hitchcock, equipado con una cámara Boileau de 16 mm. y unos rollos de película de tres minutos, se internó en el campo de batalla.  Cuando había avanzado tan solo unos pasos, un artefacto detonó justo a su lado amputándole ambas piernas por debajo de la rodilla y el brazo derecho con el que sostenía la cámara.  Por suerte, el médico que los acompañaba pudo aplicarle rápidamente unos torniquetes que, sin duda, le salvaron la vida.  Un camión tipo Leyland le trasladó al Hospital militar más cercano donde lograron estabilizarle.

Su carácter inquieto le impulsó a solucionar cuanto antes el contratiempo.  Había descubierto unas prótesis robóticas que se ajustaban perfectamente a sus necesidades.  El problema surgía en que el laboratorio que las fabricaba era alemán.  Para el Gobierno británico era una vergüenza admitir la superioridad de Alemania en este campo, por lo que habían de mantener esta operación como alto secreto.  Inglaterra tan solo pudo aportar el recubrimiento de las prótesis con látex.

La siguiente película rodada por Hitchcock fue Recuerda (Spellbound) en 1945.  Es evidente en su argumento el trastorno que había sufrido el director.

En otras películas es más notorio aún.  En Yo confieso (I Confess) de 1953 se refleja el conflicto que supone tener que guardar un secreto, al igual que el personaje de Montgomery Clift, un sacerdote que se ve obligado a guardar un secreto de confesión.  En La ventana indiscreta (Rear Window) de 1954 rememoró su tiempo inmovilizado en la silla de ruedas antes de la operación.  Casi todas las películas posteriores al accidente reflejan de algún modo su experiencia.

En abril de 1956 hubo un encuentro entre Hitchcock y Grace Kelly antes de su boda con Rainero de Mónaco.  Aprovechando la fuerza que le proporcionaba la prótesis de la mano, HItchcock apretó con tal energía la mano de Rainero que le fisuró varias falanges.  Ese es el motivo por el que Rainero aparece en gran cantidad de fotos con la mano vendada.

Hubo un encuentro, en agosto de 1962, entre Alfred Hitchcock y François Truffaut para realizar el libro El cine según Hitchcock (Le cinéma selon Hitchcok).  En aquella entrevista Hitchcock le relató con todo detalle lo acontecido en el campo de batalla.  Pero no fue hasta 1966, estando a punto de publicarse el libro, cuando Truffaut recibió una llamada urgente del cineasta británico.  Le instaba a eliminar el capítulo en su integridad.  Hitchcock tenía asumido que el secreto sería revelado al mundo entero, pero la prudencia e insistencia de su mujer, Alma, le obligó a tomar esa decisión.

Truffaut tuvo que salir precipitadamente hacia la imprenta situada en la afueras de París.  Recorrió a la carrera un pasillo infinito llegando exhausto al taller para detener la orden justo cuando iba a comenzar la impresión de los primeros ejemplares.  Hubo que maquetear de nuevo el libro y la edición salió omitiendo el capítulo por completo.

En los rodajes y en su vida cotidiana todo transcurría con aparente normalidad.  Nadie a su alrededor, salvo su esposa, parecía notar la ausencia de sus miembros.  Su modo de andar no había cambiado mucho; después de la operación era incluso más natural que antes.  Las prótesis funcionaban a la perfección, a no ser por algunos chirridos que eran subsanados con aceite industrial al llegar a casa.

La llegada de los escáneres y el control de metales en los aeropuertos supuso un nuevo reto para el maestro del suspense.  Para poder evitar el control de metales ingenió un curioso modo de proceder.  Acudía al aeropuerto con unas latas de película que no habían sido reveladas.  Las latas no podían atravesar el escáner puesto que los rayos podían dañar la película expuesta.  El procedimiento a seguir en estos casos por parte del Departamento de seguridad de los aeropuertos era examinar las latas en una sala completamente a oscuras.

Hitchcock acompañaba al personal autorizado a la sala, allí se procedía a abrir las latas y únicamente con el sentido del tacto comprobar que el interior de las latas contenía realmente película cinematográfica.  De allí era acompañado directamente a la puerta de embarque, saltándose así tanto el escáner como el control de metales.  En alguna ocasión, debido a su fama internacional, le ofrecieron la posibilidad de acceder al avión sin necesidad de pasar las latas por el escáner, pero tal privilegio era rechazado por Hitchcock con su habitual flema británica.

Lo más curioso del caso es que nadie se ha preguntado nunca por qué, a partir de 1944, no existe ni una sola imagen de Alfred Hitchcock nadando ni jugando al volleyball.

Para evitar que se pudieran descubrir las prótesis, la versión oficial dice que Hitchcock fue incinerado.  Pero esto no es así.

En el año 2010 la empresa alemana situada en Augsburgo, responsable de las prótesis, solicitó al Gobierno británico la exhumación de los restos de Hitchcock para estudiar su estado tras el paso de los años.

Transcurrido cierto tiempo, recibieron una carta con el membrete de la Casa Real Británica.  La respuesta era tan breve como concisa:  No.

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El origen del traje masculino

–  María Luisa Funes

Europa es la responsable de que actualmente podamos ver a presidentes de países tan distintos como los Estados Unidos, Rusia o China saludarse vestidos con trajes idénticos:  chaqueta y pantalón oscuros, camisa blanca y corbata.  Es un símbolo de conformidad, de acuerdo con las normas establecidas por Occidente.

El traje de chaqueta masculino fue uno de esos inventos paneuropeos que son tan poco frecuentes, ya que su creación tuvo influencias directas durante varios siglos de países como España, Francia, Inglaterra y los Países  Bajos.  En el caso de España, aportó el color negro y la chaqueta; Holanda, la camisa de hilo blanco; Francia, los pantalones largos y los ingleses perfeccionaron la combinación y la hicieron oficial.

Un cambio importante en la difusión de la moda tuvo su base en la sociedad industrializada:   la revolución industrial hizo que el hombre renunciase a los avances del juego de la moda, adoptando la mentalidad “protestante” y dejando a la mujer el rol de aficionada a la ropa.

Esa austeridad se unió al color negro, tan utilizado por la Corte española desde la época de Carlos I (1500-1558) y Felipe II (1527-1598).  La afición de los monarcas españoles por ese color no fue casual:  tenían tantos  familiares, que debían guardar luto por la muerte de algún pariente con mucha frecuencia, lo que les hizo adoptar el color negro casi en permanencia.  La austeridad de la chaqueta de color negro se unió a su vez a la tradicional camisa blanca de hilo de Holanda, traída desde los Países Bajos e instaurada como un clásico ya en el siglo XVI.

Durante el reinado de Luis XIV (1638-1715) se establece el pantalón como vestido usual para el hombre, siendo cortos, ceñidos y con medias blancas para los caballeros; y largos para los trabajadores durante las horas de labor, más expuestos a la suciedad.

En el siglo XVIII en Francia, se adopta también el negro en la chaqueta y el blanco en la camisa.  A esto se le añaden los pantalones largos por primera vez.  En el transcurso de las Guerras Napoleónicas (1803-1815) muchos soldados utilizaban pantalones que cubrían la bota, algo que habían comenzado a hacer los soldados de la Europa del Este.  A la vuelta de la guerra, les supuso a todos una gran comodidad seguir con ese hábito y continuaron con el largo extendido hasta la altura del pie.

Por esas fechas, Arthur Wellesley (1769-1852), primer Duque de Wellington, al regreso de las batallas napoleónicas adoptó el pantalón largo incluso para situaciones de etiqueta.  Su influencia en la corte británica hizo que se popularizara alargar la pernera.

George Bryan Brummell (1778-1840) conocido como Beau Brummell (“el bello Brummell”), personaje coetáneo del Duque de Wellington y con gran influencia en la corte inglesa, comenzó también a usar pantalones largos, en su caso con una tira bajo el pie para evitar pliegues.  El Rey Jorge IV (1762-1830) siguió esa costumbre, así como parte de la Corte y, de forma progresiva todo el pueblo británico.

Brummel desarrolló, con el apoyo del Rey, una curiosa carrera como “ministro de la moda y el gusto”, creando dictados ingeniosos y nuevas normas de vestido e higiene personal.  Este verdadero dandy hizo las delicias del Rey Jorge IV y sus súbditos, y marcó para siempre el mundo de la moda occidental, aportando también la corbata o pañuelo anudado al cuello en el traje formal.

Desde entonces, la sastrería inglesa de caballero es un referente en el mundo occidental.  Los sastres de Savile Row en Londres heredaron el know-how de sus predecesores en cuanto a diseño militar, médico y de deportes, ya que el traje masculino actual tiene mucho de los antiguos uniformes y de los trajes de equitación.

En particular, la influencia del sector de los cirujanos en el traje occidental llega al punto de que las mangas de las mejores chaquetas a medida tienen una botonadura que se puede abrir, algo que los antiguos médicos reclamaban para poder remangarse en las visitas a sus pacientes.  Los puños a veces se asemejan también a los de los trajes militares y las aberturas laterales en la parte trasera vienen de las exigencias de comodidad durante la equitación, al igual que los bolsillos oblicuos, a los que se tiene más fácil acceso durante la monta.

En el caso de la corbata, proviene del antiguo pañuelo al cuello, que tuvo una gran aceptación durante la corte de Luis XIV, y que copiaba en cierto modo la manera de anudar un pañuelo que tenían los soldados croatas que lucharon en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).  Del nombre “croata” derivó “cravate” en francés, y en español “corbata”.  Alrededor de 1860 se populariza su uso en Inglaterra con distintos colores y dibujos.

A finales del siglo XIX los empleados de oficina estadounidenses reclamaban ya ese traje “moderno” como atuendo habitual.

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