El portador compasivo

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–  Gustavo Martín Garzo

“Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier (n. 1924) El rey de los alisos (1970).  Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra (ver supra).  

Son muchos los que protestaron por la manipulación que de tales imágenes hicieron los medios de comunicación, argumentando que son incontables los niños que en circunstancias semejantes han  muerto antes de Aylan Kurdi sin que apenas reparáramos en ello.

Y tienen toda la razón.  Sin embargo hay imágenes que tienen el raro poder de enseñarnos a ver lo que antes no queríamos o nos negábamos a aceptar.  No me refiero sólo a la imagen del pequeño sobre la arena, sino a la del policía que portaba su cuerpecito en los brazos, como si contuviera algo precioso que ni la misma muerte pudiera oscurecer.

Es el mito del adulto fórico, al que Michel Tournier dedica su novela.  El adulto encargado de portar a los niños, como San Cristóbal, el gigante que ayudaba a los caminantes a cruzar el río, y que representa a todos los adultos que llevando a los niños en sus brazos tratan de protegerles de los peligros de la vida.

Este mismo verano se difundió por la prensa y la televisión una imagen que, como esta del niño y el policía turco, tenía el poder de sintetizar la dolorosa injusticia de este mundo. En un plató de la televisión alemana, Angela Merkel (n. 1954) respondía a las preguntas de un grupo de jóvenes. Todo transcurría de esa manera previsible y relamida con que suelen hacer las cosas en estos programas hasta que una muchacha palestina, sobre la que pendía una amenaza de una pronta deportación, le preguntó a la Canciller en perfecto alemán por qué no podría seguir estudiando y vivir como sus otros compañeros de clase.

Angela Merkel salió del paso como pudo diciéndole que la comprendía, pero que no todos los inmigrantes podían quedarse en Alemania, y que muchos tenían que regresar a sus casas.  La Canciller siguió contestando a otras preguntas cuando la muchacha rompió a llorar desconsoladamente, llamando la atención con sus lágrimas no sólo sobre el drama de los que, como ella, aspiraban a tener una vida mejor, sino también sobre la inoperancia de nuestros gobernantes a la hora de encontrar soluciones que remedien el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

Una creencía judía afirma que en cada época en la Tierra aparecen 36 justos.  Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes.  Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor.

En un mundo como el nuestro donde tantos se autoproclaman justos, conviene no olvidar que una de las enseñanzas de esta fábula es que ninguno de esos justos discretos que sostienen el mundo sabe que lo es.

Jorge Luis Borges (1899-1986) escribió al final de su vida un poema basado en esta leyenda.  En él va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos:  el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho, el poeta que cuenta con cuidado las sílabas de sus versos, el jardinero que poda y abona sus plantas.  Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo.  Son los nuevos justos, ninguno actúa con apatía o indiferencia.  Para ellos el bien es algo tan sencillo como mecer una cuna para que un niño se duerma.

Creo que tanto el policía turco que llevaba en sus brazos el cuerpo yerto de Aylan Kurdi, como la muchacha palestina que rompió a llorar inesperadamente ante una de las mujeres más poderosas de la Tierra, podrían formar parte de esa nómina de justos que sin saberlo sostienen el mundo.

Primo Levi (1919-1987), en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta como una noche los judíos se dan cuenta de que los van a matar.  Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación.  Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de elllos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas, las tendieron para que se secaran en los alambres de espino.

Este hermoso y doloroso pasaje expresa fielmente esa inocencia activa de la que vengo hablando, y que tiene que ver con la facultad de negar nuestro consentimiento ante todo lo que prolonga o justifica el sufrimiento del mundo.  Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque era su forma de cuidarlos.  Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a su hijos, que nunca morirán.  Su inocencia tenía que ver con ese compromiso capaz de abrir, incluso en el lugar más siniestro y oscuro, un espacio de esperanza.

El policía turco que portaba el niño muerto creaba al hacerlo un espacio así.  Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido:  un peso que se transforma en gracia.

Pero, ¿qué pasa cuando el niño que se lleva en los brazos está muerto?  El cuerpo de Aylan Kurdi en la playa nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en los brazos hasta la cama para que no se despierten.  Sólo que Aylan Kurdi ya no se despertará de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio dulzor de la leche.  Tampoco llegará a conocer el paso del tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar sus primeras palabras de amor.

En ¡Qué bello es vivir! (1946), la película de Frank Capra (1897-1991), se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante guarda el germen de la salvación de otras vidas.  Pero este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, qué anfitrión habría pronunciado su nombre como el más querido de sus invitados?  ¿Qué idea, el sueño de qué país o de qué raza puede justificar su desaparición?

El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?

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¿Son tontos los hispanos?

Dignidad

–  Moisés Naim

El indicador conocido como coeficiente intelectual (CI) puede estimar de manera confiable la inteligencia.  El CI promedio de los inmigrantes en los Estados Unidos es considerablemente más bajo que el de la población nativa de raza blanca.  Esta diferencia es probable que persista durante varias generaciones.  Las consecuencias son la falta de asimilación socioeconómica entre los inmigrantes de bajo coeficiente intelectual, conductas de clase baja, menor confianza social y un aumento en trabajadores no cualificados en el mercado laboral estadounidense.  La selección de los inmigrantes de alto coeficiente intelectual podría mejorar estos problemas en los Estados Unidos, al mismo tiempo que beneficiaría a los potenciales inmigrantes que son más inteligentes pero que carecen de acceso a la educación en sus países de origen.

Los párrafos anteriores son un resumen de la tesis doctoral que presentó Jason Richwine en la Universidad de Harvard en 1999 y que fue aprobada, sin objeciones, por un comité formado por tres prestigiosos catedráticos de esa Universidad.  La tesis habla de los inmigrantes en general, pero sus conclusiones están principalmente basadas en el análisis del (bajo) CI de los hispanos.

Armado con esa credencial, el flamante doctor Richwine comenzó su carrera en lo que en Washington se llama “la industria de la influencia”.  Trabajó con dos importantes think tanks conservadores, publicó artículos en diarios y revistas, y daba conferencias. Cuando el ex senador Jim DeMint , Presidente de la Fundación Heritage, necesitó encargar a alguien que hiciera el estudio que serviría como punta de lanza en la batalla para impedir la reforma de la política migratoria de los Estados Unidos, escogió a Jason Richwine, quien junto con Robert Rector sería el coautor del informe.

Hasta hace pocas semanas.

Dylan Mathews, un periodista del Washington Post, se tropezó con la tesis doctoral de Richwine y publicó su mensaje central.  Las reacciones no se hicieron esperar.  La Fundación Heritage se limitó a decir que las controvertidas ideas de Richwine las escribió en Harvard y no en la Fundación.  Dos días después Richwine renunció a su cargo.

En todo esto hay muchas sorpresas, pero quizás la principal tiene que ver con los estándares que se usan en Harvard para otorgar un doctorado.  La tesis de Richwine parte de la base de que hay causa y efecto entre dos variables difíciles de medir: inteligencia y raza.  Entre los científicos sociales no hay consenso acerca de qué es lo que miden los test que estiman el cociente intelectual.  ¿Miden inteligencia o más bien miden la capacidad de responder bien a ese tipo de test?  Y si miden inteligencia, ¿qué tipo de inteligencia es?

Todos conocemos genios que obtienen buenos resultados en los test de inteligencia pero cuya vida personal es un desastre, y que terminan siendo una carga para sus familiares y para la sociedad.  Y también conocemos gente que no brilla por su intelecto, pero cuya contribución a la sociedad es enorme.

Pero si la inteligencia es difícil de medir, ¿cómo se mide eso que Richwine define como “los hispanos”?  Esta no es una categoría biológica sino una definición de la Oficina del Censo de los Estados Unidos, que usa el término hispano o latino para referirse a “una persona de origen cubano, mexicano, puertorriqueño, centro o sudamericano, o de otra cultura u origen español, independientemente de su raza”.  Evidentemente, tratar a los “hispanos” como una categoría genética o biológicamente homogénea es, por decir lo menos, metodológicamente endeble.

Y los problemas con la tesis de Richwine no terminan ahí.  Derivar de sus conclusiones la idea de que una buena política inmigratoria se debe basar en aplicarle pruebas de inteligencia a los inmigrantes, es una propuesta más nutrida por la ideología que por la ciencia.

Pero si se trata de creer en estudios que se basan en los test de inteligencia, entonces vale la pena mencionar uno muy interesante referido por el periodista Jon Wiener.  En 2012, la revista Psychological Science reportó un amplio estudio realizado en el Reino Unido, que examinó a casi 16,000 personas a través de los años, y encontró que “los menores niveles de inteligencia en la infancia pronostican la presencia de mayor racismo en la edad adulta”.  En otras palabras: los adultos que son racistas no salían muy bien en los test de inteligencia cuando eran niños.

En resumen:  si usted cree que los hispanos son tontos, entonces debe creer que los racistas también lo son.  Pura ciencia.

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En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012), se publicó un artículo de Moisés Naim, periodista venezolano residente en Washington D.C.   Los lectores pueden seguirle ahora en Twitter en la dirección @moisesnaim

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