Bernini, el escultor y arquitecto favorito de los Papas

–  David Torres

Estoy en pie en una sala de la Galeria Borghese, en Roma, solo e indefenso ante el Apolo y Dafne de Bernini, rodeado de docenas de turistas y solo ante la eternidad, sin poder hacer nada. He visto antes este bloque escultórico decenas de veces, en fotografías, documentales, en ilustraciones de libros de arte, pero realmente nunca lo había visto. Garcilaso lo anticipó en un soneto que leí por primera vez hace treinta y tantos años:  A Dafne ya los brazos le crecían… Pero nada, ni Garcilaso, ni Ovidio, ni los bancos de imágenes, ni las guías de viaje, me habían preparado para la  experiencia de primera mano; nada puede compararse realmente a esta conmoción, a esta explosión de luz, al momento exacto en que una piedra cobra vida.

Roma merece un viaje por muchos motivos, y entre esos motivos siempre estará Bernini.  La presencia del gran escultor y arquitecto napolitano en calles, iglesias y museos es uno de los sellos distintivos de la Ciudad Eterna, como también lo son Bramante, Miguel Ángel o Caravaggio.

Si se escoge el orden cronológico, el recorrido por la Roma de Bernini bien puede empezar por la Galeria Borghese.  Allí se alzan cuatro de las primeras esculturas de Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), cuatro obras maestras que realizó cuando sólo era un joven que trabajaba a las órdenes del Cardenal Scipione Borghese.  El Eneas, Anquises y Ascanio parece un verso de Virgilio puesto en pie.  En El rapto de Proserpina, los dedos de Plutón se hunden para siempre en la carne de mármol. Con su David, Bernini se atrevió a seguir los pasos de Miguel Angel: el pastor ya no está detenido en el momento previo al combate, sino que estira la honda entre sus brazos mientras que arquea el cuerpo un segundo antes de lanzar la piedra.  Ese es el momento en el que se instala el arte de Bernini, pleno de tensión, barroco hasta los tuétanos.

Bernini fue el artista favorito de los Papas durante el siglo XVII, y de las muchas obras que atestiguan su talento como arquitecto destaca la Iglesia de Sant’Andrea al Quirinale, una asombrosa síntesis de curvas y elipses.  En el Vaticano, Bernini diseñó la Plaza de forma oval con dos semicírculos ante los que se levanta la columnata rematada por una balaustrada de 140 santos.  En el interior de la Basílica de San Pedro, bajo la cúpula, realizó el inmenso baldaquino de bronce (ver imagen supra) con sus prodigiosas columnas salomónicas. También proyectó la decoración de los cuatro pilares que sustentan la cúpula en forma de nichos que albergan cuatro enormes esculturas, una de las cuales, San Longinos, es obra suya.

El Vaticano guarda también una de sus últimas obras, el sepulcro del Papa Alejandro VII, una majestuosa alegoría donde la figura de la Muerte, agazapada bajo un cortinaje de mármol sanguinolento, muestra un reloj de arena con el tiempo que se acaba.

En la Piazza Navona, Bernini aprovechó el encargo del Papa Inocencio X para levantar la fuente más fastuosa e impresionante de Roma -y en ninguna otra ciudad del mundo hay tanta competencia-.  Coronada por un obelisco egipcio, festoneada de animales y vegetales petrificados, la Fontana dei Quattro Fiumi es una monumental alegoría de los ríos más grandes conocidos en la época:  el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata.  La otra otra gran fuente de esa Plaza, la Fontana del Moro, sigue un diseño de Giacomo della Porta, pero fue Bernini quien esculpió la estatua central.  No muy lejos, casi junto al Panteón, se encuentra el Obelisco della Minerva, cuyo pedestal en forma de elefante, también es de Bernini.

Si la temática mitológica encumbró a Bernini en sus comienzos, fueron dos encargos religiosos los que representan la cúspide de su arte en la madurez.  El Éxtasis de la Beata Ludovica Albertoni, en la Iglesia de San Francesco a Ripa, una composición horizontal de una ternura insoportable en la que los pliegues de los ropajes son caricias; y el Éxtasis de Santa Teresa, en la Iglesia de Santa Maria della Vittoria, una obra sublime en la que asistimos a la transverberación de la santa desde lejos, casi a escondidas.  Nuevamente las fotos nos engañan con detalles sacados a través de teleobjetivos y a los que no tenemos ningún derecho.

La Santa Teresa está hecha para asomarse a ella de puntillas;  de igual modo que en Apolo y Dafne hay que girar en torno a la estatua para ver la mujer floreciendo, las ramas brotando, el instante exacto de la metamorfosis.  Ese instante, el de la transfiguración, es el que se atrevió a esculpir Bernini.

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La comunicación como creación artistica

–  Manuel Villaverde

Imitar las cosas y personas que nos rodean y ver reflejados ante nuestros ojos los sentimientos humanos es, básicamente, la razón y el origen del teatro.

Desde la prehistoria tenemos datos de danzas o manifestaciones artísticas, sexuales, guerreras o religiosas que, son hasta ahora, las noticias de sus comienzos.  Luego, nos acercamos a Creta con  sus espectáculos casi taurinos, pero con sentido teatral religioso.  El teatro griego constituye, a su vez, un avance más creativo, refinado e intelectual.  Continuando nuestro análisis, observemos que en la Edad Media el teatro como edificio no existe, y las representaciones se realizaban en las iglesias o en otros lugares sagrados, con improvisadas instalaciones desmontables de madera y cortinajes.  Hasta 1585 no se encuentra el primer ejemplo de construcción de un teatro moderno -que incorporaba el proscenio ampliando el espacio dedicado a la escena- iniciado por el arquitecto Andrea Palladio (1508-1580), para la Academia Olímpica de Vicenza, terminando sus obras Vincenzo Scamozzi (1548-1616).

Llegamos así al teatro de Lope de Vega (1562-1635), que es una síntesis entre la tradición popular medieval y las teorías renacentistas, y cuyas ideas renovadoras de este género se sintetizan en el El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, que escribió en el año 1609;  y a los denominados autos sacramentales, representaciones dramáticas alegóricas en un solo acto referente al misterio de la Eucaristía, que se representaban tradicionalmente en las plazas públicas españolas, a cargo de compañías profesionales y dirigidos a un público popular, que alcanzaron su máximo apogeo con Calderón de la Barca (1600-1681) autor de más de ochenta obras de estas características.

Indiscutiblemente, el teatro tiene su origen en lo religioso, que surge del religio = vínculo.  Unión, reunión, vínculo, entre actores y espectadores. Y ya sea en la tragedia o en la comedia -que son los dos grandes géneros dramáticos- nos vemos representados en ellos en algún momento o por alguna circunstancia de nuestra vida.

De una forma u otra el teatro ha servido -y hoy más que nunca- como vehículo político, social, religioso, ideológico, etc., y la lista se hace casi interminable.

Dos grandes realidades, el alma y el cuerpo, se conjugan y unen para dar vida a una actuación. El alma  con  sus sentimientos exteriorizados y el cuerpo con sus movimientos.  Creo que también pueden unirse ambos o estar separados en una representación.  Un actor, sin moverse apenas, puede con una expresión de sus ojos transmitir una emoción enorme a la audiencia. Asimismo, el cuerpo de un actor, con un movimiento dado sin pronunciar palabras obtiene idéntico resultado.

Por lo tanto, vemos que la creación artística consiste en la comunicación entre espectador e intérprete.  Porque sin público no hay actor, y sin actor no hay representación.  Y cuando esa comunicación está dirigida a sacudir las fibras del auditorio, se ha obtenido una gran actuación. Aunque, por  bueno que sea un actor o actriz, por mucho que sienta dentro de sí, por depurada que sea su técnica, la belleza corporal, el sentido estético y los esfuerzos que realice en escena, si no llega a la raíz de la emoción del público su labor ha sido nula.

Por esa razón -tan fácil de escribir, pero tan difícil de realizar- observamos que en muchas ocasiones un actor no nos llega a emocionar y, sin embargo, en actuaciones anteriores sí lo ha conseguido.  Sencillamente, ese artista no se estaba comunicando entonces con sus espectadores.  Le faltaba vida e interés en su interpretación en escena.

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El signo – & –

–   Álex Grijelmo

En el siglo I antes de Cristo (hace más de 2,000 años) nació el signo & y lo inventó un romano a quien se considera el primer taquígrafo de la historia:  el secretario de  Marco Tulio Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.).   Se llamaba Tirón, y tenía la condición de esclavo.   Esclavo pero notario (porque tomaba notas para para reflejar fielmente algo, de ahí viene nuestra palabra).

Tirón se dedicaba sobre todo a dar fe de los discursos del senador romano, y a tal efecto creó un sistema de unas mil fórmulas que resumían en rasgos simples los grupos de letras y las locuciones más usuales en latín.  En uno de esos abreviamientos, Tirón redujo la palabra   ” et ”  ( ” y ” )  juntando en un solo trazo la  e  y la  t  para no levantar el puño de la mesa.

El signo correspondiente, ” & “, lo compuso a partir de una  e  redonda  (similar a la del símbolo del euro) prolongada en una    inclinada.  Para los escribas, un gran avance; sobre todo cuando usaban la letra gótica.

Cicerón le quedó muy agradecido por la eficacia de su taquigrafía y le dio la condición de liberto (sin que dejara de seguir a su servicio).  A partir de entonces, el notario se llamó Marco Tulio Tirón tras adoptar el nombre de pila de su jefe.

El signo  ” & ” (1) se extendió luego a otros idiomas en los cuales resumía dos o tres letras en un solo rasgo, como sucede en el idioma inglés o alemán  (en los que ” y ” se escribe  ” and ”  y  ” und  “.

Por su parte,  el Diccionario académico español de 1791 acogió el signo ” & ” para sustituir a “etcétera”  (con una  c  añadida:  &c  a fin de significar  et  y  cétera).  La  c  se caerá después, en la edición de 1884, y el símbolo ” & ” se mantendrá solitario hasta 1984.  Todo lo cual no impedía que el signo apenas se emplease en español, porque carecía de sentido sustituir  y  por  &,  o escribir &c  en vez de  etc., al tratarse de rasgos más difíciles de trazar.  Sin embargo todavía alcanza a aparecer  ” & ”  en la Ortografía de 1999, para morir por fin en la de 2010 (2).

Los diccionarios ingleses incluyen desde 1830 el símbolo ” & ” con el nombre “ampersand”.  En las cantinelas de los estudiantes de entonces se cerraba el abecedario con un “and, per se, and”  ( “y por sí mismo, &”).  Se trataba de una letra que sólo servía per se, es decir, que no se podía contar con ella para formar ninguna otra palabra: siempre iba sola.  Y ese recitado que terminaba en “and, per se, and” derivó en el nombre “ampersand”.

(1)  Se le conoce también como signo tironiano.

(2)  Véase a este respecto el Diccionario panhispánico de dudas, Apéndice, Símbolos o signos no alfabebizables, RAE, 2005.

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¿Por qué los romanos cambiaron las ánforas de barro por los barriles de roble?

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–  Javier Sanz

La recogida selectiva de residuos, tan en auge en diferentes países industrializados, tiene siglos de existencia.  Comenzó en Roma hace más de dos mil años, y prueba de ello es el Monte Testaccio (ver imagen supra) conocido también como Monte dei Cocci (Monte de los Cascos), una colina artificial con una altura de 50 metros (164 pies) y una base de 22,000 metros cuadrados (237,000 pies cuadrados, aproximadamente) construida con los restos de 25 millones de ánforas de barro en las que se transportaba el aceite de oliva (1) desde la provincia Bética (la actual Andalucía) en el sur de Hispania (España).

La fabricación de las ánforas era sencilla, las asas ayudaban en su manejo y eran fáciles de transportar en los barcos (las bodegas se cubrían con arena y en ella se enterraban parcialmente la parte cónica inferior de las ánforas).  Así que, en Grecia y Roma se convirtieron en los recipientes habituales para el transporte de los líquidos más preciados: el aceite y el vino. Entonces, ¿por qué y cuándo los romanos dejaron a un lado las ánforas de barro y adoptaron los barriles de roble?

Si para el transporte naval las ánforas eran el recipiente adecuado, para el transporte terrestre su forma no facilitaba el traslado en carros.  Sería a mediados del siglo I A.C. cuando Roma sometería la Galia (actual Francia) y los invasores conocieron la forma en que los galos almacenaban y transportaban la cerveza:  en barricas de roble.  Las legiones romanas fueron las primeras en adoptar las barricas de roble para transportar el vino que les acompañaba en sus múltiples expediciones de conquista, abandonando las incómodas ánforas de barro.

Aunque hoy en día el uso del roble francés o americano para el envejecimiento de los vinos es lo habitual por las características y particularidades de la madera, en aquella época la elección del roble no tenía que ver con los métodos de elaboración y crianza del vino, sino con la abundancia de estos árboles en Europa y porque su madera se puede doblar con relativa facilidad para construir los barriles.

Siguiendo el ejemplo de sus ejércitos, los comerciantes de Roma adoptaron rápidamente los barriles de madera en lugar de las ánforas:  eran más resistentes que la arcilla, pesaban menos y se podían mover con menos esfuerzo haciéndolos rodar.  Además, a diferencia de las ánforas de arcilla, los barriles de madera permiten la oxidación y aportan sabores, olores y matices.

De esta forma, comprobaron que los vinos enviados a largas distancias en los barriles de roble mejoraban cuando llegaban a su destino.

Si hace siglos los barriles de roble comenzaron a utilizarse por la facilidad en el transporte y la cantidad de madera disponible entonces, hoy tienen que ver con el olor y el sabor que aportan al vino.

(1) Los arqueólogos calculan que el aceite transportado en esos envases permitió abastecer la mitad del consumo anual (6 litros / 1.60 galón) de aceite de oliva de un millón de personas durante 250 años.

Nota:  Véase en Internet, del mismo autor de este artículo, su interesante blog http://www.historiasdelahistoria.com

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La cuna de Pinocho

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 Julio Ocampo

“Érase una vez…  ¡Un rey!  dirán enseguida mis pequeños lectores.  No, chicos, os habéis equivocado.  Érase una vez un trozo de madera”.  Así comienzan Las aventuras de Pinocho (1), un libro imperecedero publicado en 1883 y escrito por Carlo Lorenzini (1826-1890), quien eligiera como apellido artístico Collodi en honor a un pequeño pueblo ubicado en el corazón de la Toscana italiana.

La pequeña ciudad de Collodi (2), ubicada a  68  kilómetros (42 millas) de Florencia y no demasiado lejos de Siena y Pisa, es una joya medieval capaz de hacernos replantear si el desarrollo siempre reporta progreso.  Ahí radica la esencia de Collodi, atrapado en el tiempo en una región cosida por hilos sumamente finos.  Sus costuras atestiguan un pasado campanilista (con un apego ciego a las costumbres locales), que ocasionó grandes convulsiones en una tierra tan disputada como hermosa, donde permanecen la belleza de los viñedos de Chianti, el duomo florentino de Filippo Brunelleschi, la torre inclinada de Pisa, o la energía festiva del Palio de Siena.

La leyenda cuenta que fue Totila, rey de los ostrogodos, quien fundó Collodi en el siglo V después de Cristo.  La localidad se levanta sobre una colina que servía de lugar de refugio a los habitantes de la zona.  Por su posición estratégica se la disputaron los condados de Florencia y de Lucca entre 1329 y 1442.  Tras numerosos asedios y saqueos, terminó por convertirse en avanzadilla de la República de Lucca.

Actualmente Collodi presume de la naturaleza casi ingobernable que la rodea.  Se presenta al viajero como una sucesión de casas organizadas en cascada sobre una colina.  En lo más alto se encuentra la antigua roca, una fortificación medieval protegida por un campanile (3) y la Iglesia Pieve di San Bartolomeo (con algunos cuadros atribuidos a la escuela de Rafael). 

En la parte inferior de Collodi nos sorprende la majestuosa Villa Garzoni, un hermoso recinto barroco construido sobre un castillo de la Edad Media.  Angiolina Orzali, la madre del autor de Pinocho, trabajó durante años para la familia Garzoni.  Retrocedemos mentalmente en el tiempo para imaginarnos al joven Carlo recorriendo estos excelsos jardines creados en el siglo XVII.  Su trazado atesora un misterioso encanto que evoca el arte, el agua, las flores, la escultura, el teatro, el éxtasis sin tormento, el dolce far niente; un panorama capaz de despertar la inspiración de cualquier escritor en potencia.

“Las mentiras, hijo mío, se conocen enseguida, porque las hay de dos clases:  las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga.  Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga”.  Habla el Hada mientras a Pïnocho le crece la nariz.  Compilados los capítulos como novela en 1883 (Carlo Collodi había ido publicando el texto por entregas en una revista infantil durante dos años), el éxito de Pinocho fue fulgurante.

El libro se tradujo a más de cien idiomas y se convirtió en una metáfora del hombre común (novela de aprendizaje y picaresca, cuento de hadas y comedia del arte).  Walt Disney le dedicó, en 1940, su segunda película de dibujos animados (4).  Pero esa sencilla historia de un trozo de madera que quería ser niño, admite sin embargo una segunda lectura más profunda.

Las aventuras de Pinocho podrían representar el viaje iniciático del hombre en busca de un cambio que sólo consigue a través del error perpetuo y el dolor.  El muñeco de madera se convierte al final de la obra en niño, tras recibir castigos e improperios por su recurrente mal comportamiento, y por dejarse llevar por los impulsos más bajos (el egoísmo, la avaricia y la insatisfacción).

Su autor, Carlo Collodi, era un defensor de la cultura masónica y son frecuentes en su obra las referencias a la numerología, la alquimia y el esoterismo.  Así lo explica Pino Corati en su famoso libro Pinocchio, mio Fratelllo (Ed. Edimai, 1998). Desde ese punto de vista, el cuento de hadas no es para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos.

(1)   Véase imagen de Pinocho supra.  El Diccionario de la Real Academia (ed. 2014) indica que el significado de pinocho es pino nuevo.  En italiano pinocchio tiene la misma definición, y en inglés se utiliza el término italiano pero refiriéndose únicamente al personaje del cuento infantil.

(2)  Véase supra, imagen de la ciudad de Collodi  (Pescia, Italia).

(3)  Un campanile (nombre italiano) es un campanario con forma cuadrada o redonda, localizado junto a una Iglesia o Palacio (entonces se denomina torre cívica), y que alberga una o más campanas.  En Italia existen, entre otros, dos campaniles muy conocidos, el del Duomo de Pisa (torre inclinada) y el de la Plaza de San Marcos (Venecia).

(4)  El tema musical de la película Pinocchio (1940) “When you wish upon a star” recibió dos Oscars en 1941 como Mejor Banda Sonora y Mejor Canción Original. Con posterioridad, se ha convertido en la melodía representativa de la Walt Disney Company. Véase  http://www.youtube.com/watch?v=W4AtLjd_YZU   

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La Salle en San Patricio, la Catedral de Nueva York

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–  Manuel R. de Bustamante

La Catedral de San Patricio está ubicada en la Quinta Avenida de Nueva York, entre las calles 50 y 51, y es la segunda sede catedralicia de Diócesis neoyorquina, convertida en Archidiócesis el 19 de julio de 1850.  La primera Iglesia de San Patricio estaba situada en la calle Mott, en lo que entonces era la zona más exclusiva de la joven ciudad, hoy pleno barrio chino.  En aquella época el cubano Padre Félix Varela (1788-1853) era Vicario de la Diócesis de Nueva York y, con ese rango, asistió en representación del Obispo a un Concilio celebrado en Baltimore.  Detrás del altar mayor de la actual Catedral, dirigiéndose hacia la sacristía, existe una placa situada a la derecha, en la que se hace constar la condición de Vicario alcanzada por el Siervo de Dios Padre Varela, cuya Causa de Beatificación se encuentra actualmente en estudio en Roma.

Al entrar por la puerta principal de la Catedral (1), en la primera Capilla situada a la izquierda, nos encontramos con el Altar dedicado a San Juan Bautista De La Salle (1651-1719), elaborado en mármol blanco (véase imagen supra).  Esta Capilla fue consagrada el 10 de diciembre de 1900 (2) por el Arzobispo Corrigan.  Hay que señalar que es la segunda Capilla en todo el mundo (3) que ha sido dedicada a nuestro “Padre y Maestro”.

En el centro del altar se encuentra la venerada imagen del Santo Fundador y, a cada lado, paneles que recuerdan escenas de su vida.  El de la izquierda muestra al Santo dando lecciones a un grupo de niños; y el de la derecha escenifica su conocido amor y dedicación a los más necesitados.  En el frontal del altar un hermoso bajorrelieve representa el fallecimiento del Santo.

El entusiasmo de los Hermanos De La Salle de Nueva York les llevó a colocar en las ménsulas situadas a ambos lados del altar, pequeñas estatuillas de miembros del Instituto vistiendo sus hábitos de color negro, lo que ofrece un curioso contraste con la marmórea blancura del altar.  La presencia lasallista se repite en los hermosos vitrales.  Sobre el citado altar se encuentra el vitral que regalaron los Hermanos con motivo de la Beatificación del Fundador, promulgada el 14 de febrero de 1888 por el Papa León XIII.

Existe otro precioso vitral que representa la aprobación de las Reglas del Instituto, el 26 de enero de 1725, por el Papa Benedicto XII.  En este último se puede apreciar al Papa sentado en su trono recibiendo el documento que le entrega el Superior General Hermano Timothée.  Los vistosos uniformes de la Guardia Suiza junto a los ornamentos de los acompañantes del Santo Padre contrastan con el oscuro hábito de los Hermanos presentes en el solemne acto.

Antes de salir de la Catedral por la puerta que desemboca en la calle 50, podemos contemplar un vitral de grandes dimensiones en el que figura otro detalle lasallista. Está representado el Arquitecto Renwick presentando los planos del edificio al Arzobispo Hugues, que se encuentra sentado ante una mesa.  Rodeándola, se puede ver al Cardenal McCloskey, su Secretario el Rvdo. John M. Farley -quien, posteriormente fue el segundo Cardenal de Nueva York-, M. Lorin, autor del vitral, un franciscano, un Hermano De La Salle, varios religiosos, y un office boy (futuro arquitecto) desplegando un rollo de dibujos con los planos.  A un lado de la mesa podemos ver un portafolio con la inscripción “James Renwick Esq., New York”, junto a los dígitos 1879, correspondientes al año de ejecución del vitral.

(1)  Para más información véase  http://www.saintpatrickscathedral.org

(2)  San Juan Bautista De La Salle fue canonizado el 24 de mayo de 1900 por el Papa León XIII.  El santoral indica que su fiesta se celebra el 7 de abril, el mismo día y mes de su fallecimiento en 1719.

(3  La primera Capilla dedicada a San Juan Bautista De La Salle se encuentra ubicada en el Istituto San Giuseppe-Istituto De Merone (Roma) y fue inaugurada en 1888, año de su Beatificación.  Con motivo del tercer centenario de su nacimiento se le dedicó en 1951 una Iglesia cercana a la Casa Generalicia, y en la Diócesis de Roma tiene otra Iglesia en la zona de Torrino consagrada en el año 2009.  También existen Iglesias dedicadas a San Juan Bautista De La Salle en Canadá (Montreal), Colombia (Bogotá, Cartagena, Medellín y Soledad), España (Jerez y Sevilla), Francia (París), México (León [Guanajuato], Monclova y Monterrey), Panamá (Panamá), Perú (Lima), Puerto Rico (Bayamón), República Dominicana (Santo Domingo) y Lara (Venezuela), entre otros lugares de culto.

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Historia breve del sacacorchos

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–  Jessica Nieto

Aunque en la actualidad su uso se relaciona exclusivamente con el mundo del vino, lo cierto es que el primer sacacorchos surgió en el siglo XVII como un utensilio de belleza que se utilizaba para extraer los tapones de pequeños frascos de perfumes, lociones y preparados farmacéuticos de cosmética.  Estos primeros modelos eran de bolsillo y las damas de la época los llevaban en sus bolsos para retocarse.

Hasta el siglo XVIII el vino se transportaba en barriles y vasijas artesanales, lo que reducía su conservación.  A mediados de ese siglo aparecieron las botellas alargadas y verdes de vidrio soplado que se cerraban con un corcho.  Este nuevo diseño permitía el almacenamiento en horizontal, que ayudaba a evitar que el contenido se estropease. De esta forma nace el comercio del vino.

A partir de ese momento, la evolución del sacacorchos se centra en el desarrollo del método más cómodo para realizar la operación de apertura, es decir, en el perfeccionamiento del mango y del sistema metálico.  “Fue en ese momento cuando el invento comienza a adquirir una mayor repercusión”, afirma Paolo Annoni, Director del Museo del Sacacorchos de Barolo, ubicado en la región de Piamonte, Italia (1).

En 1795 el clérigo inglés Samuel Henshall (1765-1807) presentó la primera patente de sacacorchos que tenía forma de  T  y un pequeño cepillo para quitar los restos de corcho de la botella (véase imagen supra).

A comienzos del siglo XIX tuvo lugar un boom en todo el mundo: inventores procedentes de Francia, Canadá y los Estados Unidos diseñaron sus propios modelos. Sólo en el Reino Unido se contabilizaron hasta 400 distintos.  A lo largo de sus 300 años de historia, este ha sido uno de los inventos que más patentes ha registrado. Se calcula que, en la actualidad, hay unos 50,000 modelos diferentes: de mecanismo simple, de tornillo, monomando, dos palancas, de mayor tamaño para descorchar barriles, etc.  Cada uno de ellos está determinado por las preferencias de cada país. Por ejemplo, en Francia se diseñó uno específico para descorchar las botellas de champán sin que perdieran su efervescencia.

Paralelamente al desarrollo técnico tiene lugar una estilizaciòn.  “Junto a los modelos tradicionales de madera, latón o hierro, también se empiezan a fabricar en oro, plata, marfil, nácar, e incluso con piedras preciosas y elementos decorativos” añade Paolo Annoni. Con su evolución, surgieron también los accesorios, como cuchillas o escobillas para limpiar las botellas.

El español Jacinto Presa Eguren decide, en 1995, diseñar un instrumento rápido y fácil de usar para ayudar a su mujer en la tarea de descorchar una botella.  Lo llamó el Sacacorchos Perfecto y consiguió la Medalla de Oro en el Salón Internacional de Inventos de Ginebra (Suiza), el más importante del mundo en este sector.  “Disfruto con el hecho de inventar”, afirma su creador.  En la actualidad se vende en más de 40 países de todo el mundo.

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(1)  Para más información véase en Internet  http://www.museodeicavatappi.it

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