El selfie (1513) de Leonardo da Vinci

  Laura Revuelta

París y el Louvre atesoran la Mona Lisa, pero hay que señalar que Turín y su Biblioteca Real poseen el más famoso de los autorretratos (ver imagen supra) del más enigmático de los artistas: Leonardo da Vinci (1452-1519), cuya magia, mitología y mitomanía no tiene  -ni se le prevé-  fin.  Fue realizado en 1513 sobre una lámina de papel, utilizando para el dibujo una tiza roja natural.

Si la traducción literal de selfie equivale a autorretrato, resulta totalmente lícito que vayamos a la pintura y sus autores clásicos para fijar el origen de esta última moda.  Antes de que el selfie se estampara en la imagen de la pantalla de un móvil / cellular para uso y abuso de toda persona con ganas de gloria digital, tuvimos que pasar por el Renacimiento europeo (siglos XV – XVI) y su reivindicación del individuo como objeto artístico, centro de atención del cuadro y su cuadratura estética.

Tzvetan Todorov (1939-2017) en su ensayo Elogio del individuo, traza este punto de partida:  “En un momento de la Historia de la pintura europea, se introducen individuos en las imágenes.  No se trata de seres humanos en general, ni de encarnaciones de una otra categoría moral o social, sino de personas concretas provistas de nombre y biografía.  En otras palabras, entonces surge el género del retrato”.  Basta con avanzar un poco para que, en ese espejo que es el lienzo en blanco, se mire el propio autor.  El artista abandona el estatus de segunda fila.  Pasa a ser un valor en el mercado y, por ende, a estar orgulloso de sí mismo, de su centro de gravedad artística y también de su proyección hacia la inmortalidad.

No es estrictamente cierto que Leonardo da Vinci realizara el primer autorretrato pero, sin duda, sí el de las más profundas convicciones.  Cronológicamente Alberto Durero (1471-1528) data en 1498 y firma el cuadro que atesora actualmente el Museo del Prado en Madrid, con el artista flamenco de frente, serio y hermoso, tan encantado de sí mismo en este lienzo como en todos los que ejecuta (unos cuantos) a su imagen y semejanza.

De aquel Renacimiento en la pintura flamenca a estos lodos del selfie no hay más que dar tiempo al tiempo, y ver cómo desfilan toda clase de artistas y obsesiones en versión cuadro, foto o performance.

Leonardo da Vinci, en el primer selfie de la historia mira de frente y con la sinceridad absoluta de quien sabe que se está autorretratando el alma y no se pone ni un pelo de más  En 1840 Carlos Alberto de Saboya adquirió el dibujo a un coleccionista y, desde entonces, permanece en Turín.

Nota:  El dibujo realizado sobre papel hace más de quinientos años mide 33 cm de alto por 21 cm de ancho (12.99 x 8.26 pulgadas) y sufre el inevitable paso del tiempo. Actualmente su estado de conservación es preocupante. La obra se mantiene guardada desde 1998 en una bóveda subterránea de la Biblioteca Real de Turín.  La luz que ilumina el habitáculo es exclusivamente de fibra óptica ya que los expertos consideran que la luz natural podría dañar aún más el dibujo.  Se mantiene el recinto a una temperatura constante de menos 20 grados Celsius, con una humedad fijada en un porcentaje inferior a 55.  Las características del cristal utilizado son específicas para la preservación de esa obra de arte en las mejores condiciones posibles.

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Hermano Victorino De La Salle: una vida “exagerada”

–  Rodolfo Meoli, fsc

Postulador de la Causa de Beatificación (Roma)

No vamos a referirnos aquí a una película del director Danny Boyle que se estrenó hace años con el título A Life Less Ordinary (en italiano “Una vita esagerata”, ni de la denominada “vida exagerada” que describe la letra de una canción de moda en Italia.  Queremos evocar el paso por la Tierra de un hombre excepcional, una persona providencial que atravesó años difíciles en Francia y posteriormente en Cuba, en los Estados Unidos y en la región de las Antillas.  De las vicisitudes de su tiempo supo extraer frutos luminosos de santidad personal y dejarnos una valiosa herencia.

¿Por qué utilizo la expresión “vida exagerada”?  Simplemente porque el Hermano Victorino De La Salle llevó a cabo a lo largo de su vida tantas iniciativas, grandiosas y hermosas, que habrían podido llenar la vida de varias personas a la vez.

“Hay demasiados sabios, demasiados prudentes. Oh Dios, mándanos locos, envíanos hombres que se comprometan a fondo, que amen de otra forma y no sólo con palabras, que se entreguen verdaderamente hasta el fondo” (1).  El Siervo de Dios Hermano Victorino De La Salle cumple las expectativas que vislumbraba el entonces Monseñor Gianfranco Ravasi, actualmente Cardenal.

Como Hermano De La Salle, el Siervo de Dios siguió la estela del fundador del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, San Juan Bautista De La Salle (1651-1719), con su testimonio personal de fe y apostolado con los jóvenes y una dedicación plena y total adhesión al espíritu fundacional del Instituto:  “El espíritu de este Instituto es, en primer lugar, el espíritu de la Fe que debe mover a los que lo componen a no mirar nada sino con los ojos de la fe…  En segundo lugar, el espíritu de este Instituto consiste en el Celo ardiente de instruir a los niños y educarlos en el santo temor de Dios” (2).

El Hermano Victorino hizo suyo ese dictamen de la Regla de los Hermanos De La Salle obteniendo su máximo provecho personal porque “hacerlo todo con espíritu de fe” no es más que buscar la perfección de la vida del cristiano y, en consecuencia, la santidad, completada por el “celo ardiente” que sólo mira servir a Dios en el prójimo, que en el caso particular de nuestro Siervo de Dios son los jóvenes a quienes dedicó su vida.

Sus intuiciones se hicieron una realidad providencial que aportó un decidido impulso a la Iglesia católica en Cuba.  La trayectoria es significativa:  Asociación La Salle (1912), Conferencia de San Vicente de Paúl (1919), Revistas católicas “Blanco y Azul” y “Páginas” (1912-1919), Federación de la Juventud Católica Cubana (1928), Hogar Católico Universitario (1946), Equipos de Matrimonios Cristianos – Movimiento Familiar Cristiano (1953).  Todas ellas fueron iniciativas que tuvieron un enorme éxito y otorgaron una gran popularidad al Hermano Victorino.  Son innumerables los testimonios que podrían citarse y que exaltan sus capacidades creadoras dotadas de una fuerza arrolladora.

Algunas ideas que podrían considerarse como secundarias tienen su atractivo y contribuían a entusiasmar los corazones.  Por ejemplo, los jóvenes tienen un gran interés por la música, y ahí tenemos al Hermano Victorino que se transforma en músico y hacer surgir de su mente, en 1935, la entusiasta y marcial melodía del Himno de la Federación de la Juventud Católica Cubana con la letra del Dr. Julio Morales Gómez.

Es posible llegar a expresar un ideal gráficamente.  Fue también el Hermano Victorino quien diseñó en 1933 la bandera de la Juventud Católica Cubana, representada bajo el símbolo de la “estrella y la cruz”.  La Dra. Teresa Fernández Soneira, autora de la más acreditada publicación sobre la historia de la Federación de las Juventudes de Acción Católica Cubana, tituló los dos volúmenes de su libro “Con la Estrella y la Cruz” (3).

Las referencias sobre su vida que hemos indicamos pensamos que son suficientes para captar en su conjunto la personalidad del Siervo de Dios, así como su vocación, orientada a la santidad personal pero dirigida especialmente a la difusión del mensaje cristiano en Cuba, buscando el verdadero bien de los cubanos, su crecimiento espiritual, la toma de conciencia de la dignidad y de la belleza de ser cristianos, según lo expresa San León Magno (c.390-461):  “Agnosce, cristiane, dignitatem tuam”.

Los reconocimientos que tuvo en vida:  Doctor “honoris causa” Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, La Habana (1951); Cruz “Pro Ecclesia et Pontifice” (1953) concedida por Su Santidad el Papa Pío XII; “Croix de la Légion d’Honneur”, Francia (1955); y el gran pesar del que la prensa se hizo eco tras su fallecimiento en 1966, constituyen el mejor reconocimiento de su gran labor apostólica.  Podemos decir que el Hermano Victorino forma parte, de pleno derecho, del elenco de grandes cubanos; su obra se asemeja, con sus características propias, a la de San Antonio María Claret, el Beato José Olallo Valdés y el Venerable Padre Félix Varela Morales.

En 1990 un grupo numeroso de personas que había conocido al Hermano Vidtorino organizó una Comisión Coordinadora para promover su Causa de Beatificación, y el 8 de septiembre de 1999 S.E. Mons. Roberto González Nieves, Arzobispo de San Juan (Puerto Rico), ciudad en la que había  fallecido el Hermano Victorino el 16 de abril de 1966, presidió la ceremonia de apertura de la Causa.

Terminada la fase diocesana, la Causa de Beatificación continuó en Roma donde, en 2015, se concluyó la redacción de la Positio (documento de 590 páginas que recoge la documentación necesaria) que será examinado el 15 de noviembre de 2018 por una Comisión de Teólogos designada por la Congregación para las Causas de los Santos.  Su esperada decisión positiva declararía Venerable al Hermano Victorino.  Para lograr que sea Beato será necesario un milagro estudiado por los médicos y aprobado por los teólogos.

Esperamos que ese día glorioso no tarde en llegar teniendo en cuenta que el Hermano Victorino De La Salle en toda su trayectoria, y en todos los lugares donde las circunstancias lo condujeron, logró promocionar vocaciones vitales y sugerir experiencias de fe que produjeron resultados sorprendentes, como lo demuestran las más de doscientas vocaciones sacerdotales y religiosas surgidas del movimiento católico que fundó en Cuba, así como la persistente fama de persona inspirada y santamente comprometida que aún le rodea.

(1)  Gianfranco Ravasi, Mattutino, en Avvenire, 24 de septiembre de 1993.

(2)  Reglas y Constituciones de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Roma, 1953, Cap. II, 2.

(3)  Teresa Fernández Soneira, Con la Estrella y la Cruz, Historia de la Federación de las Juventudes de Acción Católica Cubana, Vols. 1 y 2, Ediciones Universal, Miami, 2002.

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Las monedas de la Fontana di Trevi (Roma)

Lorena Pacho

Todos los días, prácticamente a cualquier hora, hay un turista en Roma lanzando una moneda a la Fontana di Trevi [ Nicola Salvi – Giovanni Pannini (1732-1762) ]. La mayoría lo hace como manda la tradición: de espaldas al monumento, con los ojos cerrados y formulando un deseo. Algunos piden volver a la Ciudad Eterna, otros encontrar el amor y muchos, sencillamente, algún anhelo fortuito. Entre todos, dejan bajo el agua una fortuna. El tesoro se encuentra actualmente asignado a Cáritas, la organización de beneficencia de la Iglesia católica.

Entre todos los atractivos de Roma, la Fontana di Trevi es uno de los más populares. Según datos del Ayuntamiento, recibe unas 450,000 visitas al mes de media y alrededor de 1,200 personas se detienen cada hora frente a ella en los momentos de máxima afluencia.

Cuando pasa la marea de turistas y curiosos, de madrugada, mientras Neptuno y sus hipocampos se desperezan en soledad, operarios del Ayuntamiento de Roma recogen el botín con un aspirador. La última recaudación anual ascendió a una cifra cercana al millón de euros (lo que supera ligeramente el millón de dólares).

El botín que cada año sale de la Fontana di Trevi se traduce en camas de albergues para las personas sin hogar; comidas y cenas en comedores sociales; mantas para quien duerme en la calle o ropa y productos de primera necesidad para indigentes. Cáritas mantiene en la capital una red para ayudar a las personas en riesgo de exclusión social. Entre ellas destacan los llamados supermercados de la solidaridad, en los que las personas sin recursos pueden hacer la compra de forma gratuita; centros de formación para desempleados; espacios de atención para personas mayores o asistencia sanitaria a domicilio para enfermos de Sida / VIH.

El uso que se dará a las próximas recaudaciones es incierto. Desde hace unos meses el Ayuntamiento de Roma y la identidad benéfica de la Conferencia Episcopal italiana analizan este tema, ya que el Ayuntamiento se está planteando destinarlo a otros fines a partir de 2019. De momento Cáritas y el Consistorio mantienen encuentros para buscar una solución y ambos han rechazado hacer declaraciones hasta que la decisión sea definitiva.

Algunos prefieren la caridad a la Administración pública. “Si se sabe que va a Cáritas, está bien” afirman dos turistas después de echar sus monedas a la Fontana siguiendo el rito habitual.

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Pan y aceite

–  Manuel Vicent

Como reacción a las pedantes elucubraciones gastronómicas en que ha caído la nueva cocina, hay una tendencia a volver a los alimentos sustanciales, también llamados platos de cuchara o de fundamento.  Se trata de los pilares de la sabiduría culinaria que han mantenido en pie el antiguo e insobornable placer de la mesa, el pan, las sopas, el cocido, los asados, los arroces y las calderetas de pescado, entre otras maravillas, tal como los cocinaban las abuelas.

Pan es un adjetivo cuantitativo que en griego significa “todo”.  También recibe ese nombre el dios Pan, el dueño de la naturaleza, de modo que comer pan equivale a ingerir a ese dios griego.  A su vez los cristianos convirtieron el pan en el cuerpo de Cristo (Eucaristía) y por eso está  mal visto en la mesa partir el pan con cuchillo y no con la mano.

Compañero significa “el que comparte el pan” (1), en la mesa o en el camino y también como un acto de solidaridad en la desgracia.  En los tiempos de Augusto (63 a.C – 14 d.C) había en Roma más de 300 panaderías gobernadas por maestros griegos, que tal vez amasaban la harina como una forma de hacer filosofía.  Hoy el pan se ha vuelto a poner de moda, después de estar largo tiempo vilipendiado.  En muchas esquinas de la ciudad han surgido panaderías entreveradas de cafeterías con un diseño de Ikea donde se expende pan con toda clase de cereales y semillas.

La rebanada de pan con aceite es el alimento más prImitivo y terrestre de nuestra cultura.  Esa torta de pan está pintada en las paredes de las mastabas de Menfis y de otras tumbas en el Valle de los Reyes (Egipto) y también apareció petrificada dentro de una copa de oro del tesoro de Tutankamón (1345 a.C. – 1327 a.C).  ¿Qué más se necesita para comerla con absoluta devoción y fiabilidad?

El pan con aceite ha pasado de la mesa de los faraones a los restaurantes italianos de moda por todo el mundo.  La primera vez que presencié este nuevo rito, hace ya muchos años, fue en el restaurante Gioco, un establecimiento de lujo, en South Loop, cerca del distrito financiero de Chicago.

Antes de que se acercara el maître, llegó un elegante camarero y puso un plato hondo de cerámica en el centro de la mesa, y en él escanció de una botella, que parecía un frasco de colonia, con mucha ceremonia, aceite virgen de oliva (1) siciliano hasta inundar el recipiente.  Luego dejó al lado un cestillo con diversos panecillos, cada uno de una clase, integrales de trigo y de centeno, amasados con sésamo, orégano, pepitas de calabaza y otras especias.

Los comensales eran gente fina, profesores de literatura, pero todos interrumpieron la conversación sobre los escritores de la generación perdida y comenzaron a mojar.  El tema literario fue sustituido por la ponderación de la calidad, perfume, graduación y origen del aceite, y la conversación  se extendió en su análisis visual, táctil y gustativo, sobre su equilibrio y aroma, con palabras apasionadas de los más entendidos, hasta que, de pronto, llegó el maître con la carta y nos adentramos en el mundo de la pasta.

(1) El término compañero etimológicamente procede del latín “cumpanis” (cum: con – panis: pan), cuya traducción literal es “con pan” dándole el significado de “compartiendo el pan” o “los que comparten el pan”, “comer del mismo pan”, llegando hasta nosotros como “compañero”.

(2)  El aceite de oliva virgen extra es el que se obtiene del fruto del olivo por procedimientos mecánicos o por otros procedimientos físicos en condiciones, especialmente térmicas, que no produzcan la alteración del aceite, que no hayan tenido más tratamiento que el lavado, la decantación, la centrifugación y el filtrado, y cuya acidez libre expresada en ácido oleico es como máximo de 0,8 gramos por 100 gramos.  España, Italia y Grecia superan el 70% de la producción mundial del aceite de oliva.

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Bernini, el escultor y arquitecto favorito de los Papas

–  David Torres

Estoy en pie en una sala de la Galeria Borghese, en Roma, solo e indefenso ante el Apolo y Dafne de Bernini, rodeado de docenas de turistas y solo ante la eternidad, sin poder hacer nada. He visto antes este bloque escultórico decenas de veces, en fotografías, documentales, en ilustraciones de libros de arte, pero realmente nunca lo había visto. Garcilaso lo anticipó en un soneto que leí por primera vez hace treinta y tantos años:  A Dafne ya los brazos le crecían… Pero nada, ni Garcilaso, ni Ovidio, ni los bancos de imágenes, ni las guías de viaje, me habían preparado para la  experiencia de primera mano; nada puede compararse realmente a esta conmoción, a esta explosión de luz, al momento exacto en que una piedra cobra vida.

Roma merece un viaje por muchos motivos, y entre esos motivos siempre estará Bernini.  La presencia del gran escultor y arquitecto napolitano en calles, iglesias y museos es uno de los sellos distintivos de la Ciudad Eterna, como también lo son Bramante, Miguel Ángel o Caravaggio.

Si se escoge el orden cronológico, el recorrido por la Roma de Bernini bien puede empezar por la Galeria Borghese.  Allí se alzan cuatro de las primeras esculturas de Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), cuatro obras maestras que realizó cuando sólo era un joven que trabajaba a las órdenes del Cardenal Scipione Borghese.  El Eneas, Anquises y Ascanio parece un verso de Virgilio puesto en pie.  En El rapto de Proserpina, los dedos de Plutón se hunden para siempre en la carne de mármol. Con su David, Bernini se atrevió a seguir los pasos de Miguel Angel: el pastor ya no está detenido en el momento previo al combate, sino que estira la honda entre sus brazos mientras que arquea el cuerpo un segundo antes de lanzar la piedra.  Ese es el momento en el que se instala el arte de Bernini, pleno de tensión, barroco hasta los tuétanos.

Bernini fue el artista favorito de los Papas durante el siglo XVII, y de las muchas obras que atestiguan su talento como arquitecto destaca la Iglesia de Sant’Andrea al Quirinale, una asombrosa síntesis de curvas y elipses.  En el Vaticano, Bernini diseñó la Plaza de forma oval con dos semicírculos ante los que se levanta la columnata rematada por una balaustrada de 140 santos.  En el interior de la Basílica de San Pedro, bajo la cúpula, realizó el inmenso baldaquino de bronce (ver imagen supra) con sus prodigiosas columnas salomónicas. También proyectó la decoración de los cuatro pilares que sustentan la cúpula en forma de nichos que albergan cuatro enormes esculturas, una de las cuales, San Longinos, es obra suya.

El Vaticano guarda también una de sus últimas obras, el sepulcro del Papa Alejandro VII, una majestuosa alegoría donde la figura de la Muerte, agazapada bajo un cortinaje de mármol sanguinolento, muestra un reloj de arena con el tiempo que se acaba.

En la Piazza Navona, Bernini aprovechó el encargo del Papa Inocencio X para levantar la fuente más fastuosa e impresionante de Roma -y en ninguna otra ciudad del mundo hay tanta competencia-.  Coronada por un obelisco egipcio, festoneada de animales y vegetales petrificados, la Fontana dei Quattro Fiumi es una monumental alegoría de los ríos más grandes conocidos en la época:  el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata.  La otra otra gran fuente de esa Plaza, la Fontana del Moro, sigue un diseño de Giacomo della Porta, pero fue Bernini quien esculpió la estatua central.  No muy lejos, casi junto al Panteón, se encuentra el Obelisco della Minerva, cuyo pedestal en forma de elefante, también es de Bernini.

Si la temática mitológica encumbró a Bernini en sus comienzos, fueron dos encargos religiosos los que representan la cúspide de su arte en la madurez.  El Éxtasis de la Beata Ludovica Albertoni, en la Iglesia de San Francesco a Ripa, una composición horizontal de una ternura insoportable en la que los pliegues de los ropajes son caricias; y el Éxtasis de Santa Teresa, en la Iglesia de Santa Maria della Vittoria, una obra sublime en la que asistimos a la transverberación de la santa desde lejos, casi a escondidas.  Nuevamente las fotos nos engañan con detalles sacados a través de teleobjetivos y a los que no tenemos ningún derecho.

La Santa Teresa está hecha para asomarse a ella de puntillas;  de igual modo que en Apolo y Dafne hay que girar en torno a la estatua para ver la mujer floreciendo, las ramas brotando, el instante exacto de la metamorfosis.  Ese instante, el de la transfiguración, es el que se atrevió a esculpir Bernini.

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La comunicación como creación artistica

–  Manuel Villaverde

Imitar las cosas y personas que nos rodean y ver reflejados ante nuestros ojos los sentimientos humanos es, básicamente, la razón y el origen del teatro.

Desde la prehistoria tenemos datos de danzas o manifestaciones artísticas, sexuales, guerreras o religiosas que, son hasta ahora, las noticias de sus comienzos.  Luego, nos acercamos a Creta con  sus espectáculos casi taurinos, pero con sentido teatral religioso.  El teatro griego constituye, a su vez, un avance más creativo, refinado e intelectual.  Continuando nuestro análisis, observemos que en la Edad Media el teatro como edificio no existe, y las representaciones se realizaban en las iglesias o en otros lugares sagrados, con improvisadas instalaciones desmontables de madera y cortinajes.  Hasta 1585 no se encuentra el primer ejemplo de construcción de un teatro moderno -que incorporaba el proscenio ampliando el espacio dedicado a la escena- iniciado por el arquitecto Andrea Palladio (1508-1580), para la Academia Olímpica de Vicenza, terminando sus obras Vincenzo Scamozzi (1548-1616).

Llegamos así al teatro de Lope de Vega (1562-1635), que es una síntesis entre la tradición popular medieval y las teorías renacentistas, y cuyas ideas renovadoras de este género se sintetizan en el El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, que escribió en el año 1609;  y a los denominados autos sacramentales, representaciones dramáticas alegóricas en un solo acto referente al misterio de la Eucaristía, que se representaban tradicionalmente en las plazas públicas españolas, a cargo de compañías profesionales y dirigidos a un público popular, que alcanzaron su máximo apogeo con Calderón de la Barca (1600-1681) autor de más de ochenta obras de estas características.

Indiscutiblemente, el teatro tiene su origen en lo religioso, que surge del religio = vínculo.  Unión, reunión, vínculo, entre actores y espectadores. Y ya sea en la tragedia o en la comedia -que son los dos grandes géneros dramáticos- nos vemos representados en ellos en algún momento o por alguna circunstancia de nuestra vida.

De una forma u otra el teatro ha servido -y hoy más que nunca- como vehículo político, social, religioso, ideológico, etc., y la lista se hace casi interminable.

Dos grandes realidades, el alma y el cuerpo, se conjugan y unen para dar vida a una actuación. El alma  con  sus sentimientos exteriorizados y el cuerpo con sus movimientos.  Creo que también pueden unirse ambos o estar separados en una representación.  Un actor, sin moverse apenas, puede con una expresión de sus ojos transmitir una emoción enorme a la audiencia. Asimismo, el cuerpo de un actor, con un movimiento dado sin pronunciar palabras obtiene idéntico resultado.

Por lo tanto, vemos que la creación artística consiste en la comunicación entre espectador e intérprete.  Porque sin público no hay actor, y sin actor no hay representación.  Y cuando esa comunicación está dirigida a sacudir las fibras del auditorio, se ha obtenido una gran actuación. Aunque, por  bueno que sea un actor o actriz, por mucho que sienta dentro de sí, por depurada que sea su técnica, la belleza corporal, el sentido estético y los esfuerzos que realice en escena, si no llega a la raíz de la emoción del público su labor ha sido nula.

Por esa razón -tan fácil de escribir, pero tan difícil de realizar- observamos que en muchas ocasiones un actor no nos llega a emocionar y, sin embargo, en actuaciones anteriores sí lo ha conseguido.  Sencillamente, ese artista no se estaba comunicando entonces con sus espectadores.  Le faltaba vida e interés en su interpretación en escena.

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El signo – & –

–   Álex Grijelmo

En el siglo I antes de Cristo (hace más de 2,000 años) nació el signo & y lo inventó un romano a quien se considera el primer taquígrafo de la historia:  el secretario de  Marco Tulio Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.).   Se llamaba Tirón, y tenía la condición de esclavo.   Esclavo pero notario (porque tomaba notas para para reflejar fielmente algo, de ahí viene nuestra palabra).

Tirón se dedicaba sobre todo a dar fe de los discursos del senador romano, y a tal efecto creó un sistema de unas mil fórmulas que resumían en rasgos simples los grupos de letras y las locuciones más usuales en latín.  En uno de esos abreviamientos, Tirón redujo la palabra   ” et ”  ( ” y ” )  juntando en un solo trazo la  e  y la  t  para no levantar el puño de la mesa.

El signo correspondiente, ” & “, lo compuso a partir de una  e  redonda  (similar a la del símbolo del euro) prolongada en una    inclinada.  Para los escribas, un gran avance; sobre todo cuando usaban la letra gótica.

Cicerón le quedó muy agradecido por la eficacia de su taquigrafía y le dio la condición de liberto (sin que dejara de seguir a su servicio).  A partir de entonces, el notario se llamó Marco Tulio Tirón tras adoptar el nombre de pila de su jefe.

El signo  ” & ” (1) se extendió luego a otros idiomas en los cuales resumía dos o tres letras en un solo rasgo, como sucede en el idioma inglés o alemán  (en los que ” y ” se escribe  ” and ”  y  ” und  “.

Por su parte,  el Diccionario académico español de 1791 acogió el signo ” & ” para sustituir a “etcétera”  (con una  c  añadida:  &c  a fin de significar  et  y  cétera).  La  c  se caerá después, en la edición de 1884, y el símbolo ” & ” se mantendrá solitario hasta 1984.  Todo lo cual no impedía que el signo apenas se emplease en español, porque carecía de sentido sustituir  y  por  &,  o escribir &c  en vez de  etc., al tratarse de rasgos más difíciles de trazar.  Sin embargo todavía alcanza a aparecer  ” & ”  en la Ortografía de 1999, para morir por fin en la de 2010 (2).

Los diccionarios ingleses incluyen desde 1830 el símbolo ” & ” con el nombre “ampersand”.  En las cantinelas de los estudiantes de entonces se cerraba el abecedario con un “and, per se, and”  ( “y por sí mismo, &”).  Se trataba de una letra que sólo servía per se, es decir, que no se podía contar con ella para formar ninguna otra palabra: siempre iba sola.  Y ese recitado que terminaba en “and, per se, and” derivó en el nombre “ampersand”.

(1)  Se le conoce también como signo tironiano.

(2)  Véase a este respecto el Diccionario panhispánico de dudas, Apéndice, Símbolos o signos no alfabebizables, RAE, 2005.

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