Belén, el buey y la mula

–  Juan Manuel de Prada

En la detallada descripción evangélica del nacimiento de Jesús, llena de rasgos asombrosos de observación que nos permiten figurarnos minuciosamente lo que ocurrió en Belén, no aparecen ni por asomo los controvertidos buey y mula (1).  ¿Cómo se explica, entonces, que la tradición haya querido incorporarlos a tan conmovedora escena?  Porque cuando una tradición es inveterada e insistente algún significado verdadero y hondo tiene que esconder.

Siempre se ha pensado que el buey y la mula estarían en la cueva o pesebre donde nace el Hijo de Dios para darle calor.  Pero, de la lectura del Evangelio, ni siquiera se desprende que aquella noche hiciese frío en Belén; mas bien al contrario, se nos especifica que “había en la región unos pastores que pernoctaban al raso”, de donde hemos de colegir que la noche sería tibia y serena, pues de lo contrario los pastores se habrían recogido en una majada (2).  Y si los pastores dormían al raso tan panchos hemos de suponer que a Jesús le bastaría, para combatir el fresco de la madrugada, con los pañales en que lo había envuelto su Madre, a quien imaginamos -como todas las madres que en el mundo han sido- temerosa de que su Hijo recién nacido pille un resfriado y propensa a abrigarlo incluso en demasía.

Además, por el lugar revoloteaban los ángeles, que se habrían preocupado de envolver al niño con sus alas si hubiese hecho frío (pues las alas de los ángeles deben de abrigar más que las mantas eléctricas).

El buey y la mula parecen, pues, convidados superfluos, incluso intempestivos, en tan gozosa escena.  Y, sin embargo, la bendita tradición iconográfica, erre que erre, los mete invariablemente en el ajo.  ¿Por qué?

Algunos Santos Padres interpretan que el buey y la mula representan la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento;  otros, proponen que simbolizan la unión de judíos y gentiles.  Y, desde tiempos muy antiguos, circuló una leyenda según la cual San Jósé habría llevado el buey a Belén para pagar el tributo al César, mientras que la mula habría servido de cabalgadura a la Virgen, pues entre Nazaret y Belén hay cuatro días de camino a pie, trecho excesivo para una mujer en trance de dar a luz.  Pero, como algún comentarista bíblico ha observado, no parece verosímil que a un hombre que llega conduciendo un buey y a una mujer que viene subida en una mula se les niegue sitio en la posada;  pues tan pobres no habrían de ser.

Hay un versículo en Isaías 1,3 que viene como de molde para explicar la presencia de estos dos humildes animales en el pesebre:  “Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”.  Buey y mula representarían, pues, ese conocimiento misterioso de las cosas que sólo los animales poseen, esa suerte de sexto sentido que les hace recogerse ante la inminencia de una tormenta, mientras a los hombre los pilla el chaparrón desprevenidos.

Y eso simbolizan las dos figuras que seguimos colocando en nuestros belenes (3)  – ¡ y que no falten nunca ! -:  lo que había ocurrido en aquel pesebre había pasado inadvertido al común de los hombres, pero los animales lo presagiaban en el aire:  sabían que el universo acababa de ser restaurado, sabían que la Creación entera había sido renovada.  Habían reconocido en ese Niño al Señor de la Historia.

Imagen supra: Doménikos Theotokópoulos, El Greco (1541-1614), Adoración de los pastores (1614), Museo del Prado, Madrid.

(1)  En su libro La infancia de Jesús (Ed. Planeta, Barcelona, 2012, 144 págs. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) señala:  “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen.  En el Evangelio no se habla en este caso de animales.  Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3”.

(2)  Majada:  Lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores.

(3)  En España la representación del nacimiento de Jesús a través de figuras se denomina Belén, y Nacimiento Pesebre en la mayoría de los países de América Latina.  En México tiene el nombre de Posadas, en Ecuador Changalos y en Costa Rica Pasitos.

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Los católicos de América Latina y España en la Iglesia actual

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–  J. Ors

Después de muchos siglos, en las estancias del Vaticano (véase vista aérea supra) volverá a escucharse la lengua española.  Desde los famosos y vilipendiados Borgia, aquellos Calixto III y Alejandro VI, ningún Pontífice tenía como lengua materna el castellano, un idioma tradicionalmente vinculado a la propagación de la fe y la defensa del catolicismo, como demostraron con ahínco los monarcas de la casa de los Austria. Carlos V, de hecho, aseguraba:  “Hablo italiano con los embajadores, francés con las mujeres, alemán con los soldados y en español con Dios”.

No resulta casual que en estos momentos de incertidumbre y retos haya sido elegido Papa el bonaerense Jorge Mario Bergoglio (n. 1936).  De los 1.196 millones de católicos repartidos por todo el mundo, en América Latina existen aproximadamente 432 millones, lo que supone el 39 por ciento del total mundial, siendo México el país que tiene el mayor número de creyentes, con 96.3 millones. Los católicos hispanos en los Estados Unidos suman 25 millones más.  Ese conjunto ha sido siempre una fuente de vocaciones y fieles.

Elocuente y reflexiva resulta también la elección, por parte del Papa, de su nuevo nombre, Francisco, que recuerda también a San Francisco Javier, jesuita español y uno de los grandes misioneros de la historia:  su protagonismo en la fundación de las misiones asiáticas todavía pervive como una gesta que se mueve entre la épica, el tesón y una vocación irreductible.  Hay que señalar que esa región desempeñará previsiblemente un importante papel en el futuro, sobre todo por el enigma de China (donde el español es la lengua que tiene un mayor crecimiento) y el peso que tiene Filipinas en el seno de la Iglesia.

Pero, ¿cuál es la importancia de América Latina y España hoy para la Iglesia católica?  Lo ha dejado bastante claro Benedicto XVI al celebrar en España en el 2011 la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) -donde se reúnen jóvenes católicos de todo el mundo; se ha calculado en alrededor de dos millones el número de participantes en esa ocasión-  y convocarla nuevamente en julio de 2013 en Brasil (véase http://www.rio2013.com).   Será el primer viaje del Papa Francisco, precisamente a América Latina.

El laicismo y el relativismo, dos de los enemigos del catolicismo señalados por Joseph Ratzinger, avanzan en el continente europeo, que cada vez se distancia más de los valores propugnados por el Vaticano.  El anterior Papa impulsó una idea:  la reevangelización del Viejo Continente para recuperarlo a la fe cristiana.  Una batalla ardua que promete ser uno de los desafíos más duros que tendrá que afrontar el Papa Francisco en su pontificado.  En Europa, España, con 40.9 millones de católicos, supone un punto de partida para esa misión.

Por otro lado, América Latina, el hontanar del que salen tantas vocaciones renovadas y que cuenta con una gran predicación en el pueblo por su lucha por la igualdad social, cuenta con 122.607 sacerdotes y 1.914 obispos, lo que representa un valioso potencial de evangelización, aunque aquí se refleje sólo en datos y números.

No olvidemos el legado de Benedicto XVI al proclamar 2013 como Año de la Fe.

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