La leyenda de La Giraldilla habanera

–  Lola Sedeño

El Castillo de la Real Fuerza, en La Habana, fue construido en el período 1558-1577 en la misma ubicación de una primitiva Fortaleza o Fuerza Vieja, edificada anteriormente durante el bienio 1538-1540, que fue destruida por el corsario francés Jacques de Sores en su ataque a la ciudad en 1555.

El Rey Carlos I de España había nombrado a Hernando de Soto (1500-1542) como Capitán General de Cuba y Adelantado de la Florida, confiándole en 1539 el mando de una expedición que explorara esa Península. Antes de partir designó a su esposa Isabel de Bobadilla (1505-1546) para que, durante la ausencia, desempeñara su mandato. Cuenta la leyenda que, con frecuencia, Isabel subía a un punto alto de la Fuerza Vieja con la esperanza de avistar algún barco que trajera por fin de regreso a su esposo. En el curso de su expedición, Hernando de Soto falleció a orillas del Mississippi en 1542.

En 1632, Juan Bitrián Viamonte, Capitán General de la Isla, encargó a Jerónimo Martín Pinzón una escultura en bronce que hiciera las veces de veleta para colocarla en la torre vigía añadida al Castillo de la Real Fuerza, rememorando la larga espera de Isabel de Bobadilla en ese lugar (no en el mismo edificio). La escultura que mide 100.5 cm / 39.56 pulgadas de altura, representa a una joven con vestido renacentista que porta en el pecho un medallón con el nombre del escultor; sostiene en su mano derecha una palma de la que sólo se conserva el tronco, y en su mano izquierda la Cruz de la Orden de Calatrava (1158), a la que pertenecía Bitrián Viamonte.

Durante siglos la veleta fue respetada por decenas de huracanes tropicales, pero en 1926 un ciclón la arrancó del pedestal y la hizo caer. Con posterioridad se realizó una copia que se ubicó en el mismo sitio, trasladándose la original al Museo de Bellas Artes y, años después, al Museo de la Ciudad.  Al inaugurarse el Museo del Castillo de la Real Fuerza, en 2008, la estatua original (ver imagen supra) fue colocada a la entrada del Castillo conservándose la réplica en la torre de la fortaleza.

La similitud de la función, y un cierto parecido vista a distancia con su homóloga sevillana, hicieron que se le conociera como “La Giraldilla”. Actualmente es el símbolo de ciudad de La Habana, cuya fundación se remonta al año 1519.

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No lo consiguieron solos

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 Lola Sedeño

El descubrimiento de América, a finales del siglo XV, fue un acontecimiento singular que produjo un cambio radical en la concepción del mundo.

La leyenda negra anglosajona ha presentado la colonización española en el denominado Nuevo Mundo como una empresa masculina de conquista y saqueo, ignorando la participación de la mujer.  Sin embargo -y sin querer establecer comparaciones-  es un hecho cierto que 123 años antes de que 18 mujeres inglesas embarcaran hacia Norteamérica en el Mayflower, 30 mujeres españolas acompañaron a Cristóbal Colón en su tercer viaje (1497-1498).

Durante el siglo XVI de los 45,327 emigrantes españoles a América registrados en archivos, 10,118 son mujeres.  A pesar de que los datos son difíciles de investigar por la elevada emigración clandestina, la población femenina española que llegó a América alcanzó casi el 30 por ciento en el último tercio del siglo XVI,

La reciente exposición No fueron solos, Mujeres en la conquista y colonización de América, organizada en Madrid por el Museo Naval, abordó por primera vez la presencia y participación activa de la mujer en la conformación del Nuevo Mundo.  Fue pionera en el ámbito socio económico y determinante en el asentamiento y en el proceso de consolidación cultural de la naciente sociedad latinoamericana.

Entre esas mujeres existen historias personales de gran interés como la de Mencia Calderón, que viajó con sus tres hijas y en 1550 al fallecer su marido Juan de Sanabria tomó las riendas de la expedición y, al frente de 50 mujeres, atravesó 1,600 kilómetros de selva en una expedición épica de más de seis años de duración hasta llegar a Asunción.  La gesta de Calderón se recoge en la novela El corazón del océano de Elvira Menéndez  (Editorial Temas de Hoy, Madrid, 2010).

Uno de los testimonios femeninos más notables de esa época fue narrado en primera persona por Isabel de Guevara, una de las fundadoras de la ciudad de Buenos Aires, en una carta enviada a la Princesa Juana, hermana de Felipe II, el 2 de julio de 1556, cuyo original se conserva en el Archivo Histórico Nacional, ubicado en Madrid.  En su escrito detalla las penalidades sufridas por los 1.500 hombres y mujeres del grupo que encabezó Pedro de Mendoza hasta llegar al río de la Plata y señala “Al cabo de tres meses murieron mil…  Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, así lavarles la ropa, como curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les vienen a dar guerra… dar arma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados… Si no fuera por ellas, todos fueran acabados”.

Lo que las une a todas -afirma Carolina Aguado, Coordinadora de la citada Exposición realizada en el Museo Naval de Madrid-  es que “eran mujeres de armas tomar:  Abandonan su país en el siglo XVI, y a una sociedad donde la mujer era un cero a la izquierda, y se meten en un barco cuando esos viajes eran terroríficos, con riesgo de pirateo y naufragio para llegar a una sociedad que no conocían”.

Quienes han tenido la posibilidad de visitar las réplicas, realizadas en 1990, de los modelos originales de las carabelas La Niña y La Pinta y de la nao La Santa María, fondeadas actualmente en el puerto de Palos de la Frontera (Huelva)  [ver imagen supra], no llegan a explicarse cómo esas endebles embarcaciones, y otras similares, pudieron cruzar el Atlántico en viajes de ida y vuelta.

Siempre se ha destacado el protagonismo del hombre, incluso del caballo, el perro y las armas de fuego, en la conquista y colonización del Nuevo Mundo.  Pero poco se ha dicho o escrito, casi nada, de la participación de la mujer y de su importante -incluso imprescindible- labor en unos acontecimientos que transformaron e innovaron el curso de la historia de Europa y América.

Definitivamente, ellos no fueron solos.

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Lola Sedeño, Licenciada en Psicología (Universidad Complutense, Madrid), publicó ocho artículos en la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012).

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