La importancia de disfrutar en familia

–  Susanna Tamaro

En la base de la desesperación actual (esta desesperación densa, destructiva, que adopta cada vez más el rostro de la depresión, de las ideas fijas y de los ataques de pánico) se encuentra una pérdida total del carácter diverso de la condición temporal.  Si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra vida, lo empleamos sólo en el consumo, en las posesiones materiales, en el hecho de estar continuamente distraídos por reclamos que nos definen por el mero hecho de la posesión; y si, mientras, la vida irrumpe de repente en esta rutina con sus distintas facetas (la de la enfermedad, la de lo imprevisto, la de la muerte), nos vemos víctimas de una dolorosa perplejidad.  No sabemos cómo hacer frente a lo que se nos viene encima porque hemos perdido la capacidad de reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia y sobre sus complejidades.

Hace apenas unos días, me encontraba yo hablando con una amiga.  Y ella me contaba que su marido y ella habían tomado la decisión de apagar todos los aparatos electrónicos que hay en su casa un día a la semana.  Nada de ordenador, nada de televisión, nada de videojuegos, y nada de Wii u otras consolas,  “Y los niños, ¿cómo han reaccionado?”, le pregunté con cierto miedo.  “Ellos están encantados, no ven la hora de que llegue el sábado para hacer cosas todos juntos.  Jugamos al Monopoly, a las cartas, nos inventamos pasatiempos increíbles.  En cuanto termina un sábado, están deseando que llegue el siguiente”.

Siempre he creído que uno de los grandes problemas que tienen las relaciones actuales entre padres e hijos es el poco tiempo que pasan juntos.  No me refiero a las horas que transcurren en los centros comerciales o, de manera pasiva, delante de la televisión.  Estoy hablando del tiempo que se emplea en hacer algo verdaderamente en común.  Del tiempo que un padre o una madre y sus hijos utilizan para jugar, para inventar, para emplear las manos en un proyecto.

Sólo este tiempo “dedicado” nos permite construir una relación auténtica y profunda con nuestros hijos y dejarles en herencia una verdadera memoria compartida.  Porque esos sábados y esos domingos destinados al puro placer de estar juntos quedarán para siempre, como un oasis de paz, en sus recuerdos.  Serán para ellos un oasis de gratitud por la dedicación exclusiva de sus padres en esos momentos privilegiados.

Y, lo que es casi más importante, ese tiempo empleado en familia les capacitará para, a su vez, saber proponerles un espacio compartido a sus propios hijos.  “¿Te acuerdas de nuestras partidas de Monopoly?”.  ¿Recuerdas cuando Papá se empeñaba en hacer papiroflexia y al final arrugaba todo el papel y lo tiraba a la basura mientras los demás nos reíamos?”.

Educar quiere decir, entre otras cosas, facilitar a nuestros hijos unos recuerdos excepcionales.

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Empezar el año sonriendo

–  Carme Chaparro

Más o menos a mitad del embarazo soñé con ella la primera vez.  Era pequeñita, dulce, suave.  Y sonreía.  Sonreía todo el rato.  Tuve el mejor de los despertares en años, de un buen humor con el que me habría comido el mundo.  Días después, en una de esas ecografías maravillosas que nos regala la técnica, la ví y estaba como en mi sueño, sonriendo.  Encogida en mi útero, nadaba feliz en líquido amniótico.  Y sonreía.  Mi pequeña ensayaba lo que iba a ser una de las armas más poderosas en su vida.

Hoy la tengo, la veo, la toco, la huelo, la oigo, pero sobre todo la siento en mi corazón:  la sonrisa que desarma mi mundo, la que hace que todo lo demás me dé igual.  Por eso llevo un par de días escudriñando a mi alrededor.  Mirando caras.  Buscando otras sonrisas.  Pero no encuentro apenas.  Si a un bebé sonreír le da superpoderes, ¿por qué los adultos parecemos reacios a utilizar una de las expresiones humanas más básicas y efectivas?  Ron Gutman (1) estudia las sonrisas como manera de vivir más, mejor y con buena salud.

Por ejemplo, sonreír alarga la vida.  Estudiando imágenes de jugadores de béisbol estadounidenses de los años 50, investigadores de la Universidad de Wayne State descubrieron que los que no sonreían vivieron una media de 73 años.  Sin embargo, los que salieron en las imágenes con sonrisas de oreja a oreja tuvieron una vida de casi 80.

Sonreír mejora la calidad de vida.  En la Universidad de Berkeley compararon las fotos de un viejo anuario de una escuela femenina con la vida, treinta años después, de sus protagonistas.  Las mujeres más sonrientes en la foto del Instituto sacaron puntuaciones más altas en los tests de felicidad.  Sonreír cambia nuestro humor y el de los que nos rodean.  Es muy difícil estar (o seguir) de mal humor cuando tienes a tu lado a alguien que sonríe.  Porque sonreír es como bostezar:  muy, muy contagioso.  Sonreímos porque estamos bien, pero también funciona a la inversa:  la sonrisa ayuda al cuerpo a cambiar su estado de ánimo.  A mejor, claro.  Sonreír adelgaza.  Investigadores británicos han descubierto que una sonrisa, una buena sonrisa, estimula nuestro cerebro igual que ¡2,000 barritas de chocolate!  O que sonreír puede ser tan estimulante como recibir 16,000 libras en efectivo (21,000 dólares).  Ya sabe, si este año otra vez, no le toca la Lotería… ¡sonría!

Sonreír nos hace más competentes.  Un estudio de la Universidad Penn State concluye que las personas con sonrisas sinceras son percibidas como más capacitadas para su trabajo.  Sonreír también nos da valor.  Pruebe a cruzar una multitud con una sonrisa en los labios.  Y además baja nuestra presión sanguínea.  Y provoca un lifting natural en la cara que nos hace parecer más jóvenes.  Y mejora nuestro sistema inmune, que trabaja mejor cuando estamos relajados y felices.  Y aumenta las endorfinas, la serotonina y las hormonas “aniquiladoras” del dolor.  Así que sonreír es, quizá, la mejor de las drogas naturales.

Para fruncir la frente usamos 32 músculos.  Para sonreír, sólo 28.  Prueben porque, una vez que dejamos de ser niños, pasamos de 400 sonrisas diarias a apenas 20.  Quizá algo arreglaríamos, ¿no?

(1) Ron Gutman es el fundador y Director General de Health Tap, una iniciativa interactiva en el campo de la salud ubicada en Palo Alto, California.

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El portador compasivo

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–  Gustavo Martín Garzo

“Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier (n. 1924) El rey de los alisos (1970).  Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra (ver supra).  

Son muchos los que protestaron por la manipulación que de tales imágenes hicieron los medios de comunicación, argumentando que son incontables los niños que en circunstancias semejantes han  muerto antes de Aylan Kurdi sin que apenas reparáramos en ello.

Y tienen toda la razón.  Sin embargo hay imágenes que tienen el raro poder de enseñarnos a ver lo que antes no queríamos o nos negábamos a aceptar.  No me refiero sólo a la imagen del pequeño sobre la arena, sino a la del policía que portaba su cuerpecito en los brazos, como si contuviera algo precioso que ni la misma muerte pudiera oscurecer.

Es el mito del adulto fórico, al que Michel Tournier dedica su novela.  El adulto encargado de portar a los niños, como San Cristóbal, el gigante que ayudaba a los caminantes a cruzar el río, y que representa a todos los adultos que llevando a los niños en sus brazos tratan de protegerles de los peligros de la vida.

Este mismo verano se difundió por la prensa y la televisión una imagen que, como esta del niño y el policía turco, tenía el poder de sintetizar la dolorosa injusticia de este mundo. En un plató de la televisión alemana, Angela Merkel (n. 1954) respondía a las preguntas de un grupo de jóvenes. Todo transcurría de esa manera previsible y relamida con que suelen hacer las cosas en estos programas hasta que una muchacha palestina, sobre la que pendía una amenaza de una pronta deportación, le preguntó a la Canciller en perfecto alemán por qué no podría seguir estudiando y vivir como sus otros compañeros de clase.

Angela Merkel salió del paso como pudo diciéndole que la comprendía, pero que no todos los inmigrantes podían quedarse en Alemania, y que muchos tenían que regresar a sus casas.  La Canciller siguió contestando a otras preguntas cuando la muchacha rompió a llorar desconsoladamente, llamando la atención con sus lágrimas no sólo sobre el drama de los que, como ella, aspiraban a tener una vida mejor, sino también sobre la inoperancia de nuestros gobernantes a la hora de encontrar soluciones que remedien el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

Una creencía judía afirma que en cada época en la Tierra aparecen 36 justos.  Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes.  Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor.

En un mundo como el nuestro donde tantos se autoproclaman justos, conviene no olvidar que una de las enseñanzas de esta fábula es que ninguno de esos justos discretos que sostienen el mundo sabe que lo es.

Jorge Luis Borges (1899-1986) escribió al final de su vida un poema basado en esta leyenda.  En él va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos:  el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho, el poeta que cuenta con cuidado las sílabas de sus versos, el jardinero que poda y abona sus plantas.  Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo.  Son los nuevos justos, ninguno actúa con apatía o indiferencia.  Para ellos el bien es algo tan sencillo como mecer una cuna para que un niño se duerma.

Creo que tanto el policía turco que llevaba en sus brazos el cuerpo yerto de Aylan Kurdi, como la muchacha palestina que rompió a llorar inesperadamente ante una de las mujeres más poderosas de la Tierra, podrían formar parte de esa nómina de justos que sin saberlo sostienen el mundo.

Primo Levi (1919-1987), en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta como una noche los judíos se dan cuenta de que los van a matar.  Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación.  Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de elllos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas, las tendieron para que se secaran en los alambres de espino.

Este hermoso y doloroso pasaje expresa fielmente esa inocencia activa de la que vengo hablando, y que tiene que ver con la facultad de negar nuestro consentimiento ante todo lo que prolonga o justifica el sufrimiento del mundo.  Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque era su forma de cuidarlos.  Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a su hijos, que nunca morirán.  Su inocencia tenía que ver con ese compromiso capaz de abrir, incluso en el lugar más siniestro y oscuro, un espacio de esperanza.

El policía turco que portaba el niño muerto creaba al hacerlo un espacio así.  Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido:  un peso que se transforma en gracia.

Pero, ¿qué pasa cuando el niño que se lleva en los brazos está muerto?  El cuerpo de Aylan Kurdi en la playa nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en los brazos hasta la cama para que no se despierten.  Sólo que Aylan Kurdi ya no se despertará de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio dulzor de la leche.  Tampoco llegará a conocer el paso del tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar sus primeras palabras de amor.

En ¡Qué bello es vivir! (1946), la película de Frank Capra (1897-1991), se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante guarda el germen de la salvación de otras vidas.  Pero este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, qué anfitrión habría pronunciado su nombre como el más querido de sus invitados?  ¿Qué idea, el sueño de qué país o de qué raza puede justificar su desaparición?

El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?

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El desafío educativo de los padres (y abuelos)

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–  Ángela Adánez

Lo raro sería estar siempre de acuerdo, y que uno terminara la frase del otro, como si papá o mamá (o el abuelo y la abuela) fueran un ser de dos cabezas con un solo cerebro compartido.  El problema es que es ser de dos cabezas a veces se convierte en un monstruo cuando hay que decidir en cuestiones de educación.  Los hijos avivan, a menudo, nuestro afán batallador e intransigente, porque son parte de nosotros, quizás el reflejo de lo que quisimos ser y no hemos podido.  Resulta difícil renunciar a las ideas y a los planes que hemos ido haciendo sobre su futuro, con la ingenua convicción de que nuestro cónyuge lo veía con la misma claridad que nosotros.

Evidentemente no es posible que dos personas piensen lo mismo, pero es esencial mostrarse de acuerdo ante los hijos.  Ninguna decisión alcanzará su objetivo si cada uno dice una cosa cuando nuestros vástagos intentan saltarse las reglas.

Si en algo son hábiles los niños, desde pequeños, es en detectar las grietas en el muro formado por papá y mamá, y en hacer chantaje en consecuencia.  Te mostramos a continuación tres reglas de oro para entenderse en cuestiones de educación sin renunciar a las propias convicciones.

[ Regla Nº 1 ]  –  Arreglar cuentas con nuestra propia educación 

Funcionamos según la educación que hemos recibido, ya sea identificándonos con su modelo o rechazándolo de plano.  “Detrás de cosas aparentemente triviales como la elección del segundo idioma o la asignación de tareas domésticas hay toda una serie de valores y de patrones educativos”, explica la psicóloga Natalia Isoré, psicóloga clínica y terapeuta familiar.  “Entra en juego, inconscientemente, la elección de si vamos a reproducir la herencia recibida o vamos a hacer todo lo contrario, algo que implica estar o no de acuerdo con nosotros mismos”, añade la especialista Caroline Kruse, experta en terapia de pareja, y autora del libro Como seguir hablándose, amándose y deseándose (Editorial Marabout).  En su opinión, se trata de “enfrentarse con la propia infancia.  ¡Y eso multiplicado por dos, puesto que el cónyuge se enfrenta a los mismos ajustes de cuentas por su lado!  En realidad, en una pareja siempre hay seis miembros: el matrimonio y sus respectivos padres”.

Uno de los conflictos más usuales es el de la autoridad:  demasiado laxa o demasiado estricta.  “El exceso de permisividad quizá tiene que ver con un padre demasiado rígido o una infancia sin límites claros.  Si un progenitor opta por estar casi siempre ausente, esa actitud pude estar relacionada con la ausencia del propio padre”, explica Natalia Isoré.  Lo cierto es que, cuando nos unimos a una persona, en su equipaje también viene toda su historia familiar.  Y hay que aceptarla.  

[ Regla Nº 2 ]  –  Saber qué nos jugamos como pareja

Es lógico agarrarse al propio punto de vista, sobre todo si estamos discutiendo cosas que influirán en el bienestar y el futuro de nuestros hijos.  Pero las divergencias muy acusadas esconden, a veces, otros conflictos de pareja.  Quizás ocurre que hay una parte que siempre impone sus puntos de vista y otra que siempre cede.  En el fondo, lo que hay que preguntarse es por qué tiene tanta importancia para nosotros esa decisión.  Es posible que sea una manera de desplazar a otro campo un problema latente entre nosotros.

“Es más fácil reprocharle a la pareja sus puntos de vista educativos que su interés por nosotros. Por ejemplo, decir: estoy enfadada por que cedes a los caprichos de María”, que “estoy furiosa porque casi no tenemos intimidad” afirma la psicóloga francesa Caroline Kruse, indicándonos que “en una pareja que está en una situación de ruptura virtual, los conflictos y preocupaciones por la educación de los hijos son una manera de conservar un vínculo que de otra manera se rompería;  si no somos capaces de afrontar esa ruptura, el conflicto es una forma de hacer perdurar la relación”, añade.

[ Regla Nº 3 ]  –  Frente a los niños, siempre en equipo

Debemos conversar con tranquilidad sobre lo que no estamos de acuerdo, sin los niños delante; y, si hay algún asunto que pueda ser espinoso, darles una respuesta del tipo:  “Tengo que hablarlo con papá, a ver lo que opina él”.  Por supuesto, nunca hay que desacreditar la opinión del otro:  un niño necesita conservar la imagen de sus padres como autoridad y guía, no como un espectáculo de discusiones.  De lo contrario, se sentirá inseguro y, sobre todo, sacará partido de la situación para salirse con la suya.

“Hemos pasado de una educación basada en el poder absoluto del padre a otra que descansa sobre una autoridad compartida”, señala la psicóloga Natalia Isoré, y a modo de conclusión comenta que “la felicidad de los niños depende, en gran parte, de cómo gestionamos nuestra propia angustia, y de que seamos capaces de ponernos de acuerdo, sin eliminar nuestras diferencias”.

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