El último viaje

  Gastón Baquero

Uno de los mayores beneficios de la vejez es la serenidad con que recibimos la noticia del fallecimiento de un ser querido.

A partir de cierta edad se tiene inevitablemente la sensación de estar de paso, de hallarnos a punto de seguir viaje en cualquier momento.  Al saber que uno de los compañeros de excursión, ¡uno más!, ha reemprendido el peregrinaje, dejándonos por un rato más en la prolongada visita iniciada con el nacimiento, sentimos, sí, pena por la ausencia (la pasajera ausencia), pero comprendemos que teníamos olvidada nuestra condición principal:  la de ser fugaces viajeros por un largo camino.

No hubo ni hay religión que desatienda pagar los gastos de los suyos que emprenden el viaje.  Una moneda entre los labios, una carta dirigida a Dios, recomendándole la persona y suplicándole una amable acogida, unas oraciones por su alma, un amuleto para entregarlo al guía acompañante, un rito, alguna ceremonia que se juzga auspiciosa, son en verdad el equipaje apropiado para el viajero.  Al moribundo el sacerdote le lleva el viático, los romanos ponían sobre el corazón una rama de ruda (1).

Para que el cuerpo vaya limpio está el baño funeral que no falta en ninguna religión.  Para que no padezca hambre en el más allá, los deudos y los amigos comen y beben antes del entierro; y los sabios chinos ponen comida sobre las tumbas.  Eso para lo material, lo del cuerpo.  Para purificar y limpiar hasta la raíz el alma, tienen prescritas las religiones normas y costumbres que varían con las épocas y las civilizaciones, pero giran todas alrededor de la misma idea:  hay que sacudirse el polvo interior que se nos deposita durante nuestra visita a la tierra.

Los santos óleos de la extremaunción, y la confesión y comunión antes de partir, no tienen otro sentido.  La confesión limpia el cuerpo y la comunión limpia el alma.  Comulgar es lavarse el alma con la sangre de Dios.  Queda así el viajero puesto en camino con todas sus deudas pagadas.  Al estar limpio por dentro y por fuera se le llama en religión “tener la maleta hecha”.

Recuerdo cuando en el campo nos llevaban a niños y mayores cerca de quien moría para decirle la oración llamada El camino recto (2).  Siempre la conciencia del morir entendido como un viaje.  “No murió, partió primero” es fórmula perfecta de la antigüedad.  La barca en el río, el vuelo hacia el cielo, la vuelta a la Casa del Padre, el adiós, ligándose siempre la imagen del morir con la de partir de viaje.  Egipcios y aztecas lo sabían muy bien, y los viejos tártaros enterraban a sus héroes con el caballo, para que siguiera jineteando por las llanuras del cielo.

Los griegos, a quienes no agradaba la idea de la muerte como destrucción y aniquilamiento, tenían un puñado de metáforas para no emplear jamás la palabra vitanda.  Todo lo que decían era aplicable a un viaje.  “Ahora está en otra estrella”, era uno de los modos maravillosos que empleaban para dar la noticia tremenda.  En inglés “he is gone” cumple también el papel de metáfora de la muerte.  Y las poesías más antiguas de la humanidad, en Occidente, como en Oriente, en las civilizaciones precolombinas de América, como en las arcaicas asiáticas, quieren inculcarle al hombre la noción de lo fugaz de la visita a este planeta.

Aquí estamos de paso y muy de paso, en visita breve.  Nos quedan muchos mundos por recorrer.  Darnos compañía unos a otros nos libra de sentir el pavor del vacío que media entre la tierra y los cielos.

(1) La ruda es un arbusto perenne de la familia de las rutáceas oriundo del Mediterráneo, de hojas muy divididas y flores amarillas, que se utiliza con fines medicinales con el peligro de que su toxicidad es extrema en dosis elevadas.

(2)  San Antonio María Claret (1807-1870), Camino recto y seguro para llegar al cielo, Devocionario, primera edición, Palma de Mallorca 1845, Imprenta Esteban Trías, 530 págs.  Desde esa fecha se han publicado 185 ediciones en castellano.

Nota:  El escritor, poeta y periodista cubano Gastón Baquero [1914-1997] (véase imagen supra en la ultima etapa de su vida) residió desde 1959 en Madrid donde colaboró en el Instituto de Cultura Hispánica y en la emisora Radio Exterior de España, publicando numerosos artículos en diferentes periódicos del país.  En la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Santander) ejerció como Profesor de Historia y Literatura de América Latina.  Tras su fallecimiento, el Ayuntamiento de Madrid colocó una placa en la fachada del edificio donde había vivido (véase imagen supra).  La Residencia de Mayores de la Comunidad de Madrid en la localidad de Alcobendas, donde residió en sus últimos años, lleva actualmente su nombre.  Una parte de su biblioteca, así como documentos, correspondencia y manuscritos se encuentran depositados en la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami (Reference code 5033).

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El selfie (1513) de Leonardo da Vinci

  Laura Revuelta

París y el Louvre atesoran la Mona Lisa, pero hay que señalar que Turín y su Biblioteca Real poseen el más famoso de los autorretratos (ver imagen supra) del más enigmático de los artistas: Leonardo da Vinci (1452-1519), cuya magia, mitología y mitomanía no tiene  -ni se le prevé-  fin.  Fue realizado en 1513 sobre una lámina de papel, utilizando para el dibujo una tiza roja natural.

Si la traducción literal de selfie equivale a autorretrato, resulta totalmente lícito que vayamos a la pintura y sus autores clásicos para fijar el origen de esta última moda.  Antes de que el selfie se estampara en la imagen de la pantalla de un móvil / cellular para uso y abuso de toda persona con ganas de gloria digital, tuvimos que pasar por el Renacimiento europeo (siglos XV – XVI) y su reivindicación del individuo como objeto artístico, centro de atención del cuadro y su cuadratura estética.

Tzvetan Todorov (1939-2017) en su ensayo Elogio del individuo, traza este punto de partida:  “En un momento de la Historia de la pintura europea, se introducen individuos en las imágenes.  No se trata de seres humanos en general, ni de encarnaciones de una otra categoría moral o social, sino de personas concretas provistas de nombre y biografía.  En otras palabras, entonces surge el género del retrato”.  Basta con avanzar un poco para que, en ese espejo que es el lienzo en blanco, se mire el propio autor.  El artista abandona el estatus de segunda fila.  Pasa a ser un valor en el mercado y, por ende, a estar orgulloso de sí mismo, de su centro de gravedad artística y también de su proyección hacia la inmortalidad.

No es estrictamente cierto que Leonardo da Vinci realizara el primer autorretrato pero, sin duda, sí el de las más profundas convicciones.  Cronológicamente Alberto Durero (1471-1528) data en 1498 y firma el cuadro que atesora actualmente el Museo del Prado en Madrid, con el artista flamenco de frente, serio y hermoso, tan encantado de sí mismo en este lienzo como en todos los que ejecuta (unos cuantos) a su imagen y semejanza.

De aquel Renacimiento en la pintura flamenca a estos lodos del selfie no hay más que dar tiempo al tiempo, y ver cómo desfilan toda clase de artistas y obsesiones en versión cuadro, foto o performance.

Leonardo da Vinci, en el primer selfie de la historia mira de frente y con la sinceridad absoluta de quien sabe que se está autorretratando el alma y no se pone ni un pelo de más  En 1840 Carlos Alberto de Saboya adquirió el dibujo a un coleccionista y, desde entonces, permanece en Turín.

Nota:  El dibujo realizado sobre papel hace más de quinientos años mide 33 cm de alto por 21 cm de ancho (12.99 x 8.26 pulgadas) y sufre el inevitable paso del tiempo. Actualmente su estado de conservación es preocupante. La obra se mantiene guardada desde 1998 en una bóveda subterránea de la Biblioteca Real de Turín.  La luz que ilumina el habitáculo es exclusivamente de fibra óptica ya que los expertos consideran que la luz natural podría dañar aún más el dibujo.  Se mantiene el recinto a una temperatura constante de menos 20 grados Celsius, con una humedad fijada en un porcentaje inferior a 55.  Las características del cristal utilizado son específicas para la preservación de esa obra de arte en las mejores condiciones posibles.

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Belén, el buey y la mula

–  Juan Manuel de Prada

En la detallada descripción evangélica del nacimiento de Jesús, llena de rasgos asombrosos de observación que nos permiten figurarnos minuciosamente lo que ocurrió en Belén, no aparecen ni por asomo los controvertidos buey y mula (1).  ¿Cómo se explica, entonces, que la tradición haya querido incorporarlos a tan conmovedora escena?  Porque cuando una tradición es inveterada e insistente algún significado verdadero y hondo tiene que esconder.

Siempre se ha pensado que el buey y la mula estarían en la cueva o pesebre donde nace el Hijo de Dios para darle calor.  Pero, de la lectura del Evangelio, ni siquiera se desprende que aquella noche hiciese frío en Belén; mas bien al contrario, se nos especifica que “había en la región unos pastores que pernoctaban al raso”, de donde hemos de colegir que la noche sería tibia y serena, pues de lo contrario los pastores se habrían recogido en una majada (2).  Y si los pastores dormían al raso tan panchos hemos de suponer que a Jesús le bastaría, para combatir el fresco de la madrugada, con los pañales en que lo había envuelto su Madre, a quien imaginamos -como todas las madres que en el mundo han sido- temerosa de que su Hijo recién nacido pille un resfriado y propensa a abrigarlo incluso en demasía.

Además, por el lugar revoloteaban los ángeles, que se habrían preocupado de envolver al niño con sus alas si hubiese hecho frío (pues las alas de los ángeles deben de abrigar más que las mantas eléctricas).

El buey y la mula parecen, pues, convidados superfluos, incluso intempestivos, en tan gozosa escena.  Y, sin embargo, la bendita tradición iconográfica, erre que erre, los mete invariablemente en el ajo.  ¿Por qué?

Algunos Santos Padres interpretan que el buey y la mula representan la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento;  otros, proponen que simbolizan la unión de judíos y gentiles.  Y, desde tiempos muy antiguos, circuló una leyenda según la cual San Jósé habría llevado el buey a Belén para pagar el tributo al César, mientras que la mula habría servido de cabalgadura a la Virgen, pues entre Nazaret y Belén hay cuatro días de camino a pie, trecho excesivo para una mujer en trance de dar a luz.  Pero, como algún comentarista bíblico ha observado, no parece verosímil que a un hombre que llega conduciendo un buey y a una mujer que viene subida en una mula se les niegue sitio en la posada;  pues tan pobres no habrían de ser.

Hay un versículo en Isaías 1,3 que viene como de molde para explicar la presencia de estos dos humildes animales en el pesebre:  “Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”.  Buey y mula representarían, pues, ese conocimiento misterioso de las cosas que sólo los animales poseen, esa suerte de sexto sentido que les hace recogerse ante la inminencia de una tormenta, mientras a los hombre los pilla el chaparrón desprevenidos.

Y eso simbolizan las dos figuras que seguimos colocando en nuestros belenes (3)  – ¡ y que no falten nunca ! -:  lo que había ocurrido en aquel pesebre había pasado inadvertido al común de los hombres, pero los animales lo presagiaban en el aire:  sabían que el universo acababa de ser restaurado, sabían que la Creación entera había sido renovada.  Habían reconocido en ese Niño al Señor de la Historia.

Imagen supra: Doménikos Theotokópoulos, El Greco (1541-1614), Adoración de los pastores (1614), Museo del Prado, Madrid.

(1)  En su libro La infancia de Jesús (Ed. Planeta, Barcelona, 2012, 144 págs. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) señala:  “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen.  En el Evangelio no se habla en este caso de animales.  Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3”.

(2)  Majada:  Lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores.

(3)  En España la representación del nacimiento de Jesús a través de figuras se denomina Belén, y Nacimiento Pesebre en la mayoría de los países de América Latina.  En México tiene el nombre de Posadas, en Ecuador Changalos y en Costa Rica Pasitos.

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Los orígenes de un plato singular: la tortilla de papas / patatas

       –  Daniel Samper Pizano

El huevo atravesó momentos difíciles en la Edad Media y se topó con la Iglesia.  Se discutía si una tortilla interrumpía o no la abstinencia de carne que ordenaba la religión católica.  El Concilio de Aquisgrán (917) debatió tan pecaminoso problema y dictaminó que un huevo equivalía al embrión de un animal y, por tanto, quien comiera tortilla en Cuaresma ofendía a Dios.

El huevo bien pudo producir el primer gran cisma dentro de la Iglesia católica:  los fieles desobedecieron el mandato del Concilio de Aquisgrán y los muy herejes siguieron comiendo huevo hasta que el Papa Julio III (1487-1555) declaró, en 1553, que la tortilla era aceptable a los ojos de Dios incluso en tiempos de vigilia.

Orondo con la bendición papal, el huevo estaba listo para llegar al altar.  La papa (1) o patata también.  Lamentablemente, el matrimonio fue secreto.  No se sabe a ciencia cierta quién ni cuándo se elaboró la primera tortilla de papas o patatas.  Ciertamente, es un invento español.  ¿Pero dónde y cuándo en España?

La papa / patata llegó a España en el siglo XVI.  El huevo llevaba muchos siglos aquí.  Fue cuestión de tiempo:  un día se encontraron en el mismo plato y produjeron uno de los matrimonios mas fructíferos de la historia de la gastronomía:  la tortilla de papas / patatas.

Algunos documentos afirman que nació en las montañas de Navarra.  Por su parte, Madrid reclama que en el siglo XVIII ya se conocía en sus tabernas una tortilla que reunía huevo, papa / patata y cebolla.  El tratadista Pancracio Celdrán es escéptico:  “Son muchas las regiones de España que se disputan el invento”, afirma, y no reconoce maternidades.

Han florecido leyendas.  Una de ellas atribuye la ingeniosa mezcla al General Tomás de Zumalacárregui (1788-1835).  Se le atribuye que tomó Vizcaya, Guipúzcua y Navarra en los inicios de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), pero no se menciona que hubiera tomado tortilla, y muchísimo menos que la hubiera inventado.

Xavier Domingo matiza la cuestión y sostiene que no fue Zumalacárregui el creador del plato, sino una humilde aldeana a cuya puerta golpeó el militar durante la citada contienda.  “En el caserío solo tenían patatas ya cocidas y huevos -indica Domingo-;  la aldeana hizo con esos ingredientes la  primera tortilla de patatas”.

Lo importante en el fondo no es quién la cocinó por primera vez (2) sino que la tortilla de papas / patatas existe, nos asiste en las hambres y está extendida por todo el mundo, incluso en América adonde regresó (3) con su nueva receta y nacionalidad.  No faltaron allí cocineros que ensayaran versiones nativas derivadas. Uno de ellos fue el legendario Presidente de México Benito Juárez (1806-1872) quien en 1853 produjo una receta que llamó “Tortilla de patatas a  la mexicana” y que no es muy diferente de la habitual.

Ya que a la cultura hispanoamericana se la considera experta en mestizaje, no hay mejor ejemplo de esta virtud que la frugal tortilla, mitad andina y mitad europea, mitad inca y mitad española, mitad hidratos y mitad proteínas.

(1)  El  Solanum tuberosum es una planta herbácea cuyos tubérculos son comestibles. Tiene su origen en el altiplano andino donde se le denominó papa en lengua quechua, nombre con el que se conoce en toda Latinoamérica.  Los conquistadores españoles la llevaron a Europa más como una curiosidad botánica que como una planta alimenticia. Su consumo fue creciendo y el cultivo se expandió a todo el mundo hasta convertirse en la actualidad en uno de los principales alimentos de consumo.  En España se le llama patata excepto en las Islas Canarias y en parte de Andalucía. Los franceses al denominar a esta planta pusieron de relieve su textura similar a la manzana y su característico desarrollo subterráneo, y por este motivo la llamaron pomme de terre (manzana de tierra).

(2)  El científico Javier López Linaje, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (España), indica en su libro La patata en España – Historia y Agroecología del Tubérculo Andino (2008), que el origen de la tortilla de patatas se sitúa en el siglo XVIII y podría ubicarse en la ciudad de Villanueva de la Serena (Extremadura).  En el transcurso de su investigación encontró un documento fechado en 1797 donde se expone que Joseph de Tena Godoy y el Marqués de Robledo descubrieron el manjar con el objetivo de encontrar un plato barato, a la vez que nutritivo, que pudiera combatir el hambre que acechaba esa región a finales del siglo XVIII.

(3)   En las Crónicas de Indias se encuentra documentado que en el año 1519 ya se conocía la tortilla de huevo tanto en Europa, por los conquistadores españoles, como en América al menos por los aztecas, quienes las preparaban y vendían en los mercados de Tenochtitlan.

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Los Cervantes de Philadelphia

montaje cervantes

–  Alberto Sala Mestres

Sólo unos pocos documentos autógrafos se conservan de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616).  Curiosamente, firmaba Serbantes (1) pero los editores de sus libros nunca respetaron la ortografía de su primer apellido, que usó en solitario en sus primeros años para añadirle posteriormente Saavedra, segundo apellido que con el paso de los años abandona al estampar su firma.

No sabemos dónde ni cuándo aprendió a escribir Cervantes, pero “sí es seguro que, en Madrid, fue discípulo del maestro López de Hoyos (1511-1583)”, señala Andrés Amorós, Catedrático de Literatura Española de la Universidad Complutense (Madrid).  A su vez, Elisa Ruiz, Catedrática emérita de Paleografía en la misma Universidad, indica que “la caligrafía de Cervantes es pausada, cuidada y elegante, aunque es cierto que, como suele ocurrir, en sus cartas a partir de la quinta línea el cansancio se apodera de él y cambia el trazado de la escritura”.  Al analizar su escritura concluye que el escritor optaba por el tipo de letra predominante en aquella época entre los maestros, la bastarda, frente a la redondilla de hoy en día..

Los expertos han analizado con precisión científica el conjunto de autógrafos de Miguel de Cervantes, eliminando errores y atribuciones falsas determinando que hasta el momento, sólo son doce los auténticos documentos autógrafos de Cervantes.  Nueve se encuentran en España y tres en los Estados Unidos.

En España, el Archivo Nacional de Simancas (Valladolid) conserva seis; la Biblioteca Nacional (Madrid), uno; el Archivo Histórico Nacional (Madrid), uno; y el Archivo Municipal de Carmona (Sevilla), uno.  En los Estados Unidos, existen tres en el Rosenbach Museum and Library (Philadelphia) (2). 

¿Como llegaron los manuscritos de Cervantes a Philadelphia? Todo indica que fueron sustraídos del Archivo Nacional de Simancas a mediados del siglo XIX; y aparecen después en París.

José Manuel Lucía, Catedrático de la Universidad Complutense (Madrid) y Presidente de la Asociación de Cervantistas, señala al abordar el tema que  “… Tres notas que acompañan a uno de los autógrafos permiten rastrear el periplo de estos documentos desde el Archivo de Simancas hasta su ubicación actual.  La primera de las notas, manuscrita y fechada en París en 1849, la firma E. Drouyn de Lhuyz dando cuenta de su posesión.  En 1864, J. M. Guardia publica Le voyage au Parnasse (una nueva traducción al francés de la obra cervantina), y además de dar a conocer el texto y una particular biografía de su autor, incluye un facsímil de uno de los autógrafos sustraídos en Simancas, señalando que Feuillet de Conches posee tres autógrafos de Cervantes”.

Con el tiempo, los sucesivos fallecimientos y las herencias -indica el Profesor Lucía- los autógrafos cayeron en manos de varios libreros, hasta que a principios del siglo XX el hispanista A.S.W. Rosenbach los compró:  uno de ellos al librero londinense Maggs y los otros dos al anticuario parisino Meyer.  Desde 1934 se exhiben en el Rosenbach Museum and Library (Philadelphia).

En la carta manuscrita de Cervantes, con fecha 17 de febrero de 1582, que se conserva en el Archivo Nacional de Simancas (Valladolid) -donde la archivera Concepción Álvarez de Terán la descubrió en 1954-  podemos encontrar detalles poco conocidos.  El texto nos revela que Cervantes quería irse a América, y así expresa por escrito al Rey su deseo de ocupar una vacante en Ultramar.  La carta se la dirige Cervantes (que entonces tenía 34 años) al Secretario del Consejo de Indias, del que no obtuvo la respuesta esperada.

Cabe preguntarse entonces si, en el caso de que Miguel de Cervantes hubiera emigrado a América, ¿habría escrito El Quijote?   Nunca lo sabremos.

(1)  Véase supra imagen de la firma autógrafa de Miguel de Cervantes.

(2)  Véase supra imagen del Rosenbach Museum and Library, 2008-2010 Delancey Place, Philadelphia.

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Cervantes: el enigma

Cervantes.1–  Andrés Amorós

No sólo coinciden Miguel de Cervantes y William Shakespeare en la fecha de su muerte, 23 de abril de 1616, de la que ahora se cumplen cuatrocientos años. (En realidad, no murieron el mismo día: en Inglaterra y España se usaban distintos calendarios). También les une algo pintoresco:  la capacidad para suscitar teorías esotéricas.

Con frecuencia, salta a los periódicos una noticia que intenta provocar un escandalillo literario:  las obras de Shakespeare las escribió un aristócrata, un grupo de dramaturgos, una mujer…  No es fácil entender cómo un simple actor pudo escribir obras tan diferentes, dentro de su excepcional calidad.

Algo parecido sucede con Cervantes:  hace cien años, algunos obtusos decían que era un “ingenio lego”; es decir, que no llegó a enterarse de lo que había escrito. Miguel de Unamuno, tan amigo de paradojas, sostenía que el personaje Don Quijote era superior a su creador. (El sentido común más obvio nos dice que toda la grandeza del personaje la creó Cervantes; no le cayó del cielo, sin que él lo advirtiera).  Hace poco, se ha afirmado que no conocía bien La Mancha, que se hizo homosexual en su cautiverio argelino, que no tuvo siempre a mano material para escribir la gran novela…

Tan peregrinas ocurrencias muestran cuánto pueden equivocarse los eruditos pero intentan responder a una incógnita evidente:  la enorme distancia que parece existir entre la obra literaria y lo que sabemos de la biografía de su autor.  ¿Cómo pudo aquel soldado de Lepanto y recaudador de impuestos escribir “El Quijote”?

Américo Castro, mi maestro, abrió un nuevo camino, en 1925, con su revolucionario estudio “El pensamiento de Cervantes”, al ponerlo en relación con muchas corrientes del Renacimiento europeo.  Es fácil imaginar todo lo que pudo aprender una inteligencia tan despierta como la de Cervantes en aquella Italia deslumbrante (algo semejante le debió de suceder a Velázquez).  Después de la guerra, cuando evolucionó su visión de nuestra historia, don Américo intentó explicar a Cervantes dentro de la peculiar “vividura” de aquella “España conflictiva”, marcada por la convivencia de cristianos, moros y judíos.

El problema se acentúa por una de las características más indiscutibles de Cervantes, su ironía.  Se ha comparado su estilo a una cebolla, con capas sucesivas, que hay que ir quitando si deseamos llegar al núcleo.  Eso obedece a una peculiaridad personal pero también supone una permanente actitud cautelosa (que algunos han llegado a calificar de hipócrita): de no haber usado esas cautelas, un espíritu tan libre hubiera tenido graves problemas en aquella España de la ortodoxia.

Baste con un ejemplo:  Cervantes tiene muchísimo cuidado de no criticar expresamente la expulsión de los moriscos, pero parece claro que no comparte del todo sus motivos y retrata con evidente simpatía a Ricote, al que abraza Sancho y que suspira por su patria perdida: “Doquiera que estamos, lloramos por España”.

La dificultad de entender adecuadamente a Miguel de Cervantes (1547-1616) se comprueba por el hecho evidente de que no fue bien entendido, en su época,  Tuvo, eso sí, un éxito inmediato extraordinario:  ya en 1605 se publicaron seis ediciones más; muchos ejemplares se enviaron a las Indias; muy pronto se tradujo al inglés (1612), francés (1614), italiano (1622), alemán (1648).  Sin embargo, podemos resumir diciendo que, durante los siglos XVII y XVIII, se leyó como una obra cómica.  Fue sólo a partir del romanticismo europeo (sobre todo alemán y ruso, además de los grandes narradores ingleses y franceses) cuando se reconoció su valor trascendental.

Volvamos al enigma inicial:  ¿era muy culto Cervantes?  No parece claro.  Sí era un gran lector, como él mismo proclama:  “Yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles”.  Lo muestra uno de los momentos más patéticos del “Quijote” -evocado por Francisco Ayala-:  su desconcierto cuando no encuentra sus libros, porque le han tapiado el aposento donde los guardaba.

Quizá estudió algo con los jesuitas de Córdoba y Sevilla, o en la Universidad de Salamanca.  Sí es seguro que, en Madrid, fue discípulo del maestro López de Hoyos: en sus “Exequias” a la muerte de Isabel de Valois incluye algunas composiciones de Cervantes y le llama “nuestro caro y amado discípulo”.  Esto supone la influencia de una corriente de pensamiento fundamental en aquella España, como estudió Marcel Bataillon: el erasmismo.  No es difícil rastrear en su obra huellas de este “cristianismo interior”, crítico de las ceremonias externas.  Uno de los personajes que retrata con más cariño es don Diego de Miranda, el “santo a la jineta” (laico, diríamos hoy), que encarna las mejores virtudes del erasmismo y de la sabia moderación clásica.

No está claro, así pues, lo que Cervantes estudió pero sí es evidente lo que debió de aprender a lo largo de una vida complicada y poco feliz: fue cautivo, tuvo siempre dificultades económicas y problemas con la justicia, intentó pasar a América, pero no le dieron permiso…

En la sevillana calle Sierpes, una placa recuerda que, en esa Cárcel de Corte, comenzó a escribir “El Quijote”, de acuerdo con lo que dice en su Prólogo:  “Se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”.  Quizás se trata sólo de una metáfora del mundo o alude a lo que le enseñó esa experiencia.

No cabe duda, eso sí, de que “El Quijote” es la obra de un hombre maduro: cuando se publicó la primera parte (1), en 1605, tenía casi 58 años (entonces, una edad muy avanzada) y llevaba veinte sin publicar; por eso, entre otras cosas, sorprendió tanto su novela.  Es un hombre maduro y desengañado el que nos dice “ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.  Lo define Carlos Fuentes:  “Es la primer novela de la desilusión, la aventura de un loco maravilloso que recobra una triste razón”.

Esa desilusión es personal pero también colectiva, refleja la crisis de una España que estaba pasando de la grandeza del Imperio a la decadencia.  Sin  embargo, no destruye sino que depura los ideales caballerescos: la libertad, la defensa de los débiles, el heroísmo, la fidelidad a su amor…  Y añade algo de permanente vigencia, la primacía de la ética del esfuerzo sobre la del éxito:  “Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.

El enigma de Cervantes -como el de Shakespeare- tiene una respuesta, a la vez sencilla y profunda.  Más allá de la extraordinaria belleza formal, sus obras nos enseñan a ver el mundo y a entender la infinita complejidad de los hombres y las mujeres:  “Leyendo a Cervantes -decía Antonio Machado- me parece comprenderlo todo”  A ese misterio le solemos llamar, simplemente, genio.  Y es lo que, a pesar de todo, mantiene nuestra esperanza en los seres humanos.

(1)  Véase http://quijote.bne.es/libro.html

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Sorolla y los Estados Unidos

sorolla.1

–  Natividad Pulido

La historia de amor entre el pintor valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923) y los Estados Unidos, como suele ocurrir en las pasiones más arrebatadas, fue breve pero intensa. Un flechazo en toda regla.  Llegó por primera vez en 1909, acompañado por su esposa Clotilde y sus dos hijos mayores, para inaugurar tres exposiciones en Nueva York, Búfalo y Boston.  Las colas se sucedian a diario frente a la Hispanic Society of America, ubicada en la Audubon Terrace de Manhattan, para ver su trabajo.  En un solo día visitaron la muestra 30,000 personas.

El Metropolitan Museum adquirió tres obras, entre ellas el impresionante “Retrato de Clotilde con vestido negro” realizado en 1906.  Entre las tres sedes vendió un total de 195 cuadros, además de pintar numerosos retratos.  Los encargos se le acumulaban. Todos querían ser retratados por él.  Magnates como Ralph Elmer Clarkson, damas de la alta sociedad (Frances Tracy Morgan, Mary Lillian Duke, Juliana Arnour Ferguson), pintores (Louis Comfort Tifffany), directores de museos (Charles M. Kurtz, que falleció cinco días después de pintar su retrato)… hacían cola en su agenda. Ni el Presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft (1857-1930), pudo resistirse a sus encantos.  Le invitó a la Casa Blanca, donde posó para el pintor español, que cobró por el retrato 3,000 dolares.

La sorollomanía invadió la Gran Manzana.  “He oído decir a muchos artistas que ni siquiera Sargent podría igualar a Sorolla” escribió un célebre crítico de arte. Enloquecieron con sus paisajes mediterráneos y sus jardines andaluces.  Se enamoraron perdidamente de sus escenas marítimas de niños jugando en la playa. Incluso cuadros, de tema social como “¡Otra Margarita!” (1892) y “¡Triste herencia!” (1899), obras maestras premiadas en Europa, fueron adquiridas por coleccionistas norteamericanos.

Prueba de su inmenso éxito fue que comenzaron a falsificar sus obras.  Y cuando falsifican el trabajo de un pintor es señal inequívoca de que se ha consagrado.  Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del artista y gran especialista de su obra afirma que “Hoy hay registradas más de mil falsificaciones del pintor”.

Archer Milton Huntington (1870-1955), fundador en 1904 de la Hispanic Society or America (1)  [institución creada para promover la cultura española] fue su mayor mecenas y quien le introdujo en los Estados Unidos, tras quedar deslumbrado por su obra expuesta en las Grafton Galleries de Londres en 1908.   La Hispanic Society of America atesoró 159 obras de Sorolla. El principal encargo fueron catorce enormes paneles para decorar la Biblioteca de la institución bajo el título “Visión de España”.

El segundo gran mecenas fue Thomas Fortune Ryan (1851-1928), millonario hombre de negocios, que adquirió hasta 26 obras de Sorolla y le hizo importantes encargos, como el lienzo “Cristóbal Colón saliendo del puerto de Palos” (1910), del que realizó nueve estudios preliminares.

En 1911 Joaquín Sorolla, que se autorretrató dos años antes, paleta en mano, luciendo orgulloso un sombrero que había comprado en los Estados Unidos, y en el que figura en la parte inferior del cuadro firmada por el autor de forma destacada la dedicatoria “A mi Clotilde su Joaquín” (véase imagen supra), regresa a este país acompañado por su esposa para exponer en Chicago y San Luis. Durante este segundo viaje realizó, durante su estancia en Nueva York, quince gouaches con vistas de la ciudad tomadas desde  su habitación del Hotel Savoy donde se hospedaba (véase supra, gouache “Central Park, 1911”).  Los pintó todos sobre los cartones que se usaban   en la lavandería de los hoteles para doblar las camisas de etiqueta.  Curiosa anécdota.

(1)  Véase  http://www.hispanicsociety.org

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Para más información sobre Joaquìn Sorolla véase la página web del Museo Sorolla ubicado en Madrid  ( http://www.museosorolla.mcu.es )

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