Escribir a mano

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–  José Antonio Millán

“Anota mi dirección”.  “No; mándamela por SMS…”.  Este diálogo actual refleja muy bien el retroceso de la escritura a mano.  Un padre aún puede escribir a sus hijos instrucciones para la comida en una nota colocada en el frigorífico, pero más probablemente se las enviará tecleando en su móvil / cellular.  En la vida pública, el último reducto del manuscrito es la receta del médico, esos garabatos que solo el farmacéutico puede descifrar.  O quizá los grafitis en los muros:  consignas políticas, declaraciones amorosas o los barrocos tags de los grafiteros.  No es de extrañar, pues, que hay quien proponga que los colegios dejen de enseñar a escribir y lo sustituyan por clases de uso del teclado y escritura a dos pulgares.  En el terreno digital, las tabletas, que por su pequeño tamaño tienen teclados incómodos, pueden coexistir con la escritura manual: algunas transforman lo que se escribe con un lápiz especial sobre la pantalla en un texto “de ordenador / pc”.

A diferencia del habla, que es una función natural, la escritura es artificial.  Un niño en contacto con hablantes de cualquier lengua la adquirirá sin darse cuenta.  Pero la escritura es un código creado por la civilización, a veces independientemente, como ocurrió con siglos de diferencia en Mesopotamia y Centroamérica.  Hay escrituras alfabéticas (la del español que es casi fonética, o la hebrea, solo de consonantes), las hay que representan sílabas (como el hiragana japonés) y otras en las que un carácter puede tener una parte semántica y otra fonética (como el chino).

Casi todas las culturas escritas tienen ciertas formas de uso cotidiano y otras cuidadas y que se consideran más bellas:  estas constituyen la caligrafía.  En Occidente, la letra recargada y llena de adornos se usa básicamente para documentos oficiales (y aun queda un eco en ciertos diplomas y títulos), pero en China es un arte practicado hasta nuestros días.

Con la aparición del ciudadano moderno,  en el siglo XVIII,  se extendió la alfabetización en su doble vertiente:  lectura y escritura.  Saber escribir servía a la gente para llevar sus propios registros (gastos, cosechas, acontecimientos familiares…). Pero unas capacidades un poco más elaboradas, y una letra legible y uniforme, podían convertirse en un empleo:  escribientes, secretarios y oficios similares, desempeñados con pluma y tintero sobre un escritorio, que fueron la espina dorsal de la burocracia estatal y de las empresas antes de la difusión de la máquina de escribir, en el último cuarto del siglo XIX.

El dominio de la escritura permitió otra gran revolución:  la comunicación personal.  Las novelas del siglo XVIII están lenas de noticias y cartas amorosas que permitían a las almas apasionadas proyectar sus idilios en el tiempo y en el espacio.  Cuando al dominio generalizado de la escritura se añadió un sistema barato y fiable para su transporte, con el servicio estatal de correos (en vez de confiar la carta a un mensajero), la comunicación manuscrita estalló exponencialmente.  La ciudadanía no solo podía redactar por sí misma sus cuitas amorosas, sino que el buzón de correos permitía confiar anónimamente el mensaje a un sistema rápido y eficaz.  Con la llegada de las tarjetas postales, su uso se disparó; en las dos décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial (1914-1918) circularon unos cinco mil millones.

¿Cómo escribía la gente?  Los primeros balbuceos del castellano en San Millán (siglo X), el diario de Cristóbal Colon en su viaje a América, las 10,000 (o 20,000) cartas que escribió Santa Teresa de Jesús, la denuncia de Luis de Góngora acusando a un inquisidor de relaciones inmorales, los cálculos para la medida del meridiano terrestre de Jorge Juan en Perú (siglo XVIII), el  borrador del contrato de Mariano José de Larra para que una empresa representara sus obras…. Todos se escribieron básicamente con un cilindro hueco acabado en una punta cortada al bies que se mojaba en un tintero.  Podía ser una caña o una pluma de ave, y posteriormente un soporte rematado en una plumilla de metal. Hasta bien entrado el siglo XX, en muchas escuelas plumilla y tinta era lo que se usaba normalmente para aprender a escribir.

Estos instrumentos exigían una determinada posición de la mano y un ángulo constante respecto al papel.  Cuando la pluma bajaba, creaba trazos más gruesos que cuando se elevaba o iba lateralmente, y eso contribuyó a crear un estilo de letra característico.  La letra manuscrita más común era cursiva (inclinada) y ligada (de letras enlazadas unas con otra).  Casi cada país ha conservado un estilo propio, según su tradición caligráfica y su sistema de enseñanza, y además suele haber diferencias entre la escritura de hombres y de mujeres.

La situación no cambio mucho ni siquiera cuando el último cuarto del siglo XIX alumbró la estilográfica, básicamente una plumilla más un depósito de tinta.  La revolución llegó con el bolígrafo [ pen ] (tras la II Guerra Mundial), y el rotulador [ marker ] (popularizado en Japón alrededor de 1960), que escribían en cualquier ángulo respecto al papel, rompiendo la disciplina de la postura y… deformando la letra.   La proliferación actual de ordenadores [ PC ] y dispositivos móviles debe de estar alarmando seriamente a los fabricantes de esos instrumentos, porque Bic, la marca de bolígrafos francesa que domina el mercado, ha lanzado en los Estados Unidos una campaña a favor de la escritura a mano.

Donde las cosas están cambiando es en cómo enseñar a escribir a los niños.  El procedimiento clásico (que no ha desaparecido del todo) era hacerles trazar hileras de palotes y oes.  Luego se copiaban las letras, en minúscula y mayúscula, y después sus combinaciones, para aprender cómo se enlazaban unas con otras.  Hoy día se tiende más que a trabajar la forma, a enfatizar la producción de mensajes.  La escritura se intenta introducir cuando hay cierta madurez cognitiva y motriz (cinco-siete años).  Hay países donde está regulado qué tipo de letra enseñar:  Finlandia y zonas de los Estados Unidos han sido noticia recientemente porque han renunciado a enseñar la típica cursiva escolar, sustituyéndola por letras aisladas (“letra de imprenta”).  Eso refleja también la evolución de los usos: hoy la mayoría de los adultos utilizan, en vez de la letra ligada que aprendieron en la escuela, una sucesión de letras aisladas.  La cursiva es más rápida (su nombre viene del verbo latino “correr”), pero mucho menos legible.  En España no hay una postura unificada sobre qué letra usar y la decisión queda para cada centro escolar, o incluso para cada profesor.  Pero hay una tendencia a la simplificación:  por ejemplo, las clásicas mayúsculas recargadas de la cursiva se sustituyen por letras de imprenta.

¿Consideramos necesario.seguir enseñando la letra manuscrita?  Hay motivos para contestar afirmativamente.  La escritura a mano es autónoma y enérgicamente independiente:  en caso de necesidad, uno puede dejar una nota sobre un trozo de papel, o incluso grabar unas palabras sobre la pared.  Pero, además, cuando los niños aprenden la letra escolar están trabajando unas habilidades motrices finas, que luego podrán aplicar a otras muchas cosas:  atarse los cordones de los zapatos ¡o incluso utilizar un teclado! Escribir a mano un texto es una buena forma de memorizarlo.

Las enfermedades mentales pueden influir sobre la letra: algunas provocan que disminuya su tamaño hasta extremos casi ilegibles.  Por esa razón, o tal vez como recurso creativo, el escritor suizo Robert Walser (1878-1956), escribió a lápiz muchísimas páginas de letra diminuta o microgramas. ¿Y será cierto lo opuesto? ¿Cuidar la letra puede detener el deterioro mental?  Eso pensó Rafael Sánchez Ferlosio (n. 1927), quien para superar los daños que le habían causado años de consumo abusivo de anfetaminas se dedicó a ejercicios caligráficos:  “Yo creo que la caligrafía salva del alzheimer”, escribió.

El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla:  la individualidad.  La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…  O el criminal que disfraza su escritura para no ser reconocido.  Pero un experto puede distinguir una letra creada espontáneamente de otra disfrazada.  Estos analistas de la escritura se llaman “peritos calígrafos”.

Si uno estudia una determinada letra, ¿podría sacar conclusiones sobre la psicología de su autor?  Los partidarios de la grafología creen que sí, pero hoy se tiende a considerar que carece de base científica.  La CIA pidió informes en 1993 para saber si las técnicas grafológicas podían decir si una determinada persona se derrumbaría bajo presión o si era proclive a hablar demasiado, pero concluyó que no.

Nada produce más sensación de extrañamiento que estar sumido en una escritura exótica.  Por eso se dice en español que “esto es chino para mí”; y en inglés que “es griego”.  Cuando un artista pretende crear todo un mundo, no es extraño que diseñe también su propio sistema de escritura.  Es lo que ha hecho el artista antes conocido como Zush con su escritura Evru (1), o las que traza el Codex Seraphinianus (2) de Luigi Serafini:  ecos manuscritos de mundos que tal vez no existen

(1)  Véase http://www.evru.org

(2) Véase http://www.planetagadget.com/2011/12/20/el-libro-mas-extrano-del-mundo-codex-seraphinianus/

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Cine y educación

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–  Gregorio Luri

El cine y la pedagogía son dos pasiones modernas destinadas a encontrarse.  La razón es sencilla:  el cine nace y se desarrolla a la vez que el gran mito del siglo XX, el de la infancia, como lo demuestra Pol Vandromme (1927-2009) en Le cinéma et l’enfance (Éditions du Cerf, 1955).

Todo grupo humano empeñado en un propósito colectivo serio necesita crear sus propias ilusiones sobre la nobleza de sus esfuerzos.  El gran propósito colectivo de la Ilustración fue el del progreso, y la ilusión que le asoció fue la escuela.  Mejor dicho:  la fuerza transformadora de una escuela que democratiza el acceso a la luz de la razón y, por tanto, a la liberación de las tinieblas de la ignorancia y la superstición.  “Cada escuela que se abre es una cárcel que se cierra”,  decía Víctor Hugo (1802-1885).

Si bien, como nos enseña en el cine La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), la escuela ha resultado ser un reducto frágil de la Ilustración, no por eso parecemos dispuestos a descreer de la fe que hemos depositado en ella.  Si la escuela real nos decepciona soñamos con la escuela ideal.  Entre el Robin Williams de El club de los poetas muertos [Dead Poets Society] (Peter Weir, 1989), el Ryan Gosling de Half Nelson (Ryan Fleck, 2006) y el François Begaudeau de La Clase [Entre les murs] (Laurent Cantet, 2008), la idealidad parece haber ido dejando paso al escepticismo.

Sin embargo, las estadísticas nos dicen que la primera película que nos viene a la cabeza, si piden un tìtulo sobre cine y pedagogìa, es El club de los poetas muertos.  Algo debe decir esto sobre la singular racionalidad pedagógica.  Si las encuestas dicen la verdad, el maestro que nos gusta no es el diligente que llega puntual a clase y cumple meticulosamente con el programa, sino el artista que se salta horarios, convenciones y programas.  El problema es que no sabemos ni cómo crear artistas en serie, ni si las escuelas podrìan soportarlos.

El extremo opuesto de Robin Williams sería el Thomas Gradgring de Hard Times, la novela de Charles Dickens (1812-1870) adaptada al cine mudo en 1915 por el director Thomas Bentley, que abre de esta manera la vía de la denuncia de una escuela sin alma, anticipando a Cero en conducta [Zéro de conduite] (Jean Vigo, 1933),  Los cuatrocientos golpes [Les quatre cents coups] (François Truffaut, 1959), If… (Lindsay Anderson, 1968), The wall  [El Muro] (Alan Parker, 1982),  Las pequeñas flores rojas [Little Red Flowers] (Zhang Yuan, 2006), y tantas otras.

Nuestra escuela está hoy muy lejos de la agresividad cuartelaria que muestran estas películas, pero continúa sin satisfacernos.  Seguimos añorando al maestro que la haga realidad como reducto de la Ilustración en la posmodernidad, que sería el maestro que no hemos tenido y, por lo tanto, que dejó en precario el mito personal de nuestra propia infancia. Sospechamos que Robin Williams es el maestro que nos hubiéramos merecido. De haberlo tenido en clase, nuestras emociones serían hoy más inteligentes, nuestra espontaneidad creativa más viva y, por supuesto, no seríamos analfabetos ni en matemáticas ni en inglés.

Si no hemos tenido un Robin Williams, alguien nos ha negado la oportunidad de ser mejores de lo que somos.  Pero si a nosotros se nos negó tal derecho, podemos intentar que nuestros hijos disfruten de un gran maestro que los eduque de manera no represiva, en la creatividad, el pensamiento crítico, las inteligencias múltiples, la inteligencia emocional y la innovaciòn.  Este maestro debería poseer las siguientes características.

1.  No dejarse atrapar por la inercia cautiva y vivir la docencia con la pasión de Jack Black en Escuela de rock [School of Rock] (Richard Linklater, 2003), o el idealismo heroico de Glenn Ford en Semilla de maldad [Blackboard Jungle] (Richard Brooks, 1955). 

2.  Ser un clérigo de la pedagogía, hasta el extremo de subordinar a su trabajo cualquier faceta de su vida.  “Un gran maestro”  -dice Rahul Khanna en The Emperor’s Club  [El club de los emperadores] (Michael Hoffman, 2002)- “tiene pocas cosas externas que recordar.  Su vida está volcada en otras vidas”.  “¡Yo soy una maestra! ¡Yo soy una maestra!, en primer lugar, en último lugar, siempre!”, defiende Maggie Smith en La plenitud de la señorita Brodie [The Prime of Miss Brodie] (Ronald Neame, 1969).

3.  Plantearse objetivos ambiciosos para todos sus alumnos, sin creer en determinismos sociológicos o intelectuales (véase “The Bell Curve” [“La curva de Bell”], libro editado en 1994 por los Profesores angloamericanos Richard J. Herrnstein y Charles Murray).  Estar convencidos de que, incluso entre los alumnos intelectualmente más desfavorecidos, hay alguna semilla latente de algo hermoso que necesita desarrollo..

Si a veces parece excesivamente exigente, como Debbie Allen en Fama [Fame] (Alan Parker, 1980), Edward James Olmos (haciendo del gran Jaime Escalante) en Stand and Deliver [Lecciones inolvidables] (Ramón Menéndez, 1988), o el enorme J.K. Simmons en Whiplash (Damien Chazelle, 2014), es porque intuye la presencia de esta semilla con más fuerza que el propio alumno.  No tiene nada que ver con el Alex MacAvoy de The wall.  No se limita a proporcionar experiencias más o menos entretenidas de aprendizaje. Quiere producir cambios notables en las trayectorias vitales de sus alumnos.  Es un artista inspiracional y, por eso mismo, no tiene método.  Él es el método.

Desde 1939, con Adiós Mr. Chips [Goodbye Mr. Chips] dirigida por Sam Wood, sabemos que el maestro de nuestros sueños no puede ser un maestro ortodoxo.  Ha de ser un atleta de la innovación.

¿Cómo se crea un maestro así?  Como los reformadores educativos no tienen ni idea, hemos de concluir que hay cine pedagógico para rato.

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Véase el blog de Gregorio Luri en:   http://www.elcafedeocata.blogspot.com.es

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