¿De qué está hecha la voz que canta?

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       –  Gabriel Albiac

El clasicismo de un cantante se produce a partir de esa noche en la cual descubre que no es necesario ya cantar, que su sola presencia basta, a partir de ese instante en el cual ir diciendo las palabras de las que fueron canciones, pone más conmoción que los grandes artificios de los años de aprendizaje. Sólo entonces se sabe un maestro.  Y lo saben todos.  En sus silencios.

Es muy raro ese estado de gracia, que toca sólo a los más grandes en el final de sus vidas:  cuando cada pausa es más intensa que los sonidos.  Ha habido dos maestros absolutos en ese decir la canción.  Para hacerla perfecta.  Uno murió hace treinta años, octogenario: Sinatra.  El otro, Aznavour falleció hace pocos meses con 94.  Nunca, ninguno de los dos sonó mejor que en sus años finales: cuando sobra ya el soporte físico, porque todo es álgebra poética.

¿De qué está hecha la música, de qué la voz que canta?  De tiempo, de tiempo sólo, de ese tiempo en cuya fuga cifra su conmoción la fingida eternidad a la cual llaman los hombres poesía.  No, claro que lo poético en Aznavour no es el texto, aun en aquellos momentos en los cuales el texto alcanza en él dimensiones mayores.

La poesía es la voz que destruye el artificio, para jugar con la muerte al escondite, en ese punto en el cual cualquier adorno sería obsceno.  La poesía es ese silabeo, entre desdén y nostalgia del nonagenario, siempre de negro impoluto, demoliéndose el alma y demoliéndola, sin más que dejar caer un silabeo que rima el acoso del tiempo que no respeta nada, que no respeta a nadie.  “Hier encore” “Apenas ayer”, era eso en quitaesencia.  Y, por serlo, era a ese hombre de noventa años, que la compuso hace sesenta, a quien correspondía -y no a aquel otro de treinta- darle el acento de eternidad de lo que pudo escapar del tiempo por no haber sido nunca criatura del tiempo.

En su versión de 1965, “La Bohème” era la epopeya del hombre todavía joven, que salta al éxito tras los durísimos años de sus inicios.  La cantaba un Aznavour pletórico de facultades y en cuya voz estalla la esperanza.  En 2015, “La Bohème” es la de verdad: elegía.  No la relamida de Puccini; la desgarradora de Henri Murger. Mediada la canción, Charles Aznavour ya no canta, habla más consigo mismo que con sus espectadores.

Sólo entonces, los que le escuchan saben que esa desolación habla de ellos.  De cada uno de ellos: frágiles criaturas del tiempo que no vuelve.

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Mi maestra de lengua y literatura me enseña canciones y a mis padres les parece una pérdida de tiempo

–  Laura Sala Sedeño

Entró indignada en el aula, puntual a su cita de tutoría conmigo. Indignadísima porque yo, maestra de Lengua y Literatura, le estaba enseñando a su hijo de 12 años una canción cada quince días y le pedía que la cantara y la analizara. Indignada porque “estaba perdiendo el tiempo con canciones en vez de trabajar”. Más indignada aún porque en algún examen pregunté por la canción que habíamos aprendido, pidiendo que relacionaran la letra con el contexto social donde vivían. Preocupadísima porque no estábamos haciendo suficiente análisis sintáctico, que entra en Selectividad (señora, su hijo tiene aún 12 años, tendrá tiempo de hartarse a hacer análisis sintáctico).

En ese momento no supe responderle con argumentos basados en investigaciones científicas, psicológicas y sociales porque, por aquel entonces, aún no había estudiado en profundidad los beneficios de las canciones, pero mi lógica y sensibilidad me hacían creer firmemente en lo que hacía (eso, y mis estudios universitarios). Mediante las canciones les enseñaba cultura, analizábamos sentimientos –que tanta falta hace en un mundo insensibilizado hasta tal punto que la gente sigue comiendo mientras ve decapitaciones en las noticias de las tres de la tarde-, la rima, el contexto social, la historia del cantante, las profesiones involucradas en la creación de una canción comercial… etc. Y sí, señora, todo eso dentro del área de Lengua y Literatura. Porque el vocabulario es “Lengua”, el uso del idioma en la música es “Lengua”, la redacción de una biografía de un cantante es “Lengua”, así como otras muchas actividades de “Lengua” que tengo la oportunidad de crear mediante el estudio de una canción.

Ahora, desde la calma y la serenidad, después de estudiar a fondo el uso de la canción en el aula, le voy a explicar, señora, los motivos por los que aprender canciones en la escuela es un lujo, una herramienta de gozo de la cultura y un regalo que la maestra de su hijo le hace seleccionando la canción idónea para el momento justo en que él y sus compañeros necesitan ponerle voz a lo que piensan y sienten. Y si esa voz va acompañada de música, pues mucho mejor. Siéntese, señora, y lea.  

Existen varias teorías sobre como el Homo Sapiens desarrolló el lenguaje. Las teorías de la continuidad afirman que el lenguaje evolucionó gracias a los sistemas prelingüísticos como la capacidad para imitar, cantar y tararear sonidos musicales presentes en la naturaleza, como el canto de los pájaros. Pero no hace falta remontarse a los tiempos del Homo Sapiens: los bebés comienzan a balbucear imitando sonidos y melodías, desarrollando de este modo los músculos necesarios para la articulación de palabras. En cuanto a las raíces psicológicas, la canción puede reemplazar el habla afectiva de la que carecen niños y adultos en contextos sociales marginales, como orfanatos o situaciones de soledad prolongadas, y su presencia constante en nuestro día a día hace que sean piezas literarias fáciles de recordar que nos permiten trabajar la memoria a corto y largo plazo sin apenas ser conscientes del esfuerzo.  Como ve, madre preocupada, las canciones nos han acompañado desde el inicio de nuestra especie hasta hoy, en muchos casos calmándonos las lágrimas de algún disgusto.

La utilidad de la canción interesó al mundo de las Ciencias Sociales. Lingüistas y pedagogos esenciales en el estudio de la evolución de los niños, como Piaget, Chomsky o Krashen, también teorizaron sobre la importancia de la canción en el desarrollo del ser humano. Para Piaget, cantar es un ejemplo del lenguaje egocéntrico del niño, es decir, de cuando éste habla solo, sin importarle no tener audiencia o interlocutor, y que le permite organizar sus ideas y su discurso. Krashen relaciona la repetición involuntaria que se hace al tararear o cantar fragmentos de una canción con el dispositivo natural de adquisición del lenguaje que tanto defendió Chomsky, quien tras numerosos estudios concluyó que los humanos tenemos una propiedad intrínseca para repetir lo que escuchamos con el propósito de darle sentido. Una vez más le demuestro, señora, que las canciones forman parte de la vida de la gente desde que nace, y es bastante ilógico no aprovecharlo en beneficio de la educación del individuo.

Las canciones son un recurso educativo de gran valor, pues engloban una amplia variedad de literatura que ha sido y sigue siendo transmitida de forma oral, hasta tal punto que Zumthor las considera “poesía popular”, pues su principal objetivo es disfrutar del sonido de las palabras. Dentro de la literatura infantil, la poesía tiene una presencia espontánea gracias a las canciones que suelen incluir aspectos de creatividad poética como estrofas, evocación de ideas a través de las palabras, lenguaje metafórico o rimas. Además, el contenido de las canciones permite el desarrollo de la creatividad, pues se pueden inventar movimientos, gestos y bailes acordes con la letra, crear material adicional para interactuar con la canción, o incluso representar la canción como si de una obra de teatro se tratase. Parece ser, señora, que usted  también considera las canciones como un recurso educativo, pues quiero pensar que le ha cantado alguna vez a su hijo, que le ha enseñado algún juego de manos como los “Cinco Lobitos” o que se le ha podido ocurrir hablarle de la canción de Ana Belén que dice: “(…) libertad, libertad, sin ira, libertad. Guárdate tu miedo y tu ira porque hay libertad…” como hizo mi madre para explicarme la transición cuando aún no sabía ni lo que era ETA.

Aunque todos estos motivos me parecen suficientes para justificar el uso de la canción en el aula a cualquier edad, existen razones pedagógicas y metodológicas que apoyan su uso en contextos educativos. Brewster, Ellis y Girard redactaron una lista de seis razones por las cuales los maestros deben usar las canciones en sus clases, independientemente de la asignatura que impartan:

1. Añaden variedad al contexto educativo.

2. El ritmo de la clase cambia y aumenta la motivación.

3. Los alumnos practican patrones de lenguaje y vocabulario sin ser conscientes de ellos.

4. Se trabajan las habilidades de escucha, el tiempo de atención y escucha activa y la concentración.

5. Se promueve la participación activa de los alumnos, dotando de más confianza a los tímidos o inseguros.

6. La comunicación entre los estudiantes y entre el profesor con la clase aumenta, así como la variedad de actividades que se pueden crear en torno a la canción elegida.

Una canción bien elegida, adecuada a la edad y a las necesidades educativas y afectivas del alumnado, con una buena programación de actividades y teniendo siempre en cuenta el objetivo de alcanzar las competencias marcadas por el currículo educativo (leyes, decretos, órdenes, etc), es una herramienta fantástica para la educación de su hijo, señora.

Y además, yo que soy muy reivindicativa con la sociedad, las formas y la ética, pues me tomo la molestia de buscar canciones que le remuevan el pensamiento y las ideas sobre el respeto a los animales – ¿le suena la canción “(…) amigo Félix, cuando llegues al cielo, amigo Félix, hazme sólo un favor (..)” dedicada a Félix Rodríguez de la Fuente?-, la justicia social, el reciclaje, los accidentes de carretera -¿sabía que Alejandro Sanz, en sus inicios, tiene una canción perfecta sobre un accidente de tráfico que dice: “(..) Porque no habla, no entiendo. Hace un momento me iba diciendo no corras tanto que tengo miedo. La ambulancia volaba (…)”?-, y muchas más ideas que me permiten educar a mis alumnos y sí, tranquila señora, enseñarles “Lengua”.

Por favor, confiad en el criterio de los maestros, que si bien hay algunos (pocos) que están amargados y no tienen ganas ni de coger la tiza -o el lápiz de la pizarra digital- la gran mayoría de profesores nos desvivimos por formar, educar, y preparar a vuestros hijos, le echamos corazón a cada actividad, y trabajamos muchas horas que no veis buscando, elaborando y replanteando actividades y metodologías para hacer de nuestros alumnos buena gente, a poder ser culta y productiva, pero sobre todo buena gente.

La música es educación, señora.

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Casablanca y el Rick’s café: de la ficción a la realidad

–  Javier Ortega Figueiral

Durante años, cientos se personas se llevaban un serio disgusto al llegar a Casablanca y no encontrar ni rastro del legendario café-restaurante de Rick Blaine.  Recepcionistas de hoteles, guías turísticos y taxistas, acostumbrados a la histórica pregunta, siempre daban la mala noticia:  el establecimiento que aparecía en la mítica película Casablanca (Michael Curtiz, 1942), el Rick’s Café, nunca existió en la realidad.

Aquel lugar venerado en la pantalla fue en realidad un decorado montado en un estudio de Hollywood, así que ni Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman -en los papeles de Rick e Ilse- se reencontraron abruptamente en Marruecos, ni Paul Henreid, el valeroso Víctor Laszlo, ordenó a la orquesta del local tocar La Marsellesa para acallar, en un momento épico y glorioso, las canciones de los nazis en el norte de África.

“Yo aterricé en Marruecos en 1998 para trabajar como Asesora económica en la Embajada de mi país y sí, amo la película y sabía que se rodó por completo en California”, comenta la estadounidense Kathy Kriger, que tras los atentados del 11-S vivió en persona el desplome de los visitantes de los Estados Unidos al país

“Con ese escenario, dejé mi trabajo en el Gobierno y me quedé aquí para hacer algo por un país que me había acogido tan bien.  Lo que pretendí fue aplicar los auténticos valores americanos y no quedarme de brazos cruzados en un momento histórico tan delicado.  La gente tenía que regresar a Marruecos”, explica.

Kriger pasó a la acción con una idea que tenía en mente desde antes de ser destinada al norte de África:  construir un café como el de la película de 1942 y, por supuesto, levantarlo en  la misma ciudad del título.  Con el plan aun embrionario y grandes dosis de entusiasmo, envió correos electrónicos a amigos de todo el mundo en los que anunciaba su idea y pedía consejo. También realizó una campaña paralela buscando inversores entre los que ella llamaba “los sospechosos habituales”, gente entusiasta que podían ser socios potenciales para llevar adelante el  proyecto (de ahí que la sociedad acabara bautizándose como The usual suspects).

La respuesta fue formidable y mucho antes de lo esperado consiguió el dinero suficiente para financiar la restauración de una gran casa pegada a los muros de la Medina de Casablanca, junto al mar.

El Rick’s Café en versión real y en color (véase imagen supra) abrió sus puertas 62 años después de acabar el rodaje: un lunes 1 de marzo de 2004.  Su interior, aun no siendo fiel a su aspecto en la pantalla por razones de espacio, recuerda en muchos detalles al local que regentaba Rick Blaine: muros blancos, una sólida barra de bar, lámparas metálicas, juegos de sombras, plantas de interior y detalles de artesanía local.

En el piso superior, además de un elegante salón privado con vistas al trasiego del puerto de pescadores, hay otra sala en semipenumbra frente a una gran pantalla en la que se emite permanentemente la película, algo que pone aún más en ambiente a los clientes que toman una copa allí, viendo como los nazis vuelven a perder e Ilse se va para siempre en aquel avión junto a Víctor, rumbo a Lisboa, lejos de Rick.

En un cúmulo de casualidades, el pianista del local que toca piezas de jazz, viejas canciones francesas y, por supuesto, As time goes by (1) varias veces cada noche en un teclado años treinta, se llama casi como el Sam de la película: Isaam, un músico e informático de Rabat que respondió entusiasmado a la llamada de Kriger para ser parte del proyecto.

El local, que ha cumplido más de una década como restaurante y club, sigue de moda en una Casablanca más cosmopolita y pujante que nunca.  Los visitantes ya no se disgustan, pues el café de Rick, que en realidad es el de Cathy y los sospechosos habituales, está finalmente donde lo imaginaron.

(1)  Para escuchar la melodía original hacer click en:   Casablanca

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Cuadernos de Pozos Dulces cumple cuatro primaveras

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Cuadernos de Pozos Dulces celebra su cuarta primavera en Internet en el blog http://www.pozosdulces.wordpress.com .

Cada primavera es un período especial del año en el que los campos florecen, el aire es más puro y nos mostramos más positivos en nuestro estado de ánimo.  Sandro Botticelli le dedicó un famoso cuadro del Renacimiento florentino (ver imagen parcial supra); Ludwig van Beethoven le  compuso una Sonata para violín y piano, y Robert Schumann la Sinfonía número 1 en Si bemol.  A su vez, para Antonio Vivaldi fue la inspiración de su conocido Concierto Nº 1 en Mi mayor. También La consagración de la primavera es una magistral partitura de Ígor Stravinsky, destinada a la compañía de ballet creada por Serguéi Diáguilev, cuyo estreno tuvo lugar en París en 1913; el carácter vanguardista de la música y la coreografía causó una gran sensación en el ambiente artístico de la época.

En estos cuatro años de Cuadernos de Pozos Dulces en Internet se han publicado 96 artículos (un promedio de un artículo cada quince días para no agobiar a los lectores) de 66 autores diferentes.  Durante ese período los lectores han escrito 272 comentarios al pie de los artículos publicados.

Un total de 131 personas reciben directamente en su propio e-mail los artículos mediante una suscripción gratuita (ahora y siempre) y segura.  Para suscribirse sólo hay que incluir el e-mail personal en el recuadro en blanco que figura en el margen derecho de la página principal, ubicado al final de la lista de los artículos publicados.  Además, en Twitter, 50 seguidores acceden puntualmente a los artículos.

Desde agosto de 2015, Cuadernos dispone en Facebook de una página propia, donde se han registrado 1,968 “amigos” que pueden visualizar y leer, si lo desean, todos los artículos que se publican.  El número de nuestros lectores en Facebook no se refleja en las estadísticas y sólo podemos identificar, por sus perfiles, que un porcentaje significativo son universitarios.

Se han recibido en estos cuatro años 13,890 visitas de lectores en nuestra página principal que residen principalmente en los Estados Unidos, México, República Dominicana, Puerto Rico y Colombia.  Esos datos consolidan, por cuarto año consecutivo, a Cuadernos de Pozos Dulces como la publicación lasallista más destacada en su género en la región de las Antillas.

Al celebrar nuestro cuarto aniversario, el Editor expresa su deseo de que la publicación viva una primavera permanente con los lectores. Se podría soslayar entonces el frío que caracteriza al invierno, el agobio propio del verano y la melancolía que acompaña al otoño.

Confiamos en poder mantener así una sintonía vernal con nuestros lectores para seguir ofreciéndoles, con la cercanía y la ayuda de todos, una publicación de marcado perfil lasalllista que despierte interés por sus contenidos.

Nos gustaría obtener también la colaboración de quienes deseen publicar sus textos, que pueden enviarse directamente a nuestro e-mail  pozosdulces@post.com

Gracias a todos.

Alberto Sala Mestres, Editor.

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Bebo y Chucho, unidos para siempre

bebo_chucho–  Mauricio Vicent

Sobre una repisa encima del piano de Bebo Valdés (Quivicán,1918) en la casa que el músico cubano tiene en España en la ciudad de Benalmádena (Málaga), un Premio Grammy muy especial destaca sobre los demás:  es el que obtuvo con su hijo Chucho por el disco Juntos para siempre, un trabajo cargado de sentimiento y sabiduría producido en 2008 por su amigo Fernando Trueba, a quien Bebo sigue llamando cariñosamente “Jefe” cuando lo ve, pese a que desde hacer algún tiempo su memoria de 94 años baila en una nube.

A pocos kilómetros del hogar de Bebo, en la casa donde Chucho se instaló hace un par de años para estar cerca de su padre, el mismo gramófono dorado de ese Grammy al mejor álbum de jazz latino ocupa un estante privilegiado del estudio, donde hay fotos de Chucho con Dizzy Gillespie, Michel Legrand, Santana, Tito Puente, Herbie Hancock, Chick Corea, Max Roach y una larga lista de artistas.  Entre los dos Valdés suman 17 gammy  -nueve Bebo y ocho su hijo-,  el último de ellos logrado con Chucho’s steps (2011), un disco de puro jazz afrocubano con homenajes al fundador del grupo Weather Report, Joe Zawinul, y a la familia Marsalis, además de a su hijo más pequeño, Juliancito, y su esposa, Lorena.  Ambos viven ahora con él en Benalmádena, pero esa es otra historia.

Trueba está aquí para saludar a los Valdés en sus respectivos refugios malagueños y para escuchar el nuevo disco de Chucho, todavía en fase de mezcla, en el que cuenta con la colaboración especial del saxofonista estadounidense Brandford Marsalis.  El cineasta español lleva una buena noticia:  muy pronto se reeditarán en una sola caja los ocho discos que grabó con Bebo después de filmar Calle 54, empezando por El arte del sabor (2001), con Cachao y Patato Valdés, por el que ganó su primer premio de la Academia de la música estadounidense, pasando por el éxito de Lágrimas negras (2003) con El Cigala, o el que grabó en el Village Vanguard con el contrabajista Javier Colina, y por supuesto el doble Bebo de Cuba (2004) y el último de su carrera, Juntos para siempre.

“… Es que han sido ocho discos y cuatro películas con Bebo en diez años”, exclama el cineasta en el tren, camino de Málaga, “Y no sabes lo bien que lo hemos pasado juntos”, constata con placer y a la vez con cierto nervio.

Trueba y Bebo no se ven desde el verano pasado, cuando murió la última esposa del pianista, Rose Marie Perhson, con quien vivió 40 años en Estocolmo antes de instalarse juntos en Benalmádena.  Desde hace algunos años Bebo dejó de actuar en público  -“se me va la cabeza, puedo empezar tocando un mambo y acabar en un chachachá”, bromeaba él mismo-,  pero ahora el alzhéimer ha avanzado y los momentos de lucidez son cada vez más fugaces.

Sin embargo, nada más abrirse la puerta y ver entrar a Chucho acompañado de su amigo, Bebo se ilumina:  “…llegó el Jefe”.  Como un muelle, abandona la partida de dominó y la taza de café sobre la mesa (como buen cubano no podía estar haciendo otra cosa) y salta al piano:  “¿Qué quieres que toque, Jefe?”.  Trueba le responde:  “Lo que tú prefieras, Bebo, lo que te apetezca”.

Empiezan a caer entonces El cumbanchero, Lágrimas negras y melodías de jazz como You belong to me, hasta desembocar, con ayuda de Chucho, en La comparsa, el fabuloso tema de Ernesto Lecuona, cubano como las palmas, que tocaron juntos en Calle 54.  “Fue la historia de amor de la película”, recuerda el director de aquel encuentro tan especial en los estudios de Sony Music en Manhattan.

Lo de Bebo esta tarde también es increíble:  lucha, bucea en sus recuerdos, vuelve, se va y retoma agarrado al ritmo hasta encontrar el camino de salida…..  En los rostros de Chucho y de Fernando hay alegría y también lágrimas contenidas; emoción nórdica en el de Richard, hijo de Bebo y Rose Marie, quien desde la muerte de su madre se ha instalado con él.

El piano es un poderoso pie en la tierra para Bebo.  Lo conduce sin apenas darse cuenta a su pasado y de allí lo trae de regreso a sus seres queridos y a lo mejor de su vida a través de melodías de ayer y de siempre, el Son de la Loma, Sabor a mí, La gloria eres tú…  Javier Colina, que lo visitó recientemente, cuenta que Bebo estuvo tocando dos horas para él sin parar un minuto, feliz.

La relación entre Chucho y Bebo es mágica:  los dos nacieron en el mismo pueblito cubano de Quivicán el mismo día  -un 9 de octubre-,  uno en 1918 y el otro en 1941;  y aunque sus vidas han estado siempre unidas por el piano y la música cubana, también han estado demasiado tiempo separadas por la política, pues Bebo se marchó de Cuba en 1960 y no quiso regresar más.  Tuvieron que esperar casi dos décadas para el reencuentro, pero desde entonces padre e hijo se han visto en numerosas ocasiones y han trabajado juntos.  Ahora Chucho se ha mudado definitivamente a Benalmádema para cuidarle.

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Mauricio Vicent es un periodista español que ha vivido varios años en La Habana.  En la versión impresa de Cuadernos de Pozos Dulces (1994-2012) publicó tres artículos. Véase en este blog su reciente artículo La cubanía, peculiar calidad de una cultura.

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Los chicos del coro del Escorial

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–  Azucena S. Mancebo

A medida que uno se aproxima a la puerta de la Escolanía del madrileño Monasterio del Escorial -la de la derecha, en la fachada principal- siente que está a punto de realizar un viaje en el tiempo.  Un trayecto de 446 años, que son los que cumple ahora el coro fundado por Felipe II, el mismo que ordenó la construcción del monumento en 1563.

Al parecer, el rey quería que un grupo de niños cantara en la Misa del alba que cada día se oficiaba por su salud.  Por la suya y, en los años siguientes, por la de los monarcas reinantes.  Pero este es un cometido que ya no cumplen los 45 chicos que actualmente forman parte de la Escolanía.

Al recorrer los pasillos, -por los que apuesto que me perderé-, siento un escalofrío.  La oscuridad y el frío lo convierten en un laberinto un tanto tenebroso.  Trato de centrarme y pienso en los niños que he venido a conocer.  Viven internos en una zona de este descomunal edificio de casi 35.000 metros cuadrados y, además de su correspondiente curso escolar, estudian varias horas al día asignaturas relacionadas con la formación musical (solfeo, canto gregoriano, piano…), todo ello bajo el paraguas de la doctrina religiosa de los agustinos (quienes habitan el Monasterio desde 1885).

“Buenos días”, “Hola, ¿que tal?”, me saludan todos según pasan a mi lado.  Llegan uniformados con el atuendo del Colegio mixto al que asisten como alumnos becados, el Real Colegio Alfonso XII, (ubicado también dentro del Monasterio y donde comparten aulas con 800 escolares más): pantalón beis, camiseta de algodón celeste y chaqueta de punto azul marino es su indumentaria.  Podían haber escogido el uniforme de gala, el de los escolanos:  túnica blanca sobre hábito negro, el mismo que han usado sus antecesores desde, al menos, el siglo XVII.

Con los niños recorro los pasadizos y rincones de este edificio.  “Yo antes también me perdía.  Por eso siempre me acompañaba otro escolano. Ahora ya puedo ir solo por todas partes” me tranquiliza José García, de 10 años.  Solo lleva tres meses en el internado y además de haber conseguido no despistarse en su nuevo hogar, asegura haber logrado dejar de llorar -“hace un mes”, puntualiza-, por lo mucho que echa de menos a sus padres.

A José, como a la mayoría de sus compañeros, lo reclutaron por sorpresa en su propio colegio.  “Yo nunca había pensado dedicarme a cantar” asegura.  “Todos los años entre los meses de marzo y mayo, recorremos varios centros de la Comunidad de Madrid y de las provincias cercanas para hacer pruebas de canto a los niños y ver cuáles podrían unirse a nosotros, en función de su potencial de voz”, explica el Padre José María Herranz, director de la Escolanía.

En realidad el futuro cantor solo necesita unas buenas cuerdas vocales y ciertas aptitudes, pero no tiene por qué saber cantar.  “A los seleccionados les invitamos a pasar una semana aquí con nosotros para ver si se adaptarían al nuevo entorno:  si saben convivir con tanta gente, si son independientes, si soportan estar lejos de sus padres….” apunta el Padre Herranz.  Porque, al parecer durante el primer año algunos niños, por decisión de la propia dirección, vuelven a sus casas.

Los elegidos, unos 15 cada curso y de alrededor de 9 años, vivirán en el Monasterio como mínimo hasta los 14, edad a la que a la mayoría de los chicos les cambia la voz, aunque algunos con aptitudes privilegiadas dejarán la protección de los muros de piedra granítica con la mayoría de edad.  “Aún me quedan dos años, pero creo que cuando salga después de siete viviendo aquí, me va a costar acostumbrarme a la vida de fuera”, reconoce Jaime González, de 15 años.

Él, como el resto de sus compañeros, ya se ha habituado a los apretados horarios del internado.  “Yo me levanto a las ocho para llegar a las nueve al Colegio.  A la una y media comemos aquí todos juntos y a las tres volvemos a clase.  Cuando regreso tengo una hora de piano todos los días.  Después, la merienda y un poco de tiempo libre para jugar.  Lo siguiente es la hora de los deberes, y dos veces a la semana tengo una hora de solfeo y otro día de inglés.  Antes de la cena disponemos todos de una hora de ensayo diaria.  Y a las 10 y media, más o menos, nos vamos a la cama” detalla de carrerilla con su aguda voz, Daniel Molina, de 11 años.

Sus pasatiempos, esos a los que dedican un rato cada día, no son ni mucho menos tan antiguos como el ambiente donde viven, la tradición que perpetúan o la institución a la que pertenecen.  La Play Station, la X-Box y la Wii están entre sus diversiones favoritas del cuarto de juegos, además de un balón para el obligado partido de fútbol en el patio.

Para las galerías del Monasterio se reservan jugar al látigo, como compruebo cuando vamos de camino al sitio en el que ensayan. Durante la demostración, el arrastrado se pisa el hábito con las zapatillas de deporte, y en cuclillas le saca brillo a un suelo que sería la pista de patinaje ideal para cualquier niño (ver foto supra, autor Chema Conesa).  Pero ellos no se preocupan por el uniforme.  Siguen jugando, saltando y gritando por los corredores del Monasterio del Escorial.  Tal vez sea una costumbre que iniciaran los escolanos del siglo XVI.

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