La cuna de Pinocho

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 Julio Ocampo

“Érase una vez…  ¡Un rey!  dirán enseguida mis pequeños lectores.  No, chicos, os habéis equivocado.  Érase una vez un trozo de madera”.  Así comienzan Las aventuras de Pinocho (1), un libro imperecedero publicado en 1883 y escrito por Carlo Lorenzini (1826-1890), quien eligiera como apellido artístico Collodi en honor a un pequeño pueblo ubicado en el corazón de la Toscana italiana.

La pequeña ciudad de Collodi (2), ubicada a  68  kilómetros (42 millas) de Florencia y no demasiado lejos de Siena y Pisa, es una joya medieval capaz de hacernos replantear si el desarrollo siempre reporta progreso.  Ahí radica la esencia de Collodi, atrapado en el tiempo en una región cosida por hilos sumamente finos.  Sus costuras atestiguan un pasado campanilista (con un apego ciego a las costumbres locales), que ocasionó grandes convulsiones en una tierra tan disputada como hermosa, donde permanecen la belleza de los viñedos de Chianti, el duomo florentino de Filippo Brunelleschi, la torre inclinada de Pisa, o la energía festiva del Palio de Siena.

La leyenda cuenta que fue Totila, rey de los ostrogodos, quien fundó Collodi en el siglo V después de Cristo.  La localidad se levanta sobre una colina que servía de lugar de refugio a los habitantes de la zona.  Por su posición estratégica se la disputaron los condados de Florencia y de Lucca entre 1329 y 1442.  Tras numerosos asedios y saqueos, terminó por convertirse en avanzadilla de la República de Lucca.

Actualmente Collodi presume de la naturaleza casi ingobernable que la rodea.  Se presenta al viajero como una sucesión de casas organizadas en cascada sobre una colina.  En lo más alto se encuentra la antigua roca, una fortificación medieval protegida por un campanile (3) y la Iglesia Pieve di San Bartolomeo (con algunos cuadros atribuidos a la escuela de Rafael). 

En la parte inferior de Collodi nos sorprende la majestuosa Villa Garzoni, un hermoso recinto barroco construido sobre un castillo de la Edad Media.  Angiolina Orzali, la madre del autor de Pinocho, trabajó durante años para la familia Garzoni.  Retrocedemos mentalmente en el tiempo para imaginarnos al joven Carlo recorriendo estos excelsos jardines creados en el siglo XVII.  Su trazado atesora un misterioso encanto que evoca el arte, el agua, las flores, la escultura, el teatro, el éxtasis sin tormento, el dolce far niente; un panorama capaz de despertar la inspiración de cualquier escritor en potencia.

“Las mentiras, hijo mío, se conocen enseguida, porque las hay de dos clases:  las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga.  Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga”.  Habla el Hada mientras a Pïnocho le crece la nariz.  Compilados los capítulos como novela en 1883 (Carlo Collodi había ido publicando el texto por entregas en una revista infantil durante dos años), el éxito de Pinocho fue fulgurante.

El libro se tradujo a más de cien idiomas y se convirtió en una metáfora del hombre común (novela de aprendizaje y picaresca, cuento de hadas y comedia del arte).  Walt Disney le dedicó, en 1940, su segunda película de dibujos animados (4).  Pero esa sencilla historia de un trozo de madera que quería ser niño, admite sin embargo una segunda lectura más profunda.

Las aventuras de Pinocho podrían representar el viaje iniciático del hombre en busca de un cambio que sólo consigue a través del error perpetuo y el dolor.  El muñeco de madera se convierte al final de la obra en niño, tras recibir castigos e improperios por su recurrente mal comportamiento, y por dejarse llevar por los impulsos más bajos (el egoísmo, la avaricia y la insatisfacción).

Su autor, Carlo Collodi, era un defensor de la cultura masónica y son frecuentes en su obra las referencias a la numerología, la alquimia y el esoterismo.  Así lo explica Pino Corati en su famoso libro Pinocchio, mio Fratelllo (Ed. Edimai, 1998). Desde ese punto de vista, el cuento de hadas no es para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos.

(1)   Véase imagen de Pinocho supra.  El Diccionario de la Real Academia (ed. 2014) indica que el significado de pinocho es pino nuevo.  En italiano pinocchio tiene la misma definición, y en inglés se utiliza el término italiano pero refiriéndose únicamente al personaje del cuento infantil.

(2)  Véase supra, imagen de la ciudad de Collodi  (Pescia, Italia).

(3)  Un campanile (nombre italiano) es un campanario con forma cuadrada o redonda, localizado junto a una Iglesia o Palacio (entonces se denomina torre cívica), y que alberga una o más campanas.  En Italia existen, entre otros, dos campaniles muy conocidos, el del Duomo de Pisa (torre inclinada) y el de la Plaza de San Marcos (Venecia).

(4)  El tema musical de la película Pinocchio (1940) “When you wish upon a star” recibió dos Oscars en 1941 como Mejor Banda Sonora y Mejor Canción Original. Con posterioridad, se ha convertido en la melodía representativa de la Walt Disney Company. Véase  http://www.youtube.com/watch?v=W4AtLjd_YZU   

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Parar el reloj y vivir intensamente

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–  Fernando Trías de Bes

Llevar una vida rutinaria no exime de experimentar aventuras.  El tiempo es el que es.  En nuestra mano está decidir cómo queremos disfrutarlo.

El protagonista de la película Una cuestión de tiempo  [About Time, Richard Curtis, 2013] pertenece a una familia cuyos miembros tienen un don especial: pueden viajar a lugares y momentos donde han estado antes.  Esta peculiaridad les permite deshacer decisiones y corregir errores para mejorar sus vidas.  Hacia el final de la película, el personaje se da cuenta de que su vida ha estado bien tal y como ha sido, y que no desea volver atrás.

Tal vez sea éste el máximo anhelo de cualquiera de nosotros.  Llegar al final de nuestras vidas y poder decirnos a nosotros mismos: “Ha estado bien así, si volviera a vivir no cambiaría nada”. La pregunta es si alcanzar tal nivel de satisfacción no depende tanto del número y variedad de vivencias como de la intensidad con las que se han afrontado.

La magnífica película Up, de Walt Disney-Pixar [Peter Docter / Bob Peterson, 2009], refleja muy bien este sentimiento cuando el personaje principal, un anciano viudo que no pudo brindar a su fallecida esposa ninguna de las aventuras que soñaron de niños, descubre que su mujer ha rellenado el álbum de fotos de todos los viajes que iban a realizar con las fotografías de sus vidas en casa y en una nota ha dejado escrito:  “Gracias por la aventura”.  Lo que ha vivido con su marido, poco o mucho, ella lo apreció como un gran acontecimiento.  Es una secuencia preciosa que nos enseña que lo importante es el sentido que queramos otorgar a nuestras vivencias y no tanto lo que en sí acontece.  Se puede llevar una vida rutinaria y vivirla intensamente.

Sin embargo, es muy difícil hacer valer esta actitud.  La oferta de posibilidades, alternativas, destinos turísticos, las innumerables posibles relaciones personales y caminos que abren las redes sociales ejercen una enorme presión sobre el individuo de hoy.  Las relaciones de la sociedad líquida, que postuló el sociólogo Zygmunt Bauman, prueban que el ser humano opta cada vez más por no solidificar las relaciones, no materializarlas ni mantenerlas en pos de una posibilidad eternamente cambiante.

Desde mi punto de vista, hemos ido pasando de una sociedad líquida a otra multidimensional o poliédrica.  Cuando realizamos una actividad, perseguimos hacer otra al mismo tiempo.  Es habitual que los fabricantes de cintas de correr instalen en ellas televisiones para seguir el partido de fútbol o las noticias mientras se practica deporte; vemos televisión en casa mientras chateamos o navegamos con nuestro móvil / cellular. Incluso las propias cadenas de televisión rotulan en pantalla durante los debates y entrevistas lo que los televidentes tuitean sobre lo que se está diciendo.  Parece como si vivir únicamente una realidad fuera insuficiente.

Es ya habitual ver a parejas en un restaurante que combinan la conversación entre sí con otras a través del móvil o terceras personas. No se trata de una crítica tipo “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  Lo que quiere explicar este ejemplo es que cuando se instala en el ser humano una insuficiencia constante sobre el presente, se ancla al mismo tiempo una creencia deficitaria de la vida y, por tanto, la probable conclusión de que la existencia no haya sido plena.  Un deseo perentorio por multiplicar el presente desemboca en una insatisfacción del pasado.

Olvidamos que presente significa regalo.  Los regalos se disfrutan, se saborean y aprecian. Vivir intensamente obliga a parar el reloj, a no pensar en otra cosa más que en lo que se está experimentando.  El tiempo es el que es.  Lo único que está en nuestra mano es decidir cómo queremos disfrutarlo.  Tiempo de calidad, no cantidad de tiempo.

Fijémonos en los niños: cuando son pequeños y juegan con algo lo hacen sólo con eso. De acuerdo, la aparición de un nuevo estímulo los puede hacer abandonar lo que tienen entre manos y dirigirse a otro asunto con suma facilidad.  Pero es debido a la curiosidad. Su percepción del tiempo es inexistente.  Su presente es absoluto y a él se entregan con los cinco sentidos.

En el ámbito profesional las consecuencias sobre este concepto, a partir de nuestras decisiones, son trascendentales porque no podemos cambiar cada dos meses de ocupación. Publiqué hace ya muchos años un libro titulado El vendedor de tiempo (1).  El protagonista envasaba minutos en frasquitos y los ponía a la venta.  La gente se volvía loca y se echaba a la calle a comprar.  En realidad, el tiempo que adquirían era suyo pues era el mismo que iban a vivir, pero el desembolso con dinero propio les daba libertad para emplearlo en otras cosas.  Las decisiones profesionales son ventas de espacio que nos pertenece y con el que negociamos, pero no en frasquitos, sino en grandes contenedores.  Nos comprometemos cada vez que firmamos un contrato, asumimos un encargo, proyecto, función o tarea.

Por eso hemos de ser exigentes.  Las transacciones de tiempo propio, personal o profesional, son el principal causante de llegar al final de nuestras vidas y pensar que deberíamos haber vivido de otro modo.  Para evitarlo, es bueno preguntarse a menudo a sí mismo:  “Qué haría yo si no tuviese miedo?  ¿Qué haría yo si supiera decir no?”.

(1)  Fernando Trías de Bes, El vendedor de tiempo:  una sátira sobre el sistema económico, Ed. Empresa Activa, Barcelona, 2005, 144 págs.

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El portador compasivo

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–  Gustavo Martín Garzo

“Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier (n. 1924) El rey de los alisos (1970).  Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra (ver supra).  

Son muchos los que protestaron por la manipulación que de tales imágenes hicieron los medios de comunicación, argumentando que son incontables los niños que en circunstancias semejantes han  muerto antes de Aylan Kurdi sin que apenas reparáramos en ello.

Y tienen toda la razón.  Sin embargo hay imágenes que tienen el raro poder de enseñarnos a ver lo que antes no queríamos o nos negábamos a aceptar.  No me refiero sólo a la imagen del pequeño sobre la arena, sino a la del policía que portaba su cuerpecito en los brazos, como si contuviera algo precioso que ni la misma muerte pudiera oscurecer.

Es el mito del adulto fórico, al que Michel Tournier dedica su novela.  El adulto encargado de portar a los niños, como San Cristóbal, el gigante que ayudaba a los caminantes a cruzar el río, y que representa a todos los adultos que llevando a los niños en sus brazos tratan de protegerles de los peligros de la vida.

Este mismo verano se difundió por la prensa y la televisión una imagen que, como esta del niño y el policía turco, tenía el poder de sintetizar la dolorosa injusticia de este mundo. En un plató de la televisión alemana, Angela Merkel (n. 1954) respondía a las preguntas de un grupo de jóvenes. Todo transcurría de esa manera previsible y relamida con que suelen hacer las cosas en estos programas hasta que una muchacha palestina, sobre la que pendía una amenaza de una pronta deportación, le preguntó a la Canciller en perfecto alemán por qué no podría seguir estudiando y vivir como sus otros compañeros de clase.

Angela Merkel salió del paso como pudo diciéndole que la comprendía, pero que no todos los inmigrantes podían quedarse en Alemania, y que muchos tenían que regresar a sus casas.  La Canciller siguió contestando a otras preguntas cuando la muchacha rompió a llorar desconsoladamente, llamando la atención con sus lágrimas no sólo sobre el drama de los que, como ella, aspiraban a tener una vida mejor, sino también sobre la inoperancia de nuestros gobernantes a la hora de encontrar soluciones que remedien el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

Una creencía judía afirma que en cada época en la Tierra aparecen 36 justos.  Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes.  Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor.

En un mundo como el nuestro donde tantos se autoproclaman justos, conviene no olvidar que una de las enseñanzas de esta fábula es que ninguno de esos justos discretos que sostienen el mundo sabe que lo es.

Jorge Luis Borges (1899-1986) escribió al final de su vida un poema basado en esta leyenda.  En él va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos:  el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho, el poeta que cuenta con cuidado las sílabas de sus versos, el jardinero que poda y abona sus plantas.  Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo.  Son los nuevos justos, ninguno actúa con apatía o indiferencia.  Para ellos el bien es algo tan sencillo como mecer una cuna para que un niño se duerma.

Creo que tanto el policía turco que llevaba en sus brazos el cuerpo yerto de Aylan Kurdi, como la muchacha palestina que rompió a llorar inesperadamente ante una de las mujeres más poderosas de la Tierra, podrían formar parte de esa nómina de justos que sin saberlo sostienen el mundo.

Primo Levi (1919-1987), en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta como una noche los judíos se dan cuenta de que los van a matar.  Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación.  Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de elllos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas, las tendieron para que se secaran en los alambres de espino.

Este hermoso y doloroso pasaje expresa fielmente esa inocencia activa de la que vengo hablando, y que tiene que ver con la facultad de negar nuestro consentimiento ante todo lo que prolonga o justifica el sufrimiento del mundo.  Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque era su forma de cuidarlos.  Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a su hijos, que nunca morirán.  Su inocencia tenía que ver con ese compromiso capaz de abrir, incluso en el lugar más siniestro y oscuro, un espacio de esperanza.

El policía turco que portaba el niño muerto creaba al hacerlo un espacio así.  Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido:  un peso que se transforma en gracia.

Pero, ¿qué pasa cuando el niño que se lleva en los brazos está muerto?  El cuerpo de Aylan Kurdi en la playa nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en los brazos hasta la cama para que no se despierten.  Sólo que Aylan Kurdi ya no se despertará de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio dulzor de la leche.  Tampoco llegará a conocer el paso del tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar sus primeras palabras de amor.

En ¡Qué bello es vivir! (1946), la película de Frank Capra (1897-1991), se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante guarda el germen de la salvación de otras vidas.  Pero este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, qué anfitrión habría pronunciado su nombre como el más querido de sus invitados?  ¿Qué idea, el sueño de qué país o de qué raza puede justificar su desaparición?

El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?

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