El reencuentro

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–  Félix de Asúa

Hacía seis años que no nos veíamos.  A pesar de la muleta, me pareció muy recuperado. Me tranquilizó la luz irónica de sus ojillos entrecerrados y cubiertos de arrugas.  Había pasado mucho tiempo en el remolino de la confusión. Tras separarse de su mujer, entró en ese tobogán que tiene un comienzo excitante y pronto se convierte en una caída sin control.

Después de haber conducido camiones ilegales y huído de una prisión mortal, le perdí la pista en algún Estado mexicano donde trabajaba de camarero, aunque ya era viejo para esa tarea.  Al regresar a España todo cambió de golpe.

Quiso el azar que se encontrara con una novia antigua, justamente la que abandonó para casarse.  La mujer, ya pasados los 50, lo miró con regocijo cariñoso.  “No has cambiado nada, sólo te has muerto varias veces”, dijo.  Mi amigo constató que nadie le juzgaba con mayor gentileza y comenzaron a salir.

Era regresar a muchas cosas.  La casa abandonada, la novia abandonada, la ciudad abandonada, pero aún le faltaba conocer otro abandono.

Poco después ella le dijo:  “Cuando te casaste yo estaba embarazada.  Me lo callé porque no habrías sabido qué hacer, pero al niño se lo dije en cuanto cumplió 13 años, así que te conoce.  ¿Quieres conocerlo tú ahora?”.  Mi amigo aseguró que inmediatamente quería conocerle.  Y al salir de su casa, aquella noche, lo atropelló una moto.

Una vez superado el coma, el cirujano le advirtió que iba a quedar cojo, pero que le esperaba su silla de ruedas.  Señaló el pasillo.  Un muchacho de unos 20 años sostenía las manillas y le miraba desconcertado.  No le cupo ninguna duda.  Desde entonces no se han separado.

“Hay más clases de amor que las que conocí de joven”, me dijo.  Luego se alejó renqueando.

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Parar el reloj y vivir intensamente

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–  Fernando Trías de Bes

Llevar una vida rutinaria no exime de experimentar aventuras.  El tiempo es el que es.  En nuestra mano está decidir cómo queremos disfrutarlo.

El protagonista de la película Una cuestión de tiempo  [About Time, Richard Curtis, 2013] pertenece a una familia cuyos miembros tienen un don especial: pueden viajar a lugares y momentos donde han estado antes.  Esta peculiaridad les permite deshacer decisiones y corregir errores para mejorar sus vidas.  Hacia el final de la película, el personaje se da cuenta de que su vida ha estado bien tal y como ha sido, y que no desea volver atrás.

Tal vez sea éste el máximo anhelo de cualquiera de nosotros.  Llegar al final de nuestras vidas y poder decirnos a nosotros mismos: “Ha estado bien así, si volviera a vivir no cambiaría nada”. La pregunta es si alcanzar tal nivel de satisfacción no depende tanto del número y variedad de vivencias como de la intensidad con las que se han afrontado.

La magnífica película Up, de Walt Disney-Pixar [Peter Docter / Bob Peterson, 2009], refleja muy bien este sentimiento cuando el personaje principal, un anciano viudo que no pudo brindar a su fallecida esposa ninguna de las aventuras que soñaron de niños, descubre que su mujer ha rellenado el álbum de fotos de todos los viajes que iban a realizar con las fotografías de sus vidas en casa y en una nota ha dejado escrito:  “Gracias por la aventura”.  Lo que ha vivido con su marido, poco o mucho, ella lo apreció como un gran acontecimiento.  Es una secuencia preciosa que nos enseña que lo importante es el sentido que queramos otorgar a nuestras vivencias y no tanto lo que en sí acontece.  Se puede llevar una vida rutinaria y vivirla intensamente.

Sin embargo, es muy difícil hacer valer esta actitud.  La oferta de posibilidades, alternativas, destinos turísticos, las innumerables posibles relaciones personales y caminos que abren las redes sociales ejercen una enorme presión sobre el individuo de hoy.  Las relaciones de la sociedad líquida, que postuló el sociólogo Zygmunt Bauman, prueban que el ser humano opta cada vez más por no solidificar las relaciones, no materializarlas ni mantenerlas en pos de una posibilidad eternamente cambiante.

Desde mi punto de vista, hemos ido pasando de una sociedad líquida a otra multidimensional o poliédrica.  Cuando realizamos una actividad, perseguimos hacer otra al mismo tiempo.  Es habitual que los fabricantes de cintas de correr instalen en ellas televisiones para seguir el partido de fútbol o las noticias mientras se practica deporte; vemos televisión en casa mientras chateamos o navegamos con nuestro móvil / cellular. Incluso las propias cadenas de televisión rotulan en pantalla durante los debates y entrevistas lo que los televidentes tuitean sobre lo que se está diciendo.  Parece como si vivir únicamente una realidad fuera insuficiente.

Es ya habitual ver a parejas en un restaurante que combinan la conversación entre sí con otras a través del móvil o terceras personas. No se trata de una crítica tipo “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  Lo que quiere explicar este ejemplo es que cuando se instala en el ser humano una insuficiencia constante sobre el presente, se ancla al mismo tiempo una creencia deficitaria de la vida y, por tanto, la probable conclusión de que la existencia no haya sido plena.  Un deseo perentorio por multiplicar el presente desemboca en una insatisfacción del pasado.

Olvidamos que presente significa regalo.  Los regalos se disfrutan, se saborean y aprecian. Vivir intensamente obliga a parar el reloj, a no pensar en otra cosa más que en lo que se está experimentando.  El tiempo es el que es.  Lo único que está en nuestra mano es decidir cómo queremos disfrutarlo.  Tiempo de calidad, no cantidad de tiempo.

Fijémonos en los niños: cuando son pequeños y juegan con algo lo hacen sólo con eso. De acuerdo, la aparición de un nuevo estímulo los puede hacer abandonar lo que tienen entre manos y dirigirse a otro asunto con suma facilidad.  Pero es debido a la curiosidad. Su percepción del tiempo es inexistente.  Su presente es absoluto y a él se entregan con los cinco sentidos.

En el ámbito profesional las consecuencias sobre este concepto, a partir de nuestras decisiones, son trascendentales porque no podemos cambiar cada dos meses de ocupación. Publiqué hace ya muchos años un libro titulado El vendedor de tiempo (1).  El protagonista envasaba minutos en frasquitos y los ponía a la venta.  La gente se volvía loca y se echaba a la calle a comprar.  En realidad, el tiempo que adquirían era suyo pues era el mismo que iban a vivir, pero el desembolso con dinero propio les daba libertad para emplearlo en otras cosas.  Las decisiones profesionales son ventas de espacio que nos pertenece y con el que negociamos, pero no en frasquitos, sino en grandes contenedores.  Nos comprometemos cada vez que firmamos un contrato, asumimos un encargo, proyecto, función o tarea.

Por eso hemos de ser exigentes.  Las transacciones de tiempo propio, personal o profesional, son el principal causante de llegar al final de nuestras vidas y pensar que deberíamos haber vivido de otro modo.  Para evitarlo, es bueno preguntarse a menudo a sí mismo:  “Qué haría yo si no tuviese miedo?  ¿Qué haría yo si supiera decir no?”.

(1)  Fernando Trías de Bes, El vendedor de tiempo:  una sátira sobre el sistema económico, Ed. Empresa Activa, Barcelona, 2005, 144 págs.

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